| Taller de Narrativa | |
| Norma Martinelli | |
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Los Muros Telón El tercer ojo "La Pescara" Como gotas de Lluvia |
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| Telón | [Arriba] | La obra se había estrenado un par de meses atrás. La prensa, en grandes caracteres, hablaba del éxito, y el empresario calculaba que en poco tiempo más recuperaría su inversión. Una nueva función se llevaba a cabo en esa noche de viernes, en la cual los primeros fríos no habían bastado para acobardar a los fanáticos. -¡Iris, a escena! Ya se descorre el telón gritó alguien. Era un llamado monótono y sin vida, que recorría todos los días el angosto pasillo de los camarines. Envuelta en sedas, iba a representar por centésima vez el último acto, con el mismo dramatismo. Con pasos más lentos que de costumbre, recorrió la distancia hasta las escaleras y subió al escenario. La sala, completamente oscura y silenciosa, la sobrecogió. Adivinaba el recinto lleno de gente que esperaba una actuación magistral. Intuía las miradas que se clavaban como alfileres en su carne magra y sintió por primera vez un miedo aterrador. Las rodillas le temblaban; un sudor indiscreto comenzó a brotar a través de sus poros cargados de maquillaje, mientras sus manos estrujaban sin piedad el pañuelito de encaje con el cual Margarita debía tapar su boca en los accesos de tos. ¡Dios mío!¿ Qué me está sucediendo?, pensó. No puedo mantenerme parada. Quiero escapar. Desde su escondite, el apuntador, desesperado, hacía inútiles intentos para que Iris comenzara. Rojo por el calor de las candilejas, deseaba salir al proscenio para despertarla del sopor en el que había caído. Ocultos entre las bambalinas, sus compañeros gesticulaban impotentes; pero Iris seguía allí, en medio de la escena, parada, ausente, como si un extraño maleficio la hubiera encantado. El público atónito, la miraba, esperando una reacción, y ella sentía esos miles de ojos interrogantes. Alguno dijo susurrando a sus espaldas: Está loca, y estas palabras la sobresaltaron. Siempre le habían producido desazón. Era una angustia sorda, que parecía estar agazapada para dar el zarpazo en el momento oportuno. Intentó ignorarlas y se fue serenando, mientras de su boca fluían las primeras frases de ese último acto. Con la misma voz clara y redonda, las declamó, una a una. Volvía a ser la Iris fuerte y vigorosa de siempre, la que todos conocían. Cuando cayó el telón, el público la aplaudió delirante. Ella, abriéndose paso entre los pesados cortinados, saludó con una sonrisa estudiada. Una lluvia de flores tapizó las tablas opacas. Se agachó con elegancia, tomó una y con un gesto automático la besó. Luego, levantó la mirada y se perdió en esos rostros desconocidos que desde el paraíso la habían seguido. Las luces reflejadas en los caireles de cristal la enceguecieron. Cansada, volvió al camarín y se sentó frente al espejo, mientras los aplausos seguían resonando en la sala. El azogue le devolvió una cara maquillada que le resultó diferente. Algunos rulos le caían sobre la frente. Se despegó las pestañas postizas. Con las yemas de los dedos distribuyó la crema demaquilladora. El suyo le pareció un rostro grotesco, tragicómico. Se acercó más a la luna brillante. Recorrió sus facciones. Los ojos eran dos globos oscuros que la miraban. Las pupilas se fueron agrandando cada vez más, hasta que entró por ellas a un mundo confuso. Los miedos la rozaban con velos viscosos, mientras la angustia extendía sus tentáculos para atraparla. Descendió por un túnel hasta las aguas turbias de su río interior. Eran amargas y malolientes. Se arrastró por la orilla fangosa. El camino se hacía cada vez más difícil. Tropezaba entre las piedras, pero seguía. El abismo estaba cerca. Un poco más, apenas unos metros y sería libre... Sus grandes ojos brillaron desorbitados en el espejo. Había llegado. Solamente debía dejarse caer... |
