| Taller de Narrativa |
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| Guillermo Vertedor |
El Eslabón y la Tenaza
Vidas Paralelas
Luces en el Firmamento
El guitarrista
Los caballos alados
El bebé ángel
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| El guitarrista |
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Una tarde de sol, Alfonso y sus discípulos fueron hasta el arroyo para disfrutar de la frescura del agua, del murmullo que produce el viento al sacudir las copas de los árboles, y del trinar agradecido de los pájaros. Deslumbrados por la Naturaleza, sus discípulos le preguntaron cómo llevar a su vida diaria aquella sensación de plenitud. Alfonso buscó en su memoria y les contó este relato:
"Un muchacho de buen corazón componía música y tocaba virtuosamente la guitarra. Cada día, al culminar con sus obligaciones, iba a la vera del arroyo a regalar sus melodías. A veces, a las aves que revoloteaban en el lugar, quienes, al migrar, las llevaban hasta el valle. Otras tardes, al agua del caudaloso arroyo, el que, transformado en río, las transportaba aguas abajo. Los días ventosos, obsequiaba sus canciones al viento frío que venía de las montañas más altas y que luego viajaría lejos.
En cierta ocasión, movido por sus ganas de actuar, tomó sus pertenencias y comenzó una gira por aquellas comarcas donde, sin saberlo él, su música llegaba por medio de las aves, del agua del arroyo, y del viento. Grande fue su sorpresa cuando comprobó que sus melodías eran muy populares. Rápidamente tuvo reconocimiento por la belleza de sus obras, logrando plasmar su sueño de vivir de la música. Y así fue, gracias a Dios".
Sus discípulos escucharon con atención esta historia y, cerrando los ojos, sintieron que el canto de los pájaros, el fluir del agua del arroyo y el soplo del viento confluían por unos instantes en una maravillosa música, jamás escuchada hasta aquel día.
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| Los caballos alados |
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Una mujer perdió a uno de sus hijos en un accidente y, desde ese momento, su vida se transformó en un martirio. Tuvo un luto muy largo, sus lágrimas surcaban continuamente su rostro y la tristeza le rompió el corazón. Hasta llegó a desear la muerte para reencontrarse con su hijo perdido.
Cierta noche, mientras dormía, se le apareció un ángel en un caballo alado, trayendo consigo otros dos.
- Hola, mujer - la saludó.- Vengo para llevarte con tu hijo.
Ella, sorprendida, le preguntó:
- ¿Para qué traes tres caballos, si con dos será suficiente?
- En realidad no vendrás sola conmigo. También lo hará tu otro hijo, así estarás con ambos y no sufrirás más.
-¡ No, por favor, déjalo! ¡Es muy joven para morir! ¿No es suficiente ya con uno? -gritó desesperada.
- Está bien, así se hará, si ese es tu deseo. Pero con la condición de que tú permanezcas junto a él en la vida.
A regañadientes, ella aceptó. El ángel partió, dejando a los dos caballos atados al palenque.
Despertó sobresaltada de aquel sueño. Desde entonces, lo recordó con mucha frecuencia, como signo de algo que no lograba descifrar.
Poco a poco experimentó una marcada mejoría. Concentró toda su atención en sí misma y en su hijo. Fue recuperando la energía y el entusiasmo a tal punto que un día sintió el deseo de engendrar vida otra vez.
Esa misma noche, el ángel volvió por los dos caballos. Cuando los estaba desatando, ella le dijo:
- Te ha llevado mucho tiempo volver…
- Sí, es verdad - le contestó.- Exactamente el mismo tiempo que a ti te ha llevado volver a vivir.
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| El bebé ángel |
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Agustina caminaba entre las tumbas del cementerio donde descansaban sus seres queridos, cuando súbitamente se encontró con un bebé alado que se detenía ante cada sepulcro y leía las leyendas de las lápidas.
Conmovida, se acercó hasta él y le preguntó:
- ¿Has muerto muy joven, verdad?
