| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| Mariano Oberé | |||||||||||||||||||
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Mentita
La muerte mal hecha
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| Mentita | [Arriba] | Menta aparecía recortando el cuadrado por donde una luz azul desfloraba el aire de ruidos y quejidos. Hacía sonar la reja de la entrada quizás para avi-sarnos que pronto el tiempo sería menos, cada vez más nada, algo como la sombra apoyada en los que éramos o en los que pronto seríamos. Luego nos anunciaba con la dificultad de embocar la llave en la cerradura, que estaba borracha otra vez y eso nos ponía de cierta manera, muy contentos. Cuando entraba al living, se apoyaba en el marco de la puerta y nos obser-vaba como a una junta de cadáveres estropeando el suelo, manchando de saliva los sillones de pana italiana y rayando uno a uno los discos de vinilo con nuestras raras antipatías, celos sin razón y nuestra singular manera de decir las cosas sin llegar a decirlas del todo. Extendía las manos, y las piedras en sus anillos eran como faroles oscilan-do en la oscuridad ficticia, en la noche cerrada y ella se desconsolaba al vernos atraídos por el movimiento histérico de sus nudillos, por la forma un poco borrosa de saludar con la punta de los dedos, como acariciando el aire o tratando de disimular la presencia del alcohol en sus temblores. Apoyaba el bolso lleno de incertidumbre sobre la mesa de cedro y nos estudiaba cá-lidos en nuestra complacencia. Se detenía en mis ojos cargados de socorro y de cierta cobardía, intentaba distinguir el nombre de un libro tirado junto a mí y de alguna forma, silenciosa, me devoraba la vida de a poco con sus "les traje regalitos" que le encantaba pronunciar porque esperaba vernos locos de alegría, mientras lo único que nosotros hacíamos era susurrar fra-ses sin ganas sobre su falsa grandeza o sobre el ruido que hacían las bote-llas dentro de su bolso. Ella traía los regalitos, y nosotros los recibíamos como una obligación, una especie de rutina macabra, un juego digno del mismísimo infierno, en el cual era ella la encargada del reparto. Luego del primer vaso de licor, tomado con apuro, cubiertos los labios de un verde intenso que parecía querer desfigurarla, pintarle para ella y su pa-sado un fondo nunca antes imaginado, nos dejaba ver su tristeza, remozada en las comisuras, en la gota que le caía del labio, o apenada y sin sentido, en la lágrima que corría ilusa hasta el mentón, y que nosotros compadecía-mos por ser parte de ella y de sus obsesiones. Nos acercaba, nos mimaba y se mostraba arisca a cualquier reproche nacido de la tardanza o del derrotero verde que asomaba de sus labios. "Gracias mentita, sos la mas hija de puta de todas" disparaba Martín mientras todos lo contemplábamos sin animarnos a pronunciar algo semejante. Lo mirá-bamos a los ojos y creíamos tender un laberinto entre nosotros para perder-nos, y Martín, inocente, se recluía tras el sonido de la púa del tocadiscos, macerando orquestas y solistas, cantantes ingleses o americanos por igual; o hecho una piltrafa de voz, una melodía siempre a punto de extinguirse, intentaba ocultarse en el hueco de oscuridad y dos por cuatro sepultado tras las cuerdas del ciego, con tal de no confundirse con uno más de nosotros. Desviaba la mirada hacia lo más oscuro del silencio y disipaba el principio de niebla, de fuga de palabras y de verbos en su garganta, de choque de hielos en el vaso de Menta, o de uñas mal cortadas en la vida del ciego, de la búsqueda infinita de significados en mi cuerpo, o de la ceniza que eran los dientes de Natalia luego de cada porro fumado. Miedo se acodaba en el recoveco más gastado del sillón y parecía querer hundirse y desaparecer entre los almohadones, tenía un guante rojo en una mano y jugaba con el trozo de un espejo. A veces lo ponía de manera tal que me miraba a mí, y delataba, entonces, a los otros que era yo por esas tardes de mayo, cuando el otoño se erguía como un fantasma indeciso sobre la estación de Ballester y me empujaba dentro de trenes repletos de caras y de máscaras, confuso en un cuerpo triste, abandonado, donde inútiles labios hablaban desde mí y escupían por favores, nombres cuasi erróneos, refun-fuños de gracias y buenos días, destinos a veces fugados de los mapas; y nos llevaban, a mí y a mí, adonde ellos quisieran ir. Todo ese otoño, esa novedad de revelarse en el sol escurrido por el marco quebrado de la ventana del comedor, con la sensación de ser huérfanos de mayo y de abriles en cada esquina de ese barrio, tratando de esquivar la ne-cesidad siempre obscena de ser Dios hasta debajo de las baldosas. Todo ese otoño, la