| El tercer ojo | [Arriba] | Eran las cinco de la tarde y el sol jugaba a reflejarse en las olas espumosas. Un viento fresco acariciaba la playa casi desierta. La temporada de verano había terminado y sólo algunos visitantes paseaban por la costanera, bebiendo los últimos calores. El mar moría sobre la arena con el mismo rítmico movimiento. Teodora lo adivinaba. Estaba cerca. Sólo debía recorrer unos pocos kilómetros para enfrentarse a él. Aceleró y su auto último modelo devoró la distancia que faltaba, hasta morder casi la orilla. Apagó el aire acondicionado, bajó la ventanilla y se quedó mirando esos azules confundidos en el abrazo del crepúsculo. Estaba ahí, majestuoso, bramando insatisfecho. No se movió. Cerró los ojos y escuchó su voz inconfundible. Sí, hacía tiempo que no sentía esa pegajosa sensación. Lo había extrañado, pero había vuelto otra vez, como antes, resuelta a no abandonarlo. Aspiró. El aire penetró por su nariz, trayéndole recuerdos de otros veranos, hasta que sintió un extraño hormigueo en su cabeza. "Es el viaje", pensó. Decidida, puso nuevamente el vehículo en marcha y rumbeó hacia el departamento. Llegaría, bajaría todo el equipaje y después de acomodarlo en el placard, se pondría la malla para volver sobre sus pasos. Transpuso la entrada de la vivienda y el olor a encierro le molestó. Fue hacia los ventanales, los abrió y alzó las persianas. La luz de la tarde hirió las paredes blancas del living. Arrastrando la valija llegó al dormitorio. Las puertas entornadas del placard dejaban ver las bolsitas de lavanda colocadas alguna vez. Ya no perfumaban. La fragancia se había extinguido gastada por el tiempo. Las tiró sobre la cama, como quien tira el pasado. Prolija, colgó la ropa en tres o cuatro perchas que escondían sus esqueléticas formas en la penumbra del armario. Los zapatos, tres pares nada más, en los estantes correspondientes. En los cajones de la mesa de luz apiló la ropa interior y las medias, unos pañuelos y la boina, por si refrescaba. Perfumes, cremas, maquillaje, pasta dental, cepillo de dientes, peines, amontonados a presión en el diminuto botiquín del baño. Con la valija vacía salió del dormitorio y atravesó la sala. Desde la cocina, una salida de servicio le abría el misterio de la baulera. Cada departamento tenía una. Descendió la escalera y la humedad del ambiente se adhirió a su ropa. Tenía un olor característico, entre acre y terroso. Le recordaba el sótano de la casa paterna, donde había jugado tantas veces: los estantes de madera adosados a la pared; las botellas de salsa con los corchos bien atados para que nada se filtrara; las ollas de aluminio, que sólo se usaban para las fiestas; la horma de queso y el jamón, estacionándose en esa clandestinidad; las damajuanas de vino; el maniquí de voluminosos pechos y amplias caderas; y el baúl, traído por su madre desde Galicia. Saltó los últimos escalones y abrió la puerta. Cerrada con dos vueltas de llave, crujió ante la premura de Teodora. Tanteó la pared hasta encontrar el interruptor y prendió la luz. Todo estaba como lo había dejado la última vez. Colocó la valija contra la pared y sacó una reposera. La sombrilla no la llevaría. Iba a tomar todo el sol de esos únicos diez días de vacaciones. Del resto no utilizaría nada. Después, era un trabajo más, volver a guardar todo. Con un nuevo quejido volvieron las sombras al recinto. Teodora, subió los peldaños mientras pensaba qué cosas guardaba su madre en el baúl. Sí, ya se acordaba. Eran los disfraces de gitana, y aquel de cascabel con el "corsage" de raso labrado, verde y marfil. Lindo traje, sonoro, por los cascabeles cosidos en los extremos de largas cintas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde ese baile de carnaval? "Un montón", se dijo. ¿Dónde estarían ahora? ...Claro, los tenía su sobrina. Los utilizaba cada tanto para las fiestas del jardín. ¿Y el pañuelo bordó con las lunas y las estrellas cosidas en el borde? El que usaba con el traje de