Taller de Narrativa  
Guillermo Weigel
Anonimatos Ahora o nunca Veleta La hora última, mi guacho instante Autobiografía escrita en lápiz Tinta al agua Trans Sin boleto Ultimo Peldaño


Anonimatos [Arriba]

“...¿Entonces no habrá nada que se mantenga en su lugar,
nada que se confunda con su nombre,
desde la piel hasta los huesos?”
Olga Orozco, “En el final era el verbo”

Ese hombre que camina como cayéndose del renglón, es el mismo que intenta atrapar la elipsis en las mañanas de luna vieja. Cómo nombrarlo sin descubrirlo, sin parecer uno de esos buchones o empleados del efecto, que buscan el agujero en la puerta, sin detenerse en la puerta.

No se puede empezar una pared desde el zócalo, todavía. Pero por allí se pasea el riesgo de atajar algo que no está al alcance de los dedos.

Tirás al blanco con el negro de mis ojos, y yo igual quiero mirarte. Perdoná nuestras plegarias, pecado más mío que mis palabras. Se acaba la miseria de las medias; ese amuleto, último tren para ganarse la estima de los cielos, o del infierno, su cobijo.

Ahora no estás dispuesto a cambiar tu poderoso dolor por el alivio austero de sentirte al menos de otro modo.

Purgar la idea o su frase más parecida, hasta agotarla. Eso se asemeja a curar todo aquello que nos rodea y no es literatura.





Ahora o nunca [Arriba]

Ahora o nunca. Es ahora o nunca. Todo aquello que no es ahora, es nunca. Hay que amar la inmediatez como a la piedra filosofal de la comunicación. Lo no mediado, ese guiño o mueca que no podrá ser retransmitido. La mutación instantánea y constante que, por impausada, no se percibe. A veces, algo como un germen destellante que se escapa del molde, no se queda en el rótulo y hasta burla su mismo concepto. Así, es el medio quien justifica cualquier finalidad. Nada que pueda estar vivo persigue fines, sino principios.

Ahora tiendo la piel. Me bajo de este patín imantado para sacar uno a uno mis huesos y apilarlos en el rincón más cómodo del placard. Desato los nervios y los vuelvo a juntar en su caja. Bidones de sangre y saliva que me guardo para volver a ser hombre.

Hombre o fantasma, o mi ropa suspendida, te propongo sacarte el cuerpo antes de hacer el amor, si es que ya no está hecho.





Veleta [Arriba]

Al este tengo números y palabras que aprendí a entender, mas no las siento. En lo más oscuro del oeste crepuscular, están guardados aquellos trucos que nunca pude descifrar y me causan un placentero dolor frío , casi helado, cerca del pecho.

En mi norte escondo el clavo que me engancha al escenario. Detrás del telón ensayan muecas y maniobras todos esos tipos que me pidieron el gesto y utilizaron mis nombres.

Al último sur, casi después de la suela, se disfrazan de sombra un temor sin forma y una vigilia por desbordar.

Todavía busco mis puntos cardinales donde se ubican los demás, y la zona inanatómica en que vos te movés, allí, en las coordenadas donde me hundiste el bote.





La hora última, mi guacho instante [Arriba]

“Si habitamos un relámpago,
es el corazón de la eternidad.” René Char.

Siento algunas aguas menos, o medio viento afuera... Pero no puedo escucharlo, ni sé con certeza si me está oyendo. Extraño aquellos días cuando compartíamos un lenguaje y el alivio de no sentirnos solos en esto de padecer boletos y viajes infinitos, entre mapas o huesos propios de los escuetos pasadizos humanos.

Quizá su soplo ahora se manifieste en alguna criatura más cercana al equilibrio, a la sintonía universal, el sofá-cama de Dios.

De cualquier manera, no puedo evitar el humo embalsamado de su quemar por una encarnación casi tan imperfecta como entrañable. Hoy no sé si me entiende, si puede ver qué es lo que cifra en su sentir.

Sólo aseguro que él sigue vibrando. La música de sus buenos aires me refresca la idea de que, en esta parada, ya no esperamos ni al bondi.





Autobiografía escrita en lápiz [Arriba]

Cuando casi alcancé los quince años me empecé a brotar de pelos sin razones y quise cambiar el mundo con los dedos insolentes y fracturada la voz. Tenía las zapatillas rotas de patear baldosas, latitas y pelotas, adolescía de ideas firmes y calzaba pitucones en cada esguince de la suerte. Soñaba con cambiar de calzado aunque apenas conocía mis cambiantes pies.

A los pocos años comencé a ramar y desarmar caprichosamente la patria, que decían, me perteneció. Hasta hoy desconozco si las ideas me nacieron, o fueron estas las que me fueron pariendo en cada cara o seca. Soñaba con hacer un gol con la mano en el último minuto o eludir medio globo terráqueo con un quiebre de cintura. Creía que Dios era argentino y nos iba a vengar de los piratas sin parche y de los mediáticos invasores. Soñaba con voces que el teléfono olvidaba repetir.

Las paredes de mi casa empezaron a rajarse, y el techo empezó a sepultarme entre quienes había compartido hasta los más íntimos rumores. Allí buscábamos la complicidad desesperada de quien se siente alérgico hasta en sus propias venas.

Poco a poco fui derribando medianeras, para esconderme en los perdidos árboles comunes de los inseparables jardines de mi barrio. Así descubrí a náufragos parecidos, tan dominados por arrebatos de la misma tierra. Nos afirmamos con las más vagas certezas y amuramos nuestras sedes en cervezas sudadas. En una de ésas pudimos dejar de sentirnos sueltos como el cuarto de bizcochos.