finalización de un sueño, el despertar promiscuo de la herrumbre de la memoria; el cuerpo que nos acariciaba el alma en la cama deshecha, con la desazón eterna de sabernos empujado por manos invisi-bles, como nacidas del humo o del aburrimiento, hacia los ribetes de la ru-tina. Y eso éramos, desde el momento en el que entrábamos en la casona de La-croze y Pueyrredón, simples dioses atemorizados de su propia naturaleza, y que, convencidos siempre de no hacer lo correcto, dejábamos nuestras reli-giones, nuestras amigas de la facultad, voces desgarradas en los teléfonos y amantes incompletas de lado, para concluirnos cada uno en el otro, en esos huecos llenos de interrogantes, en ese cuarto de alfabetos negros y sombras y voces y... Menta seguía con el reparto de raciones, rectángulos metalizados, azules, fucsias, amarillos, rojos, gastados en las puntas y llenos de tibiezas provo-cadas por el calor de las manos. Creo que todos la queríamos demasiado como para considerarla una mujer. Ella sabía esto y se nos reía en la cara, intentaba provocarnos con sus polleras cortas o con sus pezones siempre en punta, deseosos de ser simples en las transparencias; pero nosotros no po-díamos, o no queríamos en todo caso, acercarnos demasiado, por lo menos de esa forma. Supongo que pensábamos en otras cosas durante aquellos encuentros. Recostada en el sillón, apoyando la cabeza sobre las piernas de Miedo y esbozándole una especie de sonrisa entre los labios viscosos, la caricatura del rostro de Natalia aparecía y desaparecía de mi vista. Sentado contra la pared en el extremo contrario de la habitación, alejado y confundido, yo era el último en recibir la dádiva. Natalia decía que ella es-taba cansada y que saldría al jardín a fumar. Miedo lo tomaba mal, dejaba caer su nombre por el reverso de la noche, " ya no la aguanto más", y se iba a sentar a la mesa de la cocina. Escuchábamos el descorrer de la silla, que de seguro abandonaría una mar-ca en el suelo y después de unos segundos de extremo silencio, nos mirá-bamos fijamente a los ojos, deteníamos el tiempo una semana o dos y tras el golpe de la tarjeta de crédito contra la mesa, nos recomponíamos para percibir, momentos más tarde, una ráfaga de sonido perdiéndose en otra y luego en otra, así hasta que se terminara el papel. Yo para esto me iba al estudio en el tercer piso de la casona. Vivíamos allí de algún modo, y no sentíamos vergüenza ni pena por ello. Menta ocupaba un cuartito en el fondo, junto al de su abuela, que estaba en un lugar casi lejos, allí en el borde de la vida, ajena a nuestros gritos de desesperanza y de horror. Menta nos traía regalitos de vez en cuando. Creo que todos nos queríamos bastante. Yo no podía soportar verlos cuando se inclinaban contra la mesa así que me dispersaba hacia el estudio donde más de una docena de cuadros me observaban desde las paredes. Al frente, un gran ventanal que daba a la calle me mostraba el empedrado de Lacroze, que parecía no tener fin. Me sentaba en el piso de madera, acercaba una pequeña mesa con la super-ficie de vidrio y sacaba del bolsillo el papel glacé que me había dado Men-ta. Lo desdoblaba lentamente, intentando no volcar nada de su contenido. Derramaba con cuidado toda la merca sobre el vidrio. De la billetera sacaba mi cédula, miraba mis cachetes de púber y empezaba a moler la coca; lue-go, creando cuatros líneas paralelas, aspiraba la primera y la segunda sin detenerme en fijarme si la pajita estaba lo suficientemente seca o no. Dejaba caer la cabeza hacia atrás y podía sentir cómo el polvo que antes había subido por la nariz, ahora daba una vuelta por detrás de mi lengua, en el recodo último de la garganta y se depositaba en mis encías, sobre las pa-letas y el colmillo derecho. Todos formábamos parte del monstruo en el que nos convertíamos, Miedo preparaba café y Natalia criticaba nuestras costumbres, ella prefería fumar marihuana y tomarse una botella de vino blanco cuando estaba de buen humor. Acostado en el piso del estudio me parecía escuchar a Martín: "¡gracias mentita, sos la mas hija de puta de todas!" El ciego no hacía mucho, tocaba un poco la guitarra y nada más. Miedo era el más peligroso. Después de un saque o dos, comenzaba con su perorata sin fin y nos cansaba a todos con su poema intitulado "Irony is over" que recitaba como en trance, y que era distinto cada vez... |
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| La muerte mal hecha | [Arriba] | Una sombra se quiebra en un cuarto de hotel. Oscuridad. Quizá silencio. Y la musaraña acostada en la cama. Muerta. Un espejo penetra en el recuerdo, buscando en penumbras la imagen más precisa, la metáfora perfecta, la instantánea más cruel.
