Taller de Narrativa  
Gustavo D. Ripoll

El Fiero
El recitador
Yo, argentino
El hijo de la loba



El hijo de la loba [Arriba]

El niño trabaja de crío, lo que a falta de más grande empleo, o inspiración, es lo que mejor le cabe hacer. Sentado sobre una inmensa piedra blanca que algún día lo sostendrá estatua, mama de la madre el alimento olvidado en los apuros de la salida, que han sido tantos y tan dolorosos, que hasta se ha dejado atrás el pan que traía acomodado bajo el brazo y la fe de nacimiento, con lo que ahora ha de conformarse con este pan trocado en leche, y esta loba que le fuera asignada, extraño regalo de la naturaleza, que tal vez por ser también madre, se apiadó de estas crías de humano.

Y tan mal no le ha ido en suerte. A falta de dos pechos para él y su hermano, compañeros de simiente, tiene ahora siete. Siete pechos de los que mamar siete veces, siete sueños. Un pecho y un sueño por cada colina que lo mece en esta cuna de tierra dentro de la cual se revuelve hambriento.

Un resplandor se le filtra por la esquina del ojo, quizás el mismísimo sol, curioso, comedido, o tal vez, y más probable aún, el reflejo del astro rey sobre una piedra, una nube, o un sueño; que si los sueños brillan, el lugar indicado para que lo hagan es en la esquina del ojo, donde lo que vemos siempre se confunde con lo que creímos ver. De una forma u otra, natural reflejo o espíritu mensajero, el rayo perdido irrumpe en la calidez del momento, y distrae al recién nacido de su absorbente trabajo.

Los ojos del humano, eternamente grises e indefinidos en las primeras horas de la vida, se llenan a menudo del sueño del hombre que será. Y de esa forma, en los ojos de este niño que ahora detiene su labor unos momentos, se reflejan, deslumbrantes y a colores la gloria y el poder, generales que lo llevarán por un acueducto de sangre e imperio, tan lejos, tan adentro del corazón de lo imposible, que alcanzarán aquellos lugares adonde los dioses mismos no han osado entrar aún.

Si hubiera aquí algún griego disertante, o algún barbilargo estudioso del Talmud, que la Biblia aún no ha llegado a las tintas, quizás podría aprovechar la ocasión, y leyendo en sus pupilas, convertirse en oráculo, o profeta. Podría, este ficticio navegante del futuro, mostrarnos, con la visión gris de la ciencia, cómo este paraíso de árboles y tierras que el azar ha desperdigado se convertirá mañana en una ciudad invencible, enclavada en estos siete pechos que la madre tierra brinda a sus hijos.

Cuando menos, estaría en sus artes y mañas poder, con un poco de la oratoria que no falta en los que hablan de lo que no han visto, contarnos este sueño de magia divina e imperio consumado, de legión armada y de pincel etéreo, de maza de pegar y de cincel de escultor, de cuna de ley de hombres y de asiento de ley divina, permitiéndonos así viajar, acomodados en la cuadriga de sus palabras, a través de esas calles aún no labradas, visitando los magnánimos palacios colmados del arte de los pobres y la avaricia de los ricos, y abundantes, que lo serán, tanto en sangre malvertida por la guerra como en linaje señoreado en sus jardines.

Todo ello podría contarnos un diestro lector de pupilas, este supuesto guía de los futuros o intérprete personal de sueños. Pero todo eso es ficción, al menos por ahora. Y esta increíble maravilla, esta ilusión pasajera, se perderá tan sutilmente como ha sido creada, sin que se sepa mañana de donde vino, ni hacia dónde fué.

Tiempo habrá para fundaciones, aventuras y leyendas, piensa el crío, pero ahora lo importante es el trabajo, así que empuja a su hermano Remo, que quizás por eso siempre aparece segundo en la cartelera de la leyenda, y vuelve a mamar.

El hombre puede hacer todo aquello, y aún más, pero nada de lo que consiga alcanzará distinción alguna en las playas del tiempo más que de momentáneo esplendor, o sueño robado. Tanto el que vino sin pan debajo del brazo, como aquel que cuidadoso lo arrastró desde el vientre materno, se iran sin él. Y hasta la leche que roben de la tierra, a ella volverá, que nada se pierde.

