| Taller de Narrativa |
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| Irma Beltrán de Di Nella |
Monólogo de la espera
Una vida, dos palabras
La mujer vestida de negro
Sueños
Un bar, una taza...
Vestigios
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| La mujer vestida de negro |
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Estaba ahí, en un rincón, casi inadvertida. Alta, elegante, vestida de negro, enigmática. Se detuvo en los rostros, en esa casi puesta en escena. Sólo su voz interior impidió la risa que suelta la farsa. Miró a la viuda, de reciente y prolijo peinado, atenta a su maquillaje. Con ella, sus tres hijos adolescentes, turbados, confundidos en abrazos de amigos y en palabras de aliento. Ansiosos, en un ir y venir en busca de café. Cuñadas, hermanos... Dolor en expresiones: "¡Pobre, qué injusta es la vida!", "Nada menos que a él, padre y amigo como pocos, un lujo de marido". "Pocas, pocas son las mujeres que tuvieron la suerte de Marta...".
Pasos rápidos transportando coronas; olor nauseabundo a flores. Ella ahí. Amplios anteojos enmarcaban su rostro. Buscó un sofá en el cual descansar sus nervios. Gemidos, comentarios, y la sorpresiva, estentórea carcajada de algún desubicado. Enorme cruz, un Cristo doliente, sendas velas, un cuerpo que yace en su adiós postrero. Minutos, horas lentas...
Dos hombres de traje negro y guantes blancos se acercaron a la viuda y le hablaron en voz baja. Congoja. Despedida. Después la puerta, la vereda, y ella ahí, sola. En la calle, autos lujosos, ordenados, dispuestos para el cortejo.
Una voz amable preguntó :
-¿Alguien quedó sin lugar...?
Y ella, observando de lejos...
Uno, dos, cinco, diez coches... Los vio partir en marcha lenta, acompasada.
De pronto, su silencio irrumpió en llanto sonoro, incontenible. Los transeuntes la miraban. Llevó la mano a sus labios y tiró un beso.
Ella calló su verdad y, vestida de negro, junto con él, sepultó su secreto.
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| Sueños |
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En mí late la palabra. Son hojas impresas con trazos de días que, pudorosas, se ordenan en vibraciones de lo que callo u omito. Sacuden mi yo y empujan hacia afuera. No buscan loas ni lisonjas. Sólo llenar las páginas con ese alarido que aprieto.
En mí late la vida de un hijo nuevo que desgrane en sus hojas vivencias, risas, olores, huecos que, como azahares que dispersa el viento, alfombren de aromas el olfato sensible.
Lo guardo en mi regazo por egoísmo: es que lo engendré largo tiempo. No es fácil cortar el cordón y saber que en ese llanto primero, los ojos de muchos hurgarán mis secretos.
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| Un bar, una taza... |
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Me senté en un bar de Urquiza, creo. Coquetas mesas. Mi lente interior observó los rostros. Una pareja hablaba despacio; el movimiento de sus manos evidenciaba turbulencia. Quizás eran amantes...Supuse un adiós en la mírada de ella, en las frentes sudorosa que transmitían incomodidad. Mi café se entibió. Imaginé tantas historias. Tal vez, ajetreados por el vértigo..., o el amor, descamado en olvidos, o la mujer de él, o el hombre de ella...
Hermosa pareja. Y la orfandad de un sentimiento, volcada sobre la mesa de una confitería.
Tibia, púdicamente, él le retuvo las manos. Había un brillo intenso en los ojos de ambos.
Pasaron casi dos horas. Ella abrió la cartera, tomó el espejo y acentuó con rouge el color de sus labios. Sus manos temblaban.
Gente que entraba y salía, y ellos detenidos en esa ambigüedad del adiós que se pronuncia, pero no quiere escucharse.
Mi tiempo fue el suyo. Cautiva en la escena, olvidé mis compromisos. Turbados e inquietos, se despidieron. Ella fue al toilette, él salió a la calle, paró un taxi.
Mi café, imbebible. Llamé al mozo, pagué la cuenta y me fui despacio, pensando en la fragilidad del amor que no alcanza a conjugar los tiempos...
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| Vestigios |
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La vieja reposera bostezaba en un rincón del generoso patio.Los ventanales estaban cerrados y el parque gritaba su abandono.El cartel de venta, invisible entre malezas. Casona importante, a pocas cuadras de la estación Martinez, los naranjos la inundaban de azahares.
Algunos decían que la casa guardaba secretos. Hablaban de un crimen pasional que había sacudido el barrio; se llegó a comentar que la dueña estaba internada en un neuropsiqúiátrico. Trascendidos, murmullos y la enhiesta estructura ahí, imponente, enigmática.
