| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| María del Carmen Amormino | |||||||||||||||||||
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El regreso Horas perdidas El arrecife de plata Siempre Joaquín y el dragón Mi cómplice favorito |
Cerca del Mar El adoquín Mi cómplice favorito La Portada Las palabras escondidas Madre El vacío La sombra Ausencia |
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| Mi cómplice favorito | [Arriba] | Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles..., en ese momento, yo me hago tu cómplice. El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro. En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella. Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial. El perfume de tu cuerpo recién bañado hace que mis palabras enmudezcan en el sentir de mi espacio. Me place verte caminar por la habitación, soñando con el momento de llegar hasta donde me encuentro. Tus delicadas manos aferran mi cuerpo con amor y dulzura. Cómo me ennardece sentir tu piel sobre mi piel... Siento que en el aire vive la esperanza de que alguna vez seas mía, solamente mía. Me recorres palmo a palmo. ¿Cuánto tiempo crees que podré padecer este amor? ¿Cómo se explica que, con mi léxico amplio y romántico, tenga que callar mi pasión? Soy alguien que tiene distintas almas, pero un mismo corazón. A veces soy dulce, cálido, ardiente, sensual. Otras, soy frío, inhumano, cruel, grotesco; otras veces comediante, payaso, bufón; también, en ocasiones, romántico, poeta, bohemio; pero sea cual fuere mi faceta, te amo igual. Muchas veces te complazco y otras te defraudo. Somos cómplices, amantes, casi amigos. Siempre, cuando anochece, me apodero de tu tiempo; vuelves a tenerme contra tu pecho y te lleno de expectativas. Soy tu libro de cabecera, el que no compartes con nadie cuando me tienes bajo tu mirada; el que logra que te relajes y extiendas. Sé que te agrada oler la tinta de mis palabras y acariciar la tersura de mi papel. Gracias por darme vida, sensaciones y magia. ¿Cómo agradecerte, si no tengo boca? ¿Cómo abrazarte, si no tengo brazos? ¿Cómo poseerte, si no tengo sexo? Mi corazón se estruja como el papel que soy; pero, como Fausto, vendería mi alma de palabras para convertirme en un hombre de sangre ardiente y de labios húmedos, para besarte y poseerte, y terminar con el hechizo que me condenó a ser, solamente, tu libro de cabecera. |
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| Cerca del mar | [Arriba] | En este punto del Atlántico, el mar es de color turquesa, y sus aguas, aun en la orilla, son frías y profundas. La salida del sol atrae a Juan, que se levanta muy temprano. Toma su equipo de fotografía, comienza a disparar y expe-rimenta el mismo encanto de la primera vez que lo vio despabilarse en el horizonte en toda su magnitud. Juan es un hombre de 56 años, de cabellos entrecanos; tiene una mirada de horizontes y de mares recorridos. Es alto, erguido, de torso fuerte; su piel es de un tono entre dorado y marrón. Toma todo el sol, cuando corre dia-riamente varios kilómetros para mantenerse en forma. Ama el mar y decidió hace un año mudarse a una casa que compró en Ne-cochea. Es un hombre de carácter, de vivencias que le llenan el cuerpo y el alma. Por la tarde se lo ve dibujado, formando parte del paisaje, con su equipo de pesca, en la orilla de las majestuosas aguas, donde las horas se impregnan de sal, brisas y arena. Hay un perro que, desde que él llegó al lugar, lo sigue a todas partes; casi es su sombra. Lo bautizó Fox. Por las noches ya lo deja entrar. Le llevó meses al perro conseguir este privilegio, porque Juan nunca fue amante de las mascotas. La casa es cómoda, tiene algunos años de antigüedad, pero se encuentra en buen estado. Es grande, llena de ventanales y con un balcón en el primer piso con una estupenda vista. En la planta alta hay un cuarto que él convir-tió en su estudio; allí revela y experimenta. En la planta baja hay una serie de fotos con diversidad de figuras y colores, tan reales que parecen tomar vida, y le dan al ambiente un aire de galería. Él es un fotógrafo talentoso y trasgresor que trabaja en una importante re-vista de Buenos Aires. Tomó licencia por un año; no sabe aún si volverá a su empleo, pues tiene una buena oferta de una editorial uruguaya. Uruguay ha sido para él como un segundo hogar. En los últimos años, ha pasado casi la mitad de su tiempo allí. Esta profesión le dio además, la oportunidad de conocer todo el mundo, desde los confines del continente americano hasta los desiertos africanos. Todo lo tomó con su cámara. Vive a unos kilómetros del pueblo y se aprovisiona de comestibles en el supermercado local, acompañado por Fox, a quien acaricia la cabeza de vez en cuando con cierto desdén. Le encanta cocinar, disfruta de un buen vino tinto y del aromático tabaco inglés. Por