| Taller de Narrativa |
|
| Toribio Wansidler |
Los cebadores de mate
El Hortelano
Misericordia
|
|
| El Hortelano |
[Arriba] |
- Mirá, ñata, qué extraño, han regresao la majada. Andá, chinita, y decíle al Fer-mín que venga pa'que cuente qué ha pasao.
- Bueno, abuela.
- De paso fijáte el agua de los animales.
- Ta' bien, abuela, ya voy.
La niña salió. Apenas había pasado el mediodía y el sol caía sin piedad sobre la tie-rra, como queriendo calcinarlo todo.
La niña observó el patio del puesto, tierra arenosa brillante por la mica que refleja. No escuchaba nada y le extrañó que ni siquiera los perros de la majada hubieran apa-recido. No se veía a ninguno.
- Abuela, abuela, al Fermín lo he buscao por todos los galpones y no lo he encon-trao. - dijo la niña, fatigada.
- ¿Entraste al dormitorio? - le preguntó la anciana con voz seria.
- No, no entré, abuela. Y además, no está el caballo ni los perros.
- ¡Por Dios! ¿Será posible que tenga que ir yo pa' ver si está? ¿Cómo encontraste el corral?
La niña, temerosa, le contestó:
- Las cabras están guardada y la salida, entranqueada. Sólo falta agua en el bebede-ro.
Sin decir nada salió Cenobia la Vieja, y dirigiéndose al patio del frente llamó al Fermín con un par de gritos, como si quisiera hacerlo aparecer por arte de magia. Na-die le contestó. No había nadie, nada se movía. Sólo hirió su soslayo, haciéndole girar la cabeza, un chilicote que corría sobre la tierra abrasada.
La niña se aferró a la hopalanda de su abuela, que observó que algo misterioso ocurría. Tenía erizada la piel de sus brazos.
- Vamos, ande, m'hija, hay que preparar las viandas de los hombres, que ahorita las van a venir a buscar.
Seguida de su nieta, entró en la cocina, pasó a la vianda el frangollo picante y en una bolsa puso la bota con vino de Chilecito y el pan. Le ordenó a la niña que prepa-rara la mesa con los cuencos y la jarra de aloja. Se sirvió lo que había cocinado y a la niña se lo mezcló con mazamorra para suavizarlo.
- Comé, chinita, que esto te hace bien.
Salían a ver quién había traído la majada cuando el sol, como un reflector al que le sube y le baja la tensión, empezó a oscilar. La anciana observó unos pájaros que vo-laban dibujando arabescos en el cielo y lanzó un grito:
- ¡Están locos! ¡Es un terremoto!
Y tomando a la nena, se guareció debajo de la mesa. Se escucharon unos ruidos sordos subterráneos, tembló lo construido y el techo liviano de jarrilla embarrada se movió como una hoja.
Se aquietó el ruido, pero siguieron debajo de la mesa, pues se sentían mareadas. De repente, un temblor más fuerte que el anterior. Se sucedieron otros, aunque menores y la experiencia les dijo que eso ya terminaba. Cenobia, más tranquila, comenzó a pro-nunciar todas las jaculatorias que conocía a los santos protectores.
Salieron al patio y constataron que no había daño, sólo el susto de ellas y el de los animales. Cenobia pensó que quien quiera que hubiese sido, había tenido un gran acierto en traer a las cabras.
- Va, m'hija, llevemos agua al corral - y cargando dos cubos se fueron.
Dejó a la chica darle agua al chivaje y fue acercándose al galpón donde dormían los peones. El patio anterior hacía de comedor: estaba la mesa y las bancas. Pasó la mesa y se arrimó a la puerta, que nunca atravesaba. Llamó al Fermín y no recibió contestación. Miró hacia atrás y vio que la niña corría a su encuentro.
- No se ve que esté el Fermín, entremos.
