Taller de Narrativa  
María del Carmen Amormino

El regreso
Horas perdidas
El arrecife de plata
Siempre
Joaquín y el dragón
Mi cómplice favorito


Cerca del Mar
El adoquín
Mi cómplice favorito
La Portada
Las palabras escondidas
Madre
El vacío
La sombra
Ausencia



Mi cómplice favorito [Arriba]

Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles..., en ese momento, yo me hago tu cómplice.

El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro.

En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella.

Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial.

El perfume de tu cuerpo recién bañado hace que mis palabras enmudezcan en el sentir de mi espacio.

Me place verte caminar por la habitación, soñando con el momento de llegar hasta donde me encuentro.

Tus delicadas manos aferran mi cuerpo con amor y dulzura. Cómo me ennardece sentir tu piel sobre mi piel...

Siento que en el aire vive la esperanza de que alguna vez seas mía, solamente mía.

Me recorres palmo a palmo. ¿Cuánto tiempo crees que podré padecer este amor?

¿Cómo se explica que, con mi léxico amplio y romántico, tenga que callar mi pasión?

Soy alguien que tiene distintas almas, pero un mismo corazón.

A veces soy dulce, cálido, ardiente, sensual. Otras, soy frío, inhumano, cruel, grotesco; otras veces comediante, payaso, bufón; también, en ocasiones, romántico, poeta, bohemio; pero sea cual fuere mi faceta, te amo igual.

Muchas veces te complazco y otras te defraudo. Somos cómplices, amantes, casi amigos.

Siempre, cuando anochece, me apodero de tu tiempo; vuelves a tenerme contra tu pecho y te lleno de expectativas.

Soy tu libro de cabecera, el que no compartes con nadie cuando me tienes bajo tu mirada; el que logra que te relajes y extiendas. Sé que te agrada oler la tinta de mis palabras y acariciar la tersura de mi papel.

Gracias por darme vida, sensaciones y magia. ¿Cómo agradecerte, si no tengo boca? ¿Cómo abrazarte, si no tengo brazos? ¿Cómo poseerte, si no tengo sexo?

Mi corazón se estruja como el papel que soy; pero, como Fausto, vendería mi alma de palabras para convertirme en un hombre de sangre ardiente y de labios húmedos, para besarte y poseerte, y terminar con el hechizo que me condenó a ser, solamente, tu libro de cabecera.





Cerca del mar [Arriba]

En este punto del Atlántico, el mar es de color turquesa, y sus aguas, aun en la orilla, son frías y profundas. La salida del sol atrae a Juan, que se levanta muy temprano. Toma su equipo de fotografía, comienza a disparar y expe-rimenta el mismo encanto de la primera vez que lo vio despabilarse en el horizonte en toda su magnitud.

Juan es un hombre de 56 años, de cabellos entrecanos; tiene una mirada de horizontes y de mares recorridos. Es alto, erguido, de torso fuerte; su piel es de un tono entre dorado y marrón. Toma todo el sol, cuando corre dia-riamente varios kilómetros para mantenerse en forma.

Ama el mar y decidió hace un año mudarse a una casa que compró en Ne-cochea. Es un hombre de carácter, de vivencias que le llenan el cuerpo y el alma. Por la tarde se lo ve dibujado, formando parte del paisaje, con su equipo de pesca, en la orilla de las majestuosas aguas, donde las horas se impregnan de sal, brisas y arena.

Hay un perro que, desde que él llegó al lugar, lo sigue a todas partes; casi es su sombra. Lo bautizó Fox. Por las noches ya lo deja entrar. Le llevó meses al perro conseguir este privilegio, porque Juan nunca fue amante de las mascotas.

La casa es cómoda, tiene algunos años de antigüedad, pero se encuentra en buen estado. Es grande, llena de ventanales y con un balcón en el primer piso con una estupenda vista. En la planta alta hay un cuarto que él convir-tió en su estudio; allí revela y experimenta.

