| Taller de Narrativa |
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| Marcelo Sprecacenere |
El Camino y la Catedral
El Andén
El hijo
Preludio
Otro camino
Los Basurales de José León Suárez
Todos los vientos (Novela. Capítulo 11)
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| Otro camino |
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Y la primera imagen que ve al despertarse es el anverso. Ve a Magdalena cuando está obligada a ver a María, ve la espada del César cuando debería haber visto a Dios. Finalmente, el día que tanto ha esperado está delante de ella, o el que creyó que esperaba desde hacía tanto tiempo y con el que fue obligada a soñar mil veces, como el más cálido y posible de todos. Sin em-bargo, presume que nada es lo que debería ser; la realidad pareciera estar dada vuelta desde el mismo instante en que despertó, porque ella, que abría sus ojos siempre al amanecer, hoy lo hizo cuando todavía es medianoche, una medianoche que vislumbra nueva, distinta, exacta, como si estuviese inmersa en una primavera azul y cíclica. Se pregunta si no será acaso una prueba extra, la confirmación última y suprema de ese camino por el que ha viajado aun a su pesar, un camino sembrado de espinas y en el que no se debe comer del fruto prohibido, donde el deber es resistirse a las tentacio-nes en un desierto blanco e infinito. Siente algo distinto, que el sendero a transitar es otro, tan sólo eso.
Se pregunta si hay necesidad de acudir a su pasado para encontrar ciertas explicaciones, sabe que a los buenos recuerdos se pegan los otros, esos que nunca consiguió desterrar de su cuerpo. El de su madre, que la sofocaba y creía ver en ella a la culpable de todos los pesares; el de su padre, cuya au-sencia era casi permanente, salvo cuando la borrachera lo hacía ir por equi-vocación al lado de su esposa y su hija; el del sacerdote de la parroquia, que la encerraba para que aprendiera a no seducir con su cuerpo de pecado-ra, a todos los hombres del pueblo.
Ni los buenos, ni los malos recuerdos la pueden sustraer de esa necesidad que la corroe, esa que nació desde su infancia, pero que recién pudo des-pertar hoy, al abrir sus ojos en el día que debía ser el más importante de to-dos y en el que, estaba segura, nunca debió creer. Apoya sus pies en el piso frío de la habitación, va hacia el baño y mira la imagen que le devuelve el espejo. No logra reconocerse. Cierra los ojos, se toca el cuerpo y se siente completa, deseable. Quizás sea eso, el placer que nunca hasta hoy logró sentir, lo que más la confunde. Se desnuda completamente, abre los ojos y continúa sin reconocer esa imagen de mujer. Está excitada y sabe que su sexo tiene sed y hambre, que necesita que su piel sea recorrida por tem-pestades y tormentas, que su pelo, tan negro como mil noches vacías, sea iluminado con el placer del inicio de los tiempos. Se persigna y trata de llo-rar, redimirse en silencio, pero no lo consigue, tampoco lo desea. Busca su ropa, no la de todos los días sino aquella que había usado para visitar por última vez a su madre. Se viste y lo hace con una ceremonia distinta, como si fuera una ordenación inversa. Después sale de la pieza.
Fuera de la habitación hay mas silencio y luces tenues que iluminan los pa-sillos; a derecha e izquierda, puertas cerradas; hacia el fondo del corredor, una puerta blanca. Camina con tal decisión que es impensable que exista alguna fuerza que la pueda detener; ni su padre, borracho como siempre, que camina hacia ella apoyándose en las paredes para no caerse, ni su ma-dre que a sus espaldas está gritándole, como lo hacía siempre desde su ni-ñez, y mucho menos aquel cura de la parroquia del pueblo, ese mismo cura que ahora se multiplica apareciendo al mismo tiempo en toda la extensión del corredor. Se ríe de ellos, le causa gracia que quieran detenerla, porque sabe que no podrán hacerlo, ni las personas vivas, ni los altos muros, ni los portones de hierro, ni un pasado de miseria y libros prohibidos y castigo, mucho menos aquellos que están muertos. Los piensa bien muertos, mere-cidamente muertos, y no se sorprende al pensar eso.