El bebé levantó su vista y con una mirada cargada de ternura, le contestó:
- No, no he muerto. A decir verdad, estoy a punto de nacer. Es casi mediodía y tengo turno para las dos de la tarde.
- ¿Y, entonces, qué estás haciendo en este lugar?
-¿Sabes? Me sugirieron darme una vuelta por el camposanto para recordar que, cualesquiera sean los caminos que recorra en la vida, este será siempre el punto de llegada.
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| Luces en el Firmamento |
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Kahoku(1) se inspiró en su nombre para dedicar la vida al estudio del firmamento y se transformó, con el transcurrir de los años, en un brillante astrónomo. Sus estudios lo llevaron a profundizar en esta ciencia y en la relación entre los astros y el comportamiento de los hombres. Así pues, devino también en astrólogo y se dedicó a enseñarles a sus discípulos a partir de ejemplos.
Una hermosa noche abierta, de cielo salpicado con luceros, los llevó a una lejana playa, lejos de todo contacto humano. Era un día muy especial pues, a partir de sus investigaciones, se producirían en la bóveda celeste casi simultáneamente, dos fenómenos muy particulares.
- Hoy les ofreceré una función de magia con las estrellas -dijo a manera de broma.
Sus discípulos permanecieron atentos. Sabían que era un hombre instruido, pero no lo creían capaz de estas cosas.
- Elijan la estrella de aquel sector del cielo que esté titilando con más frecuencia -les propuso.
Ellos buscaron unos minutos y debatieron acerca de cuál era la correcta. Finalmente, uno alzó la voz en nombre de todos:
-Kahoku, hemos elegido aquella: la A-2522.
El astrólogo se mostró conforme. Habían elegido la correcta. Luego insistió:
- Ahora observen detenidamente aquel otro sector -les indicó, señalando la parte más alejada del firmamento.
Sus discípulos siguieron las indicaciones pero, casi sin quererlo, se quedaron observando la primera estrella.
-Ahora debemos aguardar sólo unos instantes y tendrán delante de ustedes algo sorprendente.
Kahoku miró intensamente el cielo. Estaba emocionado. Una sonrisa se dibujó en su rostro y no lo abandonaba. Después se puso frente a sus discípulos y con el índice de su mano izquierda señaló a A-2522.
Lentamente, la estrella se apagó por completo. Ya no emitió más luz o, al menos, se hizo imperceptible desde aquella playa. Sus discípulos quedaron perplejos. Sabían algo de la existencia de estos fenómenos, pero no que podían preverse con tanta exactitud. Ellos también estaban emocionados pues, al final de cuentas, habían presenciado el momento en que un astro dejaba de emitir su luz ante los ojos de los hombres.
- ¿Y qué hay del otro sector, aquel más alejado? - preguntó uno de ellos- ¿Cuál era el motivo por el que debíamos mirar hacia allí?
- Observa con sumo detenimiento y tendrás la respuesta -contestó el astrólogo.
Un puñado de cabezas giraron levemente. Los ojos proyectaron miradas ansiosas de conocimiento. En primera instancia no encontraron nada relevante, hasta que dos o tres cuchichearon algo en voz baja y Kahoku los invitó a que compartieran sus impresiones.
- Allí, en la parte izquierda, próxima a aquella constelación, hemos descubierto una luz nueva. No estaba allí hace un rato, antes de que A-2522 desapareciera de nuestra vista -dijo uno de ellos.
Kahoku esbozó una amplia sonrisa al tiempo que meneaba su cabeza de arriba abajo. Pero aún faltaba la conclusión más importante:
- Amigos míos, esto que pasó ocurre cotidianamente entre los hombres. Corremos detrás de aquellas luces viejas que desaparecen para siempre y no prestamos atención a las nuevas que nacen cada día.
(*) Nombre propio de origen hawaiano que significa "estrella"[Volver]
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| Vidas Paralelas |
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Un hombre tuvo un hijo y para conmemorar aquel magno suceso, plantó un árbol.
Este, soportando tormentas y vendavales, fue creciendo sin prisa y sin pausa. El niño siguió su ejemplo: primero gateó; luego se animó a dar unos pasos, al principio ayudado por su padre; más tarde, completamente sólo.