Levanta la cabeza y escribe con los dedos manchados de tinta: se acercó y con un gesto pálido, me ahogó en el fondo de un gemido. Me habló de manchas en el silencio, basta de morir, comenzó a susurrar, basta de morir...
Ahora, con la idea de la muerte en la cabeza, se arrastra hasta el escritorio, la sangre le salía por la boca... Debería haber escrito que le sangra la boca. O si no, le sangra la poesía por la boca... Si fuera escritor... pero no lo es... Pobre musaraña, tan minúscula, qué queda de vos, sola en la cama, ahora que es soledad y frío, repetir tu nombre e imaginar una mano, sentir un beso, y darme cuenta de que no hay nada. Sólo una sombra. Le dibuja la cara con un dedo. Le parece tan indescifrable esta confusión, este mundo, esta lágrima que no termina de caer, de desprenderse de los ojos, me he perdido en un vacío de absurdos, desesperaciones y camas incompletas. Le tapa la cara con la sábana, no puede verla con los ojos abiertos. Por momentos espera una mueca, una risa muda, la muerte mal hecha. Un pie se asoma por debajo de la sábana. Tiene las uñas pintadas de rojo, pero es un rojo especial, no cualquiera, parece como si la sangre... No... esto no debe escribirse así... Le falta pintura en la uña del dedo chiquito... La imagino sentada en el inodoro con las piernas dobladas, pintándose las uñas de los pies. Le falta únicamente la chiquita, la más fácil y suena el teléfono y soy yo y le digo: tengo algo para decirte, yo soy... pero ella me interrumpe y me dice que tiene muchas ganas de verme, que se muere por besarlo y otra vez me quedo con las ganas de decirle que soy escritor. Lo espera una larga cola de explicaciones para dar. Salir de este cuarto, atravesar la puerta, bajar, decirle al conserje que su novia se quedó en la habitación y que debe abandonar el hotel por trabajo, que ella va a bajar cuando se termine de bañar. Tarde en la noche, cuando la oscuridad nos arde en la memoria, a veces la vida se vuelve demasiado y..., quizá es entonces cuando piensa en el suicidio, y escribe, con torpeza, arrojarme por la ventana, cortarme las venas o algo así... Alguien vendrá a buscarlos si no salen en un rato... Si tan sólo tuviera una máquina de escribir... sería escritor. Levanta la sábana y vuelve a observar su rostro. Tenía pestañas postizas, no se había fijado en eso, piensa en todo lo que no se ve, escribe desde la inmensidad de lo oculto, y termina el párrafo con, no quedará nada de nosotros, los rumores subterráneos. Baja los cuatro pisos por la escalera, habla con el conserje, le pregunta si no tiene una máquina de escribir, el hombre lo mira sorprendido, qué pasa, soy escritor, no me oye, el tipo dice que no tiene ninguna máquina, supongo que se esfuerza por contener la risa, le pide entonces una lapicera y un papel, unos cuántos si tiene, mira las llaves de las habitaciones colgadas de un clavo en la pared; ahora inquieto, un poco preocupado, el conserje le alcanza una birome negra que chorrea tinta, y un cuaderno Rivadavia, gracias, muchas gracias, y sale corriendo, sube las escaleras de a tres escalones, llega al cuarto piso sudando, entra en la habitación y se baña. Desnudo, se sienta en un escritorio frente a la cama. Comienza a escribir febrilmente, sin sacar la vista del espejo, que tiene mi cara y mi nombre, que ya no me pertenecen, y detrás de esa cara y ese nombre, como en un recuerdo, un sueño o algo difícil de creer, el bulto de la musaraña bajo las sábanas. Desde el terror aparente de la irrealidad, solo e inocente, leo cada una de las hojas desparramadas en el piso, escritas con la birome que yo mismo le di, y el pulso se acelera, la palma de la mano temblando hacia arriba, la sangre festejando su rito de iniciación tras la piel, y lo adivino en el baño, no hace falta seguir... Escribo como un loco hasta decir lo que quiero decir. Lo último que leo es yo soy escritor... |
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