Se arrodilló, miró debajo de los catres, fue hasta el fondo revisando. El catre que estaba debajo de la ventanilla era el de Fermín y parecía ocupado. Se acercó con la chiquita a su lado y como saliendo de la nada, saltó un enorme perro ovejero que se dirigió a la puerta.
Cuando se repusieron de la sorpresa fueron al patio y lo buscaron con la mirada, pero ya estaba lejos. Jamás habían visto un perro de ese tamaño y uno como él no pa-sa inadvertido por esos lares.
- No lo conozco, no lo he visto... ¿De quién será este animal? - musitaba la ancia-na.
- Abuela, por el lado de Media Naranja he visto a los hombres del viejo Olla con una majada. La deben llevar a Olta o a Chilecito.
- Está bien, m´hija, cuando venga alguno de los muchachos lo voy a mandar pa'que averigüe.
Pasó por los galpones de herramientas y del acopio, pero Fermín no aparecía. Esta-ba agotada. Volvió a la cocina, se sentó en la silla baja y pensó: "Cuando lleguen los hombres, va a venir el Fermín". Lo apreciaba, pues él estaba desde hacía mucho tiempo, antes de los accidentes.
La cena iba a ser frugal. Calentó un poco de charqui, había sobrado frangollo, tenía quesillo, mazamorra, vino riojano y aloja.
Cuando todavía era claro, llegaron los hombres del campo. Fueron directamente a la cocina y comentaron que adentro de las sierras había habido desmoronamientos y el más grande, donde el Fermín dejaba la majada. Les había extrañado no ver a las cabras. A ella le llamó la atención que no nombraran al Fermín, pero como faltaba que viniera Wenceslao, no dijo nada.
La anciana y su nieta dieron tiempo a que los hombres se higienizaran y matearan un rato y después les sirvieron la cena. Estaban en eso cuando llegó el rezagado con la novedad de que había habido un desmoronamiento sobre el camino provincial. Ha-bía cruzado al Fermín, que se le acercaba a todo galope. Venía como si se lo llevara "el malo". Pensó que iba a parar, pero siguió de largo; le pegó un grito, montó y lo siguió a la carrera. Fermín se puso al trote, entonces le preguntó qué le pasaba y a dónde iba. Estaba como espantado y con una voz mucho más grave que la de cos-tumbre, dijo que a Olta, espoleó el caballo y desapareció.
La abuela se puso a contar que no sabía quién había guardado la majada, que había aparecido un perro grande que ella no conocía, y que al sur estaban acampando los hombres del viejo Olla.
Uno de los hombres la interrumpió:
- Doña Cenobia, sería güeno preguntarles si es de ellos, ¿pero dónde está el perro?
- Desapareció para el sur, por el camino a Cruz del Eje - contestó la abuela.
Wenceslao, más intrigado que comedido, montó su zaino y salió a visitar a los ba-queanos del viejo Olla. Tenía el mozo también otro interés, pues arrastraba el ala a una de las niñas del viejo, a la que le decían "la manca" por un brazo malformado que tenía.
Cuando volvió, al par de horas, tenía un fuerte aliento a vino. Fue adonde estaba doña Cenobia y le dijo que el perro no era de ellos, que no lo habían visto y que ellos sólo tenían cuzquitos alcahuetes.
Ya estaba oscuro: era la hora en que Cenobia rezaba la nona. Cuando volvió a la cocina encontró sobre la hornalla un atado grande de verduras. Salió y dirigiéndose a los hombres, que todavía estaban de sobremesa, les preguntó, mirando al Wenceslao, si alguien había traído un atado de verdura.
- ¡No, yo no traje nada, doña Cenobia!
Todos se acercaron a la cocina. El atado estaba sobre la hornalla y el perro en el suelo, estirado, el hocico entre las patas delanteras, inmóvil. Sólo sus ojos movía, mi-rando a los circunstantes.
Todos dijeron: - Nunca hemos visto a este perro.
