| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| Dora Cardó de Paletta | |||||||||||||||||||
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
|
El Patio El cruce Constancia Escrita |
|||||||||||||||||||
| El cruce | [Arriba] | Se cruzaron por única vez en el sendero de la plaza, entre la fuente central y el banco ubicado frente a ella. Algo vibró al unísono y se reconocieron sin verse, ya que ambas evitaron mirarse. Prefirieron no saber, quedarse sólo con lo suyo.
El aviso en el periódico era preciso. A las cuatro de la tarde, en la sala del teatro, con las dos primeras páginas del monólogo de O'Neill, de memoria: "¡Alfredo! ¿ No te parece que ya es hora de que te levantes?". Lo había di-cho mil veces, probando inflexiones, intensidades; no podía decidirse por ninguna. "La voz más alta, Alfredo está en la otra habitación. Pero no con tanto énfasis, recién empiezo a llamarlo". Las seguridades se le venían abajo; las experiencias en el grupo vocacional del club no le servían. Cons-truir el personaje... ¿Pero cómo hacerlo...? ¿Y si apelaba a sus sentimien-tos? ¿Si se dejaba llevar sólo por imaginar a Alfredo dormido, mientras ella trajinaba en la casa de un lado para otro?...¡La memoria emotiva...!¡Eso podía ser! Pero nunca había vivido esa situación; sólo en menor escala, cuando ella ordenaba sus cosas en el cuarto compartido con la hermana, que no quería hacer lo mismo. ¿Alcanzaría? Sin duda el cansancio de aquella mujer sería mucho más grande que el suyo... Faltaba una hora para las cuatro. Sólo tenía que caminar tres cuadras hasta la plaza y atravesarla para llegar, pero la excitación era tanta que decidió salir ya. Estaba sola en la casa, nadie para desearle suerte. Se miró al espejo e intentó por última vez una expresión que le parecía acorde al personaje, mientras la postura erguida y juvenil de su cuerpo se transformaba en la de una mujer abatida. Quedó conforme, se dio ánimo y salió. El calor era insoportable. Caminó las tres cuadras y al acercarse a las pri-meras plantas, percibió el olor intenso del laurel, suspendido en el aire de-masiado caliente y húmedo. Llegó hasta la fuente central. "Las quince y quince, hay tiempo". Se asomó a ella y permitió con gozo que le salpicara el rostro y el cuello. Se veía el teatro, estaba ahí nomás, a cien metros. El papel no era de relevancia, el aviso era claro en esto, pero hablaba de una gira, de itinerarios, de lugares que nunca había visto. Giró su cuerpo hacia el lado opuesto a la fuente y lo descubrió. Estaba pa-rado al lado del banco, mirándola. Dudó un momento. ¿Valía la pena escucharlo? ¿Para qué? Podía adelantar con exactitud todo lo que iba a decirle. Sostuvo la mirada con dominio de sí misma, manteniendo la distancia, demostrándole que había perdido su oportunidad. A ella la esperaban otras.
El aviso en el periódico era preciso. A las cuatro de la tarde, en la sala del teatro, con las dos primeras páginas del monólogo de O'Neill de memoria: "¡Alfredo! ¿No te parece que ya es hora de que... de qué? ¿No te parece que ya es hora de que me llames? Y no era en Alfredo en quien pensaba cada vez que intentaba la frase. "¿No te parece que ya es hora de que madures?" Trató de concentrarse en el per-sonaje, de ponerse en su piel, como el director del grupo vocacional le ha-bía enseñado, de sentir su agotamiento...y concluyó que no sería mayor que el de ella misma. Entonces, lo expresó con fuerza, desde lo más profundo: "¡Alfredo! ¿No te parece que ya es hora de que te levantes?" Eran las tres de la tarde, pero ya no tenía ganas de seguir ensayando. Deci-dió salir antes de tiempo. Atravesó las pocas cuadras que la separaban de la plaza. Sólo tendría que cruzarla para llegar al teatro, pero era temprano to-davía y el agua fresca de la fuente central la llamaba a reponerse del calor abrumador. Se apoyó en su borde para descansar con más comodidad. Desde allí se veía el teatro. Todavía no había nadie en la puerta, esperando. Tenía tiem-po. "¿Y si intentó comunicarse y no pudo?" Giró su cuerpo hacia el lado opuesto a la fuente y lo descubrió, parado junto al banco, mirándola. Quiso sostener la mirada con frialdad, con distanciamiento; quiso mostrar dominio de sí misma. Apeló hasta a sus condiciones teatrales, pero no pu-do. El se le acercó lentamente, titubeando, hasta que vio claramente la complicidad en los ojos de ella. Se abrazaron en silencio y ambos supieron que habría una nueva oportunidad. De todos modos, era muy probable que en la próxima temporada teatral, la compañía volviera y sacara otro aviso en el periódico.