II

Si hubiera cerca un italiano, que no lo hay, ya que si lo fuera en espíritu no lo seria en formas, pues tal nacionalidad aun no ha visto su primer sol, este italiano, que siempre imaginamos de modales toscos, corazón rebosante y ademanes agitados diría en una lengua ahora incomprensible algo como "¡Ma, como ha creciutto il bambino!".

Y vaya si ha crecido, observadle mientras refleja su cara en las aguas del Tíber. Quien hubiera imaginado que aquel crío, desahuciado de nacimiento, acabaría en este joven corpulento, que siembra pasos orgullosos sobre aquellos siete pechos que le sirvieron de cuna algunos párrafos antes.

Apolineo de rostro, que por algo la sangre le remonta hasta la Troya griega; de mano grande, acostumbrada a la espada y no al arado; y de mirada febril, que hasta estaría dispuesto a robarse las mujeres todas de un pueblo si la ocasión lo amerita. Y si no lo amerita también, que sus hombres tienen necesidades, y no es de buen líder andar repartiendo miserias.

En el agua se hunde su imagen, como no se hundieron sus carnes de pequeño, quizás por piedad de rudo guerrero, por casualidad humana, cualidad sensible, contrariedad escondida, o tal vez, simple vagancia, como la hay, de decir hecho al rey lo que no es, y ahorrarse los sudores.

El joven observa, serio, su cara reflejada en el espejo inundado. La superficie se agita, y la tez se tiñe del rojo de la sangre que el agua limpia de sus manos. Si un moderno esculapio observara la escena, no podría decir, siquiera con sus adelantos, si el joven esta herido, que la sangre que se limpia es de su propia sangre aunque no sea suya, sangre de su hermano, compañero de juegos y desgracias, que ahora, por un quítame de ahí esas pajas yace muerto en el suelo sagrado, regándolo, como no podía ser de otra forma, ya que si los suelos se tornan sagrados de alguna forma, es con la sangre de los hombres que por ellos han muerto. Pero no importa, ya sangraran mañana los dioses, y luego los hombres, porque la última herida, y la más profunda, siempre ha de ser la del pobre.

Así es como se construyen los imperios. Quien retorice que lo hacen sobre las voluntades, o el empeño, o los mármoles, miente. Siempre se han creado por la voluntad divina, el músculo de los esclavos y la sangre de los muertos, que es de eso, y no otra cosa, que abonan sus latifundios los generales.

III

¡Load la corona, las sedas y la piedras! Y al viejo enclenque que estas aplastan. Aquel, que ya fue joven una vez, y niño, y aun antes de eso leche de loba goteando de los pechos de la tierra.

Oscuros son sus ojos, y hundidos. Quizás por herencia de la loba, o espíritu de cuervo encumbrado sobre el busto de Palas, que tanto tiene la diosa de sabia como de guerrera.

Sin embargo, a estos ojos hoy opacos de los cuales la vida huye, aun le quedan vida para un último reflejo, un último sueño. Y todo hombre, no importa lo que haya hecho de su vida, merece un ultimo sueño.

Sueños hay muchos, y de muchas suertes, pero este hombre, este Rex, este anciano, una vez mas vera el sueño del imperio, el sueño de las glorias y las armas, el sueño de los dioses y los muertos. Y no llorará lágrimas de sangre, porque aun no estan de moda, pero con la fatiga de los años y las penas vividas él verá, por primera vez, hedionda y purulenta, la verdadera cara del imperio.

La Torre de Pisa no está torcida, torcidas están las miradas de los hombres que no ven el espíritu del Imperio morir y nacer de época en época. Porque sería pecar de inocencia suprema el pensar que por un nombre, o un lugar, el que fue no es igual que este de hoy, ni este del que será mañana. El imperio es el imperio, es el Coliseo, es la sangre en la arena, los gritos de tribuna, la muerte en boca de los leones y aquellos que lo saludan, oh Cesar, sabiendo que han de morir.

El imperio es un barco de remos, como aquellos grabados en las piedras del desierto. Es un barco de una sola vela, navegando sobre las espaldas de aquellos que lo sostienen.





