Taller de Narrativa  
Berta Rosenvorzel
Autorretrato  Casamiento Judío  Cuba, con mirada viajera


Autorretrato [Arriba]

No sonaron los clarines en mi nacimiento a orillas del Río Uruguay, “río de los pájaros”, en la culta y entrerriana Concepción del Uruguay. Me acogieron los brazos, el amor y la flor silvestre, anticipando mi ternura.

Mi infancia transcurrió entre la escuela, mis lecciones de piano, mi frustrada ambición de danzar, mucho juego, descubrimientos telúricos y escapadas a la hora de la siesta para robar plantas, con la complicidad de la amiga del alma, o para enternecer al confitero que nos regalaba masas o caramelos.

El amor descubriendo las formas de mi cuerpo con pudor adolescente, el roce de la mano y la mirada cercana.

Una gran pila de libros, rumbo a la Normal. Qué años de ingenua ignorancia, risa abierta, y de saberes humanos y de los otros.

Admiraba la cultura de mi padre y la de mi hermano mayor y a su costado maduré repentinamente, sin entenderlo bien, con “las fuerzas morales" y "El hom­bre mediocre" de Ingenieros, pero también con poesía: la de Alfonsina ácida, Bécquer, Manuel Acuña y los veinte poemas de amor de Neruda. Y el aprendizaje educativo, con lecturas del gran maestro uruguayo Jesualdo.

Con mi titulo de Maestra Normal recalé con bastante miedo y mis casi 18 años, en la escuela rural de un paraje llamado El Tropezón, en mi provincia natal.

  Un mundo desconocido de campesinos, para una niña de la ciudad. Algunos eran paupérrimos y otros tenían buena situación económica. Muchos niños no comenzaban a término las clases pues debían ayudar en las faenas del cam­po: eran los hijos de peones o de campesinos pobres.

La escuela que me recibió tenía una sola habitación de material, pintada por fuera de blanco y por dentro, piso de tierra; alcanzaban los cajones y pupitres, los dos pizarrones, y sobraban agujeros por donde transitaban las ratas que me aterrorizaban. El techo quedó derruido por el eucalipto que cayó sobre él en una noche de tormenta.

¿Qué pedagogía me explicaba cómo debía enseñar en estas condiciones?

¿Qué pedagogía se refería a los niños-hombrecitos, cuya infancia les era arrebatada por leyes inhumanas, que respondían a una sociedad inhumana?

Yo abrazaba otros sueños y aunque mi aprendizaje fue durísimo, eché a volar con mis niños; muchos, descalzos, con pio­jos y llenos de mugre.

Los dolores del hombre por la injusticia social, marcaron mi perfil y con Martí me dije: “Con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar".

Vida de luchas, alegrías, riesgos, prisión, en un país casi siempre signado por las botas. Pero vida plena de solidaridad.

La revolución cubana afirmó mis convicciones y con otros cuatro maestros nos incorporamos a la Campaña Nacional de Alfabetización de Adultos, que en el año 1961 terminó con la ignorancia de casi un millón de personas. Estábamos conmovidos por llevar luz a tantos siglos de oscuridad e ignominia.

También el amor maduro, apasionado, prisionero y trunco. Me convencí de que el mundo seguía y yo inmersa en él.

En mi país cada fuenteovejuna me tuvo en sus filas con otros miles más, porque "en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos", como reza Benedetti.

Midedicación a las causas del pueblo selló más de cuarenta años vinculados a la educación, tanto en el campo gremial, cuanto profesional y popular

Una vida tan simple como la de muchos argentinos, que incluso la inmolaron.

No me cuestiono filosóficamente la existencia: existo, pienso, actúo, elijo.

Me enternecen los niños de todas las edades, el perro callejero y el florista que me regala una flor para el día de los enamorados, y me duelen los que viven en la calle, con sus ojos tristes y sin caricias.

Amo el oxígeno, las aves de libre vuelo, el cielo azul, el sol y mi ciudad.

Amo la gente sencilla, en la que puedo descubrir por sus ojos, el alma.

Amo la vida con pasión, esa amiga que va conmigo desde siempre. Gozo con el perfume de los eucaliptos, los tilos y las glicinas cuando voy al campo.