En la planta baja hay una serie de fotos con diversidad de figuras y colores, tan reales que parecen tomar vida, y le dan al ambiente un aire de galería. Él es un fotógrafo talentoso y trasgresor que trabaja en una importante re-vista de Buenos Aires. Tomó licencia por un año; no sabe aún si volverá a su empleo, pues tiene una buena oferta de una editorial uruguaya. Uruguay ha sido para él como un segundo hogar. En los últimos años, ha pasado casi la mitad de su tiempo allí. Esta profesión le dio además, la oportunidad de conocer todo el mundo, desde los confines del continente americano hasta los desiertos africanos. Todo lo tomó con su cámara.

Vive a unos kilómetros del pueblo y se aprovisiona de comestibles en el supermercado local, acompañado por Fox, a quien acaricia la cabeza de vez en cuando con cierto desdén. Le encanta cocinar, disfruta de un buen vino tinto y del aromático tabaco inglés. Por las noches, después de cenar, se sienta en un cómodo sillón a fumar en su pipa de marfil, que trajo de uno de sus viajes. Escucha música clásica para relajarse. Frente al sillón, hay una repisa en la pared. Se levanta, va hasta ella y mira un portarretrato; lo toma entre sus manos y lo observa con dulzura: es la foto de una hermosa mujer rubia de ojos claros. Acaricia su imagen de papel y luego deja el re-trato en su lugar.

A Juan le cuesta conciliar el sueño por las noches; el rostro de la mujer de la foto lo hace estremecer. Cuando al fin se duerme, se repite siempre el mismo sueño: un bello rostro color mate, grandes ojos oscuros, cabellos negros, una sonrisa llena de luz. Cuando despierta, exclama en voz alta: "Amanda, Amanda". El dolor de la culpa lo invade.

Recibió hace unos días carta de su hijo, que está radicado en Italia; es due-ño de un restaurante y le va muy bien. Ahora se está por casar y lo invita a la boda. Hace un año que no ve a Federico, desde aquella terrible noche del 12 de agosto.

Esta noche, Juan se siente sumamente inquieto. Hay un remolino de re-cuerdos que lo arrastran hasta lo más profundo, hasta aquella noche en su casa de Buenos Aires, cuando encontró la nota sobre la mesa de luz, con pocas palabras que daban a entender todo. Ella ya lo sabía. Entonces sintió dolor y alivio, junto con una profunda tristeza. Después corrió, subió a su camioneta, condujo a gran velocidad, para detenerla, pero llegó tarde: se había marchado. Todo pasó, simplemente pasó, y a él lo dejó sin consuelo. ¿Por qué no le había hablado? ¿Por qué ese silencio? Sólo unas cuántas le-tras agrupadas en palabras, sin darle a él una sola oportunidad.

El viento golpea su ventana, interrumpiendo la evocación de aquella noche. Fox se incorpora. El hombre fuerte, el que nunca le tuvo miedo a nada, hoy se encuentra desorientado, como perdido en un mundo desconocido donde imperan el dolor y la culpa. No puede afrontar el presente y está apartado de todo lo que ama, recluido en un paisaje marino a solas, sin sa-ber qué hacer...

Unos golpes en la puerta, cortos y fuertes, lo sobresaltan, haciendo estre-mecer la rústica madera. La abre y frente a él se encuentra la mujer de la foto, bella, rubia, delicada, con hermosos ojos claros, y ese perfume a flores silvestres que la caracteriza. Sólo por sentir este perfume, las emociones de Juan comienzan a aflorar y el dolor desaparece. Recuerda cuántas veces la tomó entre sus brazos, acarició su cuerpo y se pertenecieron completamen-te.

-¡Isabel, no puedo creer que estés aquí! ¿Cómo me encontraste?

Isabel se acerca y le dice con voz suave y temblorosa:

-¡Te encontré, eso es lo que importa! ¡Creo que no me merecía esta ausen-cia!

-¡Te juro que intenté ir a tu casa de Uruguay! Tuve el impulso de tomar el avión varias veces, pero no pude...

Ella lo abraza con fuerza, con ganas, con esas ganas de un año de no te-nerlo, de no besarlo, de no escucharlo...

Él se aleja unos pasos y le dice con rabia en la voz:

-¡Pero no entendés que yo a ella la amaba! Sé que suena terrible, pero es así... La amaba y me siento su verdugo.