Prefirió dejar el auto frente a la que había sido su casa. El aire fresco de la mañana le dio ganas de caminar hasta el teatro. Se detuvo junto a la fuente de la plaza. Desde allí se podía leer su nombre, escrito con letras grandes y brillantes en la marquesina. Alguien se acercaba. Cargando las bolsas con las compras del día, había pasado con indiferencia frente al viejo edificio teatral, sin siquiera mirar la cartelera. Estaba apurada. La esperaban varias cuestiones domésticas que resolver, y aún tenía que recorrer algunas cuadras para llegar. Esa fue la única vez que se cruzaron. No hubo asombro, sino una repentina opresión en el estómago, como de angustia por algo irrecuperable. Por eso prefirieron no saber, quedarse sólo con lo suyo. Siempre habían tenido la certeza de que ocurriría y de que el único lugar posible era ése: el de la bi-furcación. |
|||||||||||||||||
| Constancia Escrita | [Arriba] | El presente documento, que tengo casi la certeza de estar escribiendo -reconozco entre los dedos la tersura convexa del bolígrafo y hasta puedo escuchar el raspado de su punta sobre el papel -, será para mí suficiente constancia de que hoy (ver fecha arriba a la derecha) yo, Angélica Grevara, amanecí en Florencia. Por supuesto, no soy la única persona que lo ha hecho: hay cuatrocientas mil más, sin contar a los turistas; pero el mío es un caso muy particular -considerarlo único sería aventurarse -, puesto que yo, anoche, me acosté y me dormí en Buenos Aires¸ para ser más precisa en mi departamento de la calle Sanabria al 3400, a dos cuadras de la estación Devoto. Dado lo impredecible de mi situación, es posible que este escrito llegue a destino y yo no. De ser así, espero que algún familiar al ver mi nombre no sólo en el anverso del sobre, sino también en el remitente, se atreva a abrirlo. Paso entonces a relatar lo que llamaré "mi experiencia", aclarando que no estoy en condiciones de discernir si la misma pertenece al ámbito de la realidad circundante o al de mi mente. Los hechos se sucedieron de la siguiente manera: anoche salí a cenar con Cristina y Analía. La charla, lo de siempre: los chicos de la escuela, cada vez más insoportables, la fecha de cobro, el director que insiste en que hay que ser más generosas con las notas, etc. Yo hubiera querido darle un carácter más intimista a la conversación, pero con esas dos, ya se sabe que es imposible. Llegué a casa rozando la medianoche, en un remís. El número telefónico de la agencia está en la puerta de la heladera y la secretaria toma nota de todos los viajes realizados. Menciono estos datos porque pueden servir para comprobar que hasta aquí, todo es correcto. Me desvestí, apoyé la falda y el sweter sobre la silla que tengo frente a la cama, y terminada la ceremonia de cremas, pastillas y control de llaves, me acosté. Creo que no tardé en dormirme. Algunas horas después, me perturbó la luz que se filtraba por los vidrios. Entre dormida y despierta me llamó la atención que el despertador no hubiera sonado siendo tan entrada la mañana, pero no me preocupé, recordando que era sábado. Vislumbré sobre la silla las prendas que había usado la noche anterior y dormité unos minutos más, al cabo de los cuales decidí levantarme. Abrí los ojos, que dieron sobre la ventana. La noté incomprensiblemente grande, hasta que entendí que no era una ventana, sino una puerta de vidrio. Recorrí con la mirada el cuarto: amplísimo, estilo "belle époque". Me levanté de un salto para tomar mi ropa, lo único que reconocía, y al hacerlo, quedó al descubierto el tapizado de brocato rosa, ostensiblemente diferente de la inexpresiva cuerina de mis muebles. No era para alterarse: evidentemente todavía estaba dormida. De modo que me acosté, con la idea de volver a levantarme en un rato, ya despierta. Pasada una cantidad prudencial de