Taller de Narrativa  
Reneé Rodríguez
De las manos
Viajes
Un libro, y ¡listos para el viaje!
Mosaico Tanguero



De las manos [Arriba]

Caminamos juntos por la arena húmeda.

Mis largos dedos se entrelazan con los tuyos, pequeños y cálidos.

Entonces, mi mano cobija en su cuenco la tuya.

Yo camino lenta, tú al trotecito.

Miro el entorno, monótono y aburrido.

Tú descubres areniscas doradas, conchillas, caracoles, cangrejos muertos, almejas que al compás de las olas aparecen y desaparecen, un arbusto seco que el viento marino hace rodar por la playa. Y todo te da para conjeturar y deducir.

Y el camino, poblado de gaviotas blancas, sigue largo, largo, lleno de sorpresas, para ti.

Corto y mustio, para mí.





Viajes [Arriba]

Avanzaba tímidamente la fría y ventosa tarde otoñal, cuando las dos em-prendimos el viaje, cada una en su mundo y en su dimensión. Se podría de-cir que ella era la que marcaba la ruta, de acuerdo con sus apetencias olfati-vas o sus necesidades vitales.

Partimos, entonces, de la estación Paraíso.

Largos y desprolijos pasos marcaban la placentera caminata cuando, de le-jos, avistamos la capilla. Parecía estar en medio de la calzada, enmarcada por suave alfalfar que, ondeante, brillaba a la luz del sol. Nos acercamos. La capilla corrió su rústica silueta colonial al costado del camino. Sólo una humilde casita existía pegada a ella, habitada por los caseros que la mante-nían cuidada y abierta durante todo el año, y en verano, hasta de noche.

Vivían en ella doña Casilda, su esposo y sus trece hijos. Él se ocupaba de hornear ladrillos en esta zona, que ya dejaba ver la tierra desprovista de su primera envoltura. Ante nuestro paso, un dorado alazán relinchó con tanto ímpetu que los moradores se asomaron; en un instante quedamos rodeadas por una multitud de boquitas sonrientes y felices por la inesperada visita.

La perra no podía creer en tanta ventura para ella sola: tantos chiquilines a su alrededor y un campo de alfalfa por donde correr a sus anchas a alguna que otra liebre, perseguida, a su vez, por los chicos.

Cuando el torbellino pasó y volvió la calma, la casera con sus hijos nos mostró la capilla. Por demás adusta, lucía en su altar a la Virgen de Nuestra Señora de la Merced, con una breve llama encendida y una gran lata rec-tangular, pulida hasta el brillo y repleta de retamas amarillas.

Arrodillada en uno de los pocos bancos, me transporté...

Junto a mí se echó Nati, mi cómplice, esperando. Al salir, en medio del exiguo atrio, leímos la lápida del fundador del barrio: "Dr. Antonio de Paulo Aleu y Sra., donantes de la Capilla y del predio para el futuro cole-gio".

Doña Casilda nos ofreció un vaso de leche, que yo tomé con cierta apren-sión, pues nos la sirvió al pie de la vaca, tibia y espumosa, con olor a esta-blo. Mi perra, agradecida, no dejaba de lamer sus bigotes.

Dejamos la estación Capilla y continuamos por un sendero de paraísos en flor. El aroma embalsamaba el ambiente. Era diáfano el aire. El mágico si-lencio fue invadido por rumores graves y monótonos: se aproximaba un pavero con veinte ó treinta vigorosos pavos, de plumaje verde, oro y cobri-zo. Como soldados, desfilaban, con el largo y fino cogote erguido. Sus ca-bezas, feas y desplumadas, dejaban zarandear las rojísimas crestas, largas y rugosas. El viejo conducía a su tropel bullicioso con gran maestría y con una caña que les señalaba el destino final: el frigorífico.

Nati avanzó segura hacia ellos, con fuertes ladridos; no estaba en sus cál-culos, ni en los míos, que uno de los pavos se apartara del grupo, abriera sus grandes alas y se abalanzara hacia nosotras - aunque yo nada tenía que ver con el asunto -, dando fuertes picotazos y casi cubriendo a la perra con toda su envergadura desplegada. Fue un gran susto para mí que, sorprendi-da y atónita, sólo atiné a correr. Después de mucho merodear, la encontré a Nati solitaria, debajo de un arbusto, con las orejas caídas y lamiendo parte de su cuerpo ensangrentado.

