Taller de Narrativa  
Luciana Cherti
Luciana
La Fondue
Una mujer
Josefina



Luciana [Arriba]

Luciana es su nombre. Lo deletrea mentalmente, le gusta, casi siente orgullo cuando, al elogiarlo, la sorprenden. Sentada en un barcito, ha pedido un café. Acaba de salir de un negocio. Al tomar sus datos, la empleada levantó la vista y le dijo: "Qué lindo nombre tiene!". Bebe un sorbo, sonríe. Su madre le contaba que ese era el nombre de la heroína de una novela romántica que había leído mientras la llevaba en el vientre. Sin embargo, no siempre lo sintió suyo; hubo una época, allá lejos, en que le sonaba extraño, diferente. Se acomoda en la silla; mira inquieta a su alrededor, como queriendo conectarse con algo que la saque de estos recuerdos. Todavía la conmueven tanto... Y vívidamente escucha ese "Luchana" que en su primera infancia se convirtió de pronto en Luciana...

Ya entregada, deja fluir con nostalgia, más y más recuerdos... Aparece el "Conte Grande", que luego de surcar el océano, toca puerto en Buenos Aires trayendo a Ana, a Giovanni y a su pequeña hija Luciana. Desde la cubierta del barco anclado, la niña ve cómo un pañuelo blanco que había estrujado ansiosamente, se le desprende de las manos, se posa en ese río marrón y se aleja, acompañando el flujo de las aguas. Esa imagen la acompañó siempre y todavía la acompaña.

Regresan otras... Es de noche. Por la ventana abierta, Giovanni, Ana y la pequeña Luciana miran el cielo surcado de aviones, muchos aviones. Sin embargo hay paz: la guerra ha terminado. Atrás quedó la carta que convocaba a su padre a las filas de la aviación; atrás el llanto de su madre, con el anuncio simultáneo de su embarazo... ¿Atrás quedaron, o siempre estarían presentes, las sirenas que anunciaban el inminente bombardeo, las corridas a los refugios antiaéreos, la espera interminable, la incertidumbre de lo que encontrarían al salir a la superficie? Habían salvado la vida, pero, una y otra vez, los muros del hogar derrumbados, los muebles destruidos, la inseguridad, la desesperanza. Testimonio de ello, la libreta que había guardado su padre, donde constaba: "Daños de guerra: 100%" ¿Sólo en lo material?

Casi sin querer, Luciana lleva la mano al pecho y acaricia una antigua medalla de oro que pende de su cuello con una gruesa cadena. En ella se cifra gran parte de la historia familiar. Hace poco tiempo que Luciana se atreve a usarla. Su padre la había comprado a una anciana para regalársela en prenda de amor a su madre, quien la guardó celosamente. Durante esos años tan difíciles, se había convertido en el único capital familiar. Una mañana de licencia, Giovanni recibe la noticia de que se acerca el enemigo haciendo una leva de hombres jóvenes. Huye y se esconde en la campiña. Al escuchar los pasos que se acercan, hace un hueco allí mismo y entierra la cadena. Piensa: "Me llevarán a mí, pero a esta cadena no". Casi sin respirar, siente los pasos que se alejan: el peligro ha pasado. Con parte de ese oro se pagaron los pasajes para América.

Luciana lucha hoy entre el deseo de conservarla y el deber de regalársela a sus hijos, para que la historia trascienda.

Se mueve inquieta en la silla, mira la hora, intenta levantarse, pero no puede. Lo que está evocando la inunda de melancolía. Se da cuenta de que no es poca cosa su historia; que atravesar una guerra y luego una emigración, deja hondas huellas. El desarraigo es doloroso; difícil la inserción social, el aprehender una nueva cultura y unirla a la propia...

Vuelven imágenes... Ahora es un camión militar. Otra vez Ana, Giovanni y la pequeña Luciana. ¿A dónde van? Hacia el nuevo límite: la línea de la tierra italiana se ha corrido. Dejan atrás la ciudad de Fiume, que ha visto nacer a Luciana; su mar, sus montañas... El pueblo de Sovignaco, la iglesia con su campanil, la vid que su abuela había plantado... Se alejan de la piel, de las caricias, de la presencia de sus seres queridos, sin saber cuándo los volverán a ver. Fiume pasó a ser Rieka (Yugoslavia), pero su padre optó por la ciudadanía italiana.