minutos, volví a abrir los ojos para encontrarme en mi cuarto, pero me topé con la misma habitación. Comencé a sentir la sofocante impresión de no poder salir de un sueño. Ya otras veces me había pasado y la angustia era causada por no conseguir despegar los párpados. Ahora, en cambio, lo que no podía era desligarme del ambiente del sueño. Me levanté y caminé con miedo hasta la puerta en cuestión. Daba a un balcón con mampostería moldeada, que se asomaba a una plaza, en el sentido europeo de la palabra. Toqué los vidrios y sentí frío en la yema de los dedos. No me atreví a salir, pero enseguida pensé que si lo hacía, quizá el aire fresco lograra despertarme, de modo que giré lentamente el picaporte y me asomé: vi la Piazza de la Repubblica. Desde el balcón escuché llamar a la puerta y antes de que me atreviera a contestar, apareció una mujer joven, con guardapolvo, que en italiano, solicitó permiso para hacer la limpieza. Inconciente de que pudiera extrañarle, le pedí que me dijera dónde me encontraba y si sabía cómo había llegado hasta allí. La mujer se rió como si yo le hubiera hecho una broma, y sólo dijo: "Prego". Fue en ese momento cuando vi, sobre el secreter, algunos papeles con membrete. Leí: Hotel Savoy, 7 Piazza della Repubblica. No me había equivocado. Aunque desde otro ángulo, muchas veces la había mirado durante mi luna de miel. Pero este descubrimiento no me tranquilizó; por el contrario, comencé a desesperarme y a pensar que la pesadilla se estaba haciendo demasiado larga. Me senté en actitud casi de trabajo, en la silla de brocato rosa frente al secreter, para razonar lo más serenamente que pudiera a qué ecuación lógica podría corresponder semejante estado de cosas. Se imponía la teoría del sueño, pero también barajé la posibilidad de estar muerta. Tal vez el paraíso fuera el lugar donde más dichoso se ha sido en vida, y Florencia era el mío. Allí había pasado con Esteban los días de mayor felicidad. Reconozco que me sorprendió su propuesta de matrimonio, pero no tuve necesidad de pensar demasiado la respuesta. Ya antes me había sorprendido que me invitara a salir y también había aceptado sin vacilaciones, como para no darle lugar a que se arrepintiera. Hacía ya algún tiempo que Esteban había empezado a ser el telón de fondo de todos mis pensamientos. Me había convulsionado esa mezcla de melancolía y desenfado; no sólo eso: estaba deslumbrada por su obra, a pesar de que la crítica especializada fue siempre excesivamente cáustica con él. Un semanario de arte publicó que había en sus cuadros "una ausencia total de sentimiento e imaginación". En otra oportunidad, poco antes de casarnos, el único medio que se había ocupado de su muestra la calificó con una frase que quedó impresa en mi mente: "de un academicismo apabullante". Sin embargo, nunca me dejé influenciar por esas expresiones. Al contrario, me di cuenta de que él merecía conocer Florencia, solazarse frente al arte de los grandes maestros, como desde hacía tanto tiempo lo había deseado. En un principio, Esteban no aceptó, por no permitir que yo corriera con los gastos del viaje, pero ante mi insistencia, lo hizo; al fin y al cabo, para mí no era ningún esfuerzo. A pesar de mis exiguos haberes de profesora de Matemáticas, siempre viví cómodamente gracias a los dividendos de la compañía exportadora de cereales que mi padre había fundado en La Pampa. Después de su fallecimiento, mi hermano Pablo quedó a cargo de la empresa y, retirado su sueldo de Gerente, el resto era repartido en partes presuntamente iguales, entre mi hermana mayor, Adriana, él y yo. Sí, éste era indudablemente mi cielo, y quizá ya lo estaba recorriendo. Pero, ¿a causa de qué podía haberse producido mi muerte? Hacía pocos meses, el Dr. Campos había logrado convencerme para que me hiciera un chequeo y los resultados habían