Un día apareció la topadora. Avanzaba sobre la construcción y escupía cascotes, salpicaba polvo. Un señor de rostro macilento vigilaba la tarea. El ruido impedía acercarse. En horas, todo fue escombros. Sólo un naranjo sobrevivivió.
Vecinos, transeuntes, aventuraban comentarios. El hombre, ensimismado, apareció cargando en sus brazos la antíquisima reposera; la ubicó en el camión y retornó a la obra. Sus manos revolvían los cascotes como quien busca hebras de vida. Los obreros, en paladas insensibles, desnudaban ladrillos, hierros, caños.Un peón descubrió un rosario de nacar y se lo entregó al desconocido que, delicada y sensiblemente, lo retuvo en su mano derecha.
Anochecía. La topadora silenció su ruido infernal. Dos o tres empleados aviesos alisaron el terreno. La amarillenta luz del alumbrado entorpecía el trabajo. En la calle, el chofer del camión esperaba al que, aún atento a los detalles, sostenía el rosario. Las puertas traseras abiertas mostraban el sillón hamaca. Salieron los obreros a la vereda y una cadena de grueso espesor aseguró la verja. A modo de despedida el naranjo desparramó sus azahares.El cartel de venta quedó abandonado sobre un montículo de tierra. El ruido del motor preanunció la marcha. La luz mortecina impregnaba de sepia la escena. De un salto, el hombre trepó al camión y acomodó su cuerpo en la reposera.
Los vecinos cavilaban sobre el futuro. La sombra de la topadora abarcaba la inmensidad del vacío.
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| Una vida, dos palabras |
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Llegaba cansada, las manos ásperas, las uñas pulidas en detergentes y lavandinas. Nudos varicosos delataban las horas de tareas.
Vivía en una pieza de inquilinato. Sola de toda soledad.
Su único respiro: "Gitano". De noche, el cansancio; de día, servidumbre por horas.
Lejos de su pueblo, cargaba en su mente tiempos. Volvían a ella con crudeza secuelas de la humillación, rastros de la indigencia. Su pareja con un alcohólico y las huellas del maltrato, un ayer que recurrente se insinuaba en culpas que agitaban su alma.
Durante meses y siempre en la misma fecha, al abrir la puerta de su modesto cuarto, un sobre cerrado; adentro, una tarjeta sin remitente que decía en letras grandes: TE QUIERO, TE CONOZCO.
Para Amelia era indescifrable, tanto como el "te quiero". Pensaba en algún gracioso o, lo más probable, alguien que equivocaba la puerta.
Desacostumbrada al afecto, no dejaba de preguntarse si sería su hermano Felipe u otro de los tantos que pululaban en diferentes provincias.
Pero había noches en las que el te quiero le traía incertidumbres y profuso sudor. Su provincia, caldeada en soles intensos, la casi tapera, las discusiones y el hediondo bostezo de su compañero, las amenazas, el miedo y el zumbido permanente del llanto de su endeble criatura. El agotamiento la vencía.
Todos los días veinte, el sobre sin estampilla. Preguntó a la dueña, y nada.
El sobre reiterando afecto, y ella, esperando el día en que dos palabras al menos la acariciaban.
Cuando su mente retrocedía buscando respuesta, ella sepultaba las angustias. Los Ramírez, sus ex patrones acaudalados, quizás; tal vez algún vecino de los pocos ocultos en la selva, exuberante en vegetación y pobreza
Una mañana, la tarjeta con caracteres bien impresos, de hermosa portada, le deseaba Feliz Cumpleaños. "Oh, si no fuera por esto, lo habría olvidado", se dijo en un soliloquio.
La tarjeta se incorporó a su vida, única expresión de afecto en su entumecida sensibilidad.
Llegaba exánime, un baño, los remedios para las várices, calentar su modesta cena y después, la magia de la novela, ventanal al mundo que la atrapaba en fantasías.
Se acostaba temprano. A las cinco, un colectivo la aproximaba a su primera casa. Allí sus patrones, generosos, le obsequiaban ropa y distintos enseres. Un abundante almuerzo le daba fuerza. Pero..., ese día veinte estaba inquieta, sobresaltada, ansiaba llegar a su casa. Miró su reloj pulsera como nunca. Jamás el día se había hecho tan pesado y largo.
Nerviosa, expectante, abrió la puerta. No había tarjeta esta vez, sino un abultado sobre en la mesa. Seguro no había entrado por debajo y Rosa la dueña lo había dejado allí. Sus temblorosas manos lo abrieron de inmediato
Carta de papel fino, varias hojas. Con desesperación buscó sus anteojos. La pieza le pareció enorme, no los encontraba. Revisó cajones, la alacena, hasta que al fin, cerca de la mesita del televisor, los vio.