-¡Te entiendo! No digas nada más, ya todo pasó, ahora estamos juntos.

Él la estrecha como si hubiera recuperado el mundo, y algo cae de sus ma-nos. Es la página de un diario. En uno de sus titulares, fechado el doce de agosto de un año atrás, dice: "La señora Amanda Rivera, esposa del famoso fotógrafo Juan Romano, es una de las víctimas del trágico accidente del avión de Aerolíneas que volaba con destino al Uruguay. En esa tragedia, no hubo sobrevivientes".





El adoquín [Arriba]

El adoquín de la calle, la noche, la sombra que sigue en la pared, acurrucada ella, acurrucada segura.

El pleno centro de la ciudad de Rosario, una noche de sábado. Calles de cine, películas, paseo.

Ella abrazaba, como el que abraza a un tronco grande, lleno de vida y seguridad.

Ella, abrazada a ese hombre tan fuerte, de traje gris, camisa blanca, corbata, sobretodo negro, sombrero haciendo juego, y aquellos zapatos negros brillantes.

El la llevaba en sus brazos y ella con sus manos pequeñas rodeaba su cuello; estaba feliz y se adormecía mientras escuchaba los pasos de aquel hombre en el adoquín.

Ella lo amaba.

La noche de ese invierno, nunca olvidará.





Mi cómplice favorito [Arriba]

Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles, en ese momento, yo me hago tu cómplice.

El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro.

En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella.

Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial.

El perfume de tu cuerpo recién bañado hace que mis sentidos enmudezcan en el sentir de mi espacio.

Me place verte caminar por la habitación, soñando con el momento de llegar hasta donde me encuentro.

Tus delicadas manos aferran mi cuerpo con amor y dulzura. Cómo me enardece sentir tu piel sobre mi piel...

Siento que en el aire vive la esperanza de que alguna vez seas mía, solamente mía.

Me recorres palmo a palmo. ¿Cuánto tiempo crees que podré padecer este amor?

¿Cómo se explica que, con mi léxico amplio y romántico, tenga que callar mi pasión?

Soy alguien que tiene distintas almas, pero un mismo corazón.

A veces soy dulce, cálido, ardiente, sensual. Otras, soy frío, inhumano, cruel, grotesco; otras veces, comediante, payaso, bufón; también, en ocasiones, romántico, poeta, bohemio; pero sea cual fuere mi faceta, te amo igual.

Muchas veces te complazco y otras te defraudo. Somos cómplices, amantes, casi amigos.

Siempre, cuando anochece, me apodero de tu tiempo; vuelves a tenerme contra tu pecho y te lleno de expectativas.

Soy tu libro de cabecera, el que no compartes con nadie cuando me tienes bajo tu mirada; el que logra que te relajes y extiendas.

Sé que te agrada oler la tinta de mis palabras y acariciar la tersura de mi papel.

Gracias por darme vida, sensaciones y magia. ¿Cómo besarte, si no tengo boca? ¿Cómo abrazarte, si no tengo brazos? ¿Cómo poseerte, si no tengo sexo?

Mi corazón se estruja como el papel que soy.

Como Fausto, vendería mi alma de palabras para convertirme en un hombre de sangre ardiente y labios húmedos, para besarte y poseerte, y terminar con el hechizo que me condenó a ser, solamente, tu libro de cabecera.





La Portada [Arriba]

Recuerdos, sueños lejanos, llantos, ansia de haberte conocido.

Una distancia de agua salada, de olas, de continentes lejanos.

Un país llamado Italia.

Distancia, dolor, fantasía de una imagen, sensación de una caricia jamás dada y tan añorada...

Te amo, y nunca fuiste visible a mis ojos, ni escuché tu voz, ni sentí el calor de tu bondad.

Te extraño sin haberte conocido, me acompañas en las sombras de mis sentimientos.

Te amo. Dolor, distancia, ausencia, lejanía, soledad...

Siempre pensé cómo sería si estuvieras a mi lado.

Tengo algo tuyo, algo muy mío: es brillante, es un pedazo de mi alma, es un rectángulo orgulloso, sobreviviente del tiempo y la lejanía, y por qué no, de la muerte. Sí, de la muerte. ¿Pero qué muerte?, Si para mí, siempre estarás vivo...