sido los esperables; de modo que nada hacía sospechar algo así. Quizá fuera mejor sopesar una alternativa más verosímil: había viajado a Florencia y lo había olvidado. Pregunté en voz alta qué hora era, pero no tuve respuesta: la camarera ya se había marchado. Miré el reloj digital que estaba sobre una de las mesas de luz: marcaba las 9.36 a.m. y la fecha correspondía a la de hoy. Italia tiene cinco horas de diferencia con la Argentina, de modo que en Villa Devoto eran las 4,36 a.m. Los dedos de una mano sobraban para contar las horas transcurridas desde el momento de acostarme. De ninguna manera podía haber llegado, a no ser que me saliera completamente de contexto y empezara a pensar en naves espaciales y experimentos científicos. A pesar del desasosiego, me reí con ganas. ¿Quién iba a tener, aunque fuera en pos de la ciencia, intenciones de enviarme de un soplo a Europa? Hubo una última conjetura: quizá el sueño no fuera despertar en Florencia; quizá siempre estuve aquí y soñe que anoche me había acostado en Buenos Aires. Todo era demasiado inconsistente. Me vestí rápidamente para comenzar a explorar. Tal vez más allá de esa habitación existiera sólo el vacío, o, quién podría saberlo, toda esta locura acabara y volviera a encontrarme en mi departamento. No fue así. Al salir vi un ancho corredor decorado con jarrones de porcelana, al que daban varias puertas numeradas. Volví a entrar. Recién en ese momento experimenté un verdadero sentimiento de desprotección. Levanté el tubo del teléfono y en mi precario italiano, le pedí a la operadora que me diera tono. Llamé a casa. Por un instante me asaltó el angustiante presentimiento de que respondería una voz desconocida. Por suerte escuché la mía, solicitándome que dejara un mensaje. Debí hacerlo: hubiera sido una prueba más. Fuí hasta mi bolso, lo abrí y tomé la billetera. Verifiqué que aún tenía trescientos dólares del último envío de Pablo, y que la tarjeta de crédito estaba en su lugar. Esto me permitiría movilizarme en la calle, si es que ésta no desaparecía al bajar (en los sueños nunca se sabe en qué puede convertirse cada cosa, ni cuándo). Llegué a la puerta del hotel. Estaba, como había observado desde el balcón, en el centro de la ciudad. Caminé mirando vidrieras y al rato me llamó la atención un grupo de personas que, ubicadas en círculo, se reían con algo que yo no alcanzaba a ver. Me acerqué y descubrí a un hombrecito de galera y bastón, que imitaba las piruetas de Charles Chaplin. También a mí me causó gracia. Me sentía extrañamente tranquila, casi agradecida de encontrarme allí. Seguí caminando y pasé sin proponérmelo frente a Santa Maria dei Fiori. Me acerqué al Baptisterio y debo de haberme quedado unos quince minutos frente a la "Porta del Paradiso". Esteban me había explicado, casi diez años antes, cada una de las escenas representadas en ella por Ghiberti, y yo trataba de evocar sus palabras, como si así pudiera recuperar aquel tiempo. Por fin, localicé a un joven de paso acelerado, del cual no pendía ninguna cámara, y le pedí que me indicara cómo llegar a Via delle Oche 15. No era lejos, de modo que enseguida estuve. Leí en la fachada: "Ristorante Dante e Beatrice". Me alegró saber que todavía existía. Allí yo había conocido el placer de la buena mesa. Es que cuando digo que con Esteban aprendí a gozar de la vida, no me refiero solamente al sexo. En mi familia, de clase media acomodada, no quedaba bien enfatizar las bondades de una salsa; debía preferirse la comida francesa a la italiana y aun así, degustarla con una notoria dosis de indiferencia. Durante la cena, las mujeres manifestaban su predilección por el agua antes que por cualquier otra bebida; de modo que era imposible imaginarlas aprobando y menos eligiendo algún tipo de vino. Esteban me enseñó a escoger el ideal para cada plato, y