Yo, argentino [Arriba]

Yo no quería molestar a nadie. Yo laburaba de sol a sol para levantar al país, pagaba los impuestos para evitar el déficit, y con lo que me quedaba de abonar los servicios, trataba de vivir lo mas decentemente posible. Porque pobre no quiere decir sucio, como los europeos, o deshumanizado, como los yankees. No para mí, señor. Yo escuchaba folclore y compraba argentino. Cuando podía, porque a veces estaba corto de fondos y tenía que comprar barato.

Yo vivía lo mejor que se podía en momentos de crisis. Esta, que se instaló en mi país antes de que yo naciera, y que en su momento supe que iba a durar más de lo que yo viviría, ya que cuando los problemas realmente comenzaron, decidí quitarme la vida. Al fin de cuentas, no somos nada.

Para esas épocas, yo estaba casado. Y tenía dos hijos, uno adentro y la otra afuera. Al que todavía está adentro, lo agarraron tratando de vender unos autoestéreos robados. Él me dijo que se los habían regalado unos amigos de la escuela, y yo le creí, pero la policía no. Lo molieron a palos y luego lo metieron en cana. Y a mí me pasaron la cuenta del hospital. De esto hace ya casi dos años.

"En cualquier momento comienza el juicio", me dijo la madre la última vez que la vi, cuando fuimos a despedir a Ezeiza a María Dolores, mi hija menor, que se iba con el segundo marido a iniciar en Holanda su nueva carrera de modelo.

Espero que le haya ido bien, ya que nunca más escribió, ni llamo por teléfono, ni nada. Así son los chicos. Yo, la verdad es que nunca la vi en ninguno de los desfiles de modelos que pasan en el canal de la moda, pero puede ser que me la haya perdido, porque desde que nos cortaron el cable y nos engachamos con el vecino, de la instalación de la vieja de la esquina, no se veía bien, había mucho ruido en la línea o algo así. Una vez me vi una película entera sin darme cuenta de que el protagonista era De Niro, y eso que es mi actor favorito de Hollywood.

A pesar de todo, vivía bastante contento, y no podía ser de otra forma. En este país tan rico, con todos los paisajes, con el dulce de leche, con el fulbo de los domingos, las achuras y el vacío a la parrilla. ¡Qué más se puede pedir! ¡Como se come en este país, no se come en ningún lado!

La mala onda llegó cuando nos bajaron el sueldo en la Municipalidad. Yo hable con el de tesorería y le dije que con esa plata no me alcanzaba para vivir, pero lo único que pude sacarle fue un "Hablá con el Intendente".

Y eso ya era otra cosa. Estuve quince días solamente para conseguir una entrevista; y eso que tenía la oficina en el piso de arriba. Afortunadamente, un compañero, que además de trabajar conmigo en la oficina de catastro, hacía unas changuitas de gestor, me avisó que comprara un sellado de entrevista personal, que se vende sólo los jueves de 10 a 12 en el Banco Provincia de ahí a la vuelta. Si no, seguro que estaba una semana más dando vueltas.

Eso sí, cuando llegué a verlo, me atendió como los dioses, como si me conociera de siempre. Se ve que uno no se da cuenta, pero él mira a todos los empleados. Yo calculo que debía de ser con esas camaritas que instalaron el verano anterior. Decían que habían costado fortunas, pero seguramente serían los detractores del doctor Fermín Pacheco, que siempre están acusándolo de fraude y corrupción.

Cuando llegué, me hizo sentar y le pidió a la secretaria que me trajera un café a mí también. ¡Ja! ¡Nada menos que la nariz parada de la secretaria del intendente, sirviéndome café a mí! ¡Me tendrían que haber visto!

Con el doctor, estuvimos charlando del futuro promisorio de estas tierras, sin duda un decreto de Dios, y de como la administración anterior casi había estropeado todo, dilapidando la plata. Y ahora había que ajustarse el cinturón. Yo creo que él se refería al gobierno nacional, porque él para esas épocas ya había ganado la quinta reelección.

En resumen, el sueldo me lo bajaron igual, ¡pero me tomé un café!