Seguimos pisando veredas de ladrillos, o de hierbas mezcladas con abrojos, hasta llegar a la plaza. La contemplé de lejos: chicos jugando, otros en mo-nopatín, niñas saltando a la soga, rondas. "Mambrú se fue a la guerra/ no sé cuando vendrá/ vendrá para las Pascuas/ o para Navidad"..., y una larguilu-cha de trenzas, emocionada con Mambrú...

Una madre que cuidaba a su prole, sin dejar el armonioso vaivén de sus cinco agujas, me sonrió desde su angelical dimensión, levantó levemente la mano, en cuyo meñique sostenía la lana, y la agitó como diciendo: "Aquí estoy..."

El camino seguía llano, sin dificultades. Al pie del buzón nos sentamos. Era justamente el sendero de la estación; nos lo dijo una larga pitada que anun-ciaba que el Estrella del Norte, un hotel con ruedas, y su formación, esta-ban pasando: eran las 17 y 20. Los vecinos salían a mirarlo. Era una mons-truosa oruga...

Camino de la estación, regresaba un alto caballero con ojos color del tiem-po, cabeza erguida y mirada que se perdía en el sueño del futuro... Y pa-só..., dejando una estela formidable de enseñanzas y válidos ejemplos. Si-guió, con la tranquilidad del deber cumplido, sin saber aún si sus semillas habían germinado...

Dejamos la estación, pisando con unción y respeto aquellas veredas.

Lentamente caminamos otro largo tramo y hallamos otra parada. Nati lle-vaba su lengua roja afuera; se la notaba sedienta, pero no teníamos otra al-ternativa; por ahora descansábamos, yo sentada al borde de un pequeño cerco de una casa a medio terminar, cuadrada, tosca, de la cual salía un cierto alboroto.

De pronto vimos a una linda morena de largos cabellos negros, vestida de muselina, que luchaba tenazmente por sacar de su casa el cadáver de un hombre alto, fornido que, en su visita amorosa, había quedado en los brazos de la Muerte. Ella pretendía dejarlo en la vereda, ya que la familia de este Romeo, vivía en las cercanías. Al fin lo logró, acomodándolo como quién cae, así de improviso, para apaciguar en algo los comentarios. Transpirada, roja y agitada, llevó sus cabellos hacia atrás, oteó el barrio para asegurarse la falta de testigos y, preocupada, desapareció por el pasillo. Miré al muerto vestido de mameluco blanco, su ropa de trabajo, y pensé en la familia que dejaba atrás.

Llegamos al precioso puerto "El pescador descalzo".

El agua corría a través del inmenso campo de golf, hasta abrirse paso entre dos grandes troncos de aromados paraísos que brindaban sombra, en los ardientes veranos, al más famoso pescador que hubo en la familia: mi her-mano mayor.

Esta laguna vertía sus aguas transparentes y cantarinas, en una famosa zanja que hoy corre sin murmullos ni transparencias, ahogada, entubada y silenciosa, sin aquellos puentes de metal que se desplegaban cuando la llu-via sobrecargaba la laguna, y las calles se anegaban.

Pero ahora, el pescador ha dejado su caña de bambú, que portaba en el ex-tremo del hilo un pequeño anzuelo, hecho con un alfiler. Ahora no se esca-pa a la hora de la siesta, descalzo y con su cañita, para que mamá no lo vea. Hoy, privilegiado artista, lleva los recuerdos de aquella historia de peces, de agüitas que corrían cantarinas, de paraísos en flor, a sus más apreciados vitrales, que el mundo admira.

En mi circular andar llegamos, otra vez, a la estación Paraíso. En suma, hemos hecho sesenta y dos años, en cuarenta minutos.

Es hora de preparar el té, con cosas ricas que yo misma he elaborado, pues mi hermoso presente me espera: mi hijo, jugoso y sabio fruto; mi nuera, juventud y alegría; el nieto, mi vínculo con el mañana; mi hija, respuesta a mis grandes cariños.

Y tu presencia..., ya entre las tazas de porcelana, ya entre el verde avizora-do detrás de los cristales, ya entre los intrincados caminitos que forman es-tas palabras...

Tirada junto a mí, Nati, mi cómplice, espera.





Un libro, y ¡listos para el viaje! [Arriba]

Tapas de cartón descoladas, rústicas hojas que el tiempo tiñó de marrón e hizo frágiles, de olor ácido, con una increible dedicatoria con pluma cucharita, descansa, maltrecho, en mi falda, el libro que hace años me apasionó: "La historia de San Michele".

Lo hojeo con desgano, calculando los años que silencioso, en mi biblioteca duerme, rodeado por bellos ejemplares de fotos a toda página, con tentadores epígrafes que son ya, una invitación al pasado o a los más bellos lugares del mundo.