lo que es más importante, a disfrutarlo. A pesar de lo cual, en las reuniones familiares vuelvo a las viejas costumbres. No sé por qué, me convierto en la que ellos quieren que sea. Entré. Me ubiqué en una mesa lateral y no dudé al ordenar el menú: risotto de la casa acompañado por el inigualable Chianti de la región Toscana. Comí sin apuro. A esa altura de los hechos, me parecía natural estar almorzando en Florencia. Salí a la calle y luego de andar unas cuadras, detuve un taxi. Le dije al chofer que quería ir hasta el Piazzole Michelangelo. Subimos por el Viale dei Colli: la vista era cada vez más hermosa. ¿Por qué, imprevistamente, se me regalaba tanta belleza? Llegamos y le pedí al hombre que me esperara. Recién entonces lo miré a la cara. Tenía un aspecto tranquilizador, con las mejillas redondeadas y rojizas y el despejado celeste de la mirada. Tuve la impresión de que su permanencia en el lugar, garantizaba la mía, al menos por un rato. Mientras él encendía un cigarrillo, me apoyé en la baranda para dejarme absorber por el panorama: La Torre de Arnolfo se lanzaba vehemente contra el cielo, por sobre la inconfundible redondez del Duomo y el misterio del Ponte Vecchio, eternamente dormido sobre el Arno. Me recordé en la misma posición, con un brazo de Esteban sobre mis hombros. Me decía que ya no le entusiasmaba continuar con su trabajo en la escuela. Le resultaba deprimente "tratar de inculcar el respeto por el arte a un grupo de forajidos, al que nada elevado o espiritual le interesaba". Prefería dedicar sus tardes a la pintura, en el atelier que acabábamos de alquilar. Me sacudí el pasado y volví al hotel en el mismo coche. Por suerte el "tassista" había aceptado, al igual que el encargado del restaurante, que le pagara en dólares. Subí a la habitación y solicité a la telefonista que me comunicara con Alitalia. Me informé sobre la posibilidad de realizar un vuelo a Buenos Aires, vía Roma o Milán, y de efectuar el pago con tarjeta de crédito. Por ser sábado, el avión saldría de Milán a las 2l,45. En cuanto al vuelo local, despegaba del aeropuerto Americo Vespucci a las l7,50. Me solicitaron, además de mis datos personales, el código de seguridad de la tarjeta, y quedó hecha la reserva. Miré el reloj: eran las dos y veinte de la tarde. Tenía tiempo y también un poco de sueño, pero no quería dormirme. ¿Dónde podría llegar a despertarme? Preferí acercarme a la ventana y mirar, seguramente por última vez, la Piazza della Repubblica. Volví a pensar en Esteban y en mis años de casada. No siempre fue como en Florencia... Con el transcurso del tiempo, la actitud melancólica se había transformado en mal humor y el desenfado de los primeros años había tomado tintes de grosería. ¿Era posible que tuviera que recurrir a las fotos que nos mostraban sonrientes en la Piazza della Signoria o formando fila ante la Galleria dell' Accademia, para volver a ver su expresión de entonces? Pasaba cada vez más tiempo en el bendito atelier y cuando volvía a casa lo hacía sólo físicamente: su espíritu permanecía frente a la obra inconclusa. Se obsesionaba cada vez que comenzaba un cuadro, y yo debía asistir a interminables monólogos, ya que mis opiniones eran sólo inútiles interferencias. No era justo que aquello en lo que tanto lo había apoyado, nos separara. Comprobé con desaliento que los humanos no solemos comportarnos según la lógica inalterable y apaciguante del Teorema de Pitágoras. Comencé a buscar otros motivos, a lucubrar nuevas razones, seguramente a partir de alguna de las noches en que ese cuerpo, antes tibio y hospitalario, se volvía, y la espalda se perpetuaba como una muralla. "Quizá no tenga nada que ver. ¡Está exhausto! Son demasiadas las horas que pasa encerrado. Si por lo menos me dejara ir con él, si pudiera obligarlo a descansar de a ratos...