gitana... "Qué antigüedad", rió. Estaba otra vez en la cocina, acompañada por todos sus recuerdos, avivados por ese olor acre y terroso de la infancia. Dejó la reposera en un rincón y puso una pava al fuego. "Primero un té y después la playa," murmuró. Mientras el agua se calentaba, entró en el baño con la malla. Otra vez el extraño hormigueo la preocupó por unos instantes. Después, sin darle importancia, se desnudó. Contempló su cuerpo en el espejo. Había engordado un poco, pero bueno, paciencia, los años no pasaban en vano. Además, estaba tan blanca... Teodora se calzó el traje de baño y envuelta en un toallón, salió. El agua bullía en el recipiente. Displicente, se preparó un té, amargo, como siempre y se sentó delante del ventanal que daba al mar. Allí, despacio, lo bebió, en tanto programaba esos diez días que se había regalado, olvidando todo el trabajo pendiente. Una última gota de té naufragó sobre el paño, dejando una minúscula mancha redonda. Con las ojotas en la mano, erguida como una vara y desafiante, abandonó el departamento resuelta a dar la cara a su primer día. Se tendió en la playa, al sol, que todavía brillaba en un cielo claro, y permaneció así un buen rato. Pero era el tipo de mujer que no podía estar quieta tanto tiempo. ¿Y si intentaba un trotecito? Dobló cuidadosamente el toallón y lo puso sobre las ojotas; escondería todo debajo de una silla playera y a la vuelta lo recogería. Mirando a un lado y a otro se encaminó hacia las carpas del balneario. - ¿Quiere que se los cuide? - le dijo el encargado. Se alejó por la playa con paso enérgico; tenía que calentar los músculos. Un desgarro podía arruinarle la estadía. Luego aceleró la marcha. Las gaviotas que aleteaban sobre los caracoles levantaron vuelo. Era el momento de la pleamar y el agua subía ola tras ola. El muelle estaba cada vez más cerca. Los pescadores, como hormigas apiñadas, subían y bajaban los mediomundos, incansables, a la espera de algún matungo o una corvina rubia. Y Teodora aumentaba su ritmo. Pasó entre los pilotes de cemento, sin fijarse en las personas que se movían a su lado. Concentrada, sólo pensaba en esa carrera medida. El aire henchía sus pulmones. El sudor le humedecía la malla y la respiración comenzaba a ser jadeante. Poco a poco disminuyó la carrera. Caminaría un trecho. Inspirando y espirando, logró que su pulso volviera a normalizarse. El sol era solamente un reflejo naranja en un cielo adamascado. Algunas nubes avanzaban del este. Sin prisa, Teodora retomó el trote sobre el ocaso de la playa. Diez, cien metros, hasta que un fuego intenso le quemó la nuca. Perdió el equilibrio y rodó por el suelo. No entendía nada. Dificultosamente se puso de pie, vacilante. Un paso, dos , tres. Sus piernas se movían lentas, flotaban en un movimiento interminable, como si sus pies no pudieran alcanzar el suelo y... otra vez la arena lastimándole el rostro. Se dio vuelta y quedó mirando al cielo. En la frente, en medio de los ojos, el mismo fuego. "Es mi tercer ojo", pensó.... Por fin vería lo invisible, tocaría lo intangible, comprendería lo incomprensible. Ya no sentía dolor. Se notaba liviana, tan liviana como esas nubes que la protegían. Y vio lo invisible. Fueron apareciendo los que ya no estaban, uno a uno, acercándose a ese ojo abierto en su frente, estirando las manos para tocarla. Y percibió ese mismo olor del sótano, cuando bajaba las escaleras para esconderse y soñar. Y oyó el sonido de los cascabeles y brillaron las lunas y las estrellas del pañuelo de gitana... Sonrió. Justo ahora que recién llegaba, la venían a buscar...
-Quédese tranquila, enseguida viene la ambulancia -le dijeron. Y fue lo último que oyó. |
| "La Pescara" | [Arriba] | La leyenda en el escudo coronaba el dintel como una sentencia: "Nulla certa domus". Al dejar la casa, empujado por un destino que no había elegido, las letras se desdibujaban en sus ojos húmedos de tristeza. Era muy joven. Recién empezaba a vivir.
