| Taller de Narrativa |
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| Jorge Nieva |
Volviendo a Casa
Contra tiempo
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[Arriba] |
-¿Por dónde vamos, Oso? ¿Por el puente?
-No, Negro, lo están arreglando y a esta hora es un quilombo. Para peor la barrera de Niceto Vega sigue clausurada. Vamos por Corrientes.
-¿Y si está cerrada?
-Te metés de prepo y pasamos con las barreras bajas. Hacé lo que te digo. ¡Dale, Negro!
Al doblar por Corrientes a la altura de la plaza Los Andes, vieron que la cosa no iba a ser fácil: la fila de autos llegaba hasta Dorrego.
-¡Uy, Oso!; ¡Mirá! ¡Qué cagada! Hay un tren parado, tapando la avenida, ¡y es de carga!
-Vos metéte, Negro, dále. Metéte y no le aflojés a la sirena.
-Si nadie le da bola… -argumentó el Negro.
El Oso ensayó otro método:
-¡Eh, señor! ¡Corrase, por favor!
El tipo se movió un metro.
El Oso sacó el brazo por la ventanilla y le agradeció con el pulgar hacia arriba.
Del otro lado, el Negro, más verborrágico que diplomático, trataba de forzar el paso:
-¡Dále, Flaco! Aflojá con Los Redondos, que así no vas a escuchar ninguna sirena. Dále, movéte. Eso, hermanito, ya puedo pasar.
-¡Eh, tío! ¿Qué hacés? ¿Me mirás por el espejo y no te corrés? ¿Qué te pensás, que vamos a buscar pizza?
A fuerza de sirena, bocinazos, gritos, y la presencia intimidatoria del imponente paragolpes, lograron ubicar el vehículo rojo justo en la línea de la barrera. Pero el tren seguía allí, ajeno a toda urgencia. Llegar a esa posición les demandó tres o cuatro minutos. ¿Cuánto más tendrían que esperar? El Oso explotó:
-¡Me cago en los ferrocarriles argentinos! ¿Me podés explicar qué corno hace este tren parado justo acá? Para colmo, la otra barrera está cerrada hace un mes. ¿Cuándo carajo labura éste gremio de mierda?
Pasaron otros tres eternos minutos. El Oso intentó parar el reloj dando órdenes:
-Fito -se dirigió al tercer hombre sentado atrás. -Tené el equipo listo, cuando lleguemos no podemos perder ni un segundo. ¿Revisaste el maletín? ¿Están todos los fierros?
-Sí, Jefe -se limitó a responder el parco Fito.
-Che, Oso; ¿y si retomo y nos vamos por el puente?
-Cortála, Negro, con el puente. Después del bolonqui que armamos, no nos vamos a ir.
Por fin, un potente bocinazo anunció la partida.
- ¡Era hora! ¡Vamos, carajo! ¡Dale, dale, dale! -empujó el Negro.
La vieja y gastada diesel vomitó humo. Entrechocando los vagones, la formación empezó a arrastrarse como un gigantesco ciempiés de hierro.
-¡Pero este bicho es más largo que la procesión de la Virgen del Valle!, -protestó el Negro, contando los vagones para matar la impaciencia.
-Dieciocho, veinte, veintidós…treinta, treinta y dos, treinta y cuatro…¡cuarenta y seis, cuarenta y ocho, cincuenta! ¡Y el furgón de cola! ¡Qué lo parió! ¿De dónde mierda habrán sacado tantos vagones? No me digás, Oso, le tienen que haber pedido prestado al Uruguay.
-¡Cortála, Negro! En cuanto levanten, metéle pata y no aflojés.
El lunes temprano apareció por la oficina de guardia
-Buen día, gente -saludó desde la puerta
-¿Qué hacés, Osito? ¿Qué te trae por acá? Pasá, ¿querés un mate?
