Taller de Narrativa  
Patricio Stafforini

El jinete de la noche
Encuentro
Toda Raquel en su nombre



Toda Raquel en su nombre [Arriba]

La imagen de Raquel se acercaba despacio, desde una distancia luminosa y sin tiempo. La envolvía el aura mágica de su nombre.
Lentamente, el perfume de su cuerpo esbelto, tibio, iba despertando mis sentidos. La cadencia de su paso y el vaivén de sus caderas auguraban un dichoso después. Un estremecimiento me recorrió, inquietante.

Son las seis y veintisiete. Lo indican los números brillantes del radio - reloj. No sé qué fuerza extraña me ha transportado hasta aquí. Tampoco comprendo las razones de esta desatinada antelación.
Cierro los ojos y, en vano, busco a Raquel; luego el verdor donde la he visto andar. Palpo el frío de las sábanas, más allá del estrecho espacio que ocupa mi cuerpo, sabiendo que no la encontraré. Quisiera convencerme de que no me importa.
Creo que sólo me queda esperar a que la música señale el momento de la transmutación, del ingreso a ese otro universo opaco, inevitable y ajeno; de insensatas imposturas; de palabras sin poesía, estériles, destinadas a su inútil acumulación en inequívocas fojas numeradas.
"Selle, Ramírez," parece decir el silencio, y el músculo reacciona, mecánico, provocando un ligero movimiento del brazo aprisionado debajo del pecho. Tengo la casi certeza de que no lo soportaré otra vez.
Nuevamente trato de encontrar las formas, los olores. Me llega el sonido de la lluvia en la ventana: tal vez una mera reminiscencia.
¿Es necesario repetir esa rutina? Si tuviera al menos el valor de la rebeldía, ya hubiera hecho el intento de romper con el ritual. Me asalta, en cambio, el desasosiego de otro devenir. ¿Existe, por ventura, oasis sin desierto, o luz sin oscuridad?
Inexorablemente oiré un tango. ¡Cómo evitarlo! Ya serán las seis y veintinueve.
El revólver espera en la mesa de luz. Ha estado allí desde siempre. Podré tocar la madera tersa de su empuñadura, sentir el metal del caño presionando la sien, la yema del dedo en el gatillo; la bala que atraviesa el hueso y traspasa el cerebro.
Encontrará, quién sabe, algún pensamiento, o un recuerdo escondido. Quizás la cara sonriente del que fui una vez, o la silueta de Raquel, que cimbra tras el cristal rugoso de una puerta... ¿Desde cuándo la llevo en la memoria?
Morirá entonces su cuerpo: lo desgarrará el plomo raudo, caliente y gris como la mañana lluviosa, como la oficina de archivos.
Más adelante, no mucho, un milímetro, tal vez dos, la bala destruirá la infancia pueblerina, el patio y el parral, el balero tachonado. La primera noche de amor, acaso la única.
Antes, el estruendo. ¿Llegaré a oírlo? La almohada se teñirá de rojo. Los compases caerán en el vacío, infecundos. Ni siquiera habrá quien los numere.
"Una bala le quitó la vida," dirán mañana. Seguirá un desolado funeral.

Seis y treinta en punto. El gemido gangoso de un bandoneón dibuja una melodía.

La multitud converge en la boca del subte. Son siempre los mismos desconocidos, sumidos cada cual en su silencio. ¿Advertirían mi ausencia?

Desde la ventanilla de la oficina de archivos veré venir a Raquel. En el estrecho corredor, su pollera ondulará a cada paso; sus pisadas quebrarán el silencio de la geometría gris, con ese golpeteo certero, breve y regular. El cobre de su pelo, suelto sobre los hombros, resplandecerá a su alrededor.
Ya puedo adivinar el movimiento de sus pechos, rozando la tela suave de la blusa. Puedo presentirlos, insinuándose bajo el escote airoso.
Pasará junto a mí, al otro lado del mostrador. Me llegarán su calor y la fragancia joven de su piel. ¿Me mirará? Tal vez no vaya a verme.
No sé si me atreveré a hablarle.
Temo que no me responda, o que sea otro su nombre.