las noches, después de cenar, se sienta en un cómodo sillón a fumar en su pipa de marfil, que trajo de uno de sus viajes. Escucha música clásica para relajarse. Frente al sillón, hay una repisa en la pared. Se levanta, va hasta ella y mira un portarretrato; lo toma entre sus manos y lo observa con dulzura: es la foto de una hermosa mujer rubia de ojos claros. Acaricia su imagen de papel y luego deja el re-trato en su lugar. A Juan le cuesta conciliar el sueño por las noches; el rostro de la mujer de la foto lo hace estremecer. Cuando al fin se duerme, se repite siempre el mismo sueño: un bello rostro color mate, grandes ojos oscuros, cabellos negros, una sonrisa llena de luz. Cuando despierta, exclama en voz alta: "Amanda, Amanda". El dolor de la culpa lo invade. Recibió hace unos días carta de su hijo, que está radicado en Italia; es due-ño de un restaurante y le va muy bien. Ahora se está por casar y lo invita a la boda. Hace un año que no ve a Federico, desde aquella terrible noche del 12 de agosto. Esta noche, Juan se siente sumamente inquieto. Hay un remolino de re-cuerdos que lo arrastran hasta lo más profundo, hasta aquella noche en su casa de Buenos Aires, cuando encontró la nota sobre la mesa de luz, con pocas palabras que daban a entender todo. Ella ya lo sabía. Entonces sintió dolor y alivio, junto con una profunda tristeza. Después corrió, subió a su camioneta, condujo a gran velocidad, para detenerla, pero llegó tarde: se había marchado. Todo pasó, simplemente pasó, y a él lo dejó sin consuelo. ¿Por qué no le había hablado? ¿Por qué ese silencio? Sólo unas cuántas le-tras agrupadas en palabras, sin darle a él una sola oportunidad. El viento golpea su ventana, interrumpiendo la evocación de aquella noche. Fox se incorpora. El hombre fuerte, el que nunca le tuvo miedo a nada, hoy se encuentra desorientado, como perdido en un mundo desconocido donde imperan el dolor y la culpa. No puede afrontar el presente y está apartado de todo lo que ama, recluido en un paisaje marino a solas, sin sa-ber qué hacer... Unos golpes en la puerta, cortos y fuertes, lo sobresaltan, haciendo estre-mecer la rústica madera. La abre y frente a él se encuentra la mujer de la foto, bella, rubia, delicada, con hermosos ojos claros, y ese perfume a flores silvestres que la caracteriza. Sólo por sentir este perfume, las emociones de Juan comienzan a aflorar y el dolor desaparece. Recuerda cuántas veces la tomó entre sus brazos, acarició su cuerpo y se pertenecieron completamen-te. -¡Isabel, no puedo creer que estés aquí! ¿Cómo me encontraste? Isabel se acerca y le dice con voz suave y temblorosa: -¡Te encontré, eso es lo que importa! ¡Creo que no me merecía esta ausen-cia! -¡Te juro que intenté ir a tu casa de Uruguay! Tuve el impulso de tomar el avión varias veces, pero no pude... Ella lo abraza con fuerza, con ganas, con esas ganas de un año de no te-nerlo, de no besarlo, de no escucharlo... Él se aleja unos pasos y le dice con rabia en la voz: -¡Pero no entendés que yo a ella la amaba! Sé que suena terrible, pero es así... La amaba y me siento su verdugo. -¡Te entiendo! No digas nada más, ya todo pasó, ahora estamos juntos. Él la estrecha como si hubiera recuperado el mundo, y algo cae de sus ma-nos. Es la página de un diario. En uno de sus titulares, fechado el doce de agosto de un año atrás, dice: "La señora Amanda Rivera, esposa del famoso fotógrafo Juan Romano, es una de las víctimas del trágico accidente del avión de Aerolíneas que volaba con destino al Uruguay. En esa tragedia, no hubo sobrevivientes". |
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| El adoquín | [Arriba] | El adoquín de la calle, la noche, la sombra que sigue en la pared, acurrucada ella, acurrucada segura. El pleno centro de la ciudad de Rosario, una noche de sábado. Calles de cine, películas, paseo. Ella abrazaba, como el que abraza a un tronco grande, lleno de vida y seguridad. Ella, abrazada a ese hombre tan fuerte, de traje gris, camisa blanca, corbata, sobretodo negro, sombrero haciendo juego, y aquellos zapatos negros brillantes. El la llevaba en sus brazos y ella con sus manos pequeñas rodeaba su cuello; estaba feliz y se adormecía mientras escuchaba los pasos de aquel hombre en el adoquín. Ella lo amaba. La noche de ese invierno, nunca olvidará. |
