Taller de Narrativa  
Marta Aguirre
Joaquín
El Faro

Robot
"Labrys"
Tarsicio
La villerita
El viaje



Robot [Arriba]

Te levantás todos los días a la misma hora, vas al baño, te lavas la cara, los dientes, te despabilás un poco, encendés la radio para escuchar las últimas noticias, y mientras tomás un café, mirás por la ventana para ver, simplemente para ver, y empezás a apurarte pues los minutos corren y se hace tarde, ¿para qué?, para hacer lo de todos los días: diez, doce, catorce horas entre cuatro paredes, en una oficina inhóspita, con caras dibujadas para la circunstancia, las cosas siempre en el mismo lugar, la misma secretaria hasta que venza su contrato o hasta que el jefe consiga otra que lo atraiga más, los compañeros de trabajo con los que compartís la mayor parte de tu vida, pero con los que no compartís tu vida, el cesto de papeles, lleno de horas desperdiciadas en bollitos blancos manchados con garabatos negros, algunos muy arrugados y otros que con un poquito de plancha y usados del revés servirán para el hijo de la señora que hace la limpieza y que después de pedir permiso para llevarlos, los guarda en su bolso como un gran tesoro, la cocina que casi siempre es chiquita, pero es el lugar de encuentro para los comentarios que no tienen que trascender pero trascienden, las llamadas telefónicas, reclamos, pedidos, quiero hablar con el gerente financiero, el nene llora y no sé qué hacer, otra, clandestina, tapando el auricular para que nadie se dé cuenta, las computadoras siempre despiertas y a la orden, algunas con textos de cartas que quizá sean excusas, después las borrás, hacés que trabajás, facturas, resúmenes bancarios, y la impresora entonando su canción monótona, sin parar, y el aire acondicionado que siempre molesta a alguien, o la calefacción que te cocina, pero está el friolento, y la hora que no pasa, y cómo le habrá ido en el examen a tu hija, y tu mujer y tu casa, donde sos casi una visita; pero qué tarde que se hizo, te terminás de vestir, preparás las mismas cosas de todos los días, cigarrillos, encendedor, remedios que debés tomar en horario predeterminado: el comprimido celeste para la hipertensión, medio del naranja para el colesterol, y una cápsula muy áspera que te cuesta tragar, para el stress, moneditas para viajar en colectivo, siempre alguna que se cae y que no encontrás en el dibujo del piso, y... ¡a la calle!

La historia la sabés, pero quizá hoy sea un día diferente.





"Labrys" [Arriba]

El laberinto es una obra arquitectónica formada por estancias, corredores y encrucijadas, dispuestos según una complicada planta, para desorientar al que lo recorre y dificultarle su salida. Entre los más antiguos, es notable el complejo edificio descrito por Herodoto y Estrabón, construido en Egipto bajo la XII dinastía, como templo funerario del faraón Amenemhet III (si-glo XIX a de J.C.), cerca de Hawara, en la región del lago Ayum.

Los etruscos conocían este tipo de construcción, del que Plinio describe la tumba del rey Porsena en Chiusi. Sin embargo, desde la antigüedad y por larga tradición, laberinto se refiere sobre todo, al palacio del legendario rey Minos de Cnosos, conocido gracias a importantes excavaciones arqueoló-gicas. Como el símbolo sacro venerado en Cnosos era la "labrys", es decir, la doble hacha, se ha lanzado la hipótesis de que laberinto significa "pala-cio de labrys".

En las iglesias románicas y góticas, el laberinto asume también un signifi-cado religioso, como símbolo del accidentado itinerario del alma hacia Dios.

En jardinería, laberinto es una intrincada red de pequeños caminos flan-queados por setos. Se usó mucho en el Renacimiento y en la época barroca. Son famosos los laberintos del parque de Hampton Court, en Inglaterra, el de la Villa Altieri, en Roma, el del Alcázar de Sevilla, el de los jardines franceses del siglo XVIII, ¡y el de Lula!, que cuando la llamé para confir-mar la cita me dijo que tenía algo urgente antes de volver a su casa, que fuera allá y que la esperara.

¡Otra vez tendré que andar con este cartapacio a cuestas! ¿Para qué lo que-rrá, si lo que yo escribo, a ella no le gusta mucho? Dice que hay demasia-das cosas turbias, a pesar de que, si a las historias no se las adorna con algo turbio, no son creíbles ni llaman la atención. Un poco de sexo, algo prohibido o peligroso, algo que nos haga sentir a los escritores, ¡chispean-tes!, que nos permita hacer volar la imaginación hasta el delirio... Uno es-cribe mejor, los dedos se deslizan a una velocidad excitante sobre el teclado de la máquina...

