Taller de Narrativa  
Nelly Vargas Machuca

Arlés
El Jardín
Lo prohibido
Compás de Espera

Mutaciones
Yo Pienso
Apenas una Baldosa
Siete años, relativamente
Ceremonia
Escrachado
Destiempo
Las últimas estrellas
El límite
Ellos dos
El Grito
El Despertar
Tiburones
Noche oscura



Mutaciones [Arriba]

La dama va a salir. Entra al baño, se ducha y pierde por el desagüe, células muertas. Se seca, se viste, y ya es otra. Baja las escaleras y sale, sin despedirse de la que ha quedado.

Ahora va manejando por calles que mudan constantemente su accidentada orografía. Las cuatro ruedas trascienden grietas enormes, bocas dentadas, cataclismos del asfalto. Sensible, el coche también acusa veloces cambios en superficie y en secreta ingeniería. La señora conduce, impávida. Fija en su designio de llegar a alguna parte, no advierte que nunca llegará como ella misma. Pisa el acelerador y activa el movimiento. Su precaria identidad sacude marchitos propósitos y alumbra novedades, mientras su organismo se recicla, optimizando lo que resta.

Cuando la dama detiene el vehículo y desciende frente a un coqueto edificio de Belgrano, ha dejado en el automóvil una forma y un sentido.

Entra, se dirige al ascensor, cierra la puerta y oprime un número. La máquina obedece y se eleva velozmente. Por causa de la aceleración, a la dama se le caen cabellos, pelusas, emociones, alguna frágil idea, los órganos y los tejidos.

Cuando sale del ascensor, cierra la puerta cuidadosamente y enfila por el pasillo desprendiendo, junto con su fragancia, una estela de cosas perdidas.

Por suerte, la señora no sabe nada de todo esto. Confía en su cuerpo, como confía en su auto, en el asfalto, en el ascensor y en la estabilidad y consistencia del edificio.

¿Para qué inquietarla, si ella va, radiante y nueva, a un encuentro adonde tan sutiles cuestiones no han sido invitadas?





Yo pienso [Arriba]

Yo es la palabra con que me nombro. Y en este momento creo oír a multitudes que repiten lo mismo: Yo. Se nombran con la palabra mía. Se designan Yo. Me usurpan. ¿Los usurpo?

Esta soy Yo. Quiero decir que soy la que se nombra con la palabra Yo, como todos se nombran. Palabra mía, ¿de otros? ¿De otros, mis días?

Quiero recortarme del fondo abigarrado de los hombres con una palabra que me arroja de nuevo en la muchedumbre. ¿Todos somos Yo? ¿Todos somos Vos? ¿Es eso justo? ¿Vos y Yo son señales de una identidad que salta continuamente de una cabeza a otra? ¿Que nos traiciona a todos?

Yo es mi nombre, porque lo reconozco como la única palabra que me nombra. Y esa misma palabra me disgrega. ¿“Yo pienso” quiere decir “pensamos”? Desesperadamente quiero ser el sujeto de mi pensamiento y mi pensamiento sabe que es de otros. ¿Cómo me afirmo? ¿Cómo retengo un ser que se desvanece en el pronombre, en el protonombre, el Yo, que es tan ajeno?

Lo grito: -¡Yo! - y todos me responden: -¡Yo! - como un eco interminable.

Del Vos lo único que deseo es que me reconozca, que legitime mi nombre renunciando a él. Quiero que suyo sea para siempre el Vos, y él se me planta por delante y, como un espejo, se designa y se nombra: Yo.

¿Debo matarlo? ¿Debo morir? ¿Cómo fijar de una vez para siempre nuestros nombres, deslindar territorios? ¿Cómo saber, al fin, que mi carne y la suya circundan algo diferente? ¿Cómo cesar en este duelo?





Apenas una baldosa [Arriba]

“Hay un punto desde el cual es imposible el retorno.
Ese es el sitio adonde es preciso llegar”.
Franz Kafka.

Un punto cerrado sobre sí mismo. El espacio físico de una baldosa donde quepa el cuerpo de pie. El punto de no retorno. Allí es preciso llegar.

Primero uno trata de huir de su casa. Corre como un perro atolondrado detrás de bicicletas, autos, colectivos, trenes, y se anima a ir lejos. Conoce casas distintas donde vive gente distinta, cordial.

Uno organiza cada vez mejor las salidas. Pernocta en lechos ajenos, se atreve a dormir en un hotel, ese lugar que nadie habita, ni su dueño.