Desgraciadamente, mi esposa no estaba allí, y cuando volví a casa con la noticia de que no me habían repuesto el sueldo, se puso como loca. A las mujeres les pasa: las hormonas y esas cosas. Pero me vengué. Cuando estaba por dar el portazo para irse a vivir con su amigota Matilde, la solterona que tiene el semipiso en Palermo, le canté desde la reposerita del patio, donde me estaba tomando el vermucito de la tarde:

"Si te llevas la cama, chuchi
dejame el colchón"

Y se lo tomó a pecho la desgraciada, porque al otro día cuando volví del laburo, tenía el colchón en el piso. Y no era lo único que se había llevado. Se llevó también el lavarropas, la tele, el microondas y el equipo de audio. Lo del equipo no me molesto, porque yo leo mucho, sobre todo a Sábato y García Márquez, pero lo del lavarropas fue un lío. Digan que justo don Florencio, el ferretero de la otra cuadra, tenía unas tablas de lavar en oferta, porque estaba vendiendo todo para bajar la persiana.

La verdad es que lo de Cecilia, mi jermu, me dejó medio depre. Así que el domingo siguiente, para llorarla bien, me fui al super a comprarme una botella de Whisky y emborracharme a lo malevo; pero estaba carísimo, así que me compré dos tetras de vino blanco baratito y una gaseosa de lima limón, esas de marca pichicho, que, para lo que yo la quería, servía igual.

¡El lunes tenía una resaca!

Sospecho que eso fue peor, porque ese día, cuando llegué tarde a la municipalidad, el ortiva que tomaba lista me dijo que había perdido el premio por presentismo, con lo cual otra parte de mi sueldo se había ido por el escusado.

Ese no fue un buen día. Después de andar toda la tarde buscando el expediente de habilitación del casino, que pedían urgente de la oficina del intendente, y que para mí nunca existió, cuando llegué a casa me habían cortado la luz, porque al parecer mi mujer había estado metiendo bajo el colchón la plata de los servicios, con idea de irse de casa. Pude adivinarlo, pero no confirmarlo con ella, ya que cuando la quise llamar, me di cuenta de que tampoco había pagado el teléfono. Una señora muy amable se la pasaba informándome que el servicio había sido suspendido. No hubo forma de apalabrarla.

Abandonado por mi mujer, sin luz y sin teléfono, me encontré además con que ni siquiera podía conseguirme una vela, ya que todos los negocios en mi barrio cierran en cuanto cae el sol, por los atracos. Esa noche, en la negrura de mis pensamientos, que eran aún más oscuros que mi pieza, las neuronas subversivas de mi cabeza se alzaron en pie de guerra, y a la voz de "¡Ma fangulo!" comenzaron a aporrearme en malón y con todas las ganas. Como pude, llegue hasta la cocina y me comí un puré de aspirinas y agua de la canilla, que guardábamos, desde el ultimo recorte de gastos, en viejas botellas de gaseosa no retornables, acomodaditas en la puerta de la heladera.

Así fue como, una semana después de mi charla con el Intendente, empecé a maquinar con quitarme la vida.

Desgraciadamente, las cosas no son tan sencillas como parece. Uno siempre piensa: "qué fácil que la hizo este tipo, se mató y listo" pero la verdad es que matarse en este país es mas complicado de lo que parece.

Mi primer intento fue con pastillas. Me pareció que lo más fácil era tragarme un frasco entero de calmantes o algo por el estilo, y tirarme a dormir. Para ello fui a verlo a "Charly", el pibe que atiende en la farmacia de las cinco esquinas, a un par de cuadras de casa.

Él me dijo que calmantes, lo que se dice calmantes, no me podía dar, porque estaba prohibido venderlos sin receta. Pero tenía unas cajas de muestra que habían quedado y por "unos pocos pesos" me las podía vender sin hacer preguntas. Acepté, aunque los pocos pesos terminaron siendo un buen porcentaje de los que quedaban de mi sueldo. Compre una botella de esas de ferné con cola que vendía el bailantero del quiosco de la esquina y me fui a las casas.

Un par de horas después, me había tragado las dos cajas con más de la mitad de la botella. Y dormí como un tronco.

Al otro dia me desperté como a las once de la mañana con más resaca que la del vino blanco, y una revuelta de palacio en el estómago, digna de "La Toma de la Pastilla". Resulta que las píldoras estaban vencidas, con lo cual en vez de matarme a mí, me mataron el hígado. Como pude, llegué hasta el baño, y con el amargo sabor de la frustración, dejé en el inodoro todos los ingresos que había invertido en mi suicidio. Ese día di parte de enfermo, y no mentí.

