| Taller de Narrativa |
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| Vanina Calvete |
Cien años de perdón
La última palabra
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| Cien años de perdón |
[Arriba] |
A los veinticinco Benítez fue asignado a la cocina.
Cocinar lo rescató del hambre, de más de una enfermedad e incluso de la muerte. Quizás por eso, si había algo que él realmente disfrutaba, era la expresión de los comensales al probar sus delicias.
Jamás le molestaron las bromas machistas con las que algunos intentaron desanimarlo.
Tenía casi cincuenta años sobreviviendo, cuando se le presentó la oportunidad de instalar su propio boliche. Era un lindo lugar el que había armado, nada pretencioso: apenas seis mesas y unas cuantas sillas.
El día de la inauguración no quedó una libre. Benítez tuvo la idea de invitar gratis a los operarios de la metalúrgica vecina, toda una genialidad para alguien que nunca había escuchado una palabra sobre marketing directo.
Con el tiempo agregó varias mesas y llegó incluso a organizar cuatro turnos para el almuerzo.
- ¿Sabés quién soy yo? La Chancha Benitez.
El pibe que lo encañonaba con mano eléctrica habrá pensado: "¿Y a mí qué carajo me importa?" Pero en lugar de decirlo, se quedó mirándolo.
El hombre, aturdido, buscaba las palabras.
En eso estaba cada uno cuando se escuchó el sonido chirriante de la puerta.
- ¡Dame la guita, te dije!
- Pero, pibe, te digo que soy la Chancha Benítez, ¿no escuchás?
- Mirá, hijo de puta, no te conozco y me importa tres carajos quién sos ¡Dame la plata o te quemo!
Ahí vino el forcejeo. La Chancha tuvo mala suerte; había intentado manotear velozmente el arma, pero con el mostrador de por medio, no pudo.
El tiro le dio en el pecho y lo arrojó contra la estantería del fondo.
El muchacho saltó la barra y fue directo a la registradora y limpió hasta el último billete; luego hundió sus dedos en los bolsillos de Benítez, que lo observaba con ojos cada vez más lejanos.
- Pendejo, tres años que salí de Devoto. No te acordás de mí... Mil veces te di de morfar.
Lo último que le dijo el chico, lo último que escuchó el hombre fue:
- La puta que te parió... ¡Benítez!
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| La última palabra |
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"Ana...", dijo la voz en el teléfono. Ella sólo alcanzó a responder:
- Ya voy.
Hubiera querido agregar "esperáme", pero no lo hizo.
Unos segundos mas tarde, sentada a los pies de la cama, Ana busca su ropa en la cómoda, extendiendo los brazos con movimientos erráticos. La luz castiga sin piedad sus ojos. Hace cinco minutos ella dormía. Ahora, despierta, comienza su pesadilla.
"Ana..., me ahogo, Ana..., me muero". Intenta completar la frase que su hermano no pudo terminar. Entonces reacciona y sacude con fuerza las piernas de su esposo dormido.
- ¡Vamos, vamos, que no hay tiempo!
El hombre se incorpora como un autómata. Primero se sienta en la cama, luego gira para depositar ambos pies en el suelo. Se para, toma su ropa y comienza a vestirse.
Ana ya está en el garage, las rejas abiertas, el auto en marcha. Hace frío y ella lo siente sobre su cara. El auto se mueve por fin, sale a la calle.
Ella cierra la reja y se acomoda en el asiento del acompañante. Junto a su marido atraviesa las calles desiertas.
Cuando el coche se detiene, ella baja y corre hasta alcanzar la puerta. Un poco por costumbre, un poco por desesperación, toca el timbre. Nadie contesta.
Ana busca en el manojo la única llave que abrirá esa puerta.
Quisiera haber agregado una palabra, ahora que atraviesa el pasillo llamándolo. Pero, ¿podría contestar él a estas alturas?
No sólo la risa le ha extinguido la enfermedad; también ha apagado su voz grave, esa misma voz que ella solía sentir como una caricia en el alma.
Tan sólo quince minutos han transcurrido desde que ella salió de su casa y no puede dejar de pensar que este ha sido el viaje más largo de su vida.
"Ya voy, esperáme". Eso hubiera querido decirle.
Pero es inútil, él ya no está, se ha ido. Sobre la cama, inundada de miserias, apenas le ha dejado su magra humanidad.
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