Taller de Narrativa  
Linita Negro Vilar
Contemplación El Secreto


Contemplación [Arriba]

Cae la tarde de un cálido y luminoso día invernal. A través de mi ventana me maravillo con la puesta de sol. El rosa predomina en el cielo. Quisiera poder atrapar para siempre ese colorido indescriptible. Los árboles del parque lindero, que se elevan hasta el sexto piso, mecen suavemente sus ramas. Como la mayoría son coníferas, el invierno no logró despojarlas. Algunas palmeras evocan el calor tropical.

El sol se esconde rápidamente. Queda ahora una semipenumbra cargada de misterio. Un profundo silencio rodea el parque. Los pájaros han dejado de trinar y la noche se cierne cubriéndolo todo con su manto oscuro. ¿Dónde están las palomas, los insectos? ¿Dónde está la vida? La quietud es casi sobrecogedora; es como la nada. Una vez más habrá que esperar muchas horas para que todo vuelva a bullir.

A lo lejos se van encendiendo las luces de un edificio. Paulatinamente va regresando a sus hogares esa gente tan cercana a mí, y tan distante. Día tras día me verán en mi escritorio, como yo los veo a ellos en sus cuartos, y seguiremos sin saber nada unos de otros. Seguramente cada cual imaginará cosas, atará cabos, tejerá su historia. Pero continuaremos siendo extraños, ajenos a las cosas que nos pasan.

Desde hace días, un nuevo personaje ha aparecido en escena. Es un pintor. Diariamente lo observo colgado de su silleta. Sus únicos compañeros son un tacho de pintura y un pincel. Se desliza con asombrosa habilidad y sus pies resultan tan útiles como sus manos. Con ellos se apoya en la pared para moverse hacia un lado y hacia otro, dando pequeños saltitos que me recuerdan a los simios. Cuando pende a la altura del piso dieciséis, un escalofrío recorre mi cuerpo.

¿Qué extraña sensación habrá experimentado la primera vez que se dejó caer hacia el vacío? ¿Cómo logró dominar sus miedos, si los tuvo? ¿Cómo nos verá desde allí arriba? Me quedo contemplándolo largamente. Sus movimientos son acompasados, seguros. Pareciera estar en tierra firme. Quizás sí lo está con su pensamiento. No puede pasar tantas horas sin pensar en su familia, en sus proyectos, en su vida toda. Es un trabajo más, dirán algunos. No lo quisiera para mí. Este hombre pone, diariamente, en riesgo su vida que depende de dos sogas y un trozo de madera. Sin embargo no parece aferrarse a ellas con desesperación... Se maneja con soltura y parece sentirse cómodo. Quizás habrá llegado el acostumbramiento o la resignación ante la necesidad de tener que trabajar para sobrevivir. Esta palabra suena absurda si se piensa que, precisamente, lo que pone en riesgo es su vida.

Otra cosa que me intriga es saber cómo nos verá desde esa altura. Por momentos se queda curioseando lo que sucede abajo. A su derecha tiene la avenida Maipú, con su ruidoso tránsito, y a su izquierda los techos de las casas y el río. Frente a su cara, una interminable pared blanca con la que sostendrá largos coloquios. Seguro que es el testigo mudo de sus pensamientos. ¿Nos verá empequeñecidos e indefensos? ¿Le dará otro valor a su vida al tenerla pendiente de un hilo? Quizás, en la inmensidad del espacio, se sienta más libre, más importante. Algo es seguro: él no imagina que lo contemplo todos los días, ni las inquietudes que genera en mí.

Hoy es domingo; las sogas caen con desgano al vacío. Les falta el motor que las haga vibrar y juguetear de arriba hacia abajo, como si estuviesen vivas. Ellas son las verdaderas protagonistas; sin ellas, el hombre no sería nada.





El secreto [Arriba]

Tenía una mañana muy complicada y los tiempos urgidos. Varias personas estaban pendientes de ella. Comenzar el día así, la ponía de mal humor. Su vida había sido una constante carrera contra el reloj y se preguntaba una vez más, cuándo cesaría ese fárrago.

