Taller de Narrativa  
Luis Cáceres

Llorarás cuando lo hayas perdido. (Fragmento)



Llorarás cuando lo hayas perdido. (Fragmento) [Arriba]

No puedo precisar en qué momento de mi vida apareciste ni cómo empezó nuestra relación; es probable que yo me haya acercado a vos con temor. Te observaba fuerte y corpulento, no sabía tu nombre ni de dónde venías. Hablando con mis hermanos, o escuchando sus conversaciones, pude saber que habías venido hasta la Quebrada de Humahuaca integrando una tropilla de Vicente Baca, entonces maestro rural en Palca de Aparzo. En ese paraje alejado, adonde sólo se llegaba por caminos de herradura, mi madre atendía un pequeño almacén, el que había quedado en sus manos cuando falleció el jefe de la familia. Para el transporte de las mercaderías o traslado de las personas se usaban mulas y caballos; por esta razón tenerlos o no, era casi una cuestión de vida o muerte.
De aquella etapa de mi niñez recuerdo nítidamente la figura del maestro. Solía venir al almacén, punto de convergencia de los pobladores y de los viajeros que a veces pasaban con sus cargas de naranjas, procedentes de Oran; otros llevaban sal en panes, desde los salares del oeste provincial. Las noticias llegaban a través de estas personas o de quienes, de vez en cuando, recibían algún diario. Todos, pobladores y forasteros, se caracterizaban por su parquedad y el esmerado respeto por el prójimo. Nadie penetraba en nuestro almacén sin antes quitarse el sombrero para saludar. Baca llegaba a proveerse de algunas mercancías y como apeándose de su propia estatura, con un reproche simulado, me reclamaba haber faltado a clase. Siempre tengo presente su estampa; vestimenta de gaucho, botas negras corrugadas, pañuelo blanco al cuello y su pelo bien peinado; así, era imposible que le ganara el olvido.
En ese tiempo, otros personajes se introdujeron para siempre en mi mente; me es difícil precisar a partir de qué momento dejaron de ser sólo un rostro, para cobrar identidad sapiente y pensante y relieve humano, con sus propias virtudes y defectos. Entre ellos: Zenón Gallardo, artesano de varios oficios, quien, con la primera guitarra salida de sus manos, cantaba canciones de amores y olvidos, con la emoción subiendo por su garganta hasta el filo del pentagrama. Evaristo Morón, el hombre viejo y sordo, que un día, muchos años antes, había llegado para no salir nunca del lugar, excepto para ir a los montes cercanos a Orán, a buscar maderas, miel, naranjas o algún vacuno para su propia subsistencia. Nunca explicó el porqué de su exilio; lo máximo que llegó a revelar, con cierto orgullo, es que era chaqueño. Se tejían historias acerca de él; hasta se llegó a decir que era prófugo de la ley por un hecho de sangre. Nadie se hubiese atrevido a preguntarle dos veces sobre este mismo tema: había que levantar la voz y él permanecía imperturbable, enfrascado en su sordera y cubierta su cara por una barba espesa y canosa. En su cintura iba calzado un cuchillo, como vistiéndolo de confianza. En un cumpleaños de mi madre, Evaristo Morón, justo él, extrajo de su morral, que llevaba bajo el poncho, un envoltorio en descolorido pañuelo de seda y sin más se lo alcanzó: era La Biblia, un primor de tapas negras y hojas de un papel finísimo, que pasó a ser -más por su tenencia que por su lectura-, el tesoro más grande para la devoción familiar. El tiempo se llevó el libro, a compartir el destino de alguno de mis hermanos. Para mí quedó el recuerdo.

