Taller de Narrativa  
Mario Casanova
Este es el final amigos
El ojo



Este es el final amigos [Arriba]

No sabía cómo intentarlo. La alacena estaba muy arriba. Nadie me decía la forma de llegar. Mi hermana siempre estaba con ellos. Una vez, Montesco, mi perro, los agarró a todos ¡Una masacre!

Siempre fueron mi obsesión. No porque me gustaran sino por lo inalcanzables.

La verdad, el día que los alcancé descubrí que no servían para nada y ahora tengo miles. Los veo por todos lados. Mi fortuna no alcanza para deshacerme de ellos y sin ellos sería pobre.

El galpón donde los tengo almacenados es enorme.

Es increíble: buscamos las cosas incansablemente y cuando las tenemos ya no nos interesan.

Ahora el fósforo me quema los dedos y voy a buscar la forma de alcanzar el fuego.

Los alfajorcitos de maicena siempre fueron mi obsesión. Hasta el día en que los probé, y me di cuenta que no me gustaban. El día que me hice rico gracias a ellos, comprobé que me enfermaban la cabeza.

Malditos, ahora verán cómo el fuego purifica las almas.





El ojo [Arriba]

"El ojo blindado
que me has regalado
me mira mal"

LUCA PRODAN.

El agua de la ducha caía sobre su piel abrasada por el fuerte sol del mediodía. Había regre-sado de la playa para almorzar y decidió ir al baño a refrescarse. Demasiado sol para una piel muy blanca. La marca del bikini la convenció de pasarse una crema humectante que su madre le había puesto en el bolso.
Cerró la ducha y se sentó sobre la tapa del inodoro. Desnuda, tomó el pote de crema, llenó su mano y comenzó a esparcirla sobre las zonas más sensibles. Sentía una inmensa felicidad y una frescura intensa. Masajeaba todo su cuerpo, mientras pensaba que era el objeto de deseo de todo hombre que la había conocido. Se agachó para pasarse crema sobre los pies y al levantar la vista, lo vio. Desde el ojo de la cerradura, alguien la estaba observando. Con rapidez abrió la puerta, pero no vio a nadie. Pensó que estaba insolada. Se tapó con la toalla y constató que todas las puertas estuvieran cerradas. Fue a la cocina, llenó un vaso con agua y se lo puso sobre la ca-beza. Ninguna reacción.
Se preparó una ensalada y descartó el vino. Había que volver a la playa más tarde y no que-ría hacer papelones. Durante el almuerzo, la TV no pudo distraerla de aquel ojo que había aluci-nado. Luego de una corta siesta volvió a la orilla del mar.

Debía apurarse: a las 21:30 tenía que ir al teatro para la primera función de la primera tem-porada de su, hasta ahora, corta carrera de actriz.
Mientras se bañaba sintió, otra vez, la sensación de estar siendo observada. El instinto la hi-zo mirar hacia la cerradura. El ojo verde estaba ahí. Abrió la puerta. El pasillo estaba vacío. Un escalofrío recorrió su espalda. Miles de imágenes aterradoras giraban por su cerebro. Fue a bus-car el cuchillo de monte que guardaba en el último cajón de la cómoda, junto con las agujas de tejer que le había regalado su abuela. Recorrió el departamento. No había nadie.
Volvió al baño, terminó de ducharse y mientras se maquillaba, observaba sus ojos verde esmeralda, su boca carnosa y su pelo rojizo, cóctel explosivo que hacían estragos en ese ser infe-rior y débil llamado hombre. Pero sus pensamientos eran interrumpidos por el ojo indiscreto. Su paranoia iba en aumento y el vértigo en su cerebro no se detenía. Salió del baño con el cuchillo en la mano. El golpeteo de su corazón le recordaba que estaba viva. Encendió todas las luces de la casa y terminó de vestirse. Cuando subió al taxi, miró hacia las ventanas del departamento y las vio totalmente iluminadas. Sonrió, tratando de pensar en otra cosa.
En el teatro su nerviosismo fue en aumento y varias veces estuvo a punto de olvidarse la le-tra. Un sudor frío la acompañó hasta el final de la función.

Se despertó tarde, ya pasado el mediodía, y fue a buscar el diario hasta la esquina. El cielo nublado la convenció de que le iba a venir muy bien descansar. Al volver a su departamento con el diario en la mano pensó que esa tenía que ser su noche: iban al casino con las chicas a buscar algún viejito con plata que las sacara de la malaria. Se enjabonó mirando de reojo a la cerradura: ahí estaba. Lentamente salió de la ducha y mientras hacía como que no lo veía tomó una de las agujas de tejer de su abuela que había llevado al baño por precaución. Con la velocidad de un rayo pasó la aguja por la cerradura.

"Buenos Aires 25 de Agosto de 2056. Hallan muerta a importante actriz de cine de antaño". En letras blancas con fondo negro, la tapa catástrofe del matutino daba cuenta del extraño hallaz-go. En la parte interior del diario, una foto de ella muy joven ilustraba la nota:
"Ingrid Ruth, de 76 años, fue hallada muerta en su departamento de la costa.
La hermosa actriz, recordada por sus lacrimosas telenovelas y sus escandalosos romances, se encontraba en el pasillo de su departamento, pegada a la puerta del baño, con uno de sus her-mosos ojos verde esmeralda atravesado por una aguja de tejer que provenía del interior. Según fuentes policiales, esta aguja habría llegado a su cerebro provocándole la muerte en forma ins-tantánea.
Llamó la atención de los pesquisas una foto suya, tamaño natural, ubicada frente al lavabo, que la mostraba en su juventud, totalmente desnuda.
Una estrella más de nuestro espectáculo que sucumbe ante la indiferencia de un público que la encumbró alguna vez y la olvidó sin piedad con el paso del tiempo."