Y él, povero, sin una foto, sólo luce la puntilla rústica en el borde de sus gruesas hojas, como todos los libros de su especie.

Pero yo siento en mi alma renacer las vivencias que compartí con él y con el Dr. Axel Munthe, su autor, y la secreta promesa de hacer con ellos, el viaje por las tierras usurpadas por Tiberio a los capriotas y a su folclore. Tanto me había consustanciado con la naturaleza del paisaje, que logré atrapar en mi conciencia lectora, fragancias verdes de lujuria, azules increíbles y su portentoso mar...

¡Cuántos años pasaron desde aquel encuentro!

Como entonces, el ensueño se apodera de mí . Y me veo surcando las escarpadas costas del Tirreno, acariciada por la brisa marina, en dirección a Nápoles, para encontrar en ella su antigua historia.

La grave, segura y prometedora voz del Dr. Munthe, me lleva a conocer a través de este viaje literario, el teatro Nerón, las columnas de los templos paganos, las catacumbas de San Jenaro...

Al pie del Vesubio, ya veo surgir a la moderna Nápoles: edificios torres, fábricas de armas, industrias, paseos...

Estamos llegando a la ciudad que esconde celosamente, el motivo de nuestra visita. Una vez arribados, se decide el transbordo de aquellos que visitarán Capri.

No lo pienso dos veces. Digo: "¡Capri!", apretando contra mi pecho el libro, que late con el corazón de su autor.

Pongo mi mochila en bandolera. Va cargada con todos los descubrimientos que Axel hizo cuando se enamoró de esta isla.

Ya presiento el sabor de sus vinos, la personalidad de los capriotas, su tierra caliente que madura los largos racimos de jugosas uvas, entre las ruinas de mármoles dejados por el cativo Tiberio, que creyó, como Colón en América, haber llegado al Paraíso terrenal.

El bote es aguardado por una multitud de personajes típicos. Ilusoriamente los contemplo entre las líneas, rústicos como las páginas de mi libro, esperando que nos acerquemos, mientras la comunicación, rica en gestos, me desborda.

Don Pepino Pagano, jefe de correos, mano in fianco, exultante, espera; los porteros de los hoteles, en acclamazione, se disputan a los posibles clientes; los burritos están recién ensillados; los cocheros de Fellicelo, que trasladarán a los alegres turistas, hacen el famoso nulla, cosa da nulla, ruidoso y significativo.

Un viejo con su organito destemplado, dice: - ¡Questo é per gli amici!

Todo una estampa de gracia, picardía y color.

Más allá, a la entrada del camino, sentados sobre piedras, dos hermanos ciegos, piden con sus gorras extendidas:

- ¡Date un soldo, Eccelenza, al povero ciego! ¡La Madonna vi acompagne!

Un niño harapiento con un violín bajo el brazo, también ruega por una moneda.

Toda esta visión de gente que pide, que se ofrece y que medra, se mueve a mi alrededor cual hormiguero sobresaltado, gritando sus ofertas o mostrando su desgracia.

Alejada del movimiento, sobre una piedra que le permite dominar el conjunto, una anciana, María Portalettera, nativa de Capri, espera que Pepino Pagano, le entregue la correspondencia que debe repartir en Anacapri.

La recibe, y con gran soltura, la ordena por parajes. Ya se apresta para repartirla. Junto a ella, el perro, como su sombra, la sigue.

Me pego a su lado; mi intención es conocer y seguir disfrutando de la belleza del paisaje. ¡Cuánto he aprendido al lado de María! Parece que nuestra relación viene de toda la vida.

Espontánea, conocedora de las costumbres de los lugareños, se enseñorea con el precioso ensamble del pasado y el presente.

Antes de emprender el ascenso hacia Anacapri, me hace dejar la mochila en el parador, y casi me ordena comer un gran plato de macarrones con una abundante salsa de pomidori, el fruto preferido de los italianos del sur, con un buen vino tinto a volontá, de los viñedos de Capri.

Terminado el suculento almuerzo, calza sobre su cabeza una canasta de naranjas sobre la que lleva las cartas, envueltas en un pañuelo de algodón anudado. Colgando de su brazo, una cantimplora con agua para su perro que, conocedor, nos marca el camino.

Las naranjas aplacarán la sed, a esa hora en la que ya todos, incluidos los perros, hacen la siesta.

Yo estoy subyugada con la personalidad de esa vieja dinámica y sapiente, que me lleva de sorpresa en sorpresa y, con avidez, de página a página...

Me indica la ruta que tomaremos para acceder a la bellísima Anacapri.