La abuela acostó a la nena y dejó abierta la ventana. Dormía vestida sobre un catre con mullido acolchado y al comenzar sus oraciones pensó si Dios le había mandado un perro o un ángel. Estaba segura: el autor de lo del aprisco y la verdura era el perro. Por la verdura lo llamó Hortelano.
Pasaron dos años. La vida había transcurrido como inmóvil en gestos novedosos. Los días parecían repetirse uno igual a otro, sólo matizados por las cosas que le traía a la vieja el Hortelano y el casamiento del Wenceslao con una de las hijas de Olla.
Una noche, Cenobia la Vieja escuchó en el galpón de los acopios un zafarrancho mayúsculo. Se levantó enseguida, pues dormía vestida, con el rosario y el talero en la mano, les pegó un grito a los peones, que nadie escuchó, se acercó santiguándose al galpón y vio al Hortelano enfrentando a un perro tan grande como él, pero de pelaje oscuro.
Con la luz de esa noche de luna llena, veía la fiereza del desconocido. De repente, como algo concordado, los dos perros mansamente se encaminaron hacia la tranquera y desaparecieron.
La abuela lo hizo buscar por las sierras, preguntó a cuanto baqueano o boyero se acercaba a "Guanaco Muerto", pero nadie nunca lo vio. Se lo había tragado la tierra. Quizás, las tinieblas.
Del Fermín nunca se supo a dónde fue. A Olta no. Nadie lo recuerda, nadie nunca tuvo noticias de su existencia.
|
|
| Misericordia |
[Arriba] |
Entró en una calle sin salida. Al llegar ante la puerta del convento, se paró, tomó el aldabón con su mano izquierda, lo levantó y cerrando los ojos, como si hiciera el gesto final de su camino, lo soltó. Se escuchó un fuerte ruido. Espero unos instantes. Cuando abrió los ojos, la puerta seguía cerrada. Se oyeron unos suaves pasos, cortos y rápidos, y un fraile salió a recibirlo. Con un gesto, lo hizo pasar. Había llegado en tiempo de retiro espiritual de los religiosos, cuyo sacrificio más evidente es el silencio total.
Entró con su portafolios, el bolso que portaba una muda de ropa, y sus treinta años de edad. Venía desde San Juan y era único hijo de madre viuda. Lo evaluaron y resultó apto.
En actitud humilde y de recogimiento, sirviendo a sus hermanos de noviciado, hizo sus estudios. Era el "abuelito" de la camada.
Después de haber cumplido los pasos previos como ostiario, lector, acólito y subdiácono y de haber hecho votos regulares y perpetuos, fue consagrado diácono y finalmente, sacerdote. Presbítero de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
Quizás por haber entrado al seminario con treinta años, Alfonso fue asignado a una diócesis caribeña para misionar a los aborígenes, que formaban comunidades muy primitivas. Eran parroquias de selva o de islas.
Yo lo volví a encontrar cuatro o cinco años después, en una misa carismática.
"No voy a decir que fue una alegría irme del país casi al día siguiente de ser consagrado - me contaba, después de habernos saludados hasta las lágrimas. - Yo soy oblato, o sea ofrecido a servir para y donde el Señor quiera. Me ofrecí para ir a cualquier lado, ya que a mi vieja renuncié cuando entré en el convento. Me dije: Tú, Señor, vienes conmigo, y donde tú estés, yo seré feliz. Me quiso en el Caribe y al Caribe marché."
Otros se acercaron a escuchar. Él continuó.
"No saben la impresión que tuve al llegar. El mar, las playas, la vegetación exuberante, la música, los indígenas, su cultura, sus chamanes (una mezcla de brujos y médicos que consiguen resultado sorprendentes), y en medio de todo eso, nosotros, un puñado de frailes, queriendo derrotar al Imperio y colocar en la cúspide de la fe personal y colectiva a Cristo, el Señor. ¡Es apasionante, demencialmente apasionante!"