Un día llega hasta el puerto o el aeropuerto. Toma un barco o un avión. Se proyecta en fuga a través del océano, costea ciudades, sobrevuela países y se acuesta extrañado bajo nuevas estrellas. Y cuanto más lejos llega uno, más conoce, más ignora. Más aprende, más olvida.

Cuando vuelve a su casa, ya las paredes están húmedas y las sábanas, frías. Hay un olor a limones marchitos y el polvo disimula las cosas y las hace parecer lejanas.

Hay tantos seres radiales convergiendo hacia uno. Mayores, menores, iguales, diferentes... Quiero decir atentos, distraídos, pacientes, rencorosos, impulsivos, negligentes, olvidadizos... Hay tanta gente que se muda a otras vidas. Hay tantas llamadas que preferiríamos no contestar.

Y al fin, uno va olvidándose de colgar el teléfono, de arreglar el timbre, de consultar la agenda. Sale a la calle y no reconoce los rostros ni las casas. Comienza a girar en círculos dentro de su propia cabeza.

Una cuerda retráctil lo va trayendo suavemente de vuelta, como a un perro hacia su amo. Uno retoza un momento y vuelve, antes de que su propio cuerpo lo extrañe.

Y un día no sale más. Traza breves circuitos y se desliza cauto entre objetos que lo siguen con la mirada.

No hay silencio, no se crea. Todo adentro rumorea, palpita. O es uno, no sé... También se cuelan voces, cantos... A veces un ululato de sirena que recuerda las premuras de la calle. Pero uno está tranquilo. Elige prudentemente su baldosa. El lugar del no retorno.

Se va cerrando, se repliega. Allí está todo lo que fue. Lo que quizá es, más allá y más acá de sí mismo.

En ese estar de pie, quieto, ocupando el mínimo lugar en el espacio, uno es, ya sin tiempo ni ausencia.

En ese punto, al que era preciso llegar.





Siete años, relativamente [Arriba]

Siete años han pasado. Es decir, siete veces giró la tierra alrededor del sol. “Esta” tierra, “este” sol, este sistema de referencia que me hace decir “siete años han pasado”, una convención.

Pasó tiempo. O mejor dicho, pasé yo. Fui pasando por el espacio-tiempo, que no es sino un continuum imposible de pensar, porque no hay sistema de referencia abarcativo para mí, ni para nadie en este planeta, que contenga un único tiempo universal, y que sirva además, para los otros universos.

O sea que pasé. En la linealidad de mi vida, avancé o retrocedí, como quiera tomárselo. Cambié. El vivir me gastó en siete años, digamos, que sería algo así como una décima parte de mi vida, si hubiera modo de prever el fin. Una de las últimas décimas partes de mi vida. (Esto para quien acepte el sistema métrico decimal.)

Como ven, estoy tratando de pararme en algo firme y me quedo en almanaques, percepciones, arena blanda, y me hundo.

Siete años han pasado. Pasó amor, pasó dolor, pasó costumbre, pasaron bocados por mi garganta, pensamientos, recuerdos; pasó el olvido, derrotando neuronas, di infinitos pasos y volví de todos a un centro, que soy yo y es mi casa. Sólo que “yo” y “casa” fueron mutando, y ya no sé si “casa” es con pasto crecido o con una parva de hojas secas por quemar. Y “yo” tal vez sea más con pelo largo y piernas suaves, aferrada al volante de otro auto, huyendo de mis ansias, o ahora, si se puede decir ahora, que pienso y luego existo, más serena y con otras preguntas.

En fin, que siete años han pasado. No sé si lentamente, no sé si rápidos. Ayer voté. Me dijeron que voté por la Argentina del cambio. Pero el pájaro que cruza mi jardín, desde su vuelo, no ve fronteras ni cambios, más que los cíclicos y usuales de las estaciones.

No puedo armar el tiempo, esto es evidente. Se me enrosca, se me escapa hacia atrás, o se me escabulle por las hendijas del entendimiento. Sólo sé que pasaron siete años y provisoriamente, no puedo decirlo de otro modo.

Como un sol, di luz. Cuerpo radiante, perdí masa mientras prodigaba energía. Me giraron planetas. Y yo también giré, subyugada, en el campo gravitatorio de otros soles. Me deleitó la luz de estrellas muy remotas, ya extinguidas. Viví. Movida por la fuerza inercial de mi destino, transité otros siete años el delicioso mundo de la percepción terrestre.

Fui hidrógeno y fui uranio. Leve y densa, densa y leve. Varias veces bombardearon mi núcleo, pero en vez de morir, desparramó protones y electrones, en insensata afirmación de leyes que no conocía. Tal vez las alteró, no sé. Mi núcleo no sabe. Luego, existe. Igual que yo.