No olvides, allá en esa distancia de materia donde sólo habita el alma, que te quiero y sos parte de mí, mi abuelo italiano...





Las palabras escondidas [Arriba]

Las palabras se empujan en el papel, tratando de ganar su espacio. Vestidas de gala, ocultan su esencia de mendigas. Omiten la historia real y, fantasmales, caen en los renglones, marchitas por la falta de luz.
El autor se resiste a continuar, posa su lapicera en el papel, como el guerrero que suelta su espada antes de comenzar la batalla.
Aturdido y desesperado por la miseria que lo acosa, en un acto de heroísmo levanta la pluma y la clava en el papel, como el torero dando la estocada final.
Entonces, en derrame de sangre azul, las palabras se acomodan, toman fuerza y se hacen honestas. ¡Ah, pero cuánto duele...!
Al final, el autor ya no siente miedo. Sabe que con el cambio perderá algunas cosas, pero ganará las importantes. Desde ese momento será realmente un escritor y no un ensuciapapeles.





Madre [Arriba]

En las sombras del camino, las palabras tienen un aroma a nostalgia.
La presencia de lo ido rasga la carne y el alma.
El olvido, cuando llega, alivia, como una brisa fresca en verano.
Pero es apenas un instante. Luego se desvanece, como un oasis ilusorio en el desierto.
Entonces, de nuevo el dolor, la pena, la falta y la resignación nunca acomodada, confirman una emoción vacía de palabras.
Y busco la rosa y miro al colibrí, y escucho en ellos la melodía del amor que llena la ausencia. Me descubro diciendo lo que decías, pensando lo que pensabas, riendo por lo que reías, y entonces estás aquí y en el abrazo de tu amor siempre presente, y en el ejemplo de tu vida, que es mi Biblia, te amo y no hacen falta más palabras.





El vacío [Arriba]

Dónde se ocultó el olvido, que me dejó en la densa oscuridad de la noche.
Dónde se escondió el valor, que dejó mi alma indefensa en espera de una esperanza.
En la marea del tiempo, mi espíritu trata de sobrevivir como un pequeño velero azotado por la tempestad.
Palabras, palabras y más palabras no llenan el vacío provocado por la decepción.
Sonidos vanos para ocultar la herida, que aún sigue sangrando.
Quizás algún día las palabras sirvan de algo.
Hasta entonces, prefiero el silencio a la mentira, el huracán al desierto, la decepción a la ignorancia.
Así todo es claro en su oscuridad y calmo en su tormenta.





La sombra [Arriba]

Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones.
La ausencia toma cuerpo y hace sombra en las frágiles paredes del sollozo, donde el llanto se oculta tras la suave protección de los párpados.
En la retina hay una imagen que ya no se asoma.
La galería quedó a oscuras. Entonces, reinó el dolor.





Ausencia [Arriba]

Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones. La ausencia toma cuerpo y hace sombra en las frágiles paredes del sollozo, donde el llanto se oculta tras la suave protección de los párpados.
En la retina hay una imagen que ya no se asoma. La galería quedó a oscuras.
Entonces, reinó el dolor.





Siempre [Arriba]

Siempre, qué palabra, qué adverbio, qué sentimiento fuerte. Cuánto se sufre al perder el siempre. Cuán fuerte nos parece..., y al correr de los años descubrimos que siempre se derritió al calor de la vida.
siempre te amaré, siempre me amarás, siempre pensaré lo mismo. siempre, pase lo que pase...
Ahora me sonrío, pero no de alegría, sino por experiencia....
Cómo lo vehemente se apacigua. Lo incorruptible se vuelve vulnerable y se despoja del halo de ingenuidad. Cómo la juventud abandona su tiempo y queda relegada a lo que fue.
Las esperanzas se unen como las cuentas de un rosario, para quedar olvidadas en el arca de la desilusión.
siempre, siempre, palabra, sentimiento, tiempo, espacio, vida que fluye de una convicción humana. Porque el siempre envejece y muere casi al minuto de haberlo pronunciado.
Quizá lo único bueno de extraviar el siempre, sea que podamos vivir algo inesperado. Al perderlo, tenemos la ventaja de renovar los sentidos y el entorno; vivir de otra forma, redescubrir la vida, porque hasta entonces estábamos vivos, pero atrapados por el siempre.
Hay siempres que nunca cambiarán. Por supuesto, el siempre de cada uno.
Cómo pretender que todo sea para siempre, si casi nada lo es. Claro que para entregarse a esta reflexión, hay que llegar a un tiempo diferente. Pero es mejor que quedarnos sentados, cómodos, sobre un siempre. Si no se cuestiona nada, no habrá cambios. La falta de siempre es el motor de la vida.
siempre lo utilizamos para ayudarnos, nos da seguridad. Sabemos tan poco de todo, que nos tenemos que autoconvencer de que todo es para siempre.
La lógica humana llega a un límite tan estrecho, que la mayoría de los grandes misterios de la vida se basan en hipótesis.
El siempre y la verdad van de la mano, porque creemos que siempre es verdad.