¡No! Lo molestaría, no le gusta que le hablen cuando pinta..." Y otra vez la espalda, siempre la espalda impidiéndome la caricia, negándome la intimidad, excluyéndome. No hubo otro tipo de evidencias. Sólo que, en ocasiones, llegaba a casa con un perfume desconocido. Era un perfume -aunque ya lejano- denso y áspero, decididamente masculino, de modo que soslayaba la sospecha. Hasta la tarde en que Adriana entró a casa como un temporal y luego de recordarme su vocación de defensora de la familia, me echó encima tal cantidad de pruebas que me ví obligada a admitir lo que no quería. Ya no pude menos que demostrar a la familia, que, como siempre, seguía las reglas que se nos habían inculcado. Me separé y volví a mi vida anterior: sin dudas, sin humillaciones, y sin él. Aunque a veces se me da por imaginar que Adriana se muere..., y Esteban me asegura que las cosas no fueron como aparentaban, y yo me doy cuenta de que es sincero y... Ahora estoy sentada en el hall del hotel, esperando el auto que deberá llevarme al aeropuerto, previo paso por el correo desde donde enviaré esta constancia a mi domicilio. Como no tengo equipaje, no llamo la atención; es decir, no tengo el aspecto de alguien que se escapa de un hotel sin pagar. Me disgusta tener que hacerlo, pero sería arriesgado acercarme al personal de recepción y explicar que no sé cuándo llegué, que ni siquiera sé si llegué alguna vez. Podría pasar el resto de mi vida en un psiquiátrico florentino... Acabo de controlar el dinero que me queda: es el resto exacto, descontando los gastos realizados. Esto, en lugar de tranquilizarme, aumenta mi inquietud. Me desorienta que todo concuerde, que nada se haya transformado en otra cosa: ni objetos, ni personas, ni lugares... En fin, ya falta poco. Tengo la esperanza de que, cuando el avión comience a carretear, con el ruido de las turbinas... |
|||||||||||||||||
| El Patio | [Arriba] | Hoy vi el patio. Pasó después de la siesta, como las otras veces. Aunque, "siesta" es una manera de decir: me acomodo en un sillón de respaldo alto, apoyo la cabeza y descanso unos minutos con los ojos cerrados. Estaba por volver a abrirlos cuando lo ví: rectangular y espacioso. En el piso, mosaicos de tonos ocre formaban dibujos geométricos.
Pasé varios días sin ver el patio. Es ajeno a mi voluntad: se muestra cuando quiere y cuando quiere se oculta, pero hoy apareció.
Ayer a la tarde era mediodía en el patio. Se notaba en la luz, que daba de plano sobre las cosas. Me llamó la atención una mesa muy larga. Habían tenido que colocar dos manteles para cubrirla. En el centro un florero con claveles y alrededor vasos, platos y servilletas, esperando.
Debió de ser muy tarde: los postigos estaban cerrados y no quedaba una sola luz encendida. Todo parecía dormir, menos las hojas de las plantas, que de tanto en tanto se agitaban con la brisa. Era una noche clara. Seguro había luna llena.
Me inquieta el patio. He removido viejos recuerdos, tratando de encontrarlo, pero no aparece. Era de esperar.
Todo era oscuridad. Hasta que un relámpago zigzagueó en el cielo y entonces vislumbré la figura de un hombre que atravesaba el patio. No alcancé a ver sus facciones, pero juraría que era el que se sentó a la mesa junto a la muchacha de blanco. Llevaba en los brazos un bulto envuelto en una frazada y lo sostenía contra su pecho, inclinando sobre él la cabeza, para protegerlo de la lluvia.
Si papá viviera podría orientarme. Quizá alguna vez estuvimos en ese patio. Aunque..., no sé. Costaba arrancarle las palabras.
La lluvia es cada vez más frecuente en el patio. La de hoy fue tan caudalosa, que tapaba el dibujo de los mosaicos. El agua corría hacia la rejilla arrastrando una muñequita maltrecha.
Ya no hay noches claras, ni días de sol en el patio. Sólo oscuridad y la lluvia monótona, interminable...
|
|||||||||||||||||