Ceremonia [Arriba]

Le han calzado los altísimos coturnos y se los han atado firmemente a los tobillos. Ella se pone de pie y ensaya el movimiento. Su clara túnica apenas roza las amarillas piedras.

Le visten el manto, que cae en pliegues sobre sus hombros. Con gesto rápido, lo cruza por delante y lo ajusta con un broche.

Toma la máscara, que espera con sus ojos huecos, la alza y la mira. Ceremonialmente, se la coloca. Todo cambia entonces.

El anfiteatro está lleno, las hachas encendidas. La hora se acerca.

Le alcanzan el cetro y sale a escena. A sus espaldas, la larga trenza cae, buscando la cintura. Ella mira dignamente hacia adelante, por encima de las cabezas, y vislumbra la oscuridad de la noche. Inspira. La bocina de la máscara amplificará la voz. La luz de las antorchas proyecta una gigantesca sombra detrás de su figura.

Ha llegado el momento.

Comienza a hablar. Lenta y monódicamente escande los versos. El público contiene la respiración: la reina está contando su historia. Es tan magnífica, tan imponente que los espectadores rezan, imbuidos de asombro, como frente a su dios.

La actriz, debajo de la túnica, está desnuda. A su rostro plano, sólo el espíritu de la reina le otorga belleza, relieve, expresión sobrehumana.

La carne de la actriz no tiene densidad hasta que viste la túnica y el manto. Sus ojos pálidos no cuentan los trabajos de una vida vicaria. Sólo fulgen e irradian detrás de la máscara.

Será tan anónima cuando salga a la noche, cuando coma su pan y se arrebuje en el lecho, cuando cierre los párpados y naufrague en un sueño liso y árido, de cansancio vulgar...

Yacente, será una marioneta cuando cae enredada en sus hilos, con las mandíbulas quietas, en el descanso de su creador.





Escrachado [Arriba]

Te va a escrachar. Como a una mosca. Te va a dejar desnudo de toda carne. Fijo para siempre. Va a quedarse con todo. No puede evitarlo, perdonála. Sé que ha parasitado tu vida. Te inspiró confianza, te juró lealtad. Y es leal. No a vos. A su propia naturaleza vampírica. Bien sabías que si te acercabas a ella, estarías perdido. Sin embargo, vos también ganaste. Te dio lo que es, lo que tiene, lo que sabe. ¿Qué más? Ahora te juzga listo para ser inmolado. Te maceró, te incorporó lentamente sus jugos. Te hizo creer que eras autor y te estaba escribiendo. No podrás salir. Clavado en esas páginas, disecado, archivado para siempre, estarás vivo cada vez que alguien, en cualquier lugar, te necesite.





Destiempo [Arriba]

Él viene. Fue convocado y se prepara. Incuba toda su belleza en la ingravi-dez de un sueño lento. Se reviste de ojos, de piel, de uñas, de cabello, para presentarse como uno de nosotros, él, que llega de tan lejos y está por olvi-darlo.

Ella se va. Al cabo de larga peripecia, investida de años, se prepara. Ergui-da, trajinó entre las ondas de su pelo con la piel transparente y los ojos de gata. Recorrió paso a paso su camino de albores, y atardece afilando las uñas en la corteza de la vida.

Él está por venir. De cabeza ingresará en el mundo, deslizándose como un pez entre los muslos de su madre, y abrirá los pulmones en un llanto an-cestral, mientras cada neurona de su cerebro intacto extenderá ávidos lazos hacia las demás, formando constelaciones de preguntas, supernovas de re-cuerdos, soles de radiante imaginación.

Ella se irá. Un día, pronto, les dirá a su piernas que ya no caminen, y a su torso, antes esbelto, que se rinda. Entonces comenzará a despedirse, dejan-do sobre la almohada mechones perfumados. Cumplirá entero su destino y las últimas dudas se le irán disipando, hasta integrarse a un cosmos de cer-tezas.

El intervalo entre ambos es muy corto. Cautivos en sus propias órbitas, ¿se cruzarán tal vez sin conocerse en una estrecha fisura de la luz, o llegarán a proyectar su amante sombra uno sobre el otro, antes de perderse como es-trellas errantes, cada cual en su propio universo?





Las últimas estrellas [Arriba]

La mano levanta la lapicera y la baja lentamente, buscando la claridad del papel.

No llegará nunca a su destino.

La historia no se puede contar. No fue vivida.

Por eso la mano se detiene a un milímetro apenas de la hoja en blanco. Porque la historia se detuvo, apenas un segundo antes de empezar.

Una pálida ira le cizañea adentro. Está vencido, encogido. No quiere contar lo que vivieron otros, ni quiere imaginar. Sólo dar testimonio de su propia existencia.