Soy impaciente, ansiosa, impulsiva y a veces intolerante, aunque los años atemperaron estos rasgos. Desprecio la hipocresía y la mentira.

Entre el otoño y el invierno de mi vida, escribo, quiero decir versos, y estoy aprendiendo este noble oficio.

Puede que alguna vez alguien me diga “poeta”...





Casamiento Judío [Arriba]

Manuel y Teresa se conocieron en un baile de carnaval allá por los finales del 39, y se enamoraron. Estuvieron noviando casi un año y para el verano siguiente fijaron fecha de casamiento.

Ella, hija de chacareros, de aquellos que vinieron a comienzos de siglo emigrando de su Rusia natal, vivía en el campo, cerca de la localidad de Basavilbaso, en la provincia de Entre Ríos.

Él, empleado de comercio, autodidacta, residía con su familia en Concep-ción del Uruguay.

Una semana antes de la ceremonia civil y de la religiosa, comenzaron los preparativos en casa de Teresa. En medio de una frondosa arboleda de pa-raísos y con plantas repletas de flores, todo era movimiento y alegría. Hasta Gracielita, la hermana menor del novio, de sólo doce años, batía y batía con dos tenedores las claras de huevo, hasta obtener su punto de nie-ve.

También lo hacían algunas mujeres mayores, chacareras del pago. Y la ma-dre del novio, con otras colaboradoras, obtenían crema y manteca de la le-che ordeñada, las que luego se utilizarían en la elaboración de tortas blan-cas y morenas, llamadas "leiquej", como así también los deliciosos "stru-del" de dulce de membrillo y maní, herencia de su país de origen.

Pero eso no era todo. Había que preparar la cena, que se serviría después del oficio religioso.

El menú de la cocina judía incluía un primer plato con el siempre bienveni-do pescado relleno -"guefilte fish"-: una parte se cocinaba al horno y la otra hervida con abundante cebolla. El segundo plato consistía en pollo al horno acompañado con "knises", que es una especie de empanada redonda, relle-na con puré de papa y cebolla frita. También los había dulzones, con puré de batata. A los chicos, que eran numerosos, pues acompañaban a sus ma-dres y abuelas, se les confió la tarea de pelar papas y batatas, aunque tam-bién se daban tiempo para jugar.

La familia y los numerosos amigos se ocupaban para que todo saliera bien y que la comida fuera abundante. Para estos menesteres era mucha la gente dispuesta, porque antes de cocinar los pollos, había que desplumarlos. Era labor pesada, ya que el número de aves se acercaba al centenar, porque una cantidad muy grande de personas asistiría al casamiento. Además, para esto se ofrecían mujeres con experiencia, que cobraban por el trabajo.

Llegó el jueves, día de la ceremonia civil, por la mañana. Concluida la misma, marcharon familiares y padrinos a casa de Teresa, donde se sirvió un suculento almuerzo: asado vacuno y de corderito, con abundante vino y bebidas sin alcohol de aquella época. Se bailó con entusiasmo al compás del acordeón. Gracielita y el resto de los gurises hicieron rondas y jugaron hasta tarde.

El sábado de esa misma semana se realizó la ceremonia religiosa. Para este fin, los padres de Teresa contrataron un amplio y céntrico salón en Basavil-baso, y también a la orquesta que animaría la fiesta. La integraban personas mayores, todos aficionados, que tocaban instrumentos de viento y por su-puesto, el infaltable violín. Se los denominaba "kletzmer" y ejecutaban mú-sica judía alegre y ruidosa.

Días antes de estos acontecimientos, arribó desde Buenos Aires, en tren, en segunda clase, una numerosa parentela del novio, tíos, primos y hermanos, quienes se alojaron en casa de los familiares, en el pueblo.

Alrededor de las 20 horas, comenzaron a llegar los invitados, con sus mejo-res galas.

Al frente, en el salón, se había levantado el palio -la "jupá" o "jipe"- para el oficio religioso.

Primero llegó el novio. Vestía traje oscuro con una flor de azahar en el ojal de la solapa, acompañado por la madrina, quién lucía un vestido largo de encaje azul, con zapatos y guantes al tono.