Lula me indicó el lugar donde tiene una llave escondida, que usa en casos de emergencia. "La llave está debajo del felpudo", me dijo. ¿Seré yo una emergencia en este momento para ella? Es cierto que viene de una desilu-sión bastante fuerte, pero me parece que conmigo se siente bien, estoy ha-ciendo todo lo posible...

El felpudo no lo encuentro y me pierdo en una red de líneas que se interse-can, formada por mil enredaderas y plantas muy extrañas. El año pasado estuvo en África, seguramente son de allá. ¡Rosas negras! ¿Serán africa-nas? ¡Qué espinas! Me hacen acordar a aquel día en el Paraná cuando fui a pescar. ¡Qué dolor terrible me produjo la espina dorsal de ese bagre mu-griento, el único que, después de horas de espera frente al riacho, se colgó del anzuelo por darle un mordiscón a una pobre lombriz decapitada! ¡Bue-no, Pablo, continuemos!

¿Y este papelito celeste, qué hace aquí enganchado? ¿No lo podría haber puesto en otro lugar? "Vos sabes siempre orientarte, seguí la flecha que forman las rosas y vas a encontrar la llave", está escrito con letras violetas sobre el fondo celeste.

Llego con mil rasguños en la cara y allí está, al final del laberinto, debajo de un mullido felpudo en el que se lee "WELCOME", en letras rojas. Doy dos vueltas de llave y entro en la penumbra de las persianas bajas. Otro pa-pelito celeste se interpone en mi camino, asomando por debajo de un ja-rrón, sobre la mesita ratona, a un costado del único sofá que hay en la ha-bitación, el preferido de Lula, el que le regaló su abuela.

"Abrí el bar y servíte lo que quieras, en la heladera hay cubitos de agua y de jugo de fruta, elegí, estás en tu casa", se lee, mejor dicho se descifra, pues las letras están un poco desdibujadas. ¡Humm, gotas de whisky! Siempre está apurada...

¿Qué son estos frasquitos? ¡Cómo le gustan los detalles! Un surtido de hierbas aromáticas, algunas de uso corriente, otras que parecen estar allí para completar una colección de exóticos aromas ¿Qué dice la etiqueta?: "Finas hierbas, deliciosa mezcla de las hierbas más tiernas: perejil, perifo-llo, cebollino, estragón. La alquimia de esta mezcla tiene un centenar de usos..." ¿El ajo estará adrede para prevenir la entrada de algún vampiro?

¡Cuantos desniveles hay en esta casa!... ¡Qué buen whisky! "Royal Salute" ¡Escocés! ¿Cómo lo consiguió? No imagines tanto, Pablo, y sentate a dis-frutarlo. Me saco los zapatos y me acomodo en el sillón. Un álbum de fa-milia, en fotografías enmarcadas, unas muy antiguas, otras bastante re-cientes, está sobre el escritorio de caoba que fue de su abuelo, allá por los años treinta. La amplia silla que lo acompaña, impecable, debe de ser de la misma época. ¡Se habrán querido mucho! Yo no tengo recuerdos de mis abuelos. Ese tema no se podía tocar. "Il était intérdit", como decía Annette.

¡Leer es apasionante, pero no por eso hay que dejar los libros diseminados por todas partes! Voy a hacer un poco de orden. ¿Qué es esto?

"Yo que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos"... (1)

"Grande, todopoderosa, todoperfeccionadora y divina es la fuerza del nú-mero, comienzo y regidor de la vida divina y humana, participante de todo. Sin el número todo es confuso y oscuro... porque nada de las cosas nos sería claro, ni en su mismo ser ni en sus relaciones mutuas, si no existiera el número y su esencia. Él es quien armoniza en el alma las cosas con su percepción, haciéndolas cognoscibles y congruentes unas con otras, pro-porcionándoles corporeidad." (2)

"El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía Luminosa y que no se dio nun-ca a la imprenta"... (1)

"El jardín de senderos que se bifurcan", el segundo elemento borgiano. ¿Qué tiene en mente Lula? ¿Qué está preparando con estos apuntes? ¡Mi thriller no tiene nada que ver con todo esto! ¿Para qué quiere entonces mi manuscrito?

