| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| María Elena Olivella | |||||||||||||||||||
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El desván
Nuestras manos invisibles a los ojos
Claroscuro
Crepúsculo
Soliloquios
Sin respuesta
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| El desván | [Arriba] | Fue el lugar que más me costó dejar. Y pensar que es, de la casa, el sitio menos respetado, al que van cosas viejas, sucias, rotas o aquellas que “por ahora no resultan útiles”. ¿Cómo explicar la emoción que sentí al cerrar la puerta de lo que llamábamos “bohardilla”, y no era otra cosa que el desván de la última casa que habité? Mirando las cabreadas del techo, desde donde pendían perchas, un viejo calendario, guantes que usaban mis hijos cuando andaban en moto, un nido de hornero traído de Cariló y hasta el número que tenía al frente el Colegio “Saint Peter”, que se trajo Federico como souvenir el último día de clases, se hace más comprensible la nostalgia. Todo quedó en el desván porque... ¿qué se iba a hacer con eso? Y sin embargo, “eso” eran pedazos de diferentes episodios, recuerdos muy valiosos por lo irrepetibles. El olor del desván me sigue todavía. En la semi obscuridad sigo viendo una caja con anzuelos, una linterna y, apoyada en uno de los listones de madera del techo, la armónica que, por más que me opuse, terminaron comprando. No olvido mis ruegos para que dejaran de tocarla, porque ya no soportaba lo que yo llamaba “ruido” y ellos, riendo, música. Quedaron en ese desván cosas viejas por antiguas, y cosas viejas por lejanas... |
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| Nuestras manos invisibles a los ojos | [Arriba] | Necesito saber adónde van los muertos, por miedo a equivocar, cuando me vaya, el camino que ha tomado el hombre a quien persigo. Convencida de la inmensa bondad del Padre Eterno, creo que, sabiendo Él lo mucho que ya llevo esperando, seguramente hará que nos reunamos en el mismo lugar. Imagino una sala con tapices azules y cortinas muy blancas, con una mesa de patas tan delgadas que casi no se notan, pero que alcanzan para soportar flores de todos los colores. Y allí una vez más, ahora para siempre, cuatro manos invisibles que se tocan, y una voz que, como la primera vez, me dice: “No me dejes, que aún en el paraíso, me haces falta.” |
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| Claroscuro | [Arriba] | En las oscuras aguas del río, la hortensia refrescaba sus pétalos calientes. Las olas traviesas que seguían después de cada barco, movían su corola como en graciosa danza. El sol se iba alejando, y las ranas comenzaban su croar alegre. Un renegrido picoteaba lo que había quedado de una manzana... Después de revisar el cabo de la amarra, las anclas y el chinchorro, decidí encender los faroles. Un murciélago que rozó mi pelo me ayudó a recordar que obscurecía. Al rato apareció la luna; y el olor de los juncos y la tierra mojada, invitaban a gozar del silencio y a contemplarlo todo. Y ahora los muelles no se veían sucios, y el rolido acunaba lascivamente. ¡Cuánto puede el escenario! Hacen falta las sombras para ocultar lo no tan bello, y apreciar mejor un día soleado. |
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| Crepúsculo | [Arriba] | En el atardecer del alma, cuando el acopio de recuerdos está casi completo, la memoria del dolor ya no hace tanto daño. En el atardecer del alma, igual que cuando el sol se pone, el alba se valora como nunca. En el atardecer del alma, los ojos debieran empaparse con el último rayo de luz, porque después llega la noche. |
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| Soliloquios | [Arriba] | Volver Volver por esos besos que creímos olvidados, es lo mágico del amor perfecto; volver por esos mismos besos es maravilla para el alma y los sentidos. Distancia No hay amor incapaz de acortar las distancias. En algún sitio, la separación es tan estrecha, que las manos se alcanzan. Las olas Maravillosa música de fondo para dar rienda suelta a la nostalgia y sentir las presencias que ya fueron. El bosque Todo es respiración, todo es suspiro, si pones atención a la brisa, al picoteo de los gorriones contra la corteza de los arrayanes, al ruido de las alas del colibrí junto al aromo... |
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| Sin respuesta | [Arriba] | Convocar al universo todo sería insuficiente, ¿Qué respuesta podría darme el planeta más cercano, o la luna y todas las estrellas, que lograsen acallar mi desconsuelo? La pregunta que escucha mi almohada cada noche es, si será una afrenta, convocar también a Dios para obtener por fin la respuesta que estoy necesitando. ¿Por qué, Señor, no pudimos alejarnos juntos? En este aprendizaje de la soledad, sin gimoteos, pero machacando siempre la agobiante pregunta, la lógica de mi imaginación no es suficiente para acabar con la búsqueda estéril. ...Que tengo un tiempo que aún no ha terminado. ...Que falta aún para que mi misión aquí concluya. Nada de esto me sirve... Señor, perdón. Si como estoy segura, me conoces, alguna de estas noches de búsqueda infructuosa, dime por qué no hicimos juntos ese último viaje. Pero, Padre... te suplico, me convenzas. |
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