Al llegar al final del pasillo, abre la puerta blanca y sale. La madre, el pa-dre y el cura quedan discutiendo entre ellos y eso la hace reír. Cruza el par-que de los cerezos, va hacia el portón de hierro forjado que la separó del resto del mundo y que ve abierto, como esperándola para una salida triun-fal. Va hacia él dando pasos firmes y presurosos, con una premura que no es de temor, sino de hambre y de sed.
Traspasa el umbral y sabe que después de esta decisión, no existe la posi-bilidad del retorno. Se siente bien, a pesar del frío y una llovizna tenue que cae sobre ella y de ése, su pueblo, que aún con la tristeza impregnada en sus casas, ama y necesita. Camina por el centro de la calle rumbo a la esta-ción, cada vez más feliz, cada vez más segura.
El tren no tarda en llegar; al subir ve el vagón casi vacío, con apenas tres ocupantes, y salvo ella, todos hombres. Sólo uno parece percatarse de que una mujer ha de acompañarlos; los otros dos miran abstraídos el andén de-sierto y ella piensa en sus miradas; ojos perdidos, ojos de la noche, ojos que persiguen una presa desconocida, como buscando aquí y allá ese destino que no tienen, y ella lo sabe, sabe que los pobres no tienen destino, que sólo tienen pobreza. Al sentarse, piensa en los personajes de aquella novela que leyó mil veces y a escondidas de todos; ve a tres mujeres que no están, pero que conoce. Las ve aquí y ahora, aunque ellas estén, todavía, en aquel vagón de Enduro, llegando a Santa María, un pueblo, quizás, como el de ella; ve a María Bonita; la cara infantil, redonda de Irene, y las cejas ama-rillas de Nelly, muy altas y rectas. También puede ver a Junta que camina por el pasillo para agregarse al grupo de tres mujeres.
Ella sabe adónde va, también sabe adonde van ellos, esos hombres de carne y hueso; todos a ese lugar que existía aún antes de cualquier inicio. Así era antes de su reclusión en el silencio, así fue siempre y lo es ahora, e imagina que lo será por siempre en la extensión de cualquier tiempo.
El tren llega a la estación, los tres hombres bajan, también ella y saluda con sus manos a las mujeres y a Junta, que la despiden con una sonrisa franca y abierta. Al bajar, caminan todos en la misma dirección, hacia el mismo si-tio, ese territorio del que habían intentado alejarla, ese lugar al que las her-manas del convento tenían como morada del diablo, ese lugar cuyo umbral es iluminado por luces rojas y ancestrales desde un tiempo inmemorial, quizás desde la misma fundación de la ciudad o del mundo. Ahí parada, siente y sabe que no hay retorno, que no habrá votos de silencio, ni de po-breza, ni de castidad, que no habrá vestimenta blanca que pueda cubrir su desnudez, nunca.
Y antes de entrar ya saborea el instante en que, por fin, dejará de tener hambre y sed.
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| Los Basurales de José León Suárez |
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A Rodolfo Walsh, por su vida a favor de la vida.
Es de madrugada, me pregunto si serán las cuatro o las cinco. Todos duermen. Tengo los ojos abiertos.
Mi hermana está en otra cama, igual la escucho respirar. Tres pasos más allá, duermen mis padres. Yo ocupo el centro de la pieza, que es toda nuestra casa.
El reloj martilla cada segundo. Las chapas crujen. Mis viejos van a levantarse, él para ir a la fábrica (inclusive hoy que es domingo), ella para prepararle el mate.
Suena el despertador. Alguno de los dos lo apaga. Se levantan. Él prende una luz. Hablan en murmullos. Yo hago que duermo.
Es así cada día. Muchas veces, como ahora, me dan ganas de decirles que estoy despierto y que quiero ir con él a la fábrica. Dirán, como alguna vez lo hicieron, que tengo apenas once años y que no puedo faltar a la escuela y... ¿...qué vas a hacer vos en la fábrica?