Encuentro [Arriba]

Anduvo calle abajo, pisando con los talones para contrarrestar la pendiente, hasta sentir la humedad salobre impregnándole la piel, hasta oír las olas obstinadas reventando contra las piedras, una y otra vez. El frío le hizo doler las mejillas. Descubrió en la oscuridad la espuma blanca, fosforescente, elevándose en el aire como una bailarina después de cada toque de timbal; cayendo lenta sobre las rocas, para arrastrarse hasta el mar y, cansada, volver.
Contempló el arco de la costa iluminado por los faroles de la avenida desierta. Más allá, la playa aparecía como un gran hueco negro recortado por el tenue resplandor del puerto. Respiró hondo y se sintió dueño de aquel universo.
No pensó, no quiso pensar en los últimos años. Había decidido olvidarlos. Supo, en cambio, que estaba muy solo. Con las solapas levantadas y las manos en los bolsillos, iba disfrutando los sonidos del mar y del viento, en contrapunto interminable. Adelante, lejos, una silueta. ¿En qué dirección caminaba?. "Va.- se dijo con dudas. -No, viene hacia aquí."- se corrigió. No estaba convencido. Siguió avanzando sin alterar su ritmo, pero aguzando la mirada. Dedujo que era un hombre, a pesar de no distinguir los detalles de la figura. Un monje. Eso es. Un cura franciscano con capucha. ¿O era una mujer?.
El enigmático personaje salió de la vereda y se sentó en las rocas, mirando hacia el horizonte invisible, apenas insinuado por la mortecina luz de tope de un barco distante. Él se acercó sin apuro y se detuvo a tres pasos, a espaldas del fraile.
-Hermosa noche para escuchar el mar - le dijo para entrar en conversación.
Desde la roca le llegó una voz de mujer, grave y serena.
-Noche triste y sin estrellas- recitó casi cantando, sin darse vuelta para mirarlo.
Un estremecimiento casi adolescente se apoderó de él por un instante.
- Discúlpeme que discrepe. A mí no me parece triste. Ni la noche ni usted.
- La tristeza es suya - le respondió ella con naturalidad.
La afirmación le resultó extraña, impertinente. Pero su curiosidad pudo más.
- ¿Qué le hace pensar eso? - preguntó.
- Su forma de caminar - contestó ella de inmediato.
- Sin embargo estoy contento. Caminaba lentamente porque de ese modo se me hace más
placentero. - Se sentó en otra piedra, tratando de descubrir los rasgos de su interlocutora. - Mi nombre es Esteban. - se presentó, tendiéndole la mano.
- Yo soy Eisha- le contestó la mujer sin moverse.
- Precioso nombre, y por cierto infrecuente. De hecho es la primera Eisha que conozco.- Quería verla mejor. Quería mirar sus ojos, su figura. Sospechaba que era bonita y joven.
- ¿Usted es de aquí o está de paso, Eisha? - la interrogó, para prolongar el diálogo.
- Soy de acá y estoy de paso - Otra vez la respuesta llegó veloz, como si no tuviera necesidad de pensarla. - Soy de todas partes.
- Pero... en algún lugar tendrá su casa?- La intriga comenzaba a inquietarlo.
- Y usted, Esteban, el triste, - cortó Eisha - ¿qué hace por aquí?
- Bueno, tal vez salí a dar un paseo sin rumbo y sin motivo, pero ahora en verdad creo - dijo, suponiendo que mentía - que he venido para encontrarme con usted.
- Suena muy bello. Romántico diría, y estoy segura de que es así. El destino está determinado ¿no cree? Pero perdóneme, yo lo interrumpí. Cuénteme de usted.
Le gustó el modo en que se lo pedía. La voz de Eisha dejaba traslucir un interés sincero. Sin embargo eso era lo que quería evitar, hablar de su pasado. Quería olvidar.
- No, Eisha, no me pida eso. No he tenido una buena vida. Hablemos de usted en tal caso
- Parece agobiado cuando dice esto. ¿Tan pesada es la carga que arrastra?
Sintió que una corriente le surcaba el cuerpo. En su memoria retumbaron voces en una habitación vacía. Algo le dolió adentro.
- ¿Qué me está diciendo? - dijo, y se quedó en silencio un momento. Se preguntó quién era Eisha realmente. Se sintió molesto. No hablaría de su vida.
- Es que veo que usted y yo tenemos mucho en común. Somos parecidos. Es como si nos conociéramos desde hace tiempo...
-¿Parecidos en qué? - preguntó Esteban.
- ...pero a mí no me pesa hacer mis cosas. Eso nos diferencia.
- Yo seguiré caminando, Eisha - Estaba turbado. Otra vez, como en las pesadillas, en su mente aparecían gritos.
- ¿Puedo acompañarlo?- impuso Eisha.
- Sí, claro.- aceptó dubitativo.- Caminemos hacia el puerto.
Eisha lo siguió. Su atuendo monacal sólo dejaba ver el extremo de los dedos finos y las puntas de los pies descalzos, que asomaban a cada paso bajo la túnica. Esteban imaginó sus formas gráciles, admiró su paso leve.
- La noche está muy fría - comentó Esteban, buscándole la mirada.
- Yo no siento frío. - contestó ella. - Nunca siento frío.
El se encaminó hacia la orilla. Pisó, descalzo, la arena húmeda. Un temblor gélido le subió desde los pies. Eisha, como su sombra, fue pisando sus huellas.Sintió las manos de ella apoyarse en su espalda. Arreciaba el viento del mar. Eisha se apretó al cuerpo de Esteban. Él cerró los ojos.