Habías llegado integrando una tropilla, procedente de la verde Serranía de Zapla, de los campos cercanos a la ciudad de Jujuy, donde abundan las pasturas, árboles coposos, ríos y arroyos de aguas límpidas. También de allí procedía el maestro. Toda la tropilla era de criollos, pero decía él que corría por tu sangre la de ancestros andaluces o tal vez árabes, y que eras descendiente de aquellos ejemplares que quedaron en América desde la época de la Conquista. Mi madre compró dos: el Zaino -no sé si era hermano tuyo o no- tan bueno y manso que pasó a ser su sillero hasta el día en que, asustado por el paso de un tren, se hundió en un pantano hasta el cogote; de allí nadie pudo sacarlo. Murió ante la desesperación de mi madre que, después de este hecho, nunca volvió a subir a ningún caballo. Dorita, la menor de mis hermanas, me dijo sollozando: "Mamá lo quería como a un hijo".
El otro eras vos. Te habían amansado de potro y cuando llegaste aún tenías atributos de redomón. Inmediatamente pasamos a llamarte "El Colorado". Crecimos juntos y con el tiempo fui descubriendo otras de tus características: brillante y uniforme el color de tu pelaje, tu crin se proyectaba en una raya negra y angosta hasta un poco más atrás de la cruz. Tu alzada era armónica con todas las partes de tu cuerpo. De frente se observaba tu cabeza, de orejas chicas que se echaban hacia delante cuando tus ojos detectaban algo que despertaba tu interés. De costado, la línea de tu lomo corría casi paralela a la del vientre, el que nunca fue abundante ni escaso; los cuartos traseros estaban coronados por ancas redondeadas y la cola caía suavemente hasta la altura de los tendones. Aparte de lo físico, me impresionaba tu docilidad, tu inteligencia y aplomo. Sabías mostrar gracia y gallardía cuando, teniendo como jinetes a mis hermanos o a mí, encontrabas la forma y el momento justo para despertar admiración, ya sea que cruzaras al paso, al trote o al galope. Cuando se calentaba tu sangre, eras capaz de ganarle una carrera al mismo viento.
Pero lo que más me impresionaba de tu carácter era tu nobleza y comprensión, que me quedaron marcadas de manera imborrable. Recuerdo aquella tarde en que nos sorprendió la helada lejos del ranchito. Con el golpe de frío, mis dedos estaban duros, las articulaciones empezaban a quedarse rígidas. Sentí un temor impreciso hasta que, aproximándote, apoyaste tu cuello en mi espalda y con la cabeza me frotaste tibiamente. Fueron instantes que parecían años. Salimos juntos y desde ese día sentí que eras mi hermano mayor.

Para quienes no la conocen, la Quebrada de Humahuaca es un surco profundo que, como una cicatriz indeleble, marca de Sur a Norte gran parte del suelo provincial. Por ese gran zanjón rugoso, flanqueado de cordones de montañas de colorido diverso, discurre el Río Grande: escaso y transparente en invierno, bravío y torrentoso en el verano. En sus aguas abrevó la historia, tanto la precolombina como la que generó la conquista y la posterior emancipación: la Quebrada fue camino obligado para comunicar, de sur a norte y de norte a sur, las corrientes mercantiles rioplatenses con las del Alto Perú.
Ese lugar era parte de nuestro escenario; allí estuvimos muchas veces los dos, para bañarnos en los remansos de esas aguas puras y cristalinas o simplemente para dejar transcurrir el tiempo sin medida, sin apuro, en silencio. A veces sucedía un pestañeo tuyo; otras, parecías dormitar, pero estabas siempre atento, como compartiendo mis pensamientos.

El verano, a lo largo de la Quebrada, transcurría apaciblemente. En ciertas ocasiones, por las lluvias torrenciales, los ríos se ponían de color chocolate y con su bramido, anunciaban el riesgo de intentar cruzarlos. Era oportuno entonces arreglar las monturas, limpiar las herramientas o, como en el caso de mi hermano Vicente, realizar algunas trenzas en cuero, para lo cual tenía gran habilidad. De sus manos salían riendas, bozales y cabestros y a medida que las coplas iban lubricando los tientos, su canto, a veces desafinado, se elevaba al infinito. Era un artesano autodidacta; el camino de su aprendizaje forjó también su carácter. Como entonces era joven, se sentía suficiente y a veces era díscolo, pero yo lo quería simplemente por esa virtud: trabajaba cantando.
Lo único que cambiaba el ritmo de vida de los habitantes era la llegada del Carnaval. Esa era la fiesta más esperada, para ataviarse con lo mejor, mostrar el caballo más cuidado, la montura bien armada y lo que era más importante aún, recibir durante los festejos, a un grupo de invitados que concurrían a cantar con caja, a comer y a brindar largamente con la chicha, producida con esmero. Era hermoso ver el humo de los fogones donde se preparaba la comida, subiendo lentamente hasta mezclar su azul con el del cielo y, rodeando la casa, una caballada de pelaje variado y la rueda de cantores copleros, a la que se iban sumando mujeres y hombres, aun los más tímidos y remisos, todos perfumados con el aroma de albahaca.
Los vientos del olvido se fueron llevando lentamente caballos, costumbres y personas. Aún me queda la esperanza de que las coplas no hayan muerto, que sean inmortales, que permanezcan, atesoradas en la voz de los paisanos, y que un día vuelvan, en la rueda de cantores, o acompañando el trepidar de alguna caballada.