Joaquín y el dragón [Arriba]

Se quedó estancado en ese párrafo: "El camino llevaba hacia..."
Las ideas eran confusas, no sabía cómo continuar y no quería tomar el bolígrafo para tirar garabatos incoherentes. Olía a tinta y a papel.
Lo acompañaba, firme a su lado, su inseparable, incorruptible amigo de muchas noches de escritura y café, su perro Fox, un estupendo ejemplar de ojos únicos, que a veces le pedía a su amo que dejara de lado tanto cigarrillo, computadora y desorden de hojas, y lo llevase a pasear. El cesto estaba lleno de bollitos de papeles que lo coronaban como a un rey.
En el escritorio desordenado, desde una carpeta, una hoja espiaba a Joaquín, el inquisidor de los textos malos, temerosa de ser vista; no quería correr el mismo final que sus compañeras, las brujas, que terminarían quemadas en la hoguera del incinerador.
Claro, estaban las otras, las privilegiadas, las escogidas. Como en un certamen de belleza, se mostraban orgullosas; lucían sus palabras perfectas, que ya formarían parte del libro de Joaquín, su hacedor, seguras de pasar a la inmortalidad.
Nervioso, el escritor se levantó y caminó de un lado al otro del estudio. La lámpara de pie, con su gorra azulina, su ojo amarrillo y su cuerpo de madera, lo observaba en silencio. El reloj de péndulo marcaba la medianoche. La ventana estaba entreabierta; el cálido aire de primavera perfumaba la habitacion con una mezcla de rosas y lilas.
Él se asomó y vio a un gato que trepaba a un árbol. Lo imaginó lastimado, casi tambaleante, después de haber enfrentado a varios oponentes para conquistar a una hembra. En la vereda, una mujer de vestido ligero, esbelta, paseaba a su perro, un Doberman. Se detuvo un momento para encender un cigarrillo, justo debajo de la luz de mercurio. Joaquín pudo ver su rostro a la perfección: ambos, ella y el altanero animal, le parecieron dos figuras perfectas pintadas por un gran artista, en el anfiteatro nocturno, bajo la luna en cuarto menguante. Las estrellas se encendían cada vez que Joaquín miraba el cielo.
Se quedó observando a aquella muchacha hasta que desapareció de su campo visual al doblar la esquina. Se preguntó cómo se llamaría, cuántos años tendría, si sería soltera o divorciada, si viviría lejos. Nunca la había visto. ¿Sería la vecina de la casa nueva?.
Se alejó de la ventana; estaba cansado. Se recostó en el sofá y encendió un cigarrillo, que enseguida apagó porque los profundos y hermosos ojos de su perro estaban irritados a causa del humo que flotaba en la habitación.
De un salto se levantó; en el desorden de su estudio, trató de encontrar el cenicero, que estaba lleno de colillas, para vaciarlo en el cesto. Miró hacia el escritorio. La computadora, desde su monitor encendido, como un ojo, le reclamaba que continuara con la historia. El bolígrafo, con su cuerpo brillante, lo incitaba a desafiar al dragón de las ideas, para poder sacarle el valioso tesoro que escondía en su vientre, las musas, que jugaban a ocuultarse dentro del mitológico animal.
Se sentó frente a la pantalla y en un instante, esta tomó vida. Joaquín se vio luchando contra enormes letras que, como un gran ejército, lo rodeaban; él, esgrimiendo su bolígrafo, trataba de someterlas y convertirlas en un texto.
Su perro se acercó y lo sacó de su momento imaginario, lamiéndole la mano. Joaquín caminó hasta la repisa; sin saber por qué, eligió un libro que le había regalado su abuelo cuando él tenía doce años.
Se acostó en el sillón para leerlo. Sorprendentemente, en sus páginas estaban la muchacha del Doberman, él mismo, asomado a la ventana, su perro Fox, acostado en la alfombra, la lámpara de pie, el escritorio, la computadora, el bolígrafo, el cesto lleno de papeles. Todo estaba allí escrito. Pero cómo, se preguntó.
Confundido, puso el señalador en la página 98 y dejó de leer, apagó la lampara, y Joaquín, su libro y su perro, quedaron protegidos entre tinta y papel, a salvo entre las tapas del libro.