Viendo el fracaso de mi primer intento, me senté a pensar en el sillón del living, mientras escuchaba en el walkman que afortunadamente mi mujer no había podido encontrar para llevarse, como Dean Martin cantaba "That's Amoire".

En ese momento, la musa, que debía estar tan arruinada como yo, me insinúo un nuevo rumbo, y decidí optar por un modo más cinematográfico de morir.

Debo decir que este segundo fallido intento, al menos no me costó plata. Imposible obtener un revólver para volarme la cabeza, cuando los papeles que necesitaba para adquirirlo en una casa legal podían tardar hasta un mes, según el empleado, y lo que me pedía Juancito, un ex amigo de mi hijo, que casualmente había salido de la cárcel en esos días, superaba ampliamente lo que quedaba de mis ingresos. La idea era muy cinematográfica, pero también demasiado cara para un pobre.

Al otro día, cuando volvía de la oficina, a la que opté por ir hasta que se me ocurriera una forma más barata de matarme, o cobrara el siguiente sueldo, pasé por la iglesia evangélica que pusieron en el viejo cine de la calle principal. Adentro no se podía hablar con nadie. Los que no cantaban como posesos, estaban tan alegres esperando que Dios bajara en un platillo volador y se los llevara al cielo sin cobrarles entrada, que no tenían tiempo de escuchar a un desubicado como yo, que pretendía matarse. Con el único que intercambie un par de palabras lógicas fue con el gigante de la puerta, que cuidaba que nadie se fuera sin dejar su diezmo. Me dio las gracias, y cambio, para poder dejarle algunos pesos. Parte, en billetes de un dólar: el problema de vivir en un barrio de la ex clase media.

Emocionado como estaba en el descubrimiento espiritual de mi problema, me fui hasta la iglesia católica que está frente a la plaza, donde, luego de tratar en vano de hablar con el cura que estaba confesando, se me informó que a partir de las 21 horas podía hablar con el cura párroco, que daba entrevistas a algunas almas en duda, como seguramente era la mía.

Me senté en un sillón de la casa parroquial, a leer en una revista "Esquiu" la ultima moda en trajes para obispos, y un análisis pormenorizado de las copas de oro que utiliza el papa para dar la misa los domingos.

El lugar parecía la sala de espera de un médico, no sólo por los muebles, sino porque estaba llena de todo tipo de personajes extraños, con dolores más extraños aún. Y en realidad, el padre no hizo mucho más de lo que hace un médico de guardia cuando uno llega a media noche con un dolor "por acá". En este caso, el cura aplicó la aspirina religiosa de mandarme a rezarle al Señor unos cuantos "Padrenuestros", cosa que no hice, ya que desde que tengo seis años me conozco el texto de memoria, y sabía que en él no había nada que me ayudara en mi dilema.

Angustiado, al fin llegué a mi casa sin nuevas ideas, pero con un principio de gastritis que las pastillas habían generado y el problema agudizaba dolorosamente.

Al otro día, nuevamente camino a la oficina, se me ocurrió como por encanto, suicidarme tirándome debajo del tren. Intención que duró poco, ya que había paro de transportes.

Luego de atravesar un par de cuadras inundadas de piqueteros, cortadores de calle y demás especialistas en manifestaciones, llegué vivo y a pie a las oficinas de la Intendencia, donde lo más cercano a mis propósitos era el intento de asesinarme de tedio de los cientos de personas que todos los días llegan reclamando por balcones inseguros, ventiluces en contravención, habilitaciones para quioscos y bajas de negocios, que terminarán a los pocos días transformándose en viviendas para ocupas bolivianos, paraguayos o coreanos. Ese día estuve tentado de suicidarme comprando el mate cocido que vendía el viejo que todos los días pasa por la oficina arrastrando su mugroso carrito. Pero no pude: uno tiene su orgullo.

Así fue como, poco a poco, fui desistiendo de todas las formas de suicidios conocidas. Imposible atravesar la portería de ningún edificio para tirarse desde la terraza, cuando son poco menos que búnkers a la espera de ladrones. ¿Cómo hacer para estrellarse con un auto que no arranca? Las espadas que cuelgan de las paredes de mi casa no tienen filo, y el juego de cuchillos italianos de filo excepcional que nos habían regalado para el casamiento, se los llevó mi mujer. Imagínense el trabajo que podría dar cortarse las venas con esos cuchillos de serrucho con mango de plástico. Algunas noches tuve la impresión de que alguien se divertía leyendo mi historia, y no quería darme siquiera el respiro de permitirme terminarla.