En la sala de terapia intensiva, conectado al monitor que controlaba su viejo corazón, comprendió esa inscripción que lo atraía como un abismo: "Ninguna casa es segura". Acodada en el respaldo de la cama, La Muerte esperaba su último latido. Renzo estaba cansado. No quería luchar más.
La guerra de Abisinia se ensañaba con la vida de muchos jóvenes, cuando su primer llanto se escuchó desde la cocina. Llovía; el agua lavaba las calles, como queriendo arrastrar en su camino los vestigios de romanos, longobardos y sarracenos. La rigidez de una madre sin risas y la autoridad de un tío sacerdote que manejaba los hilos de la familia, lo acompañaron durante la niñez. En las siestas de verano corría hasta la iglesia; trepaba la empinada escalera del campanario y desde allí divisaba los campos que se extendían allende los muros del castillo, donde los olivos y los almendros teñidos de gris y verde, se amamantaban de esa tierra roja y pedregosa. Sin que las miradas severas de la casa coartaran sus ilusiones, en medio de esos dos senos de bronce, daba rienda suelta a su imaginación. Volaba libre como una golondrina en busca del buen tiempo. Impensadamente, el pueblo se vio envuelto en el terror de las partidas sin regreso. La Gran Guerra había estallado; Italia lo necesitaba. Se despidió de los campos sembrados, de las murallas vetustas, de las campanas y partió. No conocía su destino. Acaso, Roma, Verona o la pantanosa llanura del Po. Las trincheras húmedas fueron durante mucho tiempo su cama, y el tableteo de las ametralladoras, una obsesión. Con el último disparo volvió, convertido en hombre. Sus profundos ojos tenían la tristeza de la infancia perdida y el dolor de un hermano muerto. De nuevo el trabajo; otra vez las ilusiones rondando las paredes descascaradas, mientras un fuego de libertad le ponía alas a sus pies. Escapaba a reunirse con sus amigos. Quería cambiar el mundo, a pesar de ese tío cura, que lo miraba inquisitivo. -Marianna, este hijo tuyo anda en cosas raras. Está con los "camisas negras". -No es posible. Serán ideas tuyas... -respondía la mujer. Renzo oía sin defenderse. Golpeaba luego las puertas de sus amigos y susurraba: -Giuseppe, Michele, Andrea, en casa desconfían. Desde mañana nos reuniremos atrás de la "Madonna di Torre". A dos kilómetros del pueblo, la pequeña iglesia se elevaba como único testigo de Sizzaro, antiguo villorrio destruido por los húngaros. A la sombra de sus muros no sólo hablaban de política, también de amor. -¡Eh, Renzo! ¿Cuál es tu muchacha? -No tengo, todavía... -Pero..., quizás te guste alguna... -Puede ser... -respondía parco. Había conocido a Francesca una tarde. Caminaba hacia la fuente. Los pozos de las viviendas, asolados por la sequía, se habían agotado. "La pescara"era la única cisterna. Sus pies descalzos iban sorteando los guijarros del sendero. Su cuerpo ondulante como las amapolas silvestres se recortaba en la claridad del sol. Sobre su cabeza, un cántaro de barro. Resabios de oriente en sus ojos negros. -Ciao, bella... -Ciao... -¿Te ayudo con el cántaro? -No, sigue tu camino. Renzo, perplejo, la miró alejarse. Francesca en cambio, sabía quién era el joven; conocía de memoria las frases hirientes del cura, marginándola. Molesto, siguió por el atajo. Recorrió la distancia que lo separaba de su casa, rumiando esas palabras. Entró. Delante del hogar, la madre revolvía la "minestra" . El cucharón giraba rozando las paredes de la olla; en la sartén, se tostaban las almendras de la nueva cosecha. El joven se sentó frente al fuego, mirando las llamas que acariciaban la marmita. Marianna detuvo su ritual para contemplar a ese hijo que no era como los demás. Conocía de memoria sus reacciones y estaba segura de que algo le pasaba. Deseaba oír de su boca esa confesión. -¿En qué piensas? -preguntó inesperadamente. -En nada. -En nada no es posible - continuó la mujer, sin saber cómo ir a la cuestión que la preocupaba- El tío está intranquilo por tus compañías; dice que son agitadores... -Mamma, el tío vive en su mundo... Renzo no deseaba continuar esa discusión. Sabía que todos los esfuerzos por convencer a su madre serían inútiles. Su universo se limitaba a esas paredes centenarias, a sus bordados, a los rezos y al respeto temeroso por el hermano. Doménico, que regresaba del campo, entró en la cocina de techos abovedados. Intrigado, preguntó: -¿Qué sucede, Marianna? Te veo muy seria... -Doménico, es tu hijo. Anda con esos fascistas... Día a día, la personalidad desbordante del nuevo líder, atraía a sus filas a los muchachos de toda la nación. Renzo era uno de ellos.