Camino escarpado, salvaje, construido, según María, por Tiberio.

Lo forman setecientos setenta y siete escalones, que mi amiga recorre desde los quince años, dos veces por semana, para entregar las cartas, en ese pueblito escondido y solitario que espera noticias de América.

A medida que ascendemos, aumenta mi sorpresa ante la belleza casi indescriptible de la isla. Lentamente, aparece el golfo y se atisban las copas de los pinos, bosques de olivos, mirtos y naranjales. Las ramas de las higueras se abren paso, ofrendando higos jugosos. También los durazneros, con sus rosados frutos, suavemente descienden en busca del mar.

De tanto en tanto, el perro nos obliga a detenernos. Su jadeo y larga lengua roja que pende sedienta de su bocaza, nos hacen notar nuestro propio malestar. Entonces nos detenemos, buscamos una roca plana y buena sombra. Con avidez, chupamos el jugo de las naranjas.

Es el momento en que María me deleita con la historia del lugar en que ha sido amo y señor, el malvado Tiberio, o Timberio, como le dice la gente de allí. Sus relatos, trasmitidos de padres a hijos, se ven interrumpidos por el paso bullicioso de los patos salvajes.

Seguimos ascendiendo por los fenicios escalones.

Mi embeleso no tiene nombre. Entre sueños oigo a Axel murmurar: Meraviglioso, meraviglioso...

Y llegamos al escalón setecientos setenta y siete. Estamos en Anacapri.

El abismo y a nuestros pies, el Golfo de Nápoles, engalanado con las pequeñas islas de Ischia, Prócida y Posillipo; atrás, el Vesubio, orlado con una fina nube rosada.

Silenciosa, casi atónita, giro la cabeza, queriendo abarcarlo todo. En ese momento, descubro a mi espalda, una capillita en ruinas.

Su abovedado techo se ha hundido; bloques de mampostería sostienen sus muros.

- ¡Roba di Timberio! - dice María.

Es la capilla de San Michele. No le pertenece a nadie.

Asegura María que allí habitan duendes y fantasmas, que los espíritus de marineros, a altas horas de la noche, suben la escalera y suenan las campanas.

La razón de todo esto, según lo explica la gente del lugar, es que cuando Timberio tuvo su palacio, allí arriba, fece ammazzare Gesú Cristo. Desde entonces, su alma condenada vuelve de vez en cuando a pedir perdón a los frailes, sepultados bajo la capilla.

El maestro Vicenzo, María Portalettera, la matrona Annarella, aseguran que a veces aparece en forma de una gran serpiente negra.

Conmovida, quiero acercarme más.

Chilla una lechuza y levanta vuelo.

Entre una maraña de madreselvas y de hiedras silvestres, desarrolla sus negros y brillantes anillos, una serpiente que se desliza hacia la capilla.

Con un silbido sobrecogedor, me advierte que no ose pasar los límites de lo sobrenatural.

Sugestionada cierro el libro. Las persianas, y la ventana también...





Mosaico Tanguero [Arriba]

"Están rodeando la mesa del tango
El viejo Contursi, Villoldo y Cobián,
El pibe Ernesto, Lomuto, Scattasso,
Arolas, los Greco y el gordo Bazán.
Están charlando y allí, mano a mano,
Florecen recuerdos del tiempo de ayer,
Con esas historias que cuenta Razzano
Y menta bromeando Carlitos Garedel". (1)

También están rodeando la mesa del tango, como sombras hirientes del viejo pasado, Malena y su pena de bandoneón; Grisel, con su rota ilusión de cristal; Margó, que vuelve a la ciudad con el tango más amargo; María, la del sombrerito pobre y el tapado marrón.

Al lado de Carlitos se sienta Muñeca Brava, la que a los giles marea sin grupo. Junto a ella se acomoda, con aire de importancia, la Milonguerita de más "chiqué", que habla con zeta y chamuya francés.

Lejos de las mujeres, el yerno de la noble viuda del guerrero, solitario templa la viola garufera y vibradora de las horas de parranda y copetín.

Golpeteando a su alrededor, entra el Viejo Ciego con su lazarillo. Trae las quejas del viejo violín. En medio del humo parece un fantoche su rara silueta de flaco rocín.