-Gracias, Flaco -aceptó. -Vine porque ando con ganas de pedir el retiro y quiero averiguar qué necesito.
-¿En serio, Oso? Muy buena decisión; te felicito. No necesitás nada; solamente firmar la nota y presentársela a tu jefe para que le dé curso. ¿Ya hablaste con él?
-No, todavía no. La idea es nueva. El fin de semana charlamos con mi señora y ella quiere que largue. Está un poco asustada, viste; ya cayeron dos muchachos y la mano viene pesada. Además, a mi cuñado le va bien en el negocio y quiere comprar otra camioneta para que trabaje con él.
-Entonces no esperes más, Oso. ¿Qué antigüedad tenés?
-Veinticuatro años y seis meses.
-Listo, se te computan veinticinco. Mirá: voy al detall, pido tu legajo para sacar los datos que preciso y te hago la nota. Mientras tanto hablás con el Colo. Sabés que con él no hay problemas; es un pingazo. Seguro que te manda a casa mientras dura el trámite. Además vos te lo ganaste.
-Sí, ya sé; pero no hay tanto apuro, Flaco. En todo caso la próxima guardia vengo y hablamos.
-¡Qué próxima guardia ni próxima guardia! No hay nada que hablar. Si te decidís, ésta puede ser tu última guardia. Sabés qué lindo; mirá: no le comentás nada a tu señora ni a los chicos, y el jueves a la noche, cuando te empiece a preparar el bolso te hacés el tonto y le preguntás:
-¿Qué hacés, vieja? Me juego que te contesta: "¿Cómo qué hago? Te preparo el bolso; ¿no entrás de guardia mañana?" Y vos sin mirarla, bien canchero, le decís: "No, si no voy más. ¿Cómo, no te conté?" ¿Te podés imaginar la alegría de ella y los pibes? Y el viernes, en lugar deestar vos acá y ellos en casa viendo tele, se van a cenar afuera. ¡Qué envidia, Oso! Si yo pudiera…, pero todavía me faltan cinco años.
-Sí, tenés razón, Flaco, pero no me apurés. El viernes vuelvo y seguro que concretamos.
-Sos duro, Oso. Bueno, hacé como quieras, pero te espero el viernes.
Volvió, tal como dijo. Ni bien entró, el Flaco sacó del cajón un expediente con tres fojas llenas de sellos.
-Mirá, Osito, no perdí tiempo, ya te la preparé. Le pongo la fecha, firmás y a otra cosa.
-¡Gracias, viejo! Parece que me querés echar, sí o sí. El Colo no viene hasta el mediodía, así que a la tarde lo encaro.
-Ya lo sabe, Oso. Cuando fui a sacar los datos de tu legajo, alguien le sopló al oído. Al rato me llamó, así que le conté todo. Solamente espera que vayas a verlo; ya tenés el campo arado.
-Gracias de nuevo, Flaco. Después vengo y te cuento.
La mañana se fue sin mayores novedades: únicamente dos salidas cortas por ascensores detenidos. Lo que se dice, una guardia tranquila.
Llegó la hora del almuerzo y después la siesta, interrumpida por un principio de incendio en un local de Plaza Italia. Al regreso, los entretenimientos de costumbre: metegol, dominó, ajedrez, damas y el infaltable mate.
A las seis y media en punto retumbó la campana de alarma. Todas las miradas se dirigieron a los tableros indicadores: se encendió el rectángulo naranja con la letra "E". Tres tipos corrieron hacia el patio central. Los demás siguieron con sus pasatiempos; no era trabajo para ellos.
La Ford tres cincuenta roja apareció por Ángel Gallardo como una exhalación. Doscientos metros antes del parque Centenario el tránsito estaba cortado. Frenó entre gran cantidad de patrulleros en la esquina de Leopoldo Marechal.
-Llegamos, Oso. ¡Qué de "trullas" que hay! ¿Qué nene vivirá acá?