Pero de cuál camino, si de todos volvió...

Volvió de amores y amoríos, a la distancia, iguales. Ningún apego a los recuerdos, todos intrascendentes. Ensayo y error. Mucho ensayo, mucho error.

Volvió de viajes largos, y de cortos paseos. ¿Dónde estuvo la meta?

Ni en el trayecto, ni en el destino. Ni en los preparativos, ni en las anécdo-tas menudas. Ni en el paraje exótico, ni en el recodo familiar.

Trabajó intensamente y cada minuto preñado de esfuerzo fue perdido. Nada durable construyó, más que su largo olvido.

Y ahora quiere escribir, pero no hay historia.

Porque no hubo objeto, no hay sujeto. Porque no hubo pasión empecinada, ni compromiso, ni lealtad, no puede haber héroe.

Entonces, ¿de quién escribir?

¿Para qué y para quién?

La experiencia ya fue hecha y no le importa ni al universo ni a él.

La mano se retira lentamente. El hombre deja la lapicera, se levanta y va hacia la ventana.

Inspira el aire fresco de la madrugada y siente que se va disipando lenta-mente, como las últimas estrellas...





El límite [Arriba]

Supongamos el marco de una puerta. Sin paredes, ni techo, ni puerta. De-lante del marco, cinco escalones. Sobre el plano de arriba, nada. Sobre el plano de abajo, nada.

Alguien viene caminando y sube los peldaños. No hay batiente ni picapor-te. En el marco, un timbre. ¿Qué debe hacer?

Si lo toca, nadie va a contestar. Nadie va a abrir la puerta, porque no hay más que un hueco. Podría acceder al plano superior por cualquier otro lu-gar. No hay obstáculos a la vista. El mismo sepia de los dos lados. Todo lo que tiene que hacer es dar un envión con el cuerpo, afirmando las manos en el borde, y apoyar una rodilla primero, después la otra, como se hace por ejemplo, para subir a un escenario. Pero arriba no hay escenario, ni abajo una platea. No hay más que dos superficies planas, iguales. ¿Por qué no lo hace?

Alguien ha puesto ese marco para invitarlo a entrar. Es decir, ha limitado el espacio con una estructura indicadora de orden. Por allí se debe pasar. Se debe subir prolijamente la escalera y tocar el timbre.

Baja los peldaños y examina nuevamente la situación. Un marco, un tim-bre, como una pupila pequeña y saltona, la planicie, y algo más adelante, el horizonte. No hay senderos ni sembrados que puedan trazar líneas perpen-diculares. Ningún punto de fuga.

Su trayectoria va en esa dirección. Inevitablemente, tendrá que decidirse a trepar o a subir los escalones y atravesar el marco. Arriba, el cielo es todo igual. Un sol inexistente da una luz pareja, sin proyección de sombra.

Vuelve a subir y se detiene frente al marco. Quien lo haya puesto allí quería que el viajero lo atravesara; quería organizar el vacío para que nadie pudie-ra extraviarse.

Pero él no puede trasponerlo, porque no hay puerta. Necesita que alguien venga a abrir cuando él toque el timbre. O que haya, al menos, un picapor-te, para bajarlo y empujar. Así no. Toda la tierra de arriba le está vedada.

Vuelve a bajar los peldaños y contempla el horizonte, restringido por un esqueleto de madera mudo.

No podrá pasar. Jamás conocerá la tierra del otro lado. No podrá pisarla.

Tal vez, no valía la pena...





Ellos dos [Arriba]

- Pero te advierto que..., bueh..., es un poco mujeriego...

Juan calla. La línea desde Cholila tiene más de dos mil kilómetros. Entra un silencio de frío en la habitación de Carmen, un silencio de soledad frente a las cumbres, de cabaña aislada donde un hombre piensa en una única mujer que está lejos, entre todos los hombres de la ciudad.

Carmen se echa a reír. Yo sé que ella piensa "me quiere" y disfruta con eso. Contesta algo así como que todos los hombres lo son, que no hay que preocuparse por algo tan común. Y vuelve a reír.

Juan la ve claramente, sacudiendo los pechos con la risa. Se la imagina vestida de amarillo fuerte, casi mostaza, la cara limpia, el pelo recién lavado, enrulándose. Como en el verano, aquella última vez. La ve enseguida sentada en un tronco, con una vara en la mano, las piernas colgando hacia el río.

Entonces estaba roja de calor, de cansancio, de excitación. Habían caminado juntos durante horas, reconociendo cada flor, cada baya, cada insecto. El, de cicerone, ella, alegre, él, feliz. Así fue la primera vez.