Alguien le inquirió cómo lo había pasado. Él contestó:
"Yo soy de buena salud, pero hubo un tiempo en que me pasaba quince días trabajando y quince días en la cama. Tuvieron que mandarme a una clínica de la capital para tratar la fiebre persistente que padecía.Allí, mi orden tiene un convento y una parroquia; en esta transité mi convalecencia. Me ofrecí al párroco y gustosamente me designó para que celebrara la Eucaristía de las 17 hs.
"Iba poca gente, que se sentaba desperdigada por toda la iglesia. Cuando celebré por primera vez, les dije que era por poco tiempo, les conté mi enfermedad y que había venido desde Argentina. Al otro día volví a celebrar y la gente otra vez se sentó desperdigada. Aproveché el sermón de las primeras comunidades cristianas y los invité a que nos sentáramos juntos y, como éramos muy pocos, lo hiciéramos alrededor del altar, para que la celebración fuese más íntima, y vivida como gesto comunitario.
"Les pedí que para la lectura de la palabra, para el salmo, que también es palabra, se turnaran, que nadie se adueñara del ambón, que al traer las ofrendas del vino y el pan con el agua, que se colocarían en la entrada de iglesia, lo hicieran en procesión. Les dije que en la colecta íbamos a bendecir el dinero, como herramienta de trabajo e intercambio, junto a las economías personales, principalmente de los que no tenían.
"Creo que les caí bien, no por lo bonito, porque darle un beso a esta cara... ¡hay que animarse!, sino porque se habían dado cuenta de que no alcanzaba con celebrar de cara al pueblo, que la rutina era la destrucción de la piedad, de la vida espiritual misma, y que se debía con gestos animar, para que todos fuésemos actores. Eso era lo que tratábamos de hacer.
"Pensé que en dos meses volvía a la misión, pero me llevó algo más de un año. Fue un año de gloria. Llegamos a una comunicación y amistad con estos hermanos, que jamás olvidaré."
Estaba por irse, pues la comunidad de frailes respetaba horarios de comida, oración, estudio etc., cuando una señora le rogó que contara alguna anécdota. A Alfonso le gustaba contar y a nosotros escuchar, más aún acerca de esos límites de la periferia espiritual de la iglesia de los que se conoce poco o nada.
"Voy a contar algo cortito, tengo que ir a cenar. - le respondió a la señora - Pasó así: venía a misa todos los días un hombre vestido muy pobremente. Nunca leía ni llevaba las ofrendas, pero yo lo escuchaba orar y notaba su atención cuando sermoneaba con la Palabra. Su comportamiento lo noté enseguida, pues no superábamos la docena de fieles. Al mes nos conocíamos los nombres, en razón de algunas dinámicas que hicimos en las celebraciones. Pero yo no podía recordar el suyo.
"Un día llegué temprano y lo vi arrodillado frente al sagrario. Me acerqué. Al darse cuenta que yo estaba a su lado, miró. Aproveché para saludarlo y le pregunté cómo se llamaba. - Atenor, padrecito,- me respondió.
"Me contó que venía del campo a trabajar en los jardines de la ciudad. Llegaba después de caminar más de dos horas, por lo que calculé que vivía a más de diez kilómetros. Asistía diariamente, menos los domingos, en que se quedaba en casa para cuidar a sus siete hijos, y su mujer aprovechaba para venir a misa .
"Besuqueiro como soy, lo abracé y le besé las mejillas. Me retiré a la sacristía a empezar la plegaria de intercesión para que el Espíritu Santo se derramara sobre este hombre, su mujer, sus hijos, sobre los otros fieles y los que iban a venir por primera vez.
"Terminó la celebración y salí, como siempre, a saludar a la gente en la vereda. Atenor se quedó a un costado. Humildemente, cuando ya no quedaba nadie, se acercó y con suavidad de madre que acaricia a su bebé, me tomó las manos y me las besó, diciéndome: - Padrecito, gracias. Hace cinco años que vengo a esta misa, y es la primera vez que un padre me dirige la palabra y me pregunta cómo me llamo.