A él se lo veía muy emocionado, y sus ojos, entre grises y verdosos, refle-jaban su estado de ánimo.

Al compás de la marcha nupcial apareció la novia, del brazo de su padre. Todas las miradas eran para ella. Su blanco vestido de raso y encaje resal-taba sus hermosos y expresivos ojos, color celeste claro.

Gracielita tenía puesto un vestido de plumetí rosado, confeccionado por su hermana mayor, que la hacía sentirse como la princesa de un cuento de ha-das.

Enseguida el Jazem -sacerdote-, comenzó la liturgia, leyendo y cantando en hebreo pasajes de la TORAH, el libro sagrado. Y luego, en español, los consabidos derechos y deberes.

En el momento indicado por el Jazem, los novios intercambiaron los ani-llos; bebieron un poco de vino y la ceremonia finalizó cuando el novio pisó y rompió una copia de vidrio. Se lo consideraba un símbolo de buenos au-gurios y para espantar los malos espíritus.

Enseguida, padres y familiares, que estaban bajo el palio, abrazaron y besa-ron a los contrayentes y después lo hicieron entre sí, exclamando "lejaiem, lejaiem", que se traduce "por la vida, por la vida". Gracielita, de la mano de su madre, saltaba alborozada para besar a los novios.

Antes de tomar asiento frente a las mesas muy bien ordenadas, se invitaba a los asistentes a comer "laiquej" y beber una copita de licor. Luego hombres y mujeres, tomados de las manos en ronda, comenzaron a bailar al compás rápido de la música. Giraban a un lado y al otro con los brazos en alto, ca-denciosamente. De pronto, un hombre mayor se ubicó en el centro de la ronda e interpretó un baile ruso muy movido, denominado en idisch "cale-chok".

Esta gimnasia predisponía para el buen comer y beber. Y entre plato y pla-to, volvían a la danza. Y los kletzmer acompañaban con sus ritmos.

Llegó la hora de cortar la torta de dos pisos, ubicada en la mesa central. Las jóvenes se pusieron a su alrededor para tirar de las cintitas, aspirando a sacar el anillo, como un don propicio a futuro casamiento. También partici-pó Gracielita, que no quería perderse nada de lo que allí sucedía.

Entrada la madrugada, empezó el éxodo. Primero los invitados: a cada fa-milia se le entregó un paquete con comida para que pudieran seguir sabo-reándola.

Luego fue el turno de los familiares, cuyo paquete era más grande. Por úl-timo partieron los novios. Ellos viajarían a Buenos Aires para pasar su luna de miel.

Manuel, un espléndido joven de 24 años y Teresa una dulce muchacha de apenas 20, comenzaban una nueva vida plena de amor, responsabilidad y esperanza.

Cinco años después, fallecía Manuel.





Cuba, con mirada viajera [Arriba]

Rodeada de sierras y vegetación lujuriosa, brinda su belleza Santiago de Cuba. Es el Oriente de la Isla, "ese verde lagarto", al decir de Nicolás Gui-llén.

Declarada "ciudad héroe", fue cuna de las guerras por la Independencia del colonialismo español. Precisamente en Dos Ríos, inmoló su vida José Martí. En sus intrincadas sierras se gestó la insurrección armada que liqui-dó la tiranía de Fulgencio Batista, el 1° de enero de 1959. Desde los balco-nes de su Municipalidad, Fidel Castro proclamaba el triunfo de la Revolu-ción.

Allá por el año 1988, en uno de mis primeros viajes, después del año 61, cuando participé en la Campaña Nacional de Alfabetización, nos encontrá-bamos con la gente de la Casa de la Amistad Argentino-Cubana, tomando unos mates en la Plaza Central. Sin darnos cuenta nos vimos rodeados por curiosos que nos miraban extrañados. Les explicamos con detalle el ritual y les aclaramos que también el Che se deleitaba con su sabor.

Era entrada esa tarde calurosa. Nos llamó la atención la cantidad de ni-ños que jugaban. Las niñas de tez morena, blanca, negra, adornaban sus cabezas con moños de distintos colores. Parecían estar en exposición en una vidriera.