Como si esos pensamientos me abrieran más los ojos, saco los pies de la cama:
- Hoy es domingo, no hay clases...
Primero se sobresaltan; después, aunque no quieran, sonríen.
Insisto:
- Hoy es diez de junio, cumplo doce años.
Mi papá dice:
- Está bien, a lavarse la cara y a cambiarse. Mirá, no vaya a darte miedo, tengo que cruzar por los basurales hasta la Avenida Márquez.
-No, no voy a tener miedo... Con vos, no.
Ellos se ríen, me abrazan y me tiran de las orejas contando hasta doce. Estoy feliz. Siento que los quiero como nunca. Desayunamos; yo, como todo los días, pan con mate cocido y leche; ellos, mate sin azúcar.
-¿Estás listo? - me pregunta papá.
- Sí.
- Dale un beso a mamá y vamos.
Lo hago. Ella me dice que me porte bien.
Es la primera vez que salgo a esta hora de mi casa. Es una sensación distinta. Los olores, los ruidos, hasta la luz de las estrellas es diferente, como si el brillo de cada una partiera el cielo en otros cielos más chiquitos.
Vamos por San José de Flores. Es una calle de tierra, como todas las del barrio. Después se corta y empiezan los basurales de José León Suárez.
No hay árboles, ni animales, tampoco montañas ni ríos, es nada más que campo y yuyos y basura. Igual, con mis amigos, cuando es de día, jugamos a que tiene todo.
Caminamos y hablamos de fútbol; él me pregunta contra quién juega hoy Chacarita.
-Contra Boca, en la Bombonera.
- Va a estar bravo.
- No.
- ¿Te parece?
- Sí, vamos a ganarles a los bosteros. ¿Escuchaste la pelea de Lausse?
- Claro. Ganó en el tercero, con una derecha terrible. Ya lo había tirado en el segundo con una izquierda al mentón, pero en esa, el chileno zafó.
De golpe, creo ver por el lado del Club Alemán unas luces. "Es un camión", pienso.
- Pa, ¿ y esas luces?
Él mira.
- Deben estar tirando basura.
Él ve como yo que no están tirando basura. Paramos. Distingo las siluetas de varias personas con las manos arriba. Escuchamos entonces unos gritos; no son palabras, son gritos. Mi viejo me acerca a su cuerpo. Oímos tiros y voces que se quejan. Y más tiros.
Mi papá gira y pasa sus brazos sobre mis hombros. Volvemos a casa corriendo, estoy confundido. Las balas silban sobre nuestras cabezas; mi viejo cae.
- Hijos de puta, me dieron.
- Papá...
- Shh... ¡al piso y no te muevas!
Lo hago. Hundo mi cuerpo en la tierra y él me cubre con el suyo.
- ¿Estás bien? - me pregunta.
- Sí... ¿Y vos? Dónde...
- No es nada, no es nada. Tranquilo.
Silencio.
Suenan campanas.
Tengo mi cara contra el piso. Oigo pasar muy cerca a alguien que corre. De nuevo los tiros, ahora espaciados. Una ráfaga. Silencio. Otra ráfaga y otra vez silencio. Son seis ráfagas, seis silencios. Finalmente, voces, pisadas, motores que se alejan.
Nos quedamos inmóviles. Yo, con la cabeza gacha; mi padre, cubriéndome casi por completo. No sé cuánto tiempo estamos así. Nos levantamos. Miro hacia el lugar de dónde vinieron los tiros. Veo nada más que los árboles del Club, recortados en la oscuridad de la noche. Caminamos con miedo hacia nuestra casa. El olor de la pólvora quemada nos persigue.
Apenas nuestros pies pisan la calle, corremos.
Mi vieja está frente a la puerta. Viene con los brazos abiertos, llorando, me abraza primero a mí, después a él, grita al verle la sangre en el brazo y sobre la ropa, y una y mil veces pregunta, qué pasó, qué pasó.
