Taller de Narrativa  
Ana Bauchiero
Víctimas
El precio de la Palabra
Todo un caballero



Víctimas [Arriba]

Los primeros disparos del sol que hicieron impacto en el espejo, habían esparcido esquirlas brillantes por toda la habitación del pequeño departamento: sobre la ropa de ambos, abandonada en cualquier parte; en la alfombra; en las llaves del auto apoyadas sobre la mesa; en el retrato de Inesita y en el cabello desordenado de Beatriz, que dormía dulcemente.

Juan Luis se deslizó cauteloso del diván y, después de encender un cigarrillo, se quedó mirándola con atención. En él no eran habituales las aventuras. Sin embargo, ayer se había sentido atraído por aquella mujer extraña y había experimentado, por primera vez en mucho tiempo, el deseo de hacer feliz  a otra persona, pero ¡sabía tan poco de ella!

Unos amigos comunes los habían invitado a una cita "a ciegas" y sus mutuas soledades los habían empujado, casi sin advertirlo, a esa noche de amor.

Mientras la miraba dormir, jugueteó con su pie desnudo en el borde del diván. El leve crujido del tapizado bastó para despertarla. Estiró los brazos fuera de la sábana y sonriendo, le dijo:

-Trampas, no.

Juan Luis se estremeció. Despierta y a la luz del día, le pareció mayor, más madura y experimentada, menos fresca… Ella lo miró con tristeza:

-Tampoco a mí me gustan las aventuras. Si supieras que fue la primera vez desde…- y se encerró en un silencio pesado, que quedó flotando sobre ambos.

Beatriz recordó de pronto la fotografía de una muchacha sonriente  que había visto la noche anterior, y la buscó con la mirada:

-¿Es tu mujer?

-No, mi hija. Vive en Europa con su madre. Y vos, ¿tenés hijos?

El rostro de Beatriz se cubrió de sombras. Juan Luis advirtió dos profundas arrugas junto a la comisura de sus labios.

-No- fue la respuesta cortante, y estirando su brazo desnudo, trató de alcanzar su ropa interior.

Juan Luis caminó hacia la ventana y miró el cielo.

-Vestíte tranquila, voy a preparar café.

La aventura fugaz de una noche de verano había terminado.

Cuando Juan Luis volvió de la cocina con las dos tazas humeantes en una bandeja de plástico, Beatriz ya estaba junto a la puerta, totalmente vestida, y agitaba nerviosa las llaves de su auto.

-Me voy. Odio las despedidas.- dijo ante la mirada atónita del hombre.

En ese momento, Beatriz odiaba no sólo las despedidas. Odiaba también al mundo, a ese intruso al que había dejado entrar en su vida, pero sobre todo odiaba a su cuerpo que, con sus reclamos, la había empujado a esa aventura en un instante de debilidad.

Juan Luis la miró, giró la llave en la cerradura e insistió: -¿Ni siquiera un café?

Beatriz vaciló. Después de todo no debía ser tan descortés con un hombre que, en todo momento, la había tratado con corrección.

-Bueno, pero sólo un café.

Juan Luis advirtió de pronto que temía tanto que se fuera, como que se quedara. Por alguna razón incomprensible, aquella mujer lo perturbaba.

Sentada en un sillón, ya más serena, volvía a parecerse a la persona que había conocido la noche anterior.

-¿Querés que hablemos?- se animó a insinuar, y recién entonces reparó en lo poco que habían conversado desde que los presentaran: unas pocas frases formales, algunos cumplidos…y después la pasión.

Beatriz continuó en silencio, sin contestarle, pero su quietud y serenidad lo animaron.

-Fue la primera vez…¿desde qué, desde cuándo?

Ella volvió a mirarlo con aquellos ojos inundados de una pena estremecedora y, casi en un susurro, comenzó:

-La mía es una historia de tantas. Nos conocimos al terminar el secundario  y desde el primer momento supimos que era para siempre. El había elegido la carrera militar y estudiaba sin descanso, con grandes sacrificios, para  el ingreso, que en aquellos tiempos era muy difícil. Después, una vez en el Colegio, continuó estudiando con dedicación y terminó todos los cursos entre los mejores.¡Con qué alegría había recibido su primer grado! "Ya verás, cuando nuestra generación llegue arriba, la patria va a cambiar" me decía con entusiasmo.  Y creía firmemente que, en sus manos y en las de sus compañeros, estaba la posibilidad de hacer una Argentina más grande, más fuerte, más ética…

Beatriz había levantado poco a poco la voz y sus mejillas ardían. Esa mirada que tanto conmovía a Juan Luis se había vuelto ausente.

-Nos casamos en primavera y él fue destinado a Tucumán. ¡Éramos tan felices! La noticia de mi embarazo nos enloqueció de alegría. Un día, dos jóvenes de nuestra edad, en una motocicleta, nos dispararon al salir de nuestra casa. El murió en el acto, yo perdí mi bebé.

La expresión de Juan Luis unía el asombro y el miedo. Ella se había cubierto el rostro con las manos y parecía delirar.

-Mi bebé, mi pobre bebé sin culpa. El fue un desaparecido más en esa guerra que nadie comprendió bien… Aunque no, él no desapareció. Yo sé bien dónde está: en el fondo de alguna alcantarilla de Tucumán. ¡Mi bebé, mi pobre bebé sin culpa!

Ahora Beatriz sollozaba calladamente y Juan Luis alimentaba el silencio. Las dos tazas de café a medio beber quedaron olvidadas, junto al retrato de Inesita. Desde la calle, subían los primeros ruidos de la mañana pero ellos seguían allí, mudos y encerrados en un pesado cerco de angustia.

Juan Luis encendió un cigarrillo y aspiró el humo con fruición. Temía hablar, porque ella ya se había serenado y estaba inmóvil, ausente, pero ahora sí, bellísima, con la belleza incomparable que da el dolor.

Lo miró, sonrió apenas y poniéndose de pie, ya repuesta, le dijo:

-Ya me voy. ¡Adiós!

-Beatriz, me gustás. Juntos nos sentimos bien. El pasado es sólo eso, pasado, vida, experiencia…No perdamos el futuro.

-Tal vez tengas razón.

La mujer estrechó con fuerza la mano que el hombre le tendía y, de improviso, lo besó en la mejilla.

-¿Te