Antes que la camioneta se detuviera, el Oso ya estaba abajo. El oficial a cargo vino a su encuentro.
-¿Qué tal, muchachos? Pueden trabajar tranquilos, ya evacuamos el edificio.
-¿Quién vive; Jefe? ¿Algún pescado gordo?
-El agregado naval en Estados Unidos. Pero el fulano está en Washington, así que pensamos que es un paquete intimidatorio.
-¿Dónde está el bulto?-, preguntó el Oso, mientras se ajustaba el equipo protector.
-En la escalinata de entrada, atrás de la columna de la derecha.
-Fito, dame el estetoscopio y quedáte acá -ordenó el Oso.
Fue solo. Dejó el casco en los escalones y se arrodilló junto al envoltorio con forma de caja de zapatos. Apoyó suavemente el estetoscopio en la cara superior. El latido del inquietante corazón mecánico se dejó oír claramente. Sin darse vuelta mostró el puño cerrado con el pulgar hacia arriba, mientras deslizaba el instrumento por las otras caras para apreciar de qué lado sonaba más fuerte.
Ahora sí. Giró y pegó unos gritos:
-Negro, avisá a la central que es positivo.
-Jefe, aleje a su gente; están demasiado cerca.
-Fito, traé el maletín.
No hizo falta otra indicación. Fito llegó con el maletín y alineó delante del paquete el instrumental necesario; luego sostuvo la caja firmemente con las dos manos. El Oso tomó el bisturí y abrió una ventana en la cara de arriba. Fito aflojó la presión y soltó la caja. Enfocó la linterna al interior para estudiar el contenido: pan de trotyl, fuente de energía y mecanismo de relojería.
-Listo, -dijo el Oso -hay que cortar el amarillo.
Fito le alcanzó el alicate de puntas largas.
El Oso le quitó la linterna. -Andate - dijo sin mirarlo.
-Pero…, Oso…
-Tomatelá Fito, andá a la camioneta.
Todavía de rodillas, giró el torso para comprobar que su compañero se alejara lo suficiente.
El artefacto no era de gran poder: a Fito lo alcanzaron unas esquirlas.
El Oso quedó de cara al cielo.
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Conducía la moto con pericia por el congestionado y nervioso tránsito de la ciudad. Con aceleradas cortas y suaves toques de freno avanzaba zigzagueando entre la interminable fila de vehículos,
La prisa era la normal en alguien que deseaba llegar luego de la jornada de trabajo que ponía fin a una semana complicada. Había finalizado su servicio y regresaba a la base de operaciones para tomar una ducha, cambiarse y volver a casa para empezar a gozar del muy ansiado franco de fin de semana.
La luz roja del semáforo le hizo detener la marcha por enésima vez. Durante la impaciente espera, el parlante de la radio emitió la alarma con el mismo tono impersonal y sin matices de siempre: Intento de robo y tiroteo con toma de rehenes. El aviso le cayó como agua helada. Era algo habitual en estos tiempos, pero este pedido de auxilio se refería a un lugar muy cercano, tan sólo a diez cuadras de allí. Pensó que, casi con seguridad, llegaría antes que nadie.
La luz del semáforo pasó a verde. Puso el guiño y giró a la izquierda para salir de ese lío por la primera calle transversal. Como había rehenes de por medio, decidió no conectar la sirena; se abriría paso a bocinazos y destellos de luces y balizas.
En menos de tres minutos llegó al cruce de las calles señaladas en el alerta. Había gente en la esquina. Algunos se asomaban con mucha cautela mirando lo que ocurría en mitad de cuadra. Parecían estar jugando a las escondidas. Detuvo la moto y se bajó. Sin pedirlo, obtuvo rápidamente un informe de situación por parte de los curiosos.
-El que está tirado contra el paragolpes del auto es compañero suyo. Estaba comprando en la droguería, quiso intervenir y empezaron a los tiros. Yo justo entraba y me tiré de cabeza al suelo.