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| Todos los vientos (Novela. Capítulo 11) |
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Al tiempo que vuelven a la ruta, el diluvio que creían eterno termina por desaparecer: primero mutando en una llovizna suave, casi imperceptible; después hacia casi nada, tan sólo a algo que ya pertenece al recuerdo, al brillo del agua que reluce en el pavimento, a nubes que corren inertes y vacías, empujadas por un viento suave del sur.
Él tiene ganas de conocer la historia de Lucía, pero no se la pide. Sabe que ese momento llegará. Le intriga cuál es ese pasado que la obligó a caminar territorios desconocidos, de dónde salió tanta fuerza para poder escupir a los oídos de su padre aquello de "hasta nunca". "Hasta nunca", había dicho ella, con tanto peso sobre cada palabra, que Carlos pudo ver algo más que eso, como si cada una estuviese ahí mismo, hecha cuerpo. Después el recorrido de la memoria yendo a la voz de Julia, al silencio de Julia: ¿Qué otra cosa podía esperar, sino silencio? ¿Creía, acaso, que ella iba a decirle cosas como "Ignacio se recuperó" o a preguntarle cuándo volvería? Y si lo hubiese preguntado, no duda de cuál hubiese sido su respuesta: "Voy a vivir al Sur. Voy a morir al Sur". Más absurdos, un cúmulo interminable de absurdos que se caen a pedazos.
Él mira la noche.
Ni Carlos ni Lucía se detienen a pensar en ese móvil policial empantanado quizás en la misma banquina en la que se habían quedado ellos. Tienen, cada uno por su lado, los pensamientos en aquel territorio que no conocen, en ese Sur vislumbrado como única posibilidad o como un fin último.
Es pasada la medianoche. La pick up avanza sobre una planicie continua, que se abre, que se extiende más y más, recibiendo la oscuridad de la noche en un universo de estrellas ocultas.
Un hombre, una mujer, en la búsqueda de algo que dé sentido a sus actos. Tratan de justificarse, van de esto a lo otro. Ninguno de los dos precisa de la trascendencia, no significa nada aparecer en los noticieros, en la tapa de diarios o ser el centro de los debates. Apenas si toman como un acto de misericordia la actitud de la gente que está haciendo posible que ellos puedan llegar ahí donde quieren. Lo demostraron los dos hombres de la estación de servicio y el pibe de la grúa. Lo demuestra esta realidad, la continuidad de los pasos que siguen un camino, a pesar del absurdo. Saben que, con todo, la vida sigue siendo una fuga, un gran interrogante, pero que cobra una dimensión posible, aun con los fantasmas que cabalgan interminables sobre cada uno de sus pasos.
Por la ruta 5 pasan a la altura de Chivilcoy. No paran como tenían previsto. Se dicen que lo mejor es no detenerse.
Carlos imagina a la ciudad metida a unos pocos kilómetros de esta ruta por la que transitan, luchando todavía por ser la capital de la provincia. En realidad ve a dos personas que disputan en torno a ese mismo objetivo: ve la seriedad en la cara de Sarmiento tratando de imponer su criterio a favor de Chivilcoy y lo ve a Rocha imponiendo el suyo a favor de La Plata.
Más fuerte que eso, imagina a un hombre alto, que ha llegado de Bolívar a Chivilcoy a dar clases; un hombre que quizás haya escrito en esa misma ciudad la historia de dos hermanos que eran invadidos, cuya casa era invadida.
Imagina a ese hombre inmenso en un aula casi tan grande como él, o en la pieza de la pensión de los Varsilio, escribiendo. Lo imagina por las calles de Chivilcoy.
No olvida que por esas tierras anduvo un gran músico, un pianista-escritor que dio en la ciudad varios conciertos, también, casi seguro, prefigurando personajes. Faltó poco para que ellos se encontraran, pero el destino les dibujó una parábola de tiempos cruzados.
Pasan Chivilcoy.
Él cuenta todo eso.
Ella, en cambio, le habla de música.
Así es como recorren rutas, caminos. De esa forma desandan kilómetros y kilómetros. Lucía está atenta a cada palabra de Carlos, y a todas sus historias.