Al cabo de un rato, una llave gira en la cerradura.¿Por qué me paralizo, si seguramente es Lula? ¿Pero qué es esto? Me rozan sombras sin rostro. ¿A quién se le habrá ocurrido hacerme semejante broma? Lentamente, un hombre evoluciona en el vestíbulo. ¿Es Paco, el ex de Lula? ¿Qué está ha-ciendo aquí? ¿Será efecto del whisky? ¡Me parece que tomé demasiado! ¿O es una obsesión que me persigue? ¿Por qué una mente exacta y fría como la mía, como la de un jugador de ajedrez, tiene que pensar en lo que ella vivió con otros?

Hay fantasmas de mil voces y sin rostro que me atormentan. Es hora de que descubra sus cartas, aunque ya nos las leyeron: fueron tres Arcanos Mayores: el 6 "los enamorados", el 8 "la justicia" y el 12 "el ahorcado". La adivina nos dijo que esas tres cartas indicaban nuestro futuro y que sería muy promisorio. Entonces, ¿por qué me tengo que preocupar, si nuestro destino está escrito?

¡Voy a correr un poco las cortinas! ¿Qué es ese ruido? La puerta se abre de improviso ¿Quién es? Nadie contesta. ¿Qué juego es este? Noto un ojo de-trás de mí, es como si alguien me estuviera haciendo cosquillas, ¿Sos vos, Lula? Una presión insinuante me atrae, me ciñe contra su pecho. Las luces del living se apagan, y un dócil estremecimiento se apodera de toda mi per-sona. Estoy en los brazos de Lula, aunque ella no se ha dado a conocer. Su perfume la delata y a mí me trastorna.

El dormitorio está apenas iluminado con el reflejo que se escapa del farol del jardín. Nuestros cuerpos desnudos se deslizan salvajes sobre la cama. Al cabo de un largo rato, quedamos exhaustos formando un ovillo bajo la sábana arrugada de raso color café. Pequeñas gotitas picotean sobre las ventanas.

-¡Llueve!- me dice Lula al oído.

Me siento al borde de la cama, busco con los pies en la penumbra algo para calzarme y no encuentro nada; mi camisa y su corpiño descansan sobre el parquet. Me apresuro, descalzo, y levanto la persiana. El agua se desliza por los vidrios dibujando un laberinto cada vez más intrincado.

-¿Linda, qué vas a hacer con mi manuscrito?

-¡Mmmm! ¡Tenemos mucho tiempo para eso! ¡Vení que tengo frío!

En la vereda de enfrente un perro corre al llamado de su dueña y entre los edificios, a lo lejos, se perfila el amanecer.

Inspirado en
"Si una noche de invierno un viajero", de Italo Calvino.

1. Jorge L. Borges "Los espejos", "El jardín de senderos que se bifurcan".
2. Filolao, Diels, B.11





Tarsicio [Arriba]

"Amar es sobrepasar". Oscar Wilde.

Desde muy temprano está sentado en la galería del hotel, en un viejo sillón de caña, con las piernas apoyadas sobre una banqueta, cubiertas por una gruesa manta. El día está fresco y su salud no es buena.

Hasta el año anterior, su vista, aunque con mucho esfuerzo, le respondía y dio forma a su último cuadro. Decían en su pueblo que había nacido con un pincel en la mano.

Hace unas horas que el viejo Marco llegó a Bellagio, como lo hace cada año, pero esta vez es diferente: tiene algo, mejor dicho "alguien" por quien estar allí, esperando impaciente.

El Lago de Como descansa en medio de los Alpes Italianos.

El suave murmullo del agua anuncia la llegada del "Primavera", una pequeña embarcación que transporta a los turistas. A Marco le interesan los Foscari, y sobre todo el más joven de la familia, un adolescente llamado Tarsicio.

El muchacho no se enteró, pero Marco tiene su sonrisa atrapada en el lienzo.

La embarcación está cada vez más cerca, susurrando entre las hojas, mientras los ladridos de un perro dominan la tranquilidad de la tarde. El canto de tres pájaros distintos llena el ambiente de timbres y efectos incomparables. Marco oye cómo disminuye el ruido del motor, a la vez que un estallido de colores y risas corre sobre los tablones desvencijados del muelle.

¡Ahí está, tan hermoso como el año pasado!

Marco no se mueve de su lugar, corre apenas la banqueta para que los recién llegados puedan pasar sin rozarlo, y sigue simplemente mirando.