Ahora es invierno. "Quién sabe cómo estará", piensa Juan. La voz no ha cambiado, la risa tampoco.

Carmen no sabe qué imaginar. No conoce Cholila. ¿Estará en un locutorio? No cree que haya ninguno por allí. ¿En una cabina, dentro de algún hotel?

En su cabaña seguro que no, aunque él lleva su cabaña a todas partes. Es alta, de fuertes troncos de coihue o de radal, con herramientas tiradas por los rincones y ropa colgada de algunos clavos. Una radio pequeña, una ventana pequeña, un imprescindible hogar, o tal vez, una imprescindible salamandra. Lo ve agachado, agregando cuidadosamente unas ramas de ñire al fuego, con sus manos huesudas, grandes y expertas. Tan ásperas para el amor.

Lo ve solo, mirando por la pequeña ventana hacia la cordillera y viendo crepitar el otro fuego, el de la tarde.

-Te aviso, ya sé que..., bueno... Lo que pasa es que tiene..., tuvo varias mujeres y un montón de hijos. En fin, eso es lo de menos, ya te dije, es muy buena persona.

Juan, solo, saliendo a trabajar con la azada, la pala, el rastrillo al hombro, buscando las picadas, enterrando sus patagónicas botas en la nieve, pensando en ella, mansamente.

Carmen se acordó de él quizás dos o tres veces desde el verano. Se acordó en cambio muchas veces, de un hombre que Juan ni siquiera sabe que existe, que tal vez ni siquiera existe para ella, sólo que cada tanto se corporiza, o ella cree, y le arrulla los oídos primero, le sacude el corazón después, y le traspasa el cuerpo muchas veces con la furia del ansia.

-Andá a verlo. Ya le hablé de vos.

Con temor, Juan le da el número de teléfono de una oficina de Buenos Aires, la oficina de un poderoso señor, un opulento amo del Chubut, de los pozos petroleros del Chubut, de las majadas de ovejas en las estancias del Chubut. Ese desconocido podría financiar sus proyectos, ayudarla...

Juan, tan ingenuo, sin resignarse a no estar en la vida de ella.

Yo la conozco a Carmen. Ella se ríe. Ya sabe cómo será la primera entrevista con el magnate. Sabe que se pondrá las medias de matar, y que cruzará las piernas como al descuido. Pero ahora me prohibe decidir por ella. Resueltamente le repite que no se preocupe, que ella sabe manejar esas situaciones. Le da a entender que lo importante es él, que quiere verlo, acá o allá, pero cómo. Le sugiere que la invite a su cabaña, ella se adapta a todo, es tan democrática.

Yo le soplo al oído que no debe mentir. Jamás se acostará con Juan. Sería como acostarse con una raíz fibrosa, como introducir en su cuerpo una raíz, una rama de alerce, como besar una corteza.

Carmen lo hace soñar. Tal vez todo el mundo tiene derecho a un sueño. Tal vez los sueños no mueren, en tanto sueños.

Juan debe cortar, la llamada ha sido larga, será costosa. Desde tan lejos actúa, decide, modifica la realidad. Él, solo y sin recursos, ha hablado de ella al fabuloso señor de los aviones y los helicópteros, de las lanchas y los cruceros, de la pesca de la trucha y la caza del jabalí.

Carmen piensa que Juan también tiene poder. Manda sobre la soledad, desde la soledad. Hombre a quien aprietan las calles, que siempre preferirá una sierra eléctrica y una buena garlopa, a una mujer real.

Ella es una imagen que el viento trae desde una línea telefónica, un sueño que se teje con escarchas y alambre de fardo, que se reinventa por las noches bajo unas mantas gastadas, al compás de las ondas interferidas por ondas, de alguna música que modifica el viento.

A la mañana vuelven a abrirse los rumbos de Epuyén o Futalaufquen, y se puede cargar el valle en la pick-up del patrón y repartirlo en el secano.

Yo los conozco a los dos. ¿Quién necesita más al otro?

En los sueños de Carmen hay un hombre de piel suave y pelo renegrido, un hombre que se zambulle cada tanto en su mundo para desvanecerse enseguida. Ella, entonces, se siente desrealizada, transparente. Espera sólo a ese hombre.

A veces me gustaría decirle que no se obstine en esperarlo. Que no se ponga tampoco las medias de matar para obtener los favores de los poderosos.

Carmen es el sueño de Juan. Un viento que azota la realidad. Un cielo que gira sobre la meseta. Adonde vaya, no irá. No estará nunca en ninguna parte.

En cambio Juan, vive en el Sur.