Él escucha melodías que ella canta. Le nombra músicos y grupos que le suenan por primera vez.
A veces ella se duerme y él la mira en ese acto de dormir, como si fuera una flor que se ha cobijado del rocío. Aunque sabe que su propio destino continúa siendo tan certero como esa enfermedad de Ignacio, disfruta de esos momentos, de verla así. Cuando despierta vuelven a ese juego. Contar cosas que el otro desconoce.
Pasan pueblos y rutas y caminos y lugares con nombres propios. La ruta nacional número 5 y en ella Alberti, Bragado, Olascoaga, Dennhy, 9 de Julio, French, La Dorita, Carlos Casares. Y más ciudades que se separan, que se unen porque son parecidas o iguales o distintas: Sto. Tomás, Guanaco, Chiclana, Pehuajó, Francisco Madero, Juan José Paso, Trenque Lauquen, Mari Lauquen, Bocayuva, Pellegrini, Catriló, Lonquimay, La Gloria, Uriburu.
Presienten que la policía estará detrás de ellos. ¿Cerca? ¿Lejos? Lucía afirma que por más que Mingo, haya conseguido retrasarlos, ellos no tardarán en seguirles los pasos. Ninguno se atreve a arriesgar. Deciden, desplegando el mapa del Automóvil Club Argentino, que lo mejor es no continuar por la 5 hasta Santa Rosa; tampoco internarse por la tal vez transitada ruta 1, sino bajar por la provincial 3, que en la realidad es un andarivel de tierra, de polvo fino levantándose ante el paso de los coches y del viento. Sobre Uriburu giran a la izquierda. Otro camino de la patria, más pueblos que cruzan con reverencia: Cereales, Atreucó, Abramo, y después la provincial 30 hasta Cuchillo-Co y en el medio nada, o todo, porque es -quieren creerlo-, apenas la antesala de lo que vendrá.
De Cuchillo-Co toman la provincial 11. Cruzan el Río Colorado y llegan a la ruta 56, a Pichi Mahuida. Sólo una detención para cargar nafta y seguir, cruzar Fortín Uno, Benjamín Zorrilla y un pequeño tramo por la nacional 22, hasta Choele Choel. Una huida continua, sin pensamientos, solo pueblos que se cruzan y caminos, contando historias, mirando carteles, empapándose de tierra, de los vientos, de los lugares, de un mundo en cada sitio por más pequeño que sea. Una continuidad. Una rueda gigante que pareciera no tener fin.
No paran. Carlos le pregunta si se anima a manejar; ella responde que sí.
Continúan por la nacional 250 y en ella Lamarque, Pomona, bifurcarse en la provincial 4 y recorrerla como perdidos en el tiempo hasta llegar a Musters y Valcheta y de ahí la nacional 23. Nahuel Niyeu, Teniente Maza, Falkner, Ministro Ramos Mejía, Talcahuala. Un giro y tomar la 66, donde hay tierra y el mapa indica ninguna ciudad, e igual ir, desandarla, pararse en cualquier punto de esa extensión, donde pareciera que más allá no existe el mundo pero si el destino marcado a fuego, como está marcada la tierra y el sol y otra ruta, ahora la 8. Las provisiones casi agotadas. Apenas si les queda agua y algunos cigarrillos. Igual, siempre hacia delante o bajando, cruzar la provincial 5 y ver el pavimento después de tanta tierra.
Se saben huyendo, con la obligación de internarse por aquellos lugares donde menos tránsito y gente haya. Cruzan carteles que indican que por ahí, en esa extensión, aparecerá una sierra llamada Chauchayneu y luego, justo en el límite de Río Negro y Chubut, Barril Niyeu, después Gan Gan y en el medio apenas un rancho hundido en la soledad. En ese rancho recibir un mate, refugio del viento, un viejo con palabras en la boca, una ayuda necesaria. Un respiro para poder continuar, armarse de provisiones y salir. No encuentran preguntas ni cuestionamientos, sólo hospitalidad.