Tarsicio se detiene, se separa del grupo, y se acerca al viejo, con un gesto de asombro.

- ¿Señor, no nos vimos antes?

- ¡No, muchacho, estás equivocado!

El viejo se acomoda inquieto, un extremo de la manta toca el piso.

- ¿Lo ayudo?

- ¡No, gracias! Me parece que adentro están preparando el baile, no te lo pierdas.

El sol se esconde tras los Alpes, al tiempo que unos negros nubarrones se acercan sigilosos.

Los músicos afinan sus instrumentos. Todo el mundo está listo para la danza de bienvenida.

El tema principal resuena en el salón.

El viejo, que desde afuera escucha, se incorpora, toma el bastón, acomoda la manta y entra. No quiere perderse el comienzo del baile. Escalas y arpegios lo acompañan, mientras camina lento, buscando con su débil mirada la de Tarsicio, que baila alegre con una jovencita vestida de muselina.

- ¿Desea tomar algo señor? - lo invita una dama muy bien arreglada que lleva una bandeja con refrescos rubíes y naranjas.

- ¡No, gracias!

Marco se queda a un costado y observa. Todos bailan con entusiasmo: chicos, viejos, Tarsicio y su doncella.

Un solo de violín arpegiado describe el ambiente de calma; luego, al unísono, la orquesta ejecuta escalas ascendentes, al tiempo que una fuerte luz, una ráfaga y un trueno anuncian la tormenta.

Marco abre la puerta y sale, apoyado en su bastón, cruza la galería, baja los cinco escalones que llevan a una pequeña playa, camina contra el viento. Presiente que algo lo llama. Un festival de estruendos y colores se descuelga de un cielo amenazado. Mira hacia lo alto y una opresión en el pecho hace que su débil cuerpo se encorve, al tiempo que manotea, queriendo abarcar todo el aire. Se ahoga. Da dos o tres pasos y cae. Una lluvia torrencial cubre al viejo. Gruesas gotas corren por sus mejillas como lágrimas desconsoladas.

Los últimos arpegios se desvanecen en el salón. La tormenta se aleja mientras el Lago de Como descansa en medio de los Alpes Italianos.

Lejos de Bellagio, en una humilde casa, hay muchos retratos. Colgados, apoyados contra las paredes, apilados sobre un viejo mueble...

El de Tarsicio ha caído del estante más alto.





La Villerita [Arriba]

El tren de las ocho está repleto. Ella sube en José León Suárez, después de haber andado un buen trecho montada en el carrito de uno de sus hermanos. Se divierte con el zangoloteo que provocan las enormes ruedas al cruzar por pozos y cunetas, pero su trabajo está arriba del tren y a él se sube rápido, con el cargamento de todos los días, estampitas de inmaculadas vírgenes o santos guerreros, ajadas, casi sin color, de tanto manoseo y con un repertorio de canciones infantiles, para intercalar en el trayecto.

María Juana Leguizamón es su nombre, ojos negros de mirada muy profunda donde se puede leer el dolor de su existencia, cabellos abundantes y mal cuidados, un vestidito de algodón en pleno invierno, el mismo para el verano, y zapatillas embarradas, gastadas por el uso ajeno y el propio.

-¡Es una villerita!- dice una señora muy educada, mientras San Jorge, desteñido y con su espada, hace equilibrio sobre su impecable falda.

-¡Hay que tener mucho cuidado, son futuros delincuentes!- comenta otra, mientras marca en su celular el número del Ministerio a donde va una vez al mes a retirar su sueldo.

-¡A mí no me saca ni un centavo!- agrega una de más allá, mientras un señor de traje desliza con mucha suavidad los dedos en pinza en la cartera de la mujer.

Luego de recoger las estampitas sin haber conseguido ni un centavo, la nena a toda voz anuncia sus canciones acercándose a cada pasajero y preguntándole si la va a aplaudir. La mayoría de la gente, con apenas una sonrisa, asiente con la cabeza.

Y comienza el repertorio de María Elena Walch en una voz desafinada que crispa los nervios.

Cuando termina de cantar "Manuelita" pasa por cada uno de los asientos, con la mano extendida. Otra vez ni un centavo. Y sigue zigzagueando entre la gente que viaja apretada.

En Drago se cuelan tres mocosos con zapatillas impecables, de pelo rubión cortado al ras, tez curtida y ropa regalada. Saludan a la nena dándole un empujón al tiempo que le dicen:

-¿Che boluda, juntaste algo?

