Taller de Narrativa  
Mario Bosio
La grieta


La grieta [Arriba]

¿Encontraste un hueco por dónde deslizarte? Fijáte si ves un lugar suficiente para pasar y llegar a algún otro lado.

Está bien, no podés ver el final, pero tratá de imaginarte aunque más no sea, si podría existir una salida. ¿Ves algo?

Hay bastante polvo en el ambiente, que se va asentando poco a poco. Ha ocurrido un desprendimiento, uno más de los tantos que suele haber.

No me animo a seguir ninguna bifurcación, podrían conducir a ninguna parte. Conseguiría perderme y estar peor que ahora, aunque solamente tenga una familiaridad con estas paredes de piedra toscas y grises.

Estoy en las profundidades, en la parte más ancha de una gran rajadura que se produjo en tiempos remotos y que se va ramificando.

Mi pueblo, mi amado pueblo, cayó en ella desde otra que estaba más arriba, y hoy creo ser el último que queda con vida, si puedo llamar vivir a esta espera que me acongoja.

Sólo sienten mis manos la dureza de la piedra, no más que eso. Mi vista cada tanto me traiciona, y en su ausencia esporádica, me lleva a un silencio y a una sinrazón de los que salgo no sé cómo.

Cuando veo bien y circulan destellos de luz por el interior de la grieta, ciertas inscripciones grabadas atraen mi atención.

Al mirarlas largamente, me sugieren mensajes dejados, no sé, por otros perdidos como yo, o simplemente, una obra de la propia naturaleza.

Así veo algunas veces, una cierta esperanza, y otras, la ausencia.

Lo que no vi nunca es dónde termina la abertura superior. Miro hacia arriba y sólo distingo oscuridad. No hay, pienso, por allí, ninguna salida.

Además, no podría trepar por las paredes. Las pocas veces en que lo intenté, para respirar mejor en esos días de tanta angustia, sólo conseguí subir unos metros aprovechando alguna hendidura y alguna saliente. Pero no, por allí no puede existir nada.

El suelo es todo arena. Por curiosidad traté una vez de excavar profundo con mis manos y no pude llegar a la roca firme. Bueno, no sé si hay algo firme debajo de mis pies.

Recuerdo que había cavado cientos de metros, pero sopló un pequeño viento y la misma arena comenzó a deslizarse hacia abajo y a querer taparme. Yo, tan asustado como estaba, no quería quedar sepultado, no quería pensar que ese era mi fin.

Ese fin visto como la extinción de tantas cosas...

La arena caía al fondo en finas capas, en oleadas serenas y onduladas que me cubrieron hasta la cintura.

Salí de mi desesperanza, tenía que hacer algo.

Me volqué hacia delante para destrabar mis piernas y lo conseguí, pero, al quedar boca abajo, la arena comenzaba a taparme por completo. En un supremo esfuerzo, me afirmé con manos y piernas y me impulsé hacia arriba varias veces. Luego me fui volcando a un costado, mientras maldecía la locura que me había llevado a hacer tal cosa.

La oscuridad, la falta de aire...

Eso pensé: ¡el aire y un genio asomando de una botella que lo atrapaba! Y de manera maravillosa pude salir de esa delicada situación. Aproveché la caída ondulada de la arena para ir ascendiendo sobre ella.

Así, la arena cubrió mi obra de excavación.

"Necesito subir, llegar a la superficie de la grieta", pensaba. "Sólo alguna maldición puede mantenerme aquí abajo".

Llegué, y ahora me arrastro contra la pared.

Un jarrón de agua es lo que quisiera. Mi último deseo, porque de tan cansado, no creo que exista otro.

Exhausto, me dejo llevar, entregado a una ensoñación que, en definitiva, es lo único que tengo.