"Se puso a llorar. Lo tomé en mis brazos y lo apreté contra mi pecho con toda mi alma, en la convicción de que no estaba abrazando sólo a Atenor, sino a mi Cristo pobre, que tuvo la misericordia de presentarse ante mí."
Diciendo esto, nos saludó y se fue a cenar. Al otro día se iba a San Juan a visitar a su mamá. Todos nos retiramos a nuestras casas, edificados.
A Alfonso no lo volví a ver. Quedó en mi vida como una lección para siempre.
"La religión no pasa por los ritos o sacrificios; pasa por lo humano, por la misericordia". Amén
|
|
| Los cebadores de mate |
[Arriba] |
Viví hace poco la infrecuente experiencia de tener a la propia mujer en el límite de la vida. Quizás por rutina, la presencia de la mujer en la casa no se note, pero sí, en forma muy profunda, su ausencia. La casa queda vacía. Nuestras dos hijas solteras se dedicaron a cuidar a la madre en el hospital y, como consecuencia, yo me transformé en "amo de casa", cosa que no me disgusta.
Un martes fui a la verdulería que atiende Marisa, una mujer inteligente que parece tener experiencia sobrada en hortalizas y frutas, pues no sólo las vende, sino que también explica sus usos y beneficios. Llegué temprano; estaban todavía presentando la verdura para que luciera. Los acompañaba, generalmente, un comedido cebador de mate. Como no lo vi, le dije en broma:
- ¡Faltó el cebador o lo echaron?
- ¡Cuál de ellos?
- Un señor grande, que una vez trajo vino tinto casero, muy rico.
- ¡Ah! Usted habla de Cano. Ya van para dos años que murió; era un hombre muy mayor
- No, yo lo conocí a Cano. Me refiero a un señor que contó que era uruguayo.
- Pero, cómo, ¿no se enteró? Murió en la terapia intensiva del Belgrano.
Era demasiada mala noticia; pagué y me fui diciéndome: ¡El que dice lo que no debe, escucha lo que no quiere! Al cruzar noté que alguien me miraba con insistencia: era la anciana de los gatos, con los ojos clavados en mí. Los cuatro gatos se refregaban en sus flaquísimas piernas. Todas las veces que he visto a esta anciana me he estremecido...
Entré en la panadería, que atiende el hijo menor del viejo dueño. Compré un kilo "surtido", para toda la semana. Pensar que compraba dos kilos por día cuando estaban todos los chicos... ¡Qué tiempos aquellos, Dios mío!
Como no había ningún cliente, le pregunté:
- Che, Antonino, ¿así que murió el uruguayo?
- Sí, hace como dos semanas.
- ¿No te llama la atención que los que ceban mate en la verdulería se mueran? También murió Cano.
- No, ya tenía sus años, murió en la verdulería como pudo morir aquí. El bobo se para en cualquier momento y en cualquier lugar.
- ¿Y el uruguayo?
- El uruguayo era un hombre relativamente joven, pero enfermo, y enfermo de vieja data. Igual, nunca dejó de fumar ni de chupar; aguantó porque tenía el corazón fuerte, pero ya fue.
- Vos eras muy chico, pero quizás sepas que antes de la verdulería, hubo en ese lugar un almacén de forrajes que pusieron unos pampeanos. Ahí se murieron en un par de meses, dos hombres que venían a cebar mate.
- Sí, conozco la historia. Mirá, Héctor, ¡son todas boludeces! Los muertos eran hombres de mucha edad, estaban más cerca del arpa que de la guitarra. Murieron porque les llegó la hora, y punto.
- Te cuento algo: cuando yo recién llegaba al barrio, los pampeanos habían anexado la venta de bebidas. Un domingo fui a buscar una botella de vermú. La gente comentaba la muerte de la segunda persona, recién ocurrida, y una mujer anciana contó que en la casa anterior, que fue demolida para construir la actual, había una carnicería de potro donde faenaban los caballos que dejaban de servir al pisadero de barro del horno de ladrillos; los mejores cortes los vendían y lo demás lo hacían mortadela, que la compraban unos paraguayos. Un hombre de los hornos de ladrillos venía a cebarle mate al carnicero, con tanta mala suerte que se enamoró de su mujer y entró en amores con ella. Un día, el carnicero los sorprendió, lo mató a puñaladas y maldijo a todos los que cebaran mate en ese lugar.