-¡No, son todos unos conchudos!¿Adónde van?

-¡A quilombiar por ahí! ¿Te quedás en el tren?

- Sí, tengo que cantar. Una vez una me dijo: ¿Por qué no vas al Colón nena? ¿Qué es el Colón?

-¡Ay boluda, es un lugar grande cerca del Obelisco, en la puerta está lleno de chabones con caras de maricas, le dicen entre carcajadas. A veces nos hablan, a veces ligamos algo. ¿Querés venir? Le contestan mientras no dejan de moverse.

-¡No, me gusta el tren!

-¡Después vamos al Once, ahí sí que se jode! ¡Dale vamos!

-¡Andate a cagar!

-¡Andate vos piojosa!- le dice uno de ellos mientras se zumba los mocos.

En la parada de Tres de Febrero los pibes bajan corriendo y haciendo morisquetas mientras desaparecen por las mugrientas escalinatas de la estación.

Cuando el tren llega a Retiro, María Juana es la primera en bajar. Muy apurada va hasta el último andén, ese que está a un costado contra una pared pintarrajeada, del que salen los que van al interior. Se encuentra con mujeres que pasaron la noche entre frazadas viejas y cartones y con alguna competidora de su edad.

Descansa un rato antes de volver a hacer el recorrido Retiro-Suárez, Suárez-Retiro por enésima vez. Sentada junto a las harapientas, come algún sobrante, toma gaseosa y le da unas cuantas pitadas a un pucho compartido.

De regreso a media noche, baja en José León Suárez y camina rápido esquivando los autos hasta hundirse en el oscuro callejón que la devuelve a la villa.

Al día siguiente María Juana Leguizamón saldrá como siempre, tomará el tren de las ocho, pero su rostro no será el mismo por las profundas ojeras y las dos mejillas golpeadas. Quizá a la noche vuelva, quizá vaya con sus amigos al Colón, quizá desaparezca.





El viaje [Arriba]

Hace una semana que salimos de puerto. Nuestro destino, incierto.
Fueron muchos años los que pasamos en ese país del que ya ni siquiera nos acordamos su nombre. Había infinidad de cosas que nos retenían, por supuesto, pero nuestra meta no estaba allí. Un lugar chato sin futuro y sin miras de cambiar. Fue lo que nos hizo decidir la partida.
La embarcación en la que viajamos no es muy segura. Tiene unos cuantos años de travesías, pero aquí estamos, y con ilusiones de que las cosas irán mejor.
En este momento sopla viento del sur a gran velocidad y nos sentimos un poco atemorizados. Los cabos chocan contra la estructura del "Esmeralda" y ¡las velas se inflan de tal manera...!
El mar está embravecido y sin embargo, por momentos sus aguas se aquietan. Algo nos está diciendo...
Estamos empapados pero seguimos mirando el horizonte desde la punta de proa, en donde permanecemos parados desde hace un buen tiempo.
El cielo y el mar son una sola masa, un solo torbellino. A lo lejos, muy lejos, una línea rosada, casi imperceptible, nos espera.





Joaquín [Arriba]

Golpeó la pared sin entusiasmo, pero con la secreta esperanza de que alguien viniera. ¿Por qué ese aislamiento? Por qué lo tenían prisionero, si siempre fue un tipo dócil, un imbécil en realidad?
- ¿Qué pasa Joaquín? - La voz de esa mujer, tan despreciable, tan desprolija, enfundada en un delantal blanco que le marcaba los excesos sin piedad...
- ¡Ya le dije que no quiero nada! ¡Lárguese, maldita!
La mujer salió del cuarto resignada.
Volvió a golpear con más fuerza; ya los nudillos de sus lánguidas manos le sangraban.
- ¡Ya voy, muchacho! - El chasquido de la cerradura se escuchó en las profundidades del recinto, desierto, desprovisto; sólo un colchón y un ventiluz en lo alto, casi rozando el cielorraso, enrejado.
Dos vueltas de llave: podría volver a desbordarse.
"¡Qué humillación! ¿Por qué esta cárcel inmunda?"
Por tercera vez golpeó la pared, con desgano, sin esperar nada. Lo esencial era que abrieran y lo dejaran en libertad. Y poder escupir a la gorda un "¡No joda y váyase al carajo!"
Ya no le divertía imaginar barquitos de papel navegando en el charco de pis. Ya estaba podrido de que el tiempo pasara y nadie viniera a decile ¡te quiero! "¿Sabrá Manuela que estoy aquí, se lo habrán dicho, o se quedó esperando como tantas veces? ¡Porque mirá que la dejé plantada, pobre Manuela!"
"Y si le digo a la gorda que avisen, a lo mejor la dejan entrar y hasta podríamos pasar una noche juntos. ¡Qué ganas tengo de tocarla, de deslizarme entre sus pliegues oscuros, tan obscenos, qué negra calentona Manuela!"
-¡Hay gorda de mierda, abrí, no aguanto más, vení, acariciáme, rápido, vení, gorda de mierda, vení!
La cerradura chirrió tres veces y la puerta quedó completamente abierta. Al fondo del cuarto, Joaquín, desnudo, recostado contra la pared, fláccido, con la mirada perdida en alguna ilusión.