Tinta al agua [Arriba]

“...reunieron todas sus posesiones en el foro y las quemaron. Luego salieron a pelear, en vez de morirse de hambre”.
 Carlos Fuentes, El Naranjo.

Somos aquella gente que se cubre el alma sin frío con su abrigada zaga. Se nos fueron cayendo las cejas como el otoño en grises, como los días goteando ocasos. Y ya sabemos que alguien va a barrer las hojas secas y también ése segundo inescrutable que separa a una tarde de su noche. Entonces... ¿Con qué vamos a aparear nuestras lágrimas en el asfixiante cautiverio de penas?

El vivero de las muertes sin rito es el lugar más prolífico para engendrar plantas que sin ser carnívoras jamás se sienten impugnables.

Vos rezaste más de mil plegarias y yo he silbado hasta la canción que ni recuerdo. Sin embargo, sabemos que estamos escribiendo un alegato etéreo, las páginas desbordadas del libro que nadie va a leer.

Hasta la pluma se nos desfallece en el renglón más torcido, cuando creímos encontrar el verbo que todo nos mueve y apenas nos dolió una sílaba. Con la birome desangrada hasta la sed y el papel caído en combate, nos seguimos resignando a esperar al tácito sujeto o a la elipsis última, casi una ausencia radical de los viejos trazos. Jamás pudimos escapar de la hoja sin que nos tilden el cuaderno.





Trans [Arriba]

"...por una teta no fue vaca..."
Anónimo argentino

Siento el dolor de estar vivo en mi herida toda, y ahora doy vuelta los ojos y miro en negro desde la nuca. El dolor deja de ser como todos esos tipos que alquilaron mi suerte sin preguntar por la fortuna o la desventuranza. Ahora veo el manantial que atrapan mis manos secas, livianas, casi sin pellejo.

Casi que entiendo que tu mugre no es siempre mi deslecho. Por poco alcanzo a temblar al latido de tu sístole. Pero muchas veces mis oídos se aseguran lo que escuchan, las manos se deshacen en nieves sin derrite, te llamo con una voz que me prestaron..., y está rayada o patina.

Después de todo, habría que aceptar que repetir la jugada es apenas un homenaje al zapatazo bien dado. En el signo que aún no vemos parece esconderse el esfuerzo por saltar de una punta a otra de este icónico alfabeto.

No se puede transferir. Si no se puede transferir, tratemos entonces de macerar la lágrima desde su cauce subterróneo o hasta el remotísimo afluente. Hagamos algo por que la risa se parezca al más buscado de nuestros prófugos. Mientras, te espero con la mirada como un chorro desbordando las ventanillas del bondi.

La mano que tendiste, te pido, jamás vuelvas a limpiar.





Sin Boleto [Arriba]

"Un hombre sin historia, sin tiempo y
sin memoria puede reaccionar así".
Pappo

Todas las tardes, los trenes de Retiro y Constitución transportan a hombres y mujeres como si fuesen ganado. Son las masas suburbanas o semi-urbanas, que vuelven frustradas de sus sueños ciudadanos. Sueñan con la esperanza penosamente renovada, siempre imposible. Sueñan, también, con la rutina haciéndose parte del juego, con el ejercicio de buscar sus dioses en el hábito inflamado y sin plegaria.

Alguno de estos viajantes de inefables rutas va a intentar arrojar a cualquiera de sus monos cansados. “Lastimando al animal deja el hombre de sangrar”, asegura el pasaje y divulgan los guardas. Los vagones que cargan muerte carecen de control y pierden el equilibrio en rieles trampeados como mesas de juego.

Comerciantes que venden cuentos prácticos o vendedores comerciando la descreída, pero nunca refutada leyenda de la utilidad y del "un peso valé".

El tren amontona, como el más desesperado de los pucheros, los restos menos nutritivos de la cocina en conflicto. Se combinan sabores y calzados, olor ácido de rancio aceite, zapallos arrebatados de la planta en hora anterior a la mañana; las horas sin número ni luz u oscuridad.

El guarda pica boletos con una mueca agotada hasta la gorra torcida, hasta el buraco del chaleco, cada día más holgado. El vendedor hoy sale con la linterna de las mil funciones y parece estar feliz. No vendió mucho, pero falta menos para juntarse con los demás a tomar vino en Migueletes. El mismo chamuyo de siempre, el siempre arte de torcer el gesto entre el engaño insinuado y la oferta que sólo ofrece la calle sin impuesto, ni ley gringa.





Ultimo Peldaño [Arriba]

Todavía se ataja de caer en cama sin más ropa que el instinto. Canela se sube a los techos y aún espera encontrar aquello que no se busca: el insecto del insecto, la caja redonda. Una vez más, dejó abierta la ventana más profunda, por donde entra esa mosca obstinada que es parte del insomnio, o de otro estado todavía más anárquico, por el que todo fluye y nada queda.

Se dispersa el humo de su mundo en llamas, y mi cigarrillo se despide de su lumbre por octava vez consecutiva; mismo cigarrillo, misma fortuna esquiva y además acumulada. Casi que con la débil brasa que se desprende del tabaco, rueda la última esperanza de quedar solo frente al arco.

Nos equivocamos cuando vimos gente correr detrás de algo. No les interesaba ese algo. De esguince en esguince, buscaban ser aquello por lo que todos corren.

Los vimos caer con el semblante firme y exhausto el pecho, y festejamos. No festejamos la caída, sino el valor de morir con la pregunta atragantada, el gesto en cero y el sordo grito de sus voces sin acento.

Allí plantamos la bandera de tu club, en memoria del recuerdo, que a nadie olvida.

Canela, te imagino en el último peldaño, y ya no sé cómo llamarte.