Mientras algunos arriman mesas, copas y champán, Griseta queda turbada mirando quién entra. Al instante él la reconoce y parado frente a ella, con su funyi compadrón, le dice:

"En la cara luzco con orgullo
un recuerdo que es muy tuyo
y que llevo por mi mal.
Me lo hicieron en tu nombre,
cuando yo jugué como hombre,
con la vida del rival". (2)

Como las cosas se ponen algo fuleras, tercia un melancólico forastero, al tiempo que se presenta:

- "Me dicen Príncipe. Tuve un hogar y un querer. Fue la muerte quien de mi trono se apoderó". (3)

Y con andar compadrito, buscan ubicación.

A la medianoche llega la pebeta más linda de Chiclana, con la pollera cortona y en las trenzas un beso de sol. Luego Estercita, amargada, porque los hombres le han hecho mal.

La Galleguita, con sus bellos ojos moros y su cuerpito gentil, cuenta sus sinsabores amorosos:

"Era un tigre para el tango,
envidia del cabaret,
pero un día traicionero
tras de otra se me fue". (4)

Mientras el pernot y el champagne corren, los picos y las risas se calientan.

Malena hace un aparte con el de la cicatriz, que ya le ofrece de arrejuntarse, mientras le dice:

"Todito lo que tengo
pa'vos es alma mía:
el mate, la bombilla
y hasta el calentador,
y tengo pa'esas noches
de invierno crudo y frío
de lana un acolchado
pa'que duermas mejor".

Luego el malevo grita:- ¡Mozo! Traiga otra copa…

La tanguera Ivette entra del brazo con su bacán encurdelao, aquel que robó pa'que no le falte el bullón y que cuando estaba en cana, le mandaba en cuadernitos, aquellos lindos versitos, sacados del corazón.

Al fondo del salón, otra mesa, otra gente, otra etapa del tango.

Éstos son grandes melancólicos, con menos historias de cuchillos, de cicatrices o de cárcel: Troilo, Mansi, Expósito, Fresedo, Horacio Ferrer, Marianito, Piazzolla...

Ellos también llegan con sus muñecos: Cristal, Caminito, Naranjo en flor, Pampa mía, El Ciclista, El Riachuelo…

Todos se acomodan, envueltos en el halo de la nostalgia, y con voz quebrada, dan rienda suelta a los recuerdos.

El quejumbroso Caminito añora los días felices del trébol y del junco, anticipando que ya es una sombra.

Naranjo en flor, con su eterna pregunta: "Qué le habrán hecho mis manos para dejarme en el pecho tanto dolor".

Pampa mía, angustiada, replica: ¡Y yo, que con el verde de mis pastos, el temblor de mis estrellas, mis sendas, mis lomas y mis quebradas, no logro retener a nuestros hijos argentinos...

Cristal, pensando en sus nietos, responde:

- "Tengo el corazón hecho pedazos, rota mi emoción en este día, noches y más noches sin descanso, y esta desazón del alma mía", al presenciar que sacan pasaportes hacia inciertos destinos.

La Calesita, grita su larga cuita maleva:

- ¡Carancanfún! ¡Vuelvan a bailar y a recordar, vamos que en su rutina, la vieja esquina está llamando a todos los que se van!

Decido salir a la calle y beber el aire fresco de la Reina del Plata. Caminar sola e hilvanar ideas. Al llegar a la esquina, alguien me espera: es un porteño que me invita a caminar.

Lo miro a los ojos, me gusta su cara; por las sienes le corre el jugo de un melón. Canchero, me calza por la cintura.

Agarramos por Callao. Casi junto a nosotros, pasa un flaco en bicicleta de ruedas cuadradas que, animándose, dice:- ¡Dale, Dios!

Más allá, en pantalla panorámica, junto a un altar, alguien toca el bandoneón, y una princesa llora.

Al pie del Obelisco, canyengue y con funyi ladeado, Julio Bocca baila "Taquito militar".

Al fondo, se ven las nieblas del Riachuelo:

"Turbio fondeadero donde van a recalar
barcos que en el muelle para siempre han de quedar…
Sombras que se alargan en la noche del dolor…
Náufragos del mundo, que han perdido el corazón." (5)


Notas:
Carlos de la Púa, La crencha engrasada, Schapire Editor, Buenos Aires, 1970.
Las letras del tango, Antología cronológica (1900- 1980), Coordinación y prólogo de Eduardo Romano, Editorial Fundación Ross, Rosario, 1994.
(1) "La mesa del tango". Letra y Música: Leopoldo Díaz Vélez.
(2) "Cicatrices". Letra: Enrique P. Maroni. Música: Rafael Adolfo Avilés.
(3) "Príncipe". Letra: F. García Jiménez. Música: Anselmo Aieta y R. Tuegols.
(4) "Nieblas del Riachuelo". Letra Enrique Cadícamo. Música: Juan Carlos Cobián.