"Cuando te pongan el "R.I.P", se oyó respondiéndose.

No lo decía de manera trágica. Esbozó una sonrisa mientras esperaba con impaciencia que su computadora terminara de ubicar el portal del banco con el que operaba. Tenía una cita a las once y necesitaba contar con la dis-ponibilidad de sus saldos.

Sorbió un trago de su té verde, del que tantas maravillas le habían contado, y decidió constatar el saldo de su tarjeta de crédito a través de este servicio que le ofrecía la tecnología. Miró su reloj. Eran las diez. ¿Por qué estaba tan lenta la máquina?

"Soy yo la acelerada", reflexionó, mientras tomaba conciencia de que su filosofía de ir resolviendo las dificultades en la medida en que iban pre-sentándose, ya no le estaba dando resultado.

Tomó otro sorbo de té con impaciencia y con la taza en la mano, miró por la ventana pegada a su escritorio. Lo que vio la dejó fascinada. Era la otra cara del apuro, del compromiso.

Admiró el enorme parque que lindaba con su casa. Allí convivían añosos pinos, ombúes, palmeras, jacarandáes y cedros que parecían competir en altura y belleza. Hacía treinta años que habitaba en ese lugar y seguía sin poder sustraerse al hechizo que su contemplación le provocaba.

La enorme alfombra de césped se veía serpenteada por caminos de pedre-gullo que permitían recorrer ese paraíso de una cuadra de largo. En prima-vera, los colores lilas, celestes, rosas y blancos de los árboles en flor pre-tendían descollar entre el predominante verde. No abundaban las plantas de jardín. Sin duda, la alargada vivienda estilo campo del casero, de paredes blancas y tejas rojas, ponía la cuota de calidez que podría faltar en ese oa-sis.

A su mente regresaron los comentarios de sus familiares y amigos cuando supieron que habían optado por la compra de un departamento en contra-frente.

"¿No pensaron que ese inmenso terreno pronto va a ser vendido?", opina-ban unos. "¡Qué vista maravillosa! Lástima que con la ubicación que tiene, en cualquier momento se lotea para construir esas horribles torres de ce-mento" , decían otros. "¿Quién es el propietario de tanta belleza?", acotaba alguien más optimista.

"No se sabe. Hace muchísimo tiempo que este bosquecillo, conocido en la zona como "la quinta de Grosso", mantiene el secreto sobre sus propieta-rios. Nosotros apostamos a compartir el crecimiento de ese palo borracho, o de ese ombú, o del cedro azul que casi acaricia la ventana del escritorio", respondimos con entusiasmo.

Abrió la ventana y quedó absorta. "Esto me lo puso Dios para equilibrar mis ansias", razonó.

Los personajes que acababan de entrar a la quinta parecían salidos de una vieja película inglesa, de esas en blanco y negro, que hicieron las delicias de varias generaciones.

"¡Qué pena que este espectáculo no tenga sonido!", se dijo. Aunque los gestos de esos actores eran tan elocuentes que, con un poco de imagina-ción, se podría tejer una historia. Recorrió con su mirada al grupo que componía ese cuadro. Pudo reconocerlos por lo que llevaba observado a través del tiempo.

Muy cerca de la tranquera de entrada y, manteniendo una respetuosa dis-tancia, esperaba el chofer. Próximos a la casa y al cerco de ligustrina, que la separaba de la frondosa arboleda, conversaban tres personas. La más co-nocida y familiar era el casero al que veía, a diario, rastrillar las hojas o pa-sar la cortadora de césped.

"Se lo ve mayor. Al igual que yo, va envejeciendo con los árboles" , medi-taba mientras le parecía descubrir, por primera vez, las rugosidades, los nu-dos y deformaciones de sus troncos.

