Taller de Narrativa  
Maria Eugenia Ratcliffe

Sueños



Sueños [Arriba]

Juré nunca más volver a contar la verdad, y sin embargo aquí estoy.
Al develarla por primera vez, me creyeron loca, me encerraron, e intentaron callarme. De hecho lo lograron y hoy son ustedes mismos quienes me exigen hablar. Mis más preciados años los gaste allí, donde me habían hospedado, "por seguridad", según dijeron. Una desvariada no podía andar suelta, ¿no?
Y ahora, luego de primaveras marchitas, aquí están, asediándome, pero esta vez para que hable, para que exteriorice aquello que durante años me obligaron a guardar en lo más hondo de mi ser.
Nunca podré perdonarlos Mis ojos están inertes, mis pies intactos, mis manos inútiles, mi cabello es tan solo un vago recuerdo de la enmarañada enredadera brillante que solía ser. Ahora se atreven a dirigirme la palabra. Es hoy, ya libre, cuando me dan explicaciones. Excusas insensatas e injustas que no me sirven.
- Sra. Polt, necesitamos escuchar la verdad, por difícil que sea.
- No puedo creerlo, usted me habla de dificultades, permítame decirle antes de comenzar mi relato, que no existe en esta vida, en este gran sueño, dificultad más agobiante que el encierro, el encierro conciente, claro. Ya que, a decir verdad, todos nos encontramos inmersos en él, aunque aún no lo hayamos notado.
- Continúe, por favor.
- Mi historia, esta que por última vez, voy a narrarles, comienza una noche lluviosa de septiembre de 1986. Me hallaba abatida como tantas otras veces, pero en esta oportunidad fui más lejos. Sin poder soportar la inmensa angustia que me asediaba, decidí poner el punto final. Recuerdo la lluvia incesante, que parecía acompañarme en mi tristeza. Podía ver los últimos vestigios de mi vida a través del vidrio húmedo de la ventana, mientras la sangre espesa se desprendía de mis venas, dibujando ríos místicos sobre la alfombra. Débil, ya sin poder siquiera levantarme, observaba mi vida que se apagaba lentamente... Las horas construyeron un amanecer diáfano en el que me hallé, para mi sorpresa, aún con vida. La sangre había cesado junto con la lluvia, y permanecía en el cuarto su aroma salado, la luz tenue de las velas proyectando sombras vagas de rostros infames sobre las blancas paredes, y mi cuerpo inerte. Me desprendí de él mágicamente y sin entender salí de mi habitación, para dar con una sala inmaculadamente blanca, en la cual unos cinco hombres dormían. Creí estar muerta o encontrarme en el camino hacia la muerte, ese túnel de luz brillante del cual todos hablan. Caminé entre los cuerpos silenciosos, y al llegar al otro lado de la sala, uno de ellos despertó.
- ¿Quién eres?
- No lo sé, una muerta más del montón, una nueva integrante del club del suicidio, quizás.
Me sonrió.
- ¡No, no me digas que has equivocado el camino tú también!- exclamó como fastidiado, pero sin enojo en su voz. - Algo tendremos que hacer, reforzar las medidas de seguridad o bloquear la entrada, pero esto no puede seguir así - agregó, ignorándome por completo.
- No comprendo- me atreví a admitir.
- Lo siento - me dijo apurado. - Debo regresar a mi labor o la historia jamás terminará.
Y así, sin más explicaciones, volvió a recostarse en su lecho y cerró los ojos. Estuve, un largo tiempo allí en silencio, contemplándolos. Finalmente yo también me rendí.
Encontré a los cinco sujetos de la sala en la que dormía. Lo extraño es que continuaban soñando, pero yo podía ver sus construcciones.
Cada uno parecía tejer en su mente una historia, cada uno creaba un sujeto y sus sueños se confundían originando vidas, historias mínimas.
Desperté sobresaltada, creyendo no comprender, cuando en realidad lo había hecho perfectamente. Paseé mi mirada absorta por las blancas paredes de aquella habitación en la que los cinco hombres aún dormían y, para mi sorpresa, hallé una puerta.
Me incorporé, caminé hacia ella y la abrí. En una habitación contigua encontré a otros cinco hombre también dormidos; seguí caminando, atravesando puertas sobre paredes vírgenes, que me conducían a nuevos cuartos con nuevos soñadores. En algunos me detenía, y al dejarme llevar por los caminos del cansancio, llegaba a un sueño en el cual descubría las vidas que los hombres soñaban.
Finalmente di con una última habitación, en la cual decidí descansar. Al cerrar los ojos, me vi en las construcciones de otros cinco soñadores. Aparecía inerte sobre la alfombra empapada en sangre y rodeándome, inmersos en la desesperación, mis padres Oí el eco de una sirena ahogándose entre llantos que creí conocidos.
Sentí el dolor en mis muñecas, que antes había desaparecido, y sin entender me encontré una vez más en mi habitación, junto a mis padres, quienes contemplaban mi cuerpo inerte al que no sabía realmente si deseaba regresar.
No sé por qué, pero lo hice.
Y así recuperé mi vida, ese sueño de un soñador perdido, esa construcción ilusa que se apaga por las noches, cuando él, cansado de soñar, decide despertar para regresar a su tarea más tarde.
Conté esta misma historia quince años atrás, pero nadie me creyó, y así perdí eso a lo que erróneamente llamamos vida. Me encerraron junto a otros locos que quizás, al igual que yo, habían descubierto la verdad.
Y ahora, ¿qué les pasa? ¿Es que por fin han comenzado a dudar? ¿Por fin se dan cuenta de que eso que llaman "deja vu" es sólo una repetición de algún soñador que en alguna blanca habitación, cansado, comete errores, dejando que nosotros descubramos momentos de nuestro futuro que, irremediablemente, al vivir, creemos reconocer?