| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| Norma Bellomo | |||||||||||||||||||
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Tres Lágrimas
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| Tres Lágrimas | [Arriba] | Muramos libres, gloriosamente La noche se presenta clara y bastante fresca. El comandante decide dar un paseo, alejándose de sus tropas que a los pies de la muralla, esperan el amanecer. Despide a su escolta y montado en su caballo se aleja. Cabalga un rato y cuando llega al mar de densas aguas, se detiene y comienza a caminar a la par del corcel. Se siente nervioso. ¡Por fin ha llegado el día! Hace ya más de tres años que emprendió esta aventura, que por momentos se hizo obsesión. Cuando casi creyó que no lograría su objetivo, pidió hablar con el jefe de los rebeldes. Apareció ante él un hombre muy delgado con cabellos, barba, y ojos brillantes, como una brasa encendida. Hablaba en voz queda y con lenguaje prudente. Claudius comprendió que si todos los hombres que se atrincheraban en la fortaleza, tenían el temple del hombre que ante él se había presentado, iba ha ser muy difícil doblegarlos. En el mismo momento en que el comandante se aleja, Eleazar, separado de Claudius por varios kilómetros, desde una de las torres, pierde su vista en el desierto que lo rodea. Sabe que a la mañana siguiente, serán vencidos por los romanos. Ha llegado la hora de hablar con su pueblo y hacerles comprender que "la vida, no la muerte, es una calamidad. Y si todos los hombres, valientes o cobardes están destinados a morir, ¿por qué no decidir hacerlo con dignidad? En medio del desolado paisaje, protegidos levemente del áspero clima por una saliente del terreno, se encuentran por última vez los amantes: Flavius lo sabe. Sara, lo intuye. Se habían conocido el día en que Sara bajó a buscar un poco de alivio al riguroso calor que la abrasaba. Fue hacia el Sendero de la Serpiente, para llegar a las cavernas que se usaban como reservorios de agua. Allí el clima se suavizaba. Se dejó caer sobre una gran piedra y se perdió entre sus sueños. La sobresaltó un crujido, y al darse vuelta buscando el motivo de su inquietud, descubrió una fisura, como un gran ojal, en la pared. Se quedó inmovilizada por el terror, ya que desde afuera la estaba observando un joven soldado, perteneciente a la caballería de la Legión. La actitud pasiva, lo complaciente de su mirada azul, y su apenas esbozada sonrisa, la habían tranquilizado de inmediato. El, al notar su temor y su posterior turbación, le dijo unas palabras que ella no comprendió, se inclinó con una reverencia, y partió corriendo. Fue la disposición que intuyó en el joven, su forma de envolverla con la mirada y el haber sentido como una caricia su sonrisa, lo que llevó a la niña a guardar silencio. Regresó rápidamente a su casa, esperando que no hubieran notado su falta. A la hora del reposo, Sara llegó a comprender el peligro que significaría para los suyos que el soldado hubiera descubierto ese pasadizo, cuya existencia los hombres de su pueblo seguramente ignoraban. (Habían llegado hasta allí, con algunos pocos enseres y sus familias, todos los que escaparon cuando el incendio de Jerusalén. Sin duda era un buen lugar esa inmensa meseta que se erguía en medio del desierto). Sara decidió no hablar, ya que, si el hombre había trasladado a sus superiores el descubrimiento, era tarde para preparar cualquier defensa. Mientras tanto, Flavius bajó, tratando de no ser visto por sus camaradas. En su pecho, un calor desconocido lo arropaba. Sintió como cuando niño su madre lo cubría en las noches. Y esa muchacha. tan pálida, con los ojos grandes del color de las uvas maduras..., ¿en qué sueños estaba perdida cuando la descubrió? Sus cabellos negros en los que se apretaban pequeños rulos, la cubrían hasta la cintura y ocultaban su cara. Hasta que se sobresaltó, y entonces sus