En Trieste, la familia encuentra un altillo para vivir y comienza a pensar en el futuro. Desde América llega una carta: "Giovanni, tenés que venir. Con ganas y esfuerzo, acá se puede labrar un porvenir". En la respuesta hay una condición: "No viajo solo. Viajo con mi mujer y mi hija".

Se comienza a preparar el "embarco". Ana abre un baúl, elige lo que se llevará: fotos de su familia, el vestido de bautismo de Luciana, con el porte enfant de seda natural, su máquina de coser. El padre, la máquina de escribir Olivetti y una herramienta, la tupí.

Luciana llama al mozo, paga su cuenta, alza la vista, sonríe. A pocos pasos de allí está la agencia de viajes. Camina decididamente hacia el local. Los ojos se le iluminan al ver los afiches: Cortina D'Ampezzo, Amalfi, Roma Antigua, Venecia, Florencia, todo es una invitación al viaje. El "buenas tardes" del joven vendedor la llama a la realidad. Contesta:

-Son muy buenas para mí.

A los pocos minutos ya está caminando apresuradamente hacia la parada de taxis. En su cartera guarda el sobre con el pasaje. Va camino a su casa, feliz; piensa en cómo anunciará a su familia esta decisión. Llega, desciende del auto, abre la puerta y, en vez de subir las escaleras, va directamente al escritorio de la planta baja y descubre la vieja Olivetti que, junto con la tupí, fue la base de la carpintería especializada en trabajos de tornería para la industria textil. De ahí se empezó a construir la paz, la casa grande, el lugar para disfrutar, el departamento de Mar del Plata... La ciudad de Mar del Plata, que les hacía recordar a Fiume. Su madre solía decir: "Sólo faltan las montañas. Así era el lugar donde vos naciste".

Y así se comenzó a armar una vida nueva.

El deseo de viajar se reaviva. Cubre la Olivetti y sube las escaleras con la emoción a flor de piel. En el palier, deja las llaves sobre el dressoir que ella misma diseñó, con las bases de hierro de la vieja máquina de coser. En ese momento viene a su memoria el texto que su madre escribiera para un diario de la colectividad italiana, cuando su esposo Giovanni falleció:

"Dopo la guerra, nel 1948, la famigliola che si era arricchita dalla prima figlia Luciana, era inmigrata in Argentina stabilendosi a Villa Ballester. In questa cittadina aveva aperto una falegnameria specializata in lavori de tornitura texile. Era felice di essere arrivato oltre l'ottantina per vedere la sua famiglia crescuta e stimata da tutti..."

- ¡Hola, mamá! ¡Cuánto tardaste!

La luz y el calor del hogar la sacan de los recuerdos. Su hija, su yerno y su marido están en el comedor.

- ¡Hola! ¡Tengo un gran noticia para darles...!

- ¿Sí, mamá? ¡Nosotros tenemos otra! ¡Vas a tener que preparar el moisés! ¿Y sabés qué? ¡El porte enfant de seda que trajiste de Italia sería el acolchadito ideal para mi bebé!

En ese momento irrumpen su hijo y su nuera desde la cocina:

- ¡Mamá, Malena y yo pensamos que el domingo podemos festejar y preparás la polenta con el bacalao mantecatto, como lo hacía la nonna!

Luciana, con los ojos húmedos, mira a su marido, y ya no hacen falta más palabras...





La Fondue [Arriba]

La casa frente a la playa luce majestuosa su fachada blanca sobre el tupido césped, en este atardecer de marzo. Desde el gran ventanal del living, el mar en calma se incorpora a la decoración, junto a los muebles de estilo provenzal y a los mullidos sillones floreados.

Un corto pasillo lleva a la cocina. Sobre la mesada de mármol varios utensilios necesarios para los menesteres de cocina, esperan.