La familia se sentó en torno a la mesa servida. Luego de bendecir los alimentos, cenaron en silencio. Sólo los adultos dialogaban. Los demás comían y escuchaban. Renzo probó unos bocados. Esperó a que todos terminaran y se retiró a su cuarto. A oscuras soñó despierto con Francesca. Amanecía cuando por fin pudo dormirse. El ruido de los bueyes uncidos al carro y los gritos azuzando a las bestias, lo sobresaltaron. En la cocina, sobre el fuego, se calentaban las "focacias" para el desayuno. Salió a la calle. Su padre lo esperaba sentado en el pescante. Pero había decidido no acompañarlo a las viñas. Quería estar solo para pensar. Se debatía entre la obediencia y los ideales. Consagrado al movimiento, no medía las consecuencias. A escondidas, fraguaba la acción con sus compañeros, siguiendo las directivas del "Duce", mientras en su casa estrechaban la vigilancia. Enfiló a la "cantina". En el sótano, no sólo se guardaba la cosecha, la leña para el invierno, el vino recién hecho. Allí, él trabajaba la madera. Tallaba flores y pámpanos. Ese lugar era el regazo añorado. No había miradas ni preguntas indiscretas. Sólo el rostro dulce de la pequeña Ana asomado a la puerta, llamándolo a almorzar. Se quitaba el delantal de cuero y subía la escalera sangrante de geranios, para enfrentarse a los ojos de la familia, codiciosa de sus secretos, de sus escapadas a la "Pescara". Permanecía ausente. La voz de su madre le llegaba como un murmullo lejano. -¡Renzo! ¿Qué pasa que no hablas? -Debe estar enamorado -comentaba Marco. Y los ojos brillantes de furia, clavados en Marco para que cerrara la boca. Y el aire tenso de la cocina, aliviado por la voz de Ana. -Mamma, ¿traigo los higos?
Disimuladamente, en esa siesta caliente, Renzo abandonó la casa. Atravesando las calles desiertas dejó atrás el pueblo. A lo lejos se divisaba la fuente. La alcanzó y detuvo la marcha buscando el refugio de los almendros. Estaba fatigado. La vio venir por el sendero, cantando. La falda de lino acariciada por la brisa, el cántaro sobre la cadera redonda. Fue hacia ella. Francesca, sorprendida, se detuvo. Renzo la tomó de la cintura, le dijo que la quería, que no podía quitarla de sus pensamientos. Ella, atónita seguía aferrando la vasija. Caminaron hacia la fuente muy juntos, en silencio. Llenaron el recipiente, lo depositaron en el suelo y se tomaron de las manos. -Renzo, tengo un hijo -expresó con tristeza. El joven recordó entonces la historia: aquel capitán del ejército acantonado con sus tropas en el pueblo... -Ya lo sé. Con el tiempo, será mío también. Francesca enmudeció. Las sombras de Marianna y el sacerdote se le echaron encima. ¿Cómo era posible que él no se diera cuenta? -Renzo, no seas crédulo. No te dejarán... -dijo amargamente. Luego incorporándose agregó: -Me voy. Los árboles tienen ojos. Si nos ven juntos, mañana toda la aldea lo sabrá.