En Gan Gan se detienen. Ella compra más provisiones. Él, llama a Julia: un hola y la pregunta. La misma respuesta, la misma sensación de frío atravesando cientos de kilómetros. La única respuesta: "igual".
De nuevo sobre la pick up. De nuevo sobre el asfalto o la tierra o el ripio.
Él le pregunta si está bien y ella le dice que sí. Carlos siente la presencia de Ignacio, una presencia distinta, como una nube que se puede ver aun en la noche y que de a ratos, se puede tocar. Espera oír la voz de Lucía, contando su historia. Ella lo mira y sin decirle nada, le responde con el silencio, con los ojos: "más adelante".
Miran el mapa y ven una ruta sin nombre, quizás sea parte de la 8; en ese tramo sólo dos puntos marcados, dos pueblos: Sacanema el primero, Colelache el segundo. Más allá Paso del Sapo y bajar por la provincial 12, bordeando el Río Chubut. En un lugar impreciso de ese mismo río, Lucía quiere bajar. Lo hacen. Ella comienza a caminar sobre la ribera, con mucha lentitud, también con mucha lentitud a contar su historia. Carlos junto a ella. Los dos fumando, bordeando las orillas de ese río, testigo involuntario de una realidad, de una historia con tiempos, de dos personas, una que cuenta con lágrimas irremediables, la otra que escucha como quizás escucha el mismo río que tienen a sus pies.
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| El hijo |
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No irá a buscarlo. No quiere ser como aquella luz de agosto, ni desandar caminos.
Secuencia.
Eslabón.
Apoya sus manos sobre el vientre. Después, esa misma mano que sube y baja, acariciando.
Una copa de cristal. Cierta redondez del mundo. Matices de cualquier estrella, aguas de un río.
Mira el tiempo. Sonríe. Recuerda.
Estoy embarazada. ¿Qué? Eso. ¿Y estás insinuando que es mío? No te lo estoy insinuando, te lo estoy diciendo. Mirá, nena, no te hagas la pelotuda.
Pensar. No había sido un único y esporádico encuentro, y aunque lo hubiese sido, ¿cambiaría algo? Dos cuerpos en busca de todo; pequeñas caricias, como reconociendo latitudes, besos de miel con sabor amargo, después cierta dulzura y labios susurrantes, prodigiosos. Valles, montañas, resquicios.
Es nuestro. No flaquita, a mí en esa no me enganchás. Cómo quieras, pero sigue siendo nuestro. Yo nunca te prometí nada.
Apenas una sonrisa. Los ojos de Ariel, tristes, como queriendo huir hacia ningún lugar. Luces de un otoño.
Era una broma. Sos una forra. ¿Te parece? Sí, cuando te vayas no te olvides de cerrar bien la puerta. Mirá que no vuelvo. Quedáte tranquilo, no se puede volver a donde nunca se estuvo.
La certeza. El vientre. El hijo.
No, no quiere ser como aquella luz de agosto.
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| Preludios |
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tiembla sobre la página en blanco
arroja sal a los ojos del asesino
y es un mundo blanco y sin ti.
Alejandra Pizarnik
La casa mira hacia el mar, es blanca y con un gran balcón que se desnuda frente al horizonte. Ahí, Diana absorbe silencios, arena, partículas de un sol que se desintegra. Vislumbra guerras oceánicas y amores de un tiempo sin terminar. Sus codos se apoyan en la baranda, la palma de la mano en el mentón y los dedos extendidos abiertos hacia las mejillas. Por detrás, desde la soledad, suenan los acordes de "Mujer Dura" y en su retina aún subsisten las letras de un poema. Ve el mar y sus recuerdos, mientras una suave brisa de fines de verano la acaricia; se recoge el pelo haciéndose un rodete, después lo deja caer, y de nuevo, los codos en la baranda, la palma de la mano debajo del mentón y los dedos, largos, finos e impetuosos, abiertos hacia la cara.
Un hombre, escondido entre los médanos, vigila. Ella no lo ve. En realidad ya no quiere. Si ha dejado de amarlo... Ahora ama a la mujer del poema.