El arrecife de plata [Arriba]

El arrecife se extendía en la franja costera, con destellos de plata. La luna iluminaba el paisaje marino. Las olas azotaban con fuerza la playa angosta, que refugiaba los secretos de los amantes, abrazándolos, mientras el agua, incansable y soberana, gobernaba el anfiteatro nocturno.
Sofía se sacó las sandalias y corrió por la arena, que aún mantenía la tibieza de los rayos del sol. Su cuerpo anhelaba reencontrarse con otro, oculto entre las sombras.
Allí estaba él, cerca, muy cerca, parado en el arrecife. El temblor de su mano no le permitía sostener firme el cigarrillo. Había esperado tanto ese momento, que sólo quería que ella lo rodeara con sus brazos, y fusionarse con esa mujer que era todo en su vida.
La brisa, como un suave abanico, despeinaba el cabello de Sofía.
Se abrazaron con tal fuerza que ni siquiera un monzón hubiera podido separarlos. El amor se desplegó como una gaviota sobre la costa, hasta que unos estruendos cambiaron el sentido de aquella historia.
La vida se escapó por su aliento. La arena dibujó una gran mancha de sangre y la espuma la condujo hacia el mar. El amor se ahogó en el agua salada con el último latido de aquellos cuerpos exánimes.
Inesperada muerte. Cumplida venganza. Las manos de un hombre todavía esgrimían el arma.
Mientras avanzaba el oleaje, ya eran tres los cuerpos que el mar bañaba





Horas perdidas [Arriba]

Un gran ventanal se abría hacia el parque. Era una noche candente de enero. Se escuchaba el sonido de los grillos y una luciérnaga se desplazaba de un lado al otro, enfocando a las flores que, avergonzadas, se inclinaban al ser descubiertas por la luz.
Natalia se sirvió un vaso de bebida helada y salió al jardín. Entre cristales de pétalos de rosas se marcaban sus delicadas pisadas, levantando en el movimiento una avalancha de hojas.
La hierba húmeda por los irrigadores sonaba como acordes de una orquesta, marcaba compases a los árboles, dejando en el aire una caricia que trasportaba a Natalia a épocas mejores.
La noche, apenas perturbada por sus pensamientos, la encontraba sola, con sensaciones que se contradecían. Cinco años atrás, le parecía que el amor, personificado en Federico, era lo único en esta vida. Pero él, vestido con sus mejores galas, escondía aspectos que ella se había negado a descubrir.
Se sentó en un banco, frente a la fuente, y dos lágrimas aparecieron en escena de una vez por todas. Cuántas horas perdidas en la indiferencia del otro…
Una velada más en que él no vendría a cenar.
"Trabajo atrasado, querida. Te prometo que el fin de semana te compensaré. Nos iremos juntos al mar y estaremos tranquilos y felices."
Eso nunca ocurría. En los años que habían pasado juntos, apenas cinco, se fueron escapando las verdades compartidas y los proyectos por realizar.
Nada le parecía importante a Federico, más que el trabajo y el poder. Ella sospechaba de alguna que otra aventura. Claro, sólo eran rumores, algunas señales, perfume en la ropa, una caja de cerillas con el nombre de "esos lugares", en fin… Sabía que todo seguiría igual.
Mirando la luna, se acordó del día en que se conocieron, del brillo que había en su mirada. El futuro, la promesa de una familia, niños…
Se levantó del banco, se puso las sandalias que llevaba en la mano, inhaló el perfume de las rosas y se dirigió a la casa, que se encontraba con las luces encendidas. Cuando entró, en el equipo de música sonaba la melodía que habían bailado por primera vez.
Qué grande le pareció la sala, llena de objetos adquiridos a través de los años. Pero la sintió vacía, carente de toda calidez, como si las paredes estuvieran desnudas y no existiera el mobiliario.
Subió a la habitación principal. Abrió la puerta del placard, tomó una valija que ya tenía preparada, y guardó una foto de Federico en su cartera, de donde asomaba un pasaje de avión. Saldría del aeropuerto internacional a medianoche.
Se puso un saco de hilo rosa, dio un último vistazo a la habitación, descendió la escalera, y sobre la mesa del comedor, dejó una nota. "Te quiero mucho, pero todo acabó. Adiós."
Se dirigió a su auto, y mientras lo ponía en marcha, su mano acarició su vientre, donde una vida se estaba gestando, y sintió el latido del corazón de su hijo.





