| Taller de Narrativa | |||||||||||||||||||
| Delia Enguix | |||||||||||||||||||
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El patio
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| El patio | [Arriba] | Luisa eligió esa casa por el patio. O mejor dicho, por el sol que llenaba ese patio en las mañanas. Cuando su hijo naciera disfrutaría sin duda de aquel rectángulo luminoso y cálido. Le era tan fácil imaginarlo sentado en el suelo con sus juguetes... o echado sobre la espalda y ahogado por la risa entre las patas del perro... Nació una niña. Y casi al mismo tiempo, una enorme pared empezó a crecer cerrando el camino del sol. Y creció mucho más rápido que la pequeña Elena. Y mucho, mucho más alta. Cuando estuvo terminada, era una gigantesca llanura vertical, blanca, lisa y monótona, coronada allá arriba por una pequeña chimenea casi invisible. De la chimenea salían a veces unas ondas vaporosas que el viento dispersa-ba pronto. Otras veces, el humo era denso y negro y dejaba el patio cu-bierto de hollín. Luisa odiaba esa pared porque había limitado su mundo, trayendo el hori-zonte hasta la punta de sus dedos. Por su culpa, se sentía metida en un pozo profundo y angosto, ahogada por la falta de sol, prisionera entre las paredes inhumanas de esos gigantes. Pero Elenita igual se sentaba en el patio. Ponía allí su mesa y su sillita y jugaba a escribir. Porque vaya uno a saber por qué, Elenita empezó a garabatear poesías tan pronto como supo sacar letras de la punta de su lápiz. Y soñaba que ese sitio húmedo y oscuro era el fondo del mar. Y que allá arriba, allá lejos, en ese rectángulo azul donde el sol brillaba, rodaban, algunos días, plácidas y tenues olas blancas. Y que, otras veces, se desataban negras tempestades que revolvían las aguas y dejaban los restos de su furia esparcidos sobre su cabeza, sobre su mesa y sobre las hojas de sus poemas. |
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