El Grito [Arriba]

¿Quién grita? De todas sus partes humanas, ¿cuál? ¿Qué grita, en reali-dad? ¿La neurona, la célula, la vértebra cansada? ¿Qué dicen? ¿A quién piden clemencia? ¿Por qué claman? ¿Cómo de pronto han advertido que se impone gritar, que todo pasa por un grito de garganta abierta, que sólo de ahí sobrevendrá el silencio?
No se muere sin gritar, aunque nadie escuche, sordos los otros a lo que no sea su clausurado mundo, ciegos, sin tacto ni olfato, voraces apropiado-res de energía, sosteniendo de un hilo su mísera existencia.
¿Cuándo, de pronto, dónde cayó la última palabra y empezó a destilar el puro grito, el primario, el de la vida-oferta, en la más grande y última liqui-dación de esperanza?





El Despertar [Arriba]

Despertar, recordar, romper las telarañas del sueño, levantarse, despren-derse del ropaje del extraño que ha dormido ahí, sobre esa cama desconoci-da.
Calzar y vestir el fantasma diurno, tratar de sorprenderlo cuando se cruza ante el espejo.
Hemos vuelto de algún lugar distante y nadie había allí para esperarnos.
Alguien que tal vez fuimos, quiere recuperar algo que tal vez hemos per-dido. Sorprende el halo de los objetos, lo marean las sensaciones.
La memoria, asfixiada, tantea el borde del estanque para emerger a la superficie. El soñador ha enredado de algas nuestras piernas.
Es preciso mirar el reloj, recuperar el tiempo, situarse en un presente que se parezca a otros presentes, sin duda antiguos. Imaginar qué somos, con algún vislumbre de realidad.
Y nos vestimos ropa que tiene la forma de nuestro cuerpo, y nos calza-mos zapatos que tienen la forma de nuestros pies.
Algo por fin se ha encontrado: un rastro, vestigios de identidad, cosas obedientes a nuestro deseo.
Va llegando la luz de la mañana, los colores del día, un árbol que estaba ahí, desde detrás del sueño.
Vuelven las palabras, calmando la incertidumbre de las cosas: este es un libro, este un teléfono.
En el vacío a nuestro alrededor, surgen otros seres que nos van arraigan-do a la vigilia. Todavía no son personas ni tienen nombre. Son formas, sombras de formas aún no despiertas, aún no corporizadas como nosotros, que ya hemos vuelto a habitarnos.
La memoria sale del estanque empapada, torpe, y nos ve a través de un tenue cristal.
De qué lado estaremos nosotros.





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Tiburones

La quieren tanto... La abrazan, la besuquean, la tienen apretada contra su pecho y puede sentir la dureza de sus chalecos y de alguna que otra sobaquera bien calzada. Le sirven fiambres, carnes, ensaladas, postres, los mejores vinos, la atienden a cuerpo de reina, la sientan entre los más lustrosos de ellos y le dicen galanterías.
La atmósfera es de regocijo. Las botellas se han vaciado en los vientres rechonchos, las miradas chispean y las caras se han puesto rubicundas.
El locutor toma el micrófono, se deshace en elogios y después, entre reverencias, le pide al jefe que se adelante para ofrecer el brindis.
Él está contento y emocionado. Parece un hombre humilde y campechano, bueno, discreto, sincero. Agradece la presencia de todos y expresa un pedido: quiere oirla cantar. Todos aplauden y la miran, esperando. Los músicos se aprontan. Por un instante, el aire se espesa, las respiraciones se contienen y se puede oir claramente la lluvia afuera. Ella imagina a los pájaros refugiados en los árboles, guardando sus gorjeos para cuando salga el sol.
Se levanta, avanza, todos aplauden. Susurra algo al oído de un músico, cierra los ojos y comienza a cantar. Puede oirse a sí misma ahora, porque hasta la lluvia ha cesado, junto con el movimiento de vasos y cubiertos. Siente la mirada de aquellos hombres y sabe que el jefe, más que mirarla, la espiará al principio.
Canta todo lo bien que puede, sin ira, sin llanto, como una esclava acostumbrada a la servidumbre. Cantar es su pasaporte a la reconciliación y no podrá salir de allí sin estar reconciliada.
Todos aplauden, ovacionan, los ojos húmedos. Son buenos ciudadanos, se emocionan fácilmente, aman a sus familias, los amigos, los manjares, las copas y las lindas hembras. Pero su paciencia es limitada. Ellos deciden cuándo es hora de ser perdonados.
Los más poderosos se adelantan a brindar, convocados por el locutor. Ella queda en el medio, fotografiada y filmada entre tantos hombres. Uno la toma del brazo, otro del hombro, otro de la mano. Todos la quieren tanto y esperan con tanto entusiasmo el milagro de la Navidad... Son piadosos y creyentes. Entre ellos se saben siempre perdonar. O casi siempre.
Le alcanzan una copa de champagne. Todos brindan, ella también. Fotógrafos y camarógrafos están ocupadísimos documentando ese momento histórico.
De pronto, sin saber cómo, lo tiene frente a sí. Se le ha plantado por delante y con una sonrisa de infinita ternura y un temblor en la papada, le propone:
-¿Brindamos?
Ella no puede sino bajar la vista y levantar la copa. Entonces, él dice claramente, y después lo repite en un susurro:
-Te quiero mucho.
Todos aplauden y festejan.
Ella imagina las calles inundadas, la gente sacando agua a baldes de sus casas, los coches navegando por las avenidas. Y se ve a sí misma, sola, en medio del océano, amada de los tiburones.