El regreso [Arriba]

Llegó, se encontró con espacios de sombras. El viento merodeaba entre las hojas y la oscuridad se abría paso en el lugar.
Lorenzo observó con ojos desconocidos aquel sitio, remontando como un barrilete los recuerdos.
Avanzaba la noche en la calle desolada. El frío lo estremeció. Detuvo el motor de su auto, encendió un cigarrillo, inhaló y exhaló el humo.
Su mano izquierda se apuñó con bronca contra su rodilla. Observó la casa frente a la cual se encontraba estacionado. Había recorrido seiscientos kilómetros sin detenerse hasta llegar allí. Hacía tanto tiempo desde aquella última vez…
La fachada no había sufrido cambios: paredes altas, amplios ventanales, un jardín grande, que se dejaba ver tras las rejas de hierro forjado. A pesar de los arreglos y la pintada, la edad de la casa se notaba desde los cimientos.
Aún estaba el viejo aljibe de cerámico azul y blanco, los maceteros con malvones, el aroma a lavanda, el banco artesanal que había hecho su padre.
Voces e imágenes venían de un tiempo de nostalgias.
"¡Lorenzo, bajáte del árbol, te vas a caer!"
El beso cálido en la mejilla, la ternura de esa mano al peinarlo; sus hermanos, correteando con él por el pasto en el juego de la mancha.
"¡Papá, Juan me está molestando y Teresa me tira piedras!"
La voz de su padre, fuerte y aguda, poniendo disciplina y enseñanza. Apagó el cigarrillo, descendió del auto. Le temblaban las rodillas. Suspiró. Las piernas le pesaban. Quería llegar a la reja para abrir el portón de hierro. Estaba impaciente, pero el miedo lo paralizaba. Hacía quince años de aquella última vez.
Introdujo la llave en la cerradura, abrió, pisó el jardín, se sentó en el banco. Una lágrima se deslizó por su rostro. Lorenzo ya era un hombre, pero en ese momento se sintió el niño de sus recuerdos. El silencio era dueño del lugar. Una luciérnaga se posó sobre su hombro. Se volvió para mirarla con atención. En su infancia, las capturaba para tener luz en un frasco.
Todo le parecía tan presente… Desde el fondo de la casa se asomaba el viejo pino. Sintió que lo saludaba moviendo lentamente su copa.
No sabía con exactitud por qué se encontraba allí, pero quería mirar la casa de cerca por última vez. Había pasado hermosos momentos de su vida, aunque sin ellos, sólo eran paredes viejas y un jardín. La casa estaba vacía, pero él estaba lleno de amor y lo llevaba consigo adonde quiera que fuese.
Se incorporó, salió de la casa, cerró el portón, dio un último vistazo. Casi amanecía. No había tomado conciencia del tiempo transcurrido. Subió al auto y se alejó con una sonrisa, dejando atrás el cartel que decía: "Se vende".