ojos se encontraron. En ese instante supo que ella era el amor. ¿Cómo decírselo? ¿La volvería a ver? Ponía en peligro su vida y el honor de su familia, todos legionarios, orgullosos también ellos de su estirpe de conquistadores. Nada dijo y al día siguiente volvió a la gruta, tratando de no ser visto. Y así fue durante aquellos meses. Los unía un sentimiento inconmensurable; apenas se comunicaban con algunas palabras. Sólo sus manos, que se buscaban afanosas, expresando sus emociones. Eleazar se había constituido en el líder natural del grupo rebelde. Y con orden, mesura, pero sobre todo, por el sentido del honor que ha tenido siempre su pueblo, fue que durante tres años habían resistido a todos los intentos de invasión, por parte de las legiones romanas. Han llegado a respetarse. Tanto Eleazar como Claudius, el comandante de la legión, durante el largo tiempo que duró la resistencia, reverenciaron la inteligencia y las estrategias, que uno opuso al otro. Pero los romanos, más poderoso en armamentos y hombres, están por dominarlos y el jefe judío lo sabe. Han logrado derruir la muralla que los protegió todo ese tiempo y está por caer aquella con la que han reemplazado a la primera. Hoy todo huele a sangre y dolor. Sara sabe, por aquello que escucha decir a los hombres de su pueblo, que se acerca el fin. En el atardecer, cuando vuelve al caserío, su madre la esta esperando al comienzo del camino. Le impide el paso y la toma por los hombros. La niña comprende, sin palabras, que la ha descubierto desde hacía ya tiempo. Las lágrimas aparecen en los ojos de la muchacha, y en silencio se refugia en los brazos maternos. Una extraña sensación se intuye entre los hombres que acaban de reunirse en la plaza, quienes afligidos pero resueltos, se encaminan a cumplir con la palabra que acaban de darse, unos a otros: la muerte antes que la esclavitud la servidumbre de cualquiera de los suyos. Con el amanecer, los legionarios logran derribar la segunda empalizada que se interpone entre ellos y los rebeldes. El primero en entrar en la amplia fortaleza, es el comandante de la Décima Legión. Nada se opone a su paso, ningún rumor llega hasta él. Sólo el murmullo que provoca la brisa al mover alguna puerta entreabierta. Inmediatamente percibe que algo grave pasa. El cuadro que aparece ante los soldados es inesperado: a medida que van ingresando en las primeras casas descubren que en los catres descansan los cuerpos, sin vida, de las mujeres, los niños y los más ancianos. Entonces comprende: ese grupo de judíos obstinados, orgullosos de su casta, han decidido morir a caer derrotados. Cada jefe de familia ha generado la muerte de los suyos, de una forma plácida, casi sin dolor..., para luego acabar con la propia. Cuando finalmente Flavius pudo ascender, recorrió con desesperación el lugar hasta dar con su amada, quien en brazos de su madre había refugiado su último suspiro. Las mejillas de ambas, dejaban ver aún la huella de las lágrimas. El soldado, de rodillas ante ellas y arrasados también sus ojos, se deja caer sobre su espada. No notaron su ausencia, tan grande había sido la impresión y el respeto que provocara en todos el inesperado descubrimiento. Mucho más aún, cuando escucharon de la boca del comandante la frase que los derrotaría para siempre, a pesar de haber vencido la férrea resistencia: "Más difícil que perder una batalla, es ganarla", dijo, mientras sus ojos se enturbiaban, recorriendo con la mirada los cuerpos que, amorosamente, aparecían abrazados unos a otros. Aún hoy, pero por un breve período, aparece tímidamente en un rincón de la meseta, una flor pequeña y rústica, de tres pétalos blancos, que prontamente se seca, para volver a nacer en la próxima primavera. "Tres Lágrimas", contestan los guías, cuando algún turista pregunta por el nombre del apretado ramillete. |
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