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Noche oscura

Silenciosa, viene a buscarme la Van. Subo.
Me lleva a una calle tenue, a una casa de paredes desnudas con una larga mesa tendida. Allí están las almas, esperando.
¿Qué quieren? ¿Por qué sonríen? ¿Acaso han de enseñarme a morir?
Un té narcótico me ha dejado blanda como estopa. Mis nalgas se derraman sobre la estricta madera de la silla.
- ¿Se sirve?
Tomo un pedazo de pan, muerdo bocados pequeños, trago, obediente.
- ¿Más té?
Bebo, dejándome sonreir entre cada sorbo.
Las almas me quieren sumisa, lenta, como una oración. Hablan en un idioma desconocido, hacen dibujos extraños en el mantel.
Son espectros correctamente sentados, con uñas limpias y caras macilentas bajo la plana luz artificial.
Yo acepto todo. Comulgo de estos muertos, como hermana. Pero sé que detrás del dintel de esa puerta de plomo, estoy viva, y esto es más raro que la muerte, más precario.
Lentificada, dócil, me aletargo en una honda respiración.
Las almas han construido a mi alrededor un silencio cómodo, de vapor perfumado.
El ritoconcluye. Las luces se apagan.
En mi taza, sólo queda la borra inescrutable del té.





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Arlés

A Vincent.

Aquí está él. Roja soledad. La celda circulando sobre su furia. El chaleco comprimiendo su desesperación. Los reclamos entran por sus oídos, por su olfato, salen en aullidos y espuma por su boca abierta, vuelven a entrar, atropellándose, agarrándose de sus pilosi-dades como de algas, se introducen en sus membranas, golpean el tímpano, recorren en paralela carrera el nervio auditivo y se des-cuelgan por sus neuronas, electrizándolo. Así, torciendo la cabeza hacia atrás, golpeando el mentón contra el pecho, oscila como un barco sobre sus rodillas. Después, las lágrimas le nublan la visión de ese recinto lóbrego, de altas paredes y techo vertiginoso.

Una pesada puerta de hierro se ha cerrado con decisión y él ha quedado atrapado. Gateando sobre las baldosas frías, gimiendo y temblando, ha sucumbido a las tinieblas, mientras el amarillo sol de los campos del Mediodía se olvida de él, de su roja y ardiente cabeza. Así pasan grandes horas de silencio, sólo interrumpidas por el chirriar del torno al abrirse para espiar el bulto inerte, como a la deriva en un mar espeso y profundo.

Al cabo de los días entran, le sacan el chaleco, lo limpian y visten de estameña, baldean sus heces y le alcanzan regularmente su comida. El sol es una tímida mirada cada vez que abren el torno. Las horas van cayendo, como las gotas silenciosas que se deslizan por el muro, y el universo entra en un orden circular, periférico, sin fisuras ni ángulos, sin alcohol, ni amarillos campos, ni campesinos.

Golpeado por la cordura, una lúcida tristeza se recluye en su mirada y una soledad más verde que el bilioso ajenjo se le ensaña en los labios.

Una mañana le abren la puerta. Cubriéndose los ojos, avanza trastabillando por el largo pasillo. Le da náuseas la interminable baranda, enredada de jazmines. Lo entran a una enorme sala, y lo conducen hasta una cama de metal. Allí se sienta y de a poco, va acostumbrándose a la luz. En un armario, a la cabecera, está su ropa, una Biblia y algunas cartas de su hermano. En ellas garabatea unos bosquejos. Sobre ellas, recuerda el color. Y reclama pinturas y una tela. Y un día, a la hora de la siesta, junto al ventanal, pinta el jardín de dameros de la planta baja.

Todavía tenue, todavía lejana, una voz le susurra: La miseria no tiene fin...