- Le vamos a aumentar la dosis, Manuela, y cuando te llame, no lo hagas esperar.





El Faro [Arriba]

Es un cuartucho de mala muerte, y sin embargo el mejor lugar del edificio. Fabián lo bautizó "El faro"; desde allí puede dominar el universo.
Cuando se mudó al departamento de la planta baja el dueño se lo ofreció como una oportunidad. Nadie lo ocupaba y al precio que le propuso no podía desperdiciarlo.
En los primeros tiempos le pareció incómodo eso de tener que subir tantos pisos, sobretodo en esas horas malditas en que los inquilinos vuelven del trabajos o cuando los niños, aburridos del encierro juegan en los ascensores. Con el tiempo se fue habituando, y cada día le gusta más el lugar.
Es un cuartucho de mala muerte, con las paredes descascaradas y manchadas de humedad, pero las cuatro ventanitas, cada una dirigida hacia un punto cardinal son un tesoro. Cuando cae la tarde y la ciudad se enciende en mil luces y formas es cuando Fabián se siente pleno. Colocó su vieja Olivetti sobre una mesita rodante que ubica según su estado de ánimo, bajo la que da al norte cuando lo invade la melancolía, al oeste en esas tardes en que el cielo se tiñe de morados, rosas, púrpuras, al este en madrugadas que fueron continuidad de una noche de olvidos y al sur cuando su único motivo es recordar. Es en esa ventana en la que pasa más tiempo.
¿Qué le atrae del sur? Se preguntó tantas veces. Siempre la misma respuesta escucha desde su interior. ¡Todo!
Nació en el sur, entre eucaliptos, aromos y polvaredas. Con rodillas mugrientas pasó una infancia feliz. Cobunco le dejó la marca de los borceguíes en los pies y ese olor tan peculiar del uniforme de soldado impregnado en el cuerpo. Luego Camila, una muchacha de grandes ojos negros que se lo llevó a un pueblito que ni siquiera figura en el mapa. Fue después de una caminata en una tarde lenta. No tuvo más remedio que seguirla, le había hecho un hijo, y un hombre debe cumplir con su deber, primera regla que le había enseñado su padre.
Desierto, viento, soledad, viento, gris y más viento. Fueron años áridos, en silencio, junto a su mujer y su hijo. Y un día se sintió enfermo. Vio al médico, un viejo macanudo que atendía resfríos, partos y otros entuertos y que si uno no tenía dinero, recibía como pago, verduras, huevos, alguna gallina, lo que fuera. El viejo le dijo que debía dejar el pueblo, ya no podría aguantar más ese clima.
¿Adónde voy, si me quitan esto me muero? ¡A Buenos Aires, Fabián, no hay más remedio!
Cargó su camioneta con lo necesario. Aceptó la palabra del médico pero con una condición, cuando se sintiera mejor volvería a su pueblo.
El viaje sería muy largo hasta la Capital, quien sabe si su cuerpo lo aguantaría.
No vas a poder manejar todo el tiempo, le advirtió Camila. Vamos a turnarnos.
¡Pero mujer, si vos apenas sabés mantener el volante derecho!
¡Te voy a ayudar Fabián! Y partieron muy de madrugada con un frío que calaba los huesos. ¡No te preocupes Fabián, descansá, voy a ir despacio!

Una luz potente lo despertó en un lugar muy extraño.
¿Dónde estoy?
¡Descanse hombre, descanse!
¿Y mi mujer, y mi hijo?
¡Descanse hombre, descanse!

El ruido de la Olivetti se escucha desde abajo. Son las tres de la mañana y la ventanita que da al sur es la única que está iluminada en el edificio, en ese cuartucho de mala muerte.