Los encuentros se hicieron cada vez más difíciles. En esos mismos campos, Renzo se reunía con sus amigos. Desafiaba sin reservas a la familia, reclutando jóvenes para sumarlos al movimiento. La noticia de sus furtivos amores se esparció como una epidemia. ¡Qué vergüenza, meterse con una "putana"! ¡Y eso que es sobrino del cura! Detrás de las cortinas, las viejas yermas engrosaban sus equipajes de chismes, para repartirlos como mercancía barata. La noticia atravesó las puertas de la casa; el confesionario se hizo eco de la insidia. El cura enfurecido, gritó su oposición. Marianna no pudo defender a su hijo. La tempestad se había desatado.
Cuando el joven llegó, presintió la tragedia. Su madre lo miraba con los ojos enrojecidos por el llanto, sin gritos, sin reproches... Comprendió que estaba solo; que temerosa, le daba la espalda. Había pretendido ser diferente y esa osadía tenía un precio. La ausencia del clérigo vaticinó la partida. En un atardecer melancólico, regresó blandiendo unos papeles. Apenas pudo despedirse de Francesca. No aceptó la protección de sus camaradas. Los almendros y los olivos lo vieron partir. Los senos de bronce se silenciaron. Abrazado a su destino abandonó la cubierta del barco rumbo al exilio, mientras el puerto de Bari se convertía en una sombra. Y vivió recordando su Italia, sin poder arraigarse a la nueva tierra; deseando regresar, siempre regresar...
Ahora, de vuelta, bajo esa inscripción que lo había acosado durante toda la vida, Francesca lo esperaba como una promesa, sonriente, con sus ojos negros, su pollera de lino, su cántaro. Renzo extendió los brazos. Casi la acariciaba...
En la soledad de la habitación, el monitor que controlaba su ritmo cardíaco era una línea recta, como el camino que el anciano emprendía... |
| Como gotas de Lluvia | [Arriba] | El vientre oscuro del Hércules se deshace de la carga en la noche cómplice, mientras las estrellas conmovidas entregan los últimos destellos. Como gotas de lluvia los cuerpos caen en las aguas encrespadas del océano. Han dejado de sentir. Descienden ingrávidos hacia las profundidades misteriosas. Se les llenan los ojos de paisajes y la piel se les vuelve azul. Seres etéreos rozan las carnes perseguidas y los acompañan en una ronda espiralada hacia el silencio, bocas anónimas besan los sueños imposibles Las fosforescencias marinas señalan el camino; los cardúmenes plateados los escoltan. Todo ha terminado. Son despojos acunados por un dolor cósmico desangrado en tenues rayos; recuerdos, mientras alguien los piense, desesperación en el regazo vacío. Están en paz. Se reunirán con los vencidos de otras guerras, con los esclavos negros, los desertores de patrias agonizantes, los idealistas traicionados.
Patricia ha sobrevivido. Con un documento falso, abandonó el país, en ese septiembre conjurado. Desertaba incapaz de continuar la lucha. Buenos Aires, encubridora de la barbarie quedaba atrás como un asteroide perdido en el espacio. El aire delator de las calles la sofocaba, en tanto los parques perdían el verde de su juventud. Sólo cuerpos grises y descarnados bordeaban los senderos, apagados por el aliento de la represión. Las sombras pisaban sin dejar huellas y en los silencios profundos se adivinaba el grito. A su alrededor todo olía a muerte. Los rostros turbados por el miedo advertían la masacre; los dedos arañaban las paredes para borrar la mentira. Dejar Buenos aires había sido como desollarse. Ahogó los recuerdos, la necesidad de acariciar las manos que la habían sostenido; olvidó premeditadamente el sabor del pan horneado en la mañana, el perfume de los ligustros, la sombra anciana de las palmeras, en la estación. Había sido extraviar la ronda de mates confidentes, los ideales susurrados, las esperanzas, las escapadas en busca del amor, el saludo desde el tren, con un beso en la punta de los dedos, transformándose en verdugo de sí misma para acallar las voces interiores y seguir viviendo. Y ahora, que creía levantar el vuelo para mirar desde el aire el pasado, como si no le perteneciera, un impulso arcano la obliga a volver.