De "Tintas Leves"





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El Jardín

Debajo de la tierra, cosas de la tierra, féculas que ya le pertenecen. El esqueleto de un clavo, corroído por las lluvias. La carcaza rota de la tortuga que antes fue. Todo lo que quedó de pájaro y chicharra: plumas sin aire, caídas como las hojas. Élitros, divididos del canto. Y entre túneles de flores y sueños de lombriz, la caudalosa espera de la gramilla innumerable debajo de un jardín, de un árbol en sombra, entrefiltrado de estrellas; del último aleteo del silencio.

Los amantes reposan en la hierba, después de haberse amado. Cada uno piensa:

"¿Qué es esta ansiedad que no se sacia ni en presencia ni en ausencia? Este miedo, esta nostalgia de lo vivido, esta conciencia de lo negado, este orificio que jamás llena el tiempo, esta campana que dobla día y noche, clamando?¿Por es tan imperfecto lo perfecto, contaminado lo puro, amarga a veces la perfecta dulzura, vacilante lo firme, fugaz la lealtad? ¿Por qué es trivial a veces lo más hondo?

Días que quedan por vivir, días contados. Uno a uno van apareciendo por las hendijas del alba. Uno a uno se van escurriendo por el sumidero de las noches. Días ofrecidos, puros. Días blancos que llegan. ¿Cómo vivirlos, en amor o sin amor, en soledad o en compañía, cuando el alma tira hacia otra parte y ese lugar no existe, pero llama?"

De "Tintas Leves"





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Lo prohibido

Decir lo prohibido no es fácil. Y menos escribirlo. Cada palabra de esta confesión dejará rastros indelebles en el papel. Habrá que desmenuzarlo cuidadosamente, quemarlo. Pero aun-que quede reducido a cenizas, seguirá formando parte del mundo tangible, y cualquiera que huela esas cenizas sabrá que por allí anduvo lo prohibido.

Mejor callar, no decir nada. El silencio es inocente. Está poblado de gestos necesarios y desvelos legítimos. Dice, en la cuerda pactada de lo tácito. Presupone la constancia de lo perfecto.

Si la verdad fuera susurrada, quizás podría disimularse entre las voces y los ruidos. Vocales, sílabas, alguna palabra suelta... Sólo destellos, vagos indicios de lo que es, por debajo de lo que está...

La confesión escrita es más grave, arremete contra toda certidumbre, instala lo desconocido, altera para siempre el orden de las cosas, como la jugada perfecta con que algún temerario reorganiza el tablero. Por eso esta confesión ha de callar, ha de velarse en la opacidad del silencio, delgada como una apariencia, una media mentira, una casi ilusión. Y cuando retorne exacto lo prohibido, será apenas un protoplasma sutil, el liviano perfume que lo verdadero exhala y filtra entre las grietas de la realidad.

De "Tintas Leves"





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Compás de Espera

Se sientan enfrentados. Son dos pugilistas al acecho o dos bailarines desafiándose a un tango. Hay cautela en las actitudes, espera caliente. Alguno de los dos dará el primer golpe. Cualquier movimiento es posible. Cambian de posición, tensos. Se esquivan la mirada. Puede ser pudor, indecisión, prudencia. Puede ser traición.

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Compás de Espera

Se sientan enfrentados. Son dos pugilistas al acecho o dos bailarines desafiándose a un tango. Hay cautela en las actitudes, espera caliente. Alguno de los dos dará el primer golpe. Cualquier movimiento es posible. Cambian de posición, tensos. Se esquivan la mirada. Puede ser pudor, indecisión, prudencia. Puede ser traición.

Ella toma una taza. Él enciende un cigarrillo.

Lo que ella piensa, se ve. Le sale de la nariz en densos vahos, le humedece los poros de la cara como un relente crepuscular, le abrillanta las pupilas y se las nubla, de a ratos. Su pelo de Medusa se enciende. Su trasero arde sobre la silla encabritada. Los pies raspan la alfombra y preparan la embestida.

Lo que él siente, se huele. Es olor de guerra, pero puede ser temor, y también el almizcle del deseo. Se rasca una manchita del pantalón con la uña, y las ondas expanden fantásticos rasguidos. El humo del cigarrillo lo envuelve en un perfume amenazador. La brasa le pinta el rostro. La escasa luz de la lámpara lo despinta y lo lava.

Los dos suspiran ahora. Ella como gimiendo, él como bufando.

Se trenzarán, eso es seguro. Falta sólo que algún sonido externo (el golpe de una puerta, un bocinazo lejano, el delicado crujido de un papel), rompa la tregua.

De "Tintas Leves"