El árbol se robusteció con fuertes ramas; de estas brotaron, con el tiempo, resistentes hojas que lo decoraron hasta el infinito de un verde vivo. El niño, devenido adolescente, vio brotar el amor en su corazón. Con él conoció el entusiasmo, la algarabía y la plenitud.
El momento culminante de la vida del árbol llegó y regaló los primeros frutos. El adolescente, ahora hombre, siguió sus pasos y tuvo un hijo.
En su madurez, el árbol creció tanto que todas las aves de la comarca buscaban refugio en él. El hombre, ya adulto, extendió sus brazos a aquellos que iban cayendo en el camino de la vida.
Llegó el final. El árbol y el hombre, después de una existencia plena de generosidad, partieron una nublada mañana otoñal. El cielo acompañó la escena dejando caer sus lágrimas desde sendas nubes que colgaban sobre cada uno de ellos.
Ambos tuvieron, como postreros gestos de amor, dos actitudes casi gemelas. El árbol regaló a las aves sus hojas y sus ramas para que armaran sus nidos; y al leñador su tronco, a fin de que hiciera muebles para su hogar y un mango para su hacha. En derredor suyo dejó varios retoños, para que ocuparan su lugar a partir de ese momento.
El hombre siguió su ejemplo por vez última. Sus sentimientos permanecieron en aquellos con los que había compartido sus días. Para quienes no llegaron a conocerlo, donó su corazón, sus pulmones y sus ojos. Y cada parte de su cuerpo que otro ser humano necesitase para seguir adelante, en otras vidas paralelas.
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| El Eslabón y la Tenaza |
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Haru(*) se había transformado, con el tiempo, en un joven lleno de ideales. Era directo y locuaz, pero a menudo le faltaba capacidad para adaptarse a lo nuevo. Había permanecido mucho tiempo en la escuela de formación de líderes que dirigía Kisho (**).
Cierto día, tal vez a causa del ímpetu que emanaba de su nombre, Haru sintió la necesidad de salir al mundo con la intención de cambiarlo. Así fue como recorrió muchas ciudades, comarcas y regiones. La gente que se cruzaba era poco permeable a sus ideas. Su discurso, por otra parte, parecía no ser el adecuado para sacudir a aquellas personas de su estado somnoliento.
Una tarde volvió a la escuela de Kisho para pedirle consejo. Detrás de una humeante taza de té, se sinceró:
- Buen maestro, ha sido infructuosa mi primera convivencia con el mundo. He visitado diversos lugares y la gente que he conocido vive despreocupada del prójimo y del medioambiente. Todos están encadenados al egoísmo por gruesos eslabones…
Kisho lo escuchó atentamente. Al finalizar, le preguntó:
- ¿Y qué tipo de herramientas utilizarías para intentar abrir esos eslabones?
Haru, quien percibió que era llevado al lenguaje metafórico, le respondió:
- Nunca con un hacha, pues sólo lograría quebrarlos dándole siempre en el mismo lugar. Y eso requiere una extraordinaria puntería.
- Tampoco la lima -agregó Kisho-. El proceso podría insumirte toda la vida.
- Creo que descartaría también el martillo. Sólo produciría aplastamiento.
Kisho observó que Haru había interactuado con él en la búsqueda y, en atención a esto, decidió darle un principio de solución:
- Honorable amigo, la herramienta idónea es la tenaza.
Haru reflexionó unos instantes y luego dijo:
- Tienes razón. Puedes asir el eslabón con la tenaza y moverla suavemente de un lado a otro hasta abrirlo. En ello reside el éxito del trabajo…
- Así es -confirmó Kisho-. Has descubierto algo que tú como nadie necesitas aprender: las estructuras cerradas como el eslabón, sólo se quiebran con herramientas abiertas como la tenaza.
(*) Nombre japonés que significa "nacido en primavera"[Volver]
(**) Nombre japonés que significa "aquel que conoce su propia mente"[Volver]
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