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| Mi cómplice favorito | [Arriba] | Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles, en ese momento, yo me hago tu cómplice. El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro. En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella. Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial. El perfume de tu cuerpo recién bañado hace que mis sentidos enmudezcan en el sentir de mi espacio. Me place verte caminar por la habitación, soñando con el momento de llegar hasta donde me encuentro. Tus delicadas manos aferran mi cuerpo con amor y dulzura. Cómo me enardece sentir tu piel sobre mi piel... Siento que en el aire vive la esperanza de que alguna vez seas mía, solamente mía. Me recorres palmo a palmo. ¿Cuánto tiempo crees que podré padecer este amor? ¿Cómo se explica que, con mi léxico amplio y romántico, tenga que callar mi pasión? Soy alguien que tiene distintas almas, pero un mismo corazón. A veces soy dulce, cálido, ardiente, sensual. Otras, soy frío, inhumano, cruel, grotesco; otras veces, comediante, payaso, bufón; también, en ocasiones, romántico, poeta, bohemio; pero sea cual fuere mi faceta, te amo igual. Muchas veces te complazco y otras te defraudo. Somos cómplices, amantes, casi amigos. Siempre, cuando anochece, me apodero de tu tiempo; vuelves a tenerme contra tu pecho y te lleno de expectativas. Soy tu libro de cabecera, el que no compartes con nadie cuando me tienes bajo tu mirada; el que logra que te relajes y extiendas. Sé que te agrada oler la tinta de mis palabras y acariciar la tersura de mi papel. Gracias por darme vida, sensaciones y magia. ¿Cómo besarte, si no tengo boca? ¿Cómo abrazarte, si no tengo brazos? ¿Cómo poseerte, si no tengo sexo? Mi corazón se estruja como el papel que soy. Como Fausto, vendería mi alma de palabras para convertirme en un hombre de sangre ardiente y labios húmedos, para besarte y poseerte, y terminar con el hechizo que me condenó a ser, solamente, tu libro de cabecera. |
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| La Portada | [Arriba] | Recuerdos, sueños lejanos, llantos, ansia de haberte conocido. Una distancia de agua salada, de olas, de continentes lejanos. Un país llamado Italia. Distancia, dolor, fantasía de una imagen, sensación de una caricia jamás dada y tan añorada... Te amo, y nunca fuiste visible a mis ojos, ni escuché tu voz, ni sentí el calor de tu bondad. Te extraño sin haberte conocido, me acompañas en las sombras de mis sentimientos. Te amo. Dolor, distancia, ausencia, lejanía, soledad... Siempre pensé cómo sería si estuvieras a mi lado. Tengo algo tuyo, algo muy mío: es brillante, es un pedazo de mi alma, es un rectángulo orgulloso, sobreviviente del tiempo y la lejanía, y por qué no, de la muerte. Sí, de la muerte. ¿Pero qué muerte?, Si para mí, siempre estarás vivo... No olvides, allá en esa distancia de materia donde sólo habita el alma, que te quiero y sos parte de mí, mi abuelo italiano... |
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| Las palabras escondidas | [Arriba] | Las palabras se empujan en el papel, tratando de ganar su espacio. Vestidas de gala, ocultan su esencia de mendigas. Omiten la historia real y, fantasmales, caen en los renglones, marchitas por la falta de luz.
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| Madre | [Arriba] | En las sombras del camino, las palabras tienen un aroma a nostalgia.
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| El vacío | [Arriba] | Dónde se ocultó el olvido, que me dejó en la densa oscuridad de la noche.
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| La sombra | [Arriba] | Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones.
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| Ausencia | [Arriba] | Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones. La ausencia toma cuerpo y hace sombra en las frágiles paredes del sollozo, donde el llanto se oculta tras la suave protección de los párpados.
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| Siempre | [Arriba] | Siempre, qué palabra, qué adverbio, qué sentimiento fuerte. Cuánto se sufre al perder el siempre. Cuán fuerte nos parece..., y al correr de los años descubrimos que siempre se derritió al calor de la vida.
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| Joaquín y el dragón | [Arriba] | Se quedó estancado en ese párrafo: "El camino llevaba hacia..."
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| El arrecife de plata | [Arriba] | El arrecife se extendía en la franja costera, con destellos de plata. La luna iluminaba el paisaje marino. Las olas azotaban con fuerza la playa angosta, que refugiaba los secretos de los amantes, abrazándolos, mientras el agua, incansable y soberana, gobernaba el anfiteatro nocturno.
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| Horas perdidas | [Arriba] | Un gran ventanal se abría hacia el parque. Era una noche candente de enero. Se escuchaba el sonido de los grillos y una luciérnaga se desplazaba de un lado al otro, enfocando a las flores que, avergonzadas, se inclinaban al ser descubiertas por la luz.
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| El regreso | [Arriba] | Llegó, se encontró con espacios de sombras. El viento merodeaba entre las hojas y la oscuridad se abría paso en el lugar.
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