De pronto todo comienza a tener movimiento. Unas finas manos bajan del estante la brillante craquignole de cobre; se enciende la llama, que rápidamente abraza el recipiente; este recibe al seductor chocolate en forma de lluvia; se le une la crema con suaves movimientos envolventes, cual dama enamorada.

Se enlazan el olor y el color, la textura se espesa. Es el momento de bendecir esta unión con el ardiente kirch.

La alquimia es perfecta. Un aroma cálido invade la casa.

En la mesa ratona, sobre la carpeta de encaje, velas, con su tenue luz, iluminan las nueces y las frutillas en sus canastitas. Estas llevarán la crema a la boca, deleitando al paladar.

Suena el timbre una y otra vez. Besos, abrazos apretados, manos que se unen, ojos ávidos de ver, de reconocerse. Son mujeres, amigas. Después de largo tiempo vuelven a encontrarse.

En una época compartieron sus vidas, se acompañaron hasta el momento de atravesar cada una el umbral de la casa paterna, para escribir su propia historia. Las confidencias se amontonan. Pasan de las sonrisas a las lágrimas, y a las carcajadas también.

-¿Te acordas de Pedro, cómo te miraba cuando pasabas con el uniforme?

- Está viviendo en Francia...

- ¿Y Susana?

- Se dedicó a su profesión.

- Pensar que quería tener por lo menos seis chicos...

Aquí están reunidas, con sus triunfos y sus fracasos. Pies que se descalzan, aros que se apoyan sobre la mesa, un cinturón que cae sobre el respaldo del sofá...

Las fotos van pasando de mano en mano. El humeante café, en su cuarta vuelta, anuncia que la velada avanza. El tiempo no se detiene. Los minutos se hacen horas, y los vínculos se renuevan, afianzándose.

La craquignole deja ver el fondo y lentamente se va llenando de nostalgias...

Las mismas manos que prepararon la fondue, vuelven el recipiente al estante.

En la casa persisten las vibraciones del buen momento pasado. En definitiva, ¿qué es la vida sino una sucesión de momentos...?





Una mujer [Arriba]

Una mujer de esbelta figura busca ansiosamente en la cocina una receta que casi no recuerda.
"Aquí está." -se dice- "Es una joyita para momentos especiales."
Y acompañada por una suave melodía, comienza a mezclar el queso crema con el salmón ahumado, incorpora las dos cucharadas de cognac, algunas alcaparras.
La mezcla va adquiriendo un suave color rosado y refinado sabor.
Las tarteletas esperan recibir el relleno.
El toque final será el caviar.

Después de tomar un baño de inmersión, se enfunda en un vestido negro de profundo escote en la espalda y hasta se anima a poner en su cabello húmedo, una rosa roja.

La tenue luz del ambiente deja ver la bandeja plateada. Sobre ella, cerezas esparcidas, dos copas de fino cristal, la botella de champagne en el balde con hielo, un plato de Limoge con las tarteletas.
Suena un timbre, pero es el teléfono.
- Sí...sí...sí... No te preocupes, lo dejamos para otro día. Yo sé esperar...
La mujer cuelga.
Al instante, una copa se hace trizas contra el piso





Josefina [Arriba]

En la casa hay una emoción especial: una nueva vida se anuncia en el vientre de su hija. Llegará un ser que hará de la hija una madre, y de la madre una abuela, por primera vez.
Cintas de raso, batitas de seda y sabanitas de linón ocupan el lugar preferencial.

Están en el consultorio de la obstetra.
- ¿Escuchás, mamá?
Los latidos del corazoncito de su nieta confirman las palabras de Serrat:
"El cuarto mes /le pesa en el vientre/ a esa muchacha en flor, /por la que anduvo el amor /regalando simiente."

Las nueves lunas se van cumpliendo. Su nieta se llamará "Josefina".

Y el momento tan ansiado se produce: el milagro de la vida dice: "Aquí estoy."
Con Josefina en sus brazos, su carita en el pecho, sólo puede musitar: "Gracias a Dios."