La señora mayor era la dueña de ese parque. Elegantemente vestida, tenía un aire de distinción que le hacía recordar a las descripciones de Agatha Christie. Era alta, fuerte y muy erguida. La cesta de mimbre que colgaba de su brazo derecho contrastaba con su imagen de quien todo lo puede. Podría decirse que le quedaba ridícula, si no generase tanta tibieza por su conteni-do. La utilizaba para recoger flores y ramas.

Completaba este pequeño grupo una niña de unos doce años que, con una tijera, iba cortando lo que le indicaba la dama. Era la nieta del cuidador. Cada vez que la chiquita le entregaba una rosa, la señora se lo agradecía pasándole cariñosamente la mano por la cabeza, junto con una sonrisa y un comentario que bien podría ser:

"¡Cómo creciste en estos meses! Estás hermosa. ¿Cómo van tus estudios?"

"Bien. Por ahora me eximo en todas. Mi nota más baja es en gimnasia. No me gusta hacer ejercicio"

"A mí tampoco. Tratá de leer mucho. Si querés puedo prestarte libros que te gusten. Tengo una biblioteca muy surtida. Pensá que cuando yo tenía tu edad no había televisión, ni videos, ni las computadoras con sus jueguitos. Y los dibujos animados los veía en el cine o en alguna revista como el Pato Donald. Te darás cuenta que el día se me hacía interminable. Los libros fueron mis mejores compañeros"

"Gracias. A mí también me gusta mucho leer. ¿Usted tiene nietos?", que-rría saber la nena.

"No"

"Qué pena. Yo no tengo abuelas. La mamá de mi mamá falleció hace dos años y a la de mi papá no la conocí. No sé mucho de ella. Parece que murió cuando él nació. ¡Me gustaría tanto tener una abuela que me leyera cuen-tos! "

"Mi amor, yo daría todo lo que tengo por cumplir ese papel. Las circuns-tancias quisieron que me vea privada del placer inefable de ser abuela."

"¿Quiere que yo sea su nieta?"

Al percibir el temblor de las flores que su ama sostenía y la palidez de su rostro, el casero se acercó diciéndole:

"Perdón, señora. ¿Recorremos un poco el jardín? Hacia la otra calle hay otras plantas con flores muy hermosas..."

Los tres caminaban lentamente. Pasaban por debajo de su ventana cuando, de pronto, sus ojos se encontraron con los de la anciana. Sintió pudor por haber participado de algo que, suponía ahora, debía haber sido privado. ¿La habría reconocido? ¡Había pasado tanto tiempo desde aquel día!

Aún resonaban en sus oídos las palabras de esa aristócrata que le repetía:

"Por favor, escribana, prométame que guardará el secreto. Nadie, absolu-tamente nadie, deberá enterarse del motivo por el cual no podrá venderse, hasta el día de mi muerte, la finca cuya escritura acabamos de firmar."

Sí. Lo había hecho. Nadie supo ni sabría por ella, el por qué, sobre la ave-nida Maipú, sobrevivía al avance del modernismo y a la ambición del hom-bre, ese soto que parecía sacado de una postal. Sólo ambas conocían el misterio que encerraba esa arboleda que transmitía tanto encanto... y tanto dolor.

No podía dejar de observarla, mientras se alejaba con su cesta de flores ha-cia el final de la quinta. Parecía menos fuerte, menos erguida. No era para menos. ¿Cómo habría hecho para soportar durante tanto tiempo el peso de tamaño secreto? Sintió que se le estrujaba el corazón.

El casero y su nieta la seguían solícitos. El chofer continuaba esperándola apoyado en la tranquera. El sol comenzaba a calentar y los pájaros y las mariposas revoloteaban, disfrutando de su libertad.

Cerró la ventana. Apoyó la taza sobre el escritorio. La computadora, can-sada de esperar, había dejado en blanco su pantalla. Accionó el pulsador y rápidamente vio reflejado el menú que le pedía que eligiera la opción de-seada. Automáticamente oprimió "cancelar".