Otro de los presentes tomó la posta.
-Los chorros eran dos. El policía de civil hirió a uno, el tipo corrió para la esquina y quedó tirado allá a la vuelta. El otro se escudó en un pibe que le arrebató a esa señora y bajó de un tiro al poli. Después se metió con el chico en el edificio de al lado.
La señora rogaba con desesperación:
-¡Se llevó a mi nieto! ¡Sálvelo, por favor...!
-Quédese tranquila, señora, todo saldrá bien.
Poniendo en juego un raro sentido logrado en las calles, eligió de entre la gente al que le pareció más decidido y le pidió, casi como una orden:
-Sáquenla de aquí.
Dicho esto, desenfundó la pistola y corrió a gachas hasta llegar junto a su desconocido camarada.
-¿Cómo estás?- dijo, al tiempo que le desabrochaba la camisa para ver mejor el sangrante agujero a la altura de la clavícula derecha. -Tenés la bala adentro, pero de esta no te vas a morir. Tomá, te dejo el handy; pedíte ambulancia y refuerzos. ¿Está solo el que se llevó al pibe?
-Sí, es un pendejo, y parece dado vuelta. Tiene un treinta y ocho; me tiró dos tiros…, creo que ninguno más. Se metió en el edificio viejo; pero no vayas, esperá ayuda.
-No te preocupes, voy a ver, nada más.
Desde donde estaba estudió el frente, igual a tantos otros del Abasto: eran cuatro pisos. Oficinas o conventillo, pensó. Alguien cruzó la calle y le aportó datos fundamentales:
-Soy el encargado del edificio. -se presentó. - Todos los pisos son de oficinas, pero hay poco movimiento de gente. La mayoría están cerradas, así que el fulano debe estar en la terraza.
Desde las cuatro esquinas, los curiosos vieron con asombro cómo la estilizada figura de azul, con el casco de motociclista todavía puesto, se deslizaba sin dudar al interior del edificio.
Sigilosamente fue subiendo la escalera hasta el último piso. Encontró el viejo ascensor con las puertas abiertas, como mudo testigo del escape. Con suma precaución y el cañón del arma por delante, comenzó a abrir la puerta que daba a la terraza. No vio a nadie; pensó que tal vez había saltado a otro edificio, dejando al chico. "¡Ojalá!", rogó.
Empujó la puerta y de un salto se parapetó detrás de un tanque de agua en desuso. La mala noticia le llegó por la espalda desde un cuartucho de mala muerte.
-¡Soltá el fierro!
Giró lentamente. Desde la calle, el sonido de las sirenas anunciaba la llegada de los patrulleros. En minutos nada más, contaría con ayuda. Sólo debía ganar tiempo.
Un flaquito de ojos enrojecidos le apuntaba detrás de la criatura.
-Dejá ir al pibe, no la embarrés más. - le dijo, apuntándole a su vez.
-¡Soltá el fierro, mierda, o lo quemo!- le replicó, poniendo el caño del treinta y ocho en la cabeza del chico.
-Mirá, no...
-¡Qué, no oíste!... ¡Lo quemo, carajo, lo quemo...!
No pensó más, o pensó en la vida del pibe…
-Está bien, está bien- y se agachó para dejar el arma en el suelo.
El dedo presionó el gatillo respondiendo a la orden de neuronas dañadas.
El disparo le dio en el cuello. Quedó de espaldas. La sangre, saliendo a borbotones por la carótida, le mojaba el cuidado cabello recogido dentro del casco. Los finos dedos de la mano, asomando por el medio guante, palparon el torrente tibio, imparable, que se llevaría en unos instantes los veinticuatro años que había demorado en enfrentarse a su destino.
No disponía de tiempo para balances. Sólo pensó en qué había hecho de malo o de bueno en el momento crucial. Y no se arrepintió de nada.
Después de todo, ella era madre, también.
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