| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| Héctor Villagrán | |||||||||||||||||||
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El arma
Un brillo en la noche
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| El arma | [Arriba] | Guardó la pistola en el bolsillo interior de la campera. Insultó de nuevo al radio reloj despertador, que no había sonado debido a un corte de luz. Para llegar a tiempo al trabajo, tendría que pasar por el túnel peatonal. Su tra-yecto habitual hasta la fábrica era de diez cuadras, puesto que cruzaba las vías por el paso a nivel de la avenida, más iluminado y seguro. Yendo por el túnel eran sólo dos cuadras. Pero era peligroso y casi nadie lo usaba por temor a los robos. Los diarios, la radio, la televisión, habían estado saturados en los últimos meses de noticias sobre asaltos. La ola de inseguridad producía en todos, y también en Antonio, un temor rayano en el pánico. Pensó que el arma sería un elemento disuasivo en caso de sufrir un atraco. Contrariando consejos de familiares y amigos, la había comprado a un compañero que las conse-guía baratas en el mercado negro. Cuando salió de su casa, todavía estaba oscuro y hacía frío. Al meter las manos en los bolsillos para abrigarse, sintió el peso del arma en su costado. Caminaba lento, dubitativo, acercándose a la boca del túnel. Recordó que en su infancia había sido un lugar privilegiado para los juegos de los chicos y el sitio elegido para los encuentros furtivos de los amores adolescentes. Ahora todos lo evitaban. En la entrada se detuvo, miró al otro extremo del túnel y no vio a nadie en la sucesión de luz y penumbras que producían las dispersas lámparas que lo iluminaban. Avanzó. A la mitad del trayecto, vio a otro hombre ingresar por la boca opuesta. Sus latidos se aceleraron. Mientras se acercaban, se miraban a los ojos. Pensó en darse vuelta y correr, pero supuso que sería peor. Entonces recordó la pistola y bajó el cierre de su campera. El otro desabrochó la su-ya. "La puta madre... debe ser un ladrón", pensó, y metió la mano en el bolsillo interior. Al ver que el otro hacía lo mismo, tomó la empuñadura del arma. Unas gotas de sudor frío recorrieron su frente. A tres o cuatro metros de distancia, el otro sacó un revólver y le apuntó. Antonio también lo hizo. Lo último que oyó fue el estrépito de dos disparos, casi simultáneos.
Abrió los ojos. Pestañeó hasta aclarar su visión. Lo primero que vio fue el sachet del suero, la manguera transparente y la aguja por la que el líquido se introducía en su brazo. Sentado al lado de su cama, un policía canoso lo contemplaba expectante. En la cama contigua, estaba él, el del túnel, ob-servándolo con odio. Antonio miró de nuevo al policía y quiso avisarle, pero no pudo. - Calmate, pibe - le dijo el agente - . La herida te jodió la garganta. Estás fuera de peligro, pero no vas a poder hablar por un tiempo. Necesito que escribas una declaración para empezar el sumario, ya que no hay otros tes-tigos. El policía le acercó una hoja de papel y una lapicera, indicándole que des-cribiera los hechos. Antonio le hizo señas de que levantara el respaldo de su cama para escribir más cómodo. Luego redactó los sucesos en detalle: el miedo a los asaltos, la compra del arma, la mala fama del túnel, el encuen-tro con el "chorro" y el disparo en defensa propia. Mientras escribía, mira-ba de tanto en tanto a su vecino de cama. "Espero que te comas unos me-ses de cárcel..." pensó, mirándolo con rencor, mientras devolvía el papel y la lapicera al vigilante. - Hum..., muchachos..., - dijo el policía, luego de leer la declaración de Antonio - me parece que el juez los va a encanar a los dos: sin testigos, sin permiso para portar armas, y contando casi la misma historia... |
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| Un brillo en la noche | [Arriba] | La hoja de su puñal refulgió con el brillo de una luz lejana. El frío cortaba casi tanto como ese filo y el silencio hacía aún más espesa la noche. Juan pensó que el miedo que provocaba era su aliado. El temor apropiado le permitía robar sin hacer daño. Alguien demasiado cobarde o temerario en exceso podría obligarlo a aplicar mayor violencia o a alejarse. "Robar sí, matar no", se repetía en las noches en que salía a buscar candidatos. Por suerte hasta ahora habían bastado la sorpresa, la voz firme, la mirada pe-netrante, el gesto agrio y la actitud brusca. Le habían ofrecido integrarse a una banda. "Boludo, con dos o tres golpes grandes, te salvás", le habían dicho. Él prefería seguir solo. Obtenía lo ne-cesario para él y para su madre, que lo creía sereno de una fábrica. Quería trabajar, pero no podía conseguir empleo, salvo changas aisladas. También había pensado en pedir. "Vergüenza es robar", le había dicho al-guna vez su padre. Esta frase le venía a la mente con frecuencia, y a veces lo atormentaba. Sin embargo, lo hubiera avergonzado más tener que men-digar. Enfundó el puñal y se abrigó con la campera oscura. Luego se ocultó en las sombras. Un patrullero pasó lento, pero los policías no lo vieron. El miró alejarse las luces, que desaparecieron en la tenue niebla. Se quedó distraí-do unos instantes, hasta que divisó una pareja que se acercaba. Se preparó para salir a su encuentro. Otro gran aliado era el amor. "Lleváte todo, pero por favor, a ella no la toques". Escuchaba asiduamente frases similares cuando asaltaba parejas. El amor le hacía las cosas más fáciles que el mismo miedo. Éstos eran jóvenes y caminaban abrazados y en silencio. Juan se dispuso a sorprenderlos, pero se quedó en su sitio. Notó a tiempo que ella estaba em-barazada. Al poco rato, un muchacho cruzó la calle y se dirigió a la esquina. El terreno baldío sería un lugar perfecto para el asalto. Juan salió de lo os-curo y lo siguió. Como en un desfile, sus pasos coincidían con los del jo-ven, aunque eran más largos, así que se iba acercando. "Robar, sí; matar, no", rumiaba en silencio su propia norma. "Ojalá no sea un cagón o un lo-quito". El muchacho avanzaba distraído o concentrado, y no advirtió que lo seguía. A metros del terreno, Juan sacó el puñal y se preparó para agarrarlo del cuello e intimidarlo. Cuando acercaba su mano, el joven viró de repente hacia el baldío. Sus pasos hendieron el pastizal y comenzó a subir a un ár-bol.
Sorprendido, Juan se ocultó tras un arbusto. Veía con dificultad en la pe-numbra, los actos de ese joven, que tomó lo que parecía una corbata, la amarró a la rama, la ató a su cuello y se descolgó. Juan, paralizado, no podía creer lo que estaba viendo. Mientras pendía, el muchacho comenzó una lucha paradójica por sobrevivir. Se arqueaba, in-tentaba alcanzar la rama y no podía. ¿Cómo puede uno levantarse a sí mis-mo sin un punto de apoyo? Cuando el joven cesaba su lucha, cayó. Con una rara mezcla de odio, sor-presa, alegría, gratitud, miró a Juan, que jadeante lo observaba trepado a la rama con el puñal todavía en su mano. - Hermanito, - le dijo Juan - no sé cuál es tu problema, pero tiene que haber otra salida... |
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