El jinete de la noche [Arriba]

En la cruz de los caminos, donde el pueblo se desvanecía y los últimos ranchos habían quedado atrás, los candiles del almacén del Gringo quebraban las noches con llama incierta y el viento apilaba murmullos que iba engendrando la pampa. Se entreveraban los cantos de ranas y teruterus, el mugido de las vacas y los silbidos del pajonal.
Las tormentas, en la distancia, resonaban como tambores, o crujían, como los árboles secos cuando se parten de repente.

Leiva galopa el silencio. Lo acompaña el río sinuoso, manso en su cauce de limo. A su espalda, el poniente es apenas una línea púrpura. Adelante, leves resplandores insinúan el almacén del cruce. Lleva el alma en un suspiro por culpa de unos ojos negros que lo han quemado hasta adentro. Palmea el pescuezo del animal. La Diabla cabecea agradecida.
"De seguro ha de estar, si es que se ha formao el baile". El perfume de la moza y la gracia de su cintura le nublan el pensamiento. Aprieta las rodillas y talonea.
Como ráfaga, un temblor nervioso recorre la piel de la yegua, de los ijares al pecho. Apoya con fuerza las patas, una mano, la otra. Los cascos se afirman. Encoge las manos, se estira y pisa fuerte. Va hacia adelante, recia. Repica el galope.

El ciego Achaval, jugando en un bordoneo, entonaba una milonga.

"Lástima, porque es domingo,
¡amalaya, que componga!
así tendremos milonga
en el boliche del Gringo."
(1)

Un relámpago alumbró el horizonte y en seguida estalló el trueno, ensanchándose bajo la capa de nubes. Achaval calló el instrumento, salió del almacén y se sumió en la oscuridad, que para él era luz. Levantó la cara al cielo, y husmeó en el aire frío. Las primeras gotas le mojaron las mejillas.
- Se oye un caballo. - les dijo.
Adentro, el Gringo Bettini y el Gallo Urquía aguzaron los sentidos. Desde la lejanía llegaba el ruido ahogado.
- Es el trueno que se aleja... - corrigió el Gallo, y volvió a acodarse junto a su ginebra.
Dudó Achaval, y apretó los párpados, ladeó un poco la cabeza y avanzó hacia la noche. El tresillo reiterado confirmó su parecer.
- ¡Es un galope, le digo! - y fue a apoyarse en el palenque, junto al manchado de Urquía.
Del tronar de la tormenta surgía un sonido de herraduras golpeando el camino. Se acercaba y crecía en el aire, grave. La tierra vibraba. Achaval lo sentía en los pies. El manchado, inquieto, intentó un relincho.
- ¡Shhh! - El ciego le abrazó el hocico y le pasó la mano, suave. Se acomodó para
oír. - Es el Leiva que viene...
Los otros dos volvieron a quedar en silencio. Se miraron. El Gringo salió y se le arrimó a Achaval.