¿Alguna vez trataron de llamar a la ayuda al suicida desde un teléfono publico que tiene el cable arrancado, o las teclas no andan? ¿Cómo hace uno para suicidarse dejando el gas abierto, si te lo cortaron?

A los del gobierno no les gustan los suicidas. Son menos votos.

Tan vacío de esperanzas como una pileta olímpica en el Sahara, cometí suicidio al estilo argentino. Una noche estrellada asesiné mis sueños y mis ilusiones en el vino tinto de una peña folclórica de última categoría.

Tampoco tendría suerte. Resulta que la peña estaba organizada por el partido contrario al que gobernaba la comuna. La reunión no era más que la excusa para buscar los futuros oradores de la nada, que algún día se convertirían en políticos. A ellos, les fascinó mi convicción de que no había nada que se pudiera hacer.

Con mi apatía, gané adeptos. Con algunas desilusiones más, seguidores. Para cuando estuve realmente convencido de que vivía en un mundo imposible de cambiar, era gobernador. Ahora, senador.

Yo sé que hay muchos por ahí que piensan que soy corrupto, que no hago nada, que no tengo iniciativa, que ni siquiera lo intento. Algunos incluso, en un ataque de osadía, me lo han dicho. Pero siempre les contesto lo mismo:

- Yo, argentino.





El Fiero [Arriba]

Por encima de la cordillera -por encima de las dos o tres nubes que le hacen de sombrero- se asoma una luna pálida, de costado, como no queriendo ver, y queriéndolo. A veces pasa: uno tiene que ver aunque no quiera. De alguna forma, un Dios malo nos fuerza a mirar, y aunque uno diga que no, ni caso.
Abajo los hombres se mueven, siempre están moviéndose, como si quedarse quietos importara un peligro, como si los fuera a alcanzar la muerte, que se supone está atrás, aunque para este, que viene enfundado en la noche, iluminando la huella con ojos de cancerbero, para este, decía, la muerte está adelante. Ahí nomás, esperándolo, en ese fogón con baile, allá abajo, con formas de emboscada y perfume de mujer. Y él la ve, pero de alguna forma se niega a creer, o tal vez crea, pero lo que lleva atrás es peor.

Una chispa salta del fuego. Incandescente, pionera, se lanza a un mundo frío y húmedo mas allá de la luz. Arrastra con ella el intento fallido de todas las otras chispas que han muerto sobre el agua, sobre la tierra, el metal o la ropa: asesinadas por una mano que aplasta, por un gotón despiadado, o por el solo consumirse sin llegar a nada. Las hay que han alcanzado a dar batalla, alguna que impacta en la hierba seca, o el heno, paja al fin, en el papel o en la misma ropa descuidada. Y entonces crece y se devora el mundo, y ya no es chispa sino fuego, e incendio, y después no hay quien la pare.
El ojo sigue el haz de luz, la piel siente un calor lejano, absurdo, y la boca sentencia con una mueca: Acá la única chispa soy yo.
La mano aplasta el uniforme y la chispa trata de herirla por un segundo, antes de caer en un sueño apagado.
Un hombre por un futuro, Capitán, dijo el Coronel; y el rango le había caído bien. Como guante a decir verdad, mejor que el nombre que le puso la madre cuando lo echó del vientre, mejor que el bastardo con que lo azotaba ese padre que ni lo era. Ni chispa ni mestizo: Capitán. Buenos días, Capitán. Cómo anda, Capitán. Por aquí, mi Capitán. Un hombre por un Capitán, no hay que pensarlo dos veces. Tome los hombres que necesite, Capitán, Capitán, Capitán, que sean muchos, y me lo trae. Muerto, de ser posible ¡Muerto, mi Coronel! Esta chispa quiere paja.

