Taller de Poesía  
Francisco Geraci
Como una sombra dulce
Celos
Una tarde esencial

I
II
III
IV



I [Arriba]

Ya te amaba, mi amor, antes de verte.
Estabas arraigada en la agonía
que vive el corazón cuando suspira
por el recuerdo del amor ausente.

Y te salí a buscar sin conocerte.
Para alcanzar la dicha que soñaba,
de mi errático amor, sólo faltaban
una brizna de azar y otra de suerte.

Y fue un ir y venir como de abeja,
que en su vuelo afanoso de cosecha,
busca los signos de la flor urdida.

Y te encontré, por fin, una mañana
de alegre primavera que planeaba
la conjunción de tu alma con la mía.





II [Arriba]

Bastó sólo un encuentro, una mirada.
Bajo la ardiente claridad del día,
la insólita camelia florecida
instaló su frescura en la mañana.

¿Qué ráfaga te puso en mi camino?
¿Qué embeleso, qué hechizo, qué certeza
nos envolvió a los dos en la madeja
con que urde sus tramas el destino?

Como el sol augural de esa mañana,
como el fruto maduro que en la rama
reclama en su sazón la mordedura,

así fue nuestro amor, celeste y grana,
roja pasión y estrella que fulgura,
calor y luz, como una ardiente llama.





III [Arriba]

Hemos cerrado al mundo las ventanas. Amarrarás tu sueño con mi sueño; ya no habrá despedida, sólo un beso que dure hasta que llegue la mañana.

Será la casa acervo de esperanzas para el futuro con que humilde sueñas; tendrá un hogar donde arderá la leña y en el jardín, una camelia blanca.

Urdirás nuestra suerte con tus manos y dejarás luciente la cocina; y cuando caigas sobre el lecho blando

como vara de nardo florecida, yo sentiré, mirándote a mi lado, la dicha inmensa de saberte mía.





IV [Arriba]

Callas, te hablo, me respondes, sueñas;
tu aliento, suave roce de una brisa
que preludia en tu boca una sonrisa,
y te proclamo de mi amor, la reina.

Qué no hiciera por ti, florcita blanca,
que osada arraigas en mi pecho ardido;
qué no hiciera por ti, por la que vivo,
por la que nace y crece mi esperanza.

Sueña mi amor, palabras que dijiste,
la frescura de un gesto que me hiciste
bajo el tórrido sol del mediodía.

Y acunada en mis brazos, elocuente,
me nombras, me acaricias suavemente
y al fin te quedas, junto a mí, dormida.





Como una sombra dulce [Arriba]


Como una sombra dulce te deslizas
por los valles de mi alma cuando duermo.
Y creo en mi soñar que soy el dueño
de la gracia que irradia tu sonrisa.

Falsa ilusión que al despertar marchita,
como a las flores del jardín los vientos
glaciales, desbocados, del invierno
cuando en las ramas, sin piedad se agitan.

Y vuelve a ser la historia repetida,
la esperanza frustrada, las heridas
que nunca cicatrizan, que no sanan,

vuelvo a sentir la áspera amargura
y cual una granada ya madura,
el corazón, de pena, se desgrana.




Celos [Arriba]


Alimaña feroz, ronda salvaje
de torvos pensamientos que envenenan.
Cuando la luz de la razón se ciega
los celos manan sórdidos mensajes.

Espina dolorosa que se clava
en el medio del pecho, abre la herida
y así al amor que consagró su vida
a un mismo tiempo con furor desgarra.

Después sólo el pasar de un aire frío,
nn desgajar de rosas sin motivo
y una frente apoyada en la ventana.

Un corazón que queda hecho jirones,
la pena que desborda a borbotones
y otra vez el amor que se desangra.




Una tarde esencial [Arriba]

Al conservatorio de música
Juan José Castro


Una tarde esencial, voces distantes,
un manantial que fluye voz humana
y en el aire dormido se derrama
en fúlgida cascada de diamantes.

Una voz que fascina, prominente,
el prodigio inasible de una estela,
un hilo de cristal por el que llega
el alma a los umbrales de la muerte.

Un celeste manar de profecías,
un grande, majestuoso Avemaría
que revive la flor de mi esperanza,

y otra vez creo en Dios; la fe marchita,
al conjuro del canto resucita
y me vuelvo a encontrar con su mirada.