Camina por el aeropuerto arrastrando el equipaje. Deja atrás el Arno y el amor de Dante y de Beatrice, las murallas "guelfas y ghibellinas"y a Hércules que, incansable, continúa descargando su furia sobre el centauro Neso, bajo las bóvedas de la Lonja de la Señoría. Cada paso que da la acerca a lo irremediable. Atraviesa el umbral. Los viejos retratos la aguardan rodeados de soledad y telarañas. Intenta una sonrisa para darse ánimo y los contempla por última vez, discurriendo entre los fantasmas del pasado. Abre los armarios y el ayer la golpea. Amontona los trajes viejos en bolsas de residuos y retira las cajas de zapatos, pasados de moda. Sus manos se detienen en un paquete de cartas, sobres amarillentos que perdieron su lozanía en la oscuridad de los estantes. Se sienta en el suelo y quita el lazo que las sujeta. La nostalgia se desliza en los renglones y aviva la presencia incorpórea de los suyos. Sabe que el pasado no puede ser presente, pero en sus líneas los encuentra. Sus voces se rebelan en el crujido de los muebles resecos, y como un sortilegio, invaden el cuarto forzando las murallas de la muerte.
-Hagamos una ronda -le pide Clementina, su hermana melliza, mientras canta: "...dame la mano y danzaremos, dame la mano y me amarás; como una sola flor, seremos; como una flor y nada más"... Vuelven los días felices de la infancia, en ese pueblo suburbano donde las calles florecen en manzanillas silvestres; la casa recién construida, de paredes sin pintura. Ve a don Antonio apurando al percherón, al dejar la vivienda alquilada de la capital. Se mudan. Sentadas en el pescante del carromato, se despiden del barrio con linaje. El traqueteo del animal por las calles empedradas, marca un nuevo destino, en tanto los moños de satén, dejan en libertad el tejido de las trenzas. La perra en celo, se ha acomodado sobre las faldas, y las alforzas perfectas de sus vestidos de organza se van manchando de sangre, como un presagio. Sobre el carro, en un patio de macetas apiladas, las gallinas cacarean aturdidas, sacudiéndose de un lado a otro. Añoran la tierra donde escarban, la higuera, el límite del alambrado, mientras el canario y el tordo gorjean bohemios, en esa mañana de diciembre. Y otra vez don Antonio haciendo sonar las riendas sobre el lomo fuerte del tordillo.
El ulular de una ambulancia devora las imágenes, y su sirena le trae otras sirenas. En la vidriera de "Maranatha"junto a unos libros, la rosa descansa sobre la Biblia. Es la señal. Clementina ha sido apresada... Más allanamientos y más secuestros... Deja caer las cartas. Los sellos postales se alzan en jueces implacables. En las paredes blanquecinas del cuarto aparecen los rostros imprecisos de sus compañeros. Sus cuencas vacías la miran, inmutables. Conocen la verdad. Se enrarece el aire. Los remordimientos zumban en su cabeza y como una enredadera salvaje, van aprisionando sus pies; suben por las piernas y le rodean la cintura. Zarcillos gigantes se entrelazan en sus dedos, recorren los brazos aún jóvenes y alcanzan la garganta...
Los rostros han abandonado la pared. Se desvanecen en el crepúsculo como gotas de lluvia sobre la tierra reseca. |
| Los Muros | [Arriba] | "El de la locura y el de la cordura son dos países limítrofes,
La sensación de que alguien la observaba desde la ventana la intranquilizó. Creyó ver a través del cortinado unos ojos grises como el metal, pero no distinguía el rostro. Era como si sólo existieran esas dos cuencas heladas. Todo había comenzado, cuando aquella tarde decidió ir a la biblioteca. Estaba preparando su tesis de Historia y necesitaba revisar algunos documentos. Era asidua concurrente a ese establecimiento, ubicado en la parte más antigua de la ciudad y conocía cada rincón del mismo. Con el bolso colgado del hombro, atravesó las callejuelas de la judería, gozando de nuevos descubrimientos: una maceta con incipientes geranios rojos, una reja cuajada de jazmines, un postigo entreabierto que le permitía espiar el interior de una vivienda, y la inefable Giralda, elevándose por encima de los tejados, bajo el sol. Para ella todo era importante, hasta las marcas del tiempo en los muros. El Archivo de Indias era la meta, esa mañana.
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