Todo el aire de la cordillera no le alcanza para respirar. El ahogo la desgarra. La vida se le escapa entre los dientes y ella muerde la bombilla. Tráigase una cañita mejor, pa' calentar el cuerpo. Obedece, pero la impotencia se le crispa en la punta de los dedos y la torpeza la delata. Se estorba con la pollera y los pies -estos pies- los que él acarició, los que él besó la noche antes de irse, los que no se animaron a seguirle la huella, ya no saben si van o si vienen. Será la culpa, piensa. Una mano en la espalda, suave y áspera, es un recuerdo que la sacude, un escalofrío. Las del Capitán, en cambio, son fuegos. Viene escapando como puede, con sonrisas, con silencios, pero no va a poder toda la noche. Tiene como una chispa adentro, y seguro, también una brasa entre las piernas, dispuesta a herrar el ganado.

La caña gira vertiginosa alrededor del fogón, pero allá arriba, allá, el viento helado despierta. El es conciente. Acaba de descubrir lo que ni doctores ni bachilleres sospechan: la muerte está adelante, y cuanto más se le huye, más se acerca. Los que vienen atrás son los que debo, ellos me van arriando. Una sonrisa de desprecio le cruza la cara, fugaz, y luego vuelve a la mirada de viento. Abajo voy a morir, arriba estoy muerto en vida. Todo hombre nace muerto.

Con el ruido de la llegada se agitan los corazones, cada uno a su ritmo: Hoy muero. Hoy se me muere el amor. Hoy alcanzo la paja. De esta noche, no paso. Yo me muero con él. Ya estoy ahí. Mejor muerto que solo. Mejor muertos los dos. Capitán, Capitán, Capitán.

Los gritos soñados se confunden con los del vigía. El futuro se atropella en el presente. Es ahora. Ya no quedan ni mañanas ni después. La vida entera es este instante. ¿Quién puede negarse a un instante? Son más de treinta, pero me tienen miedo.

Mientras va levantando el fusil, el fuego dibuja lenguas rojas en el caño. El mundo se hace túnel entre el guión y la mira. El arma tiembla en las manos. ¿Adónde esta el Fiero? Entre las sombras, los fusiles olfatean nerviosos. Busca el foco. El ojo se pega al metal. No ve ni escucha otra cosa que un caballo negro. Sube por el pecho del animal: unas botas, un poncho, un sombrero. Se asusta con el latido de su propio corazón. El hombro tantea la culata. Contiene el aliento. Se le cruza un griterío, pero el ojo se emperra en la presa. El dedo acaricia el gatillo y un fogonazo lo ciega. El mundo se sacude como temblando del miedo. El tiempo se frena en seco, y allá adelante, del otro lado del camino de plomo, los pliegues de un vestido.

-¿Qué pasó, Capitán?
-La china se nos cruzó para atajarle los tiros. Yo lo ayude a subirla al caballo y se perdieron en la noche.
-¿Los dejó ir?
-Los maté mi Coronel, hasta ahí me llegó el odio. La muerte en cambio, es privada...





El Recitador [Arriba]

"Ciego es quien sólo ve el significante;
torpe, el que cree en el significado".
Ahmed Ibn Falad. Basora, 736DC.

Cuentan que en el siglo XV, a un retirado pueblo extremeño llegó un cristiano nuevo -rabí en su juventud dicen algunos, otros afirman que en sus venas corría sangre mora- quien de alguna forma había heredado un libro muy antiguo: hay quien habla de una versión herética de la Torah, en la que estaban todas las palabras del universo, cada cual con su origen y su significado. Y que el rabí, si tal era, ocupaba largas horas en el recitado de aquel libro, en la creencia de que cuando lo supiera todo, conocería a Dios.

No hay cosa mas engañosa digo yo, que un diccionario. En él aparecen todas las cosas, pero no está ninguna. De alguna forma, es como un espejo de palabras.

Se dice que el rabí, una mañana, a la hora en que el sol hace bocetos naranjas sobre la tierra, comenzó a recitar por última vez el libro. Dos días con sus noches ocupo en ello. A la mañana del tercer día, con la última palabra, se volvió loco. Porque, al enunciarlas, cada cosa se le trocaba en signo. Y como loco corría, de aquí para allá, buscando lo perdido, desesperado por hallar lo que tenía adelante.
En tierra lusitana, no tan lejos de allí, afirman que quien más lee menos ve, y quien más aprende, menos sabe; habiendo el que ha quedado ciego por leerlo todo, o loco, tratando de entenderlo.
El buen rabí murió de sed a los dos días, junto al río; muy temprano aparece "agua" entre los coleccionistas de palabras.