Buscó con la mirada la estampa de la Virgen Misericordiosa, se persignó, acercó dos sillas, una para apoltronarse y otra para extender sus fatigadas piernas. Encendió la lámpara principal y empezó a leer. El papel se sacudía en las manos y los ojos parecían lentos para abarcar tanto.
Empezaba con un ¡Hola! Hoy es veinte, sabías que no te iba a fallar, te hacía falta, ¿no es cierto...? Pasa que tuve miedo, me aterraba la posibilidad de tu rechazo. Pero es hora de que sepas quién soy. Sé todo de vos, conozco tus horarios, lo ingrato de tu tarea, hemos viajado juntos sin que te percataras, te esperé en esquinas, me contagié tu puntualidad, e incluso conozco la hora en que tu velador se apaga.
Continuaba: Pasé años entre dudas y certezas, y hoy me decidí. Creo que no me olvidaste, seguro te arrinconó la pena, forma de restañar heridas. ¿Recordás a Ramón...? El de los gritos y las bofetadas...
Gruesas lágrimas empañaban el cristal de sus anteojos. El ahogo le impidió el grito. ¿O el día veinte en que, lastimada y con los párpados ennegrecidos por una trompada, retorcida en llanto, me diste en adopción...?
Después hubo un largo y misterioso camino. Te mudaste, desapareciste, la intrincada selva borró tus rastros. Ellos me cuidaron, me dieron amor, pero hablaban siempre de vos. Estudié y con el apoyo de mis padres adoptivos, comenzamos la búsqueda.
Tu nombre estuvo en programas radiales, comisarías. Te busqué, mamá.
Escapaste encogida en dolor y dignidad, huiste del amor al que le sobró angustias y le faltó tiempo.
Soy Javier, tu hijo. Imposible detallar cuánto hubo de ansiedad en la búsqueda, cuánta espera.
Fui feliz, no me faltó nada, sólo recuperarte. Crecí y tuve la urgencia de verte.
Por eso cauto y tímido, me acerqué en esas dos palabras.
Las hojas semitransparentes, empapadas, borroneadas. El delantal de cocina hacía las veces de minúsculo pañuelo.
¡Ah! Y los Ramírez te esperan, hay una pieza para vos.
Se puso de pie, no se sostenía. Su Javier, de pelito ensortijado, de cinco años, volvía a ella. Su hijo hombre la quería.
Dando vueltas en la pieza, buscó entre las sábanas la única foto que ocultaba los recónditos caminos de la vida.
Tomó una de las tantas tarjetas: TE QUIERO, TE CONOZCO.
Absorta, confundida, temerosa, exultante, todo cabía en ella. No tenía sueño, se aferró a la almohada, miró la foto de Javier.
Sonó el timbre, abrió con recelo. Un hombre alto, de barba espesa y mirada intensa, le extendió los brazos. Un "¡Mamá! ¡Mamá!" estentóreo, lloroso, se expandió en el silencio del pasillo.
Ella abría para siempre una tarjeta, borroneada tal vez, pero jamás ilegible.
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| Monólogo de la espera |
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Estoy aquí. El sonido del reloj exacerba mi ánimo; el minutero con pereza desgrana su tiempo.
Nada es más agónico que esta inactividad ansiosa. Voy y vengo en un correr de pasillos atestados y no hay un indicio que apacigüe mi inquietud. Ingobernable sensación. Me oprimen las horas.
Un tren, otro. Mis ojos se detienen en la cartelera luminosa. Destinos, arribos, y yo, inquieta, expectante.
El retraso incentiva el bostezo, pero aun así no puedo dormirme. Algo imprevisto y un celular despiertan mi modorra.
Otro tren y van... Oscurece en esta inacción y pierdo mi cordura.
El temor estruja solapadas emociones.
Vuelvo al andén. Por altoparlantes una voz aguda anuncia descarrilamiento.
¡Uf! Un plantón. Transpirada paciencia desaparece en mis desquiciados nervios. Modero mi impulso y logro sosegarme, pero hoy, como tantas veces, transformo mi lasitud en ardor.
Anuncian que el tren está próximo. Mientras recorro la plataforma, serpentea mi ánimo. A lo lejos, la máquina. Otros tantos como yo apretujan la mirada en los vagones, que despiden presencias.
La zozobra ha terminado. Un rostro conocido saluda.
Apoltrono mi energía para nuevas, ansiosas, cortas esperas.
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