Cada día, cuando el sol empieza a esconderse, Diana sale; aguas tranquilas o indóciles oirán una misma vieja canción. Luego, repetirá sus movimientos.
Él, desde el mismo atardecer, va en su búsqueda. Así, desde que fue recuerdo, aunque teme ya ser olvido. La contempla. No se atreve a más. Se paraliza al pensar que deje de salir al balcón, porque aún la ama y porque sospecha lo otro. Estrellas que caen, y una realidad lo persiguen. Escribirle. ¿Pero acaso ella no lo sabe? Y dice que sí, que lo sabe.
Una nueva tarde como una nueva tarde.
Repetición.
Se escuchan los acordes de "Mujer Dura".
Ella en el balcón. Hay un destello en sus ojos, fugaz.
Y él se acuesta de espalda en la arena y el cielo cae sin fin, sin inicio. Sueña algo que olvidará. O no: están desnudos, se toman las manos, caminan hacia el mar. Se besan. Se recorren.
Lágrimas.
La mujer dice:
-Andáte.
Él no quiere oír. Entonces, con un puñal silencia la vida, el amor, el desamor. La sangre busca un destino. Espuma y sales del mar y de la muerte.
¿Hay después para después de un sueño?
La lluvia golpea sobre sus ojos cerrados; al abrirlos ve el cielo o la noche o la incertidumbre.
La marea ha subido.
Mira hacia la casa.
¿Y las luces, la música, la vida?
Se dice que mañana derramará en una hoja blanca: "te necesito".
En el atardecer de ese mañana trepa al balcón con las dos palabras ya escritas y un puñado de arena.
Baja y se oculta entre los médanos. Espera la voz de Jagger cantando "Mujer Dura", pero esos acordes no llegan.
Regresa al balcón y comprueba que las palabras están ahí, debajo de un puñal de arena de donde baja un hilo de sangre.
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| El Camino y la Catedral |
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El camino no es el que era. Es este, es otro. Lleva a un lugar que está ahí, como el mundo: paredes a punto de caer, puertas sin palabras, ventanas de tierra y polvo, y allá, bien arriba, el techo: de lágrimas, de nubes, de estrellas. En la Catedral, o en lo que quedó, tengo un asunto pendiente; quiero decir, tenía.
Ya lo he dicho, el camino no es el que era. Hoy es una línea dibujada en el mapa, una cicatriz salpicada de muerte. Conjunto de soledades. Árboles que han dejado de crecer, de existir. A tamaña desolación se le ha unido el silencio que lastima. Apenitas si se escucha el crujir del pastizal quemándose y el rocío en las noches de invierno. Como si buscase almas en pena, como si también fuera a morir de hambre, el viento gira desesperado.
La memoria me juega irreverente. ¿Cómo terminó o cómo empezó esta historia? Las imágenes son caóticas y las palabras esquivas. A mí, estando fuera, me venía la voz y los recuerdos, aunque dentro de la Catedral la cosa era distinta: es que ahí la lengua se me secaba y la cabeza se me ponía oscura, casi negra. Una tarde se me abalanzó una imagen de ríos cayendo. Levanté la vista, y no, ni siquiera una lluvia, sólo distinguí colores: nubes blancas que colgaban de un cielo azul; soles amarillos y una tierra roja, muy roja. Pensé o recordé un lago, y lo busqué con desesperación y otra vez nada. Ni un rastrito de lago, ni de ríos, ni de gente.
Veo una plantación de trigales y a los que ya no están rumbo a la cosecha y yo también voy y al llegar todo ha cambiado por una llanura con grietas, por tumbas sin cruces, sin rosas, sin pan.
Varias veces me metí en el cementerio, cuando era de día, claro, porque en las noches el miedo me ganaba. No hay lápidas, aunque sé bien dónde está cada uno. Por ejemplo, la del extremo izquierdo es la de Margarita, la huérfana. Ella había sido la primera, la encontramos en el camino, se ve que iba para la Catedral. Sí, fue ella, Margarita. Esa tarde algunos empezaron a insultar. Ni siquiera el cura atinó a una defensa. Y bueno, en definitiva, él tuvo la misma suerte. Al lado de su tumba, está la de Federico y Enrique, aunque a decir verdad ellos habían muerto antes.