Y los fines de semana, calle abajo, calle arriba, por Heredia, se realiza-ban múltiples peñas de viejas y nuevas trovas. Las primeras entonaban can-ciones románticas, y las segundas, temas de la vida cotidiana, con nuevos ritmos. No faltaban las de tango, que adoran los cubanos. A los cantores y guitarreros se los veía trajeados al mejor estilo gardeliano y peinados "a la gomina". Como argentina, me invitaron a cantar: entoné "Melodía de Arra-bal", acompañada por un guitarrista. Tampoco estaban ausentes los plásti-cos, el teatro, el mimo y la danza.

En otros viajes - llevo once a la fecha - regresé a esta ciudad como Pre-sidente de la Asociación de Educadores de Latinoamérica y el Caribe (AE-LAC). Estuve en el Teatro Heredia, llamado así en homenaje al gran poeta cubano. Es un enorme complejo modernísimo, donde se representan obras del teatro clásico y moderno.

Frente a él, en una de las tantas plazas que hay en la ciudad, se erige la estatua de Antonio Maceo, "El Titán de Bronce", general de las guerras independentistas del siglo XIX, hijo de Mariana Grajales, reconocida como "madre heroica", pues entregó varios hijos para que la Patria fuera libre.

La casa de Diego Velázquez, Adelantado de la Corona Española, hoy es Museo. Allí me sacudió ver, entre tantas riquezas y belleza arquitectónica, los antiguos instrumentos de tortura, para los esclavos que osaran rebelarse.

Gracias a mis colegas de AELAC, pude conocer lugares históricos que están fuera del cicuito turístico habitual. Así, en una oportunidad, recorrí lo que fuera la Comandancia del Segundo Frente Insurreccional, a cargo del actual Ministro de las Fuerzas Armadas, Raúl Castro, y el Palacio de Pione-ros, en la pequeña localidad que sigue llamándose Segundo Frente.

En esa institución educativa no formal, de tipo vocacional, tuve ocasión de charlar con alumnos y maestros. En mi honor bailaron "El Humahua-queño", nuestro hermoso carnavalito, al que yo también me incorporé. Car-gada de afecto y de presentes hechos por los mismos niños, emprendí el regreso.

Lo que se conoció como el Cuartel Moncada, hoy es la Ciudad Escolar 26 de Julio. Lleva ese nombre en recuerdo de quienes un 26 de julio de 1953, intentaron apoderarse de él, como parte de la lucha contra Batista. A su frente iba Fidel Castro y un grupo de patriotas no muy numeroso. Fue-ron derrotados y encarcelados.

En su amplísimo patio me dieron la bienvenida los alumnos y el personal docente. En amable diálogo con todos ellos, me inquirieron sobre la sita-ción educativa en la Argentina. También regresé colmada de amor y de obsequios.

Los creyentes son devotos de la Virgen del Cobre. Su iglesia, a la que acuden de toda Cuba, está en una zona productora de ese mineral. Fui a vi-sitarla, como así también el Parque, donde están representados animales prehistóricos, en piedra y en tamaño natural.

En el pequeño hotel en que me alojaba no había agua caliente, pues es una zona de intenso calor. Como la deseaba tibia para mi higiene personal, hubo que calentarla y acometer la tarea con una jarra y un balde, al mejor estilo rural.

Caminando por las calles de Santiago de Cuba, charlamos con cuanta persona quisimos. Les encanta nuestro acento, y a nosotros el suyo, tan ca-dencioso como su música. Los temas eran variados, desde cómo vivíamos los argentinos, hasta la cuestión del inhumano bloqueo impuesto por el go-bierno norteamericano por más de 40 años, merced al cual muchas de sus necesidades primarias permanecen insatisfechas.

Casi siempre nos invitaban a sus casas, donde generosamente nos serví-an, en tacitas pequeñas, un café muy concentrado, tibio, no muy apetecible a nuestro paladar, pero con el calor de lo humano. En estas charlas supe que esta tierra fue cuna del bolero, el cha cha cha, el son y la conga.

Los santiagueros tiene un dicho: "No os asombréis de nada: Estáis en Santiago".