Late el jinete. El pensamiento lo empuja. Adivina el almacén; el ciego entona una zamba.
Fue al ritmo de la zambita, que cruzaron las miradas. Al conjuro de los pañuelos, los duendes de la pasión bailaron su propia danza de promesas, de mentiras, de requiebros. Después los cobijó el monte, y allí guardaron sus secretos.
Ella se alejó en silencio y la ocultó el carrizal.

- ¿No va a decir que lo ha visto? - bromeó el patrón.
- Es la Diabla, la reconozco. Ya está bien cerca. Mírela.
Bettini buscaba en la oscuridad.
- No veo nada... - dijo con voz insegura.
- Ya está llegando.- susurró el otro.

Pasan las noches, las zambas. Los pañuelos vuelan, dicen. De puro decir, revelan verdades, penas, traiciones…

Podía oler el sudor en el pelaje renegrido. Hacía rechinar el freno el animal, y le sonaban las platas del cabestro. El vértigo de la carrera agitó el aire. Con un ronquido áspero, el resuello de la potranca llegaba caliente. El galope se acercaba con un retumbo ensordecedor.
-¿Dónde la vas a sofrenar?- gritó Achaval
-¡No le oigo!- respondió Bettini.
-¿Qué es lo que anda pasando? - preguntó el Gallo desde adentro.
-¡Se viene, Gringo, se viene! - alertó el ciego y se echó al suelo.
Bettini retrocedió trastabillando. Un resplandor crispado rajó el cielo de este a oeste, y el estampido hizo trepidar los vidrios del almacén. El viento arreció de pronto y aulló al partirse en la cumbrera. El manchado soltó un relincho agudo, se alzó de manos hasta cortar la correa que lo sujetaba y se alejó sin rumbo. Creyó ver el Gringo, un reflejo azulado cruzando la cerrazón, ahí afuera, en el camino.

Leiva galopa la noche. La luz mortecina del almacén marca el cruce. Él se aleja y no le importa. Lleva el alma acongojada.
La Diabla va pisando charcos y matas. El jinete se inclina sobre el lomo y mete espuela. La yegua tiembla y se apura. De pronto amaga un corcovo.
Leiva achina los ojos. En las tinieblas, divisa las dos siluetas que el monte no alcanza a esconder.
Tantea el cabo del facón y suelta su voz de odio. Se para en los estribos. Desnuda el acero y lo alza. Como llevada por el viento, la mujer se aparta.
En la oscuridad, Leiva distingue al rival. Lo reconoce. Se le aprieta la garganta. La lluvia le moja la cara. ¿O son lágrimas? Del alma le viene un dolor, un fuego que le va por dentro y le abrasa el pecho. Grita, como hembra que va a parir. Avanza. El otro se queda inmóvil. "Hermano", le dice y apenas levanta los brazos.
Arremete la Diabla. Leiva se ladea sobre el recado. El fierro baja y lacera. Brota la sangre.
Ella se funde en el monte. El eco de su carcajada invade la noche. La Diabla se espanta y corre desbocada, muerde el freno, no obedece a las riendas, lleva las orejas gachas y los ojos muy abiertos. Leiva se prende a las crines y se afirma. El aire le aja la piel.
Pisa fuerte la Diabla, internándose en el pajonal. Las espadañas le azotan el cuero; los espinillos la hieren. Apoya una mano y la otra, firmes. Cede la tierra, se hunde la vizcachera. Bufa la yegua, el jinete maldice. Los envuelve la tormenta y ruge un trueno.
La Diabla apoya las patas con fuerza. Como un puma se arquea, se estira, cruza el aire, galopa.

Se fue aplacando el barullo, o la distancia lo tragó de a poco.
El Gringo tomó un farol y salió para ver las huellas; Urquía fue con él. Buscaron en el camino del este y también en el que bordea el río. Volvieron después de un rato.
-No había rastros frescos. - afirmó el Gallo. - Era un trueno nomás.
-¿Cómo van a dejar rastros, si iban en el aire? - refutó el ciego, y empinó el vaso de caña.


(1) Oído a un tal Anselmo Grau, uruguayo, posiblemente de su autoría. [volver]