Bueno, pasó hace un rato nomás: era avanzada la noche y ahí estaba la gran cúpula recibiéndome con estrellas fugaces. Cristo crucificado pendía sólo del clavo de su mano izquierda, a punto de desprenderse de la cruz y caer desde lo más alto. Como me pasaba siempre en el interior, no podía pensar, porque todo lo mío se quedaba lejos. Pero fue ver al Cristo colgando para que mi cabeza estallara y se amontonaran los recuerdos: la primera fue Margarita, después Federico y Enrique, y siguieron los pibes y los padres y los padres de los padres que iban ocupando su lugar en el cementerio. También se acercó mi viejo, que con el último suspiro me había rogado que no visitara la Catedral, que no caminara el camino, que nada hiciera para salvar a Dios.
Está claro que no lo escuché.
Decidí bajarlo y ahora lo cargo sobre mis frágiles espaldas y tengo miedo por esta noche cerrada y lloro mientras desando por última vez el camino.
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| El Andén |
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-No, José, ya no puedo.
-Por favor escuchá, hoy seguro que consigo algo y...
-Mirá, desde que lo privatizaron estoy dibujando los números para que me cierre la recaudación. Si me enganchan me rajan. Me entendés, ¿no?
José lo entiende. Le da las gracias.
El tren llega. No logra ver por dónde andan los guardas. Mejor esperar el próximo.
Y espera. Y piensa.
El que vende los boletos le dice la verdad, antes se podía, pero desde que lo privatizaron, es imposible, hay guardas por todos lados, arriba del tren y a la salida de los andenes.
Mientras las puertas de los vagones se cierran y la formación reanuda la marcha, le vienen a la memoria aquellos tiempos en que se colaban con toda la barra. Se trataba de un juego. Ahora es diferente, aunque eso nada tenga que ver con lo de los trenes. ¿O sí?
Cuánto tiempo sin un trabajo. Ni siquiera una changa.
Otro tren. Dos guardas en el primer vagón. Sube en el último. Es uno de esos nuevos, con los asientos de plástico que no se pueden rebatir. La vida tampoco. Decide pararse al lado de la puerta. Las estaciones van quedando atrás. Piensa en cómo hará en los controles de Retiro. Ve una única manera: mostrar un boleto viejo, no detener el paso y decir "ida y vuelta".
Retiro.
Su voz, de miedo o de vergüenza, dice:
-Ida y vuelta.
-Pase, pase.
Cruza el molinete. A sus espaldas lo perforan las miradas. ¿Será cierto? Respira hondo.
Camina por Juncal hacia Cerrito. ¿A cuántas entrevistas ya fue? La angustia es una compañía permanente.
Obviedad. No deben decirse obviedades.
Está sorprendido. Nunca en todos estos meses pudo llorar, aunque claro, quizá estuvo haciéndolo por dentro. No, tampoco, eso es poesía. La realidad no es poética. Si lo fuera, los platos rebosarían.
Entrevista. Misma promesa: "Ya nos vamos a comunicar".
"Tendría que matar a ese hijo de puta. Qué necesidad tiene de mentir".
No lo mata.
Regreso.
Angustia. Respuestas sin palabras.
Y más tarde lo que ha de venir: el silencio delante de un televisor y una mesa vacía y un frío glacial en la piel que sentirá venir desde muy adentro.
Esquivarlos otra vez. "Mejor ir hasta Carranza, ahí hay menos controles".
Piensa, dice, mastica.
Convertir la culpa en odio. ¿Hacia quién? ¿Cuántas derrotas puede soportar un hombre?
No.
Las manos le transpiran; las piernas son incapaces de sostenerlo. Hay que apoyarse en algo. En una vida o en una pared. Una pared. Después seguir.
Sigue.
Despacio.
El andén.
Lo escucha venir, está de espaldas.
No llora.
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