- Héctor, ¿quién te lo contó, la bruja Cachavacha, con guión de Stephen King?
- Chau, Antonio.
En la esquina seguía la vieja con los gatos, y apuré el paso.
A semana siguiente volví a la verdulería. Estaba atendiendo Vicente, el hermano de Marisa. Le conté que tenía un hobby, el de escribir cuentitos de treinta y tres palabras y que había escrito uno sobre la muerte del Uruguayo. Cortándome la conversación, me dijo:
- Te digo el final: "La maldición continúa". - y todos nos pusimos a reír.
Estaba por retirarme, cuando me comentó:
- La semana pasada una vieja me recordó lo de la maldición, en la que yo no creo, pero, para evitar expectativas, le propuse a Marisa que de ahora en adelante, si quiere tomar mate, que se lo cebe ella y la terminemos con esta sonsera.
Salí, y en la esquina, la anciana de los gatos me miraba...
Pasó más de un mes y cuando parecía que mi mujer llegaba a su fin, el Señor en su misteriosa misericordia, la resucitó, y no cabe otra palabra. A la semana la dieron de alta y con las chicas la trajimos a casa, así que yo, sin correr tanto, seguí haciendo las compras. Cuando todo estuvo acomodado, aproveché para ir a la peluquería: Camilo, mi peluquero es un veneciano singularísimo, criador campeón de canarios flautas. Tendrá unos jóvenes setenta y cinco años, casado con una discretísima mujer que, para casarse con él, dejó las tablas del Maipo.
- Buenas tardes, Héctor, ¿cómo dice que le va?
- Bien, Camilo con la intención de hacerme cortar el pelo y rasurarme la barba al numero dos.
- Siéntese, por favor,
Me senté con el placer de escuchar los gorjeos de dos canarios que estaban en una muy decorada jaula blanca. Hablamos del uruguayo y de la maldición, y en un momento dejó de cortar, como para subrayar lo que iba a decirme.
-Yo no creo en esas cosas, mejor dicho, no creo que el lugar esté maldito, aunque le doy el beneficio de la duda, pues es mi vida han ocurrido cosas que jamás me he podido explicar...
En un momento le pregunté por la anciana de los gatos.
- ¿A dónde quiere llegar con esa pregunta, Héctor? - dijo, mirándome a los ojos.
- Sólo para enterarme. Usted es uno de los más antiguos del barrio. Esa vieja me impresiona...
- Hay cosas de esa mujer que no le puedo contar...
Intrigado, me fui. Anochecía. Crucé por el frente de la verdulería y observé que era temprano para que estuviese a oscuras .Llegué a casa y mi dirigí al baño, me mojé la cara y con la toalla todavía en las manos, me acerqué al dormitorio donde reposaba mi mujer. Apenas la vi, le comenté que, a las siete de la noche, la verdulería estaba cerrada.
- ¡¿Entonces no sabés lo que pasó?!
- Estuve conversando con Camilo, me cortó el pelo y me vine...
- ¡Fue una desgracia! La nena hace un rato vino de allí...
- ¿Qué pasó?
- Marisa quiso sacar un bulbo de calabazas que estaba sobre una pila de bolsas de papa y, como estaba alto, saltó para tirárselo encima y agarrarlo, con tanta mala suerte que con el bulto, arrastró una pistola que había escondido Vicente. ¡Al caer al suelo, se disparó y le pegó en el hígado!
Me tomé el mentón con la mano derecha y empecé a acariciarme la barba.
- ¡Qué pasa que no decís nada?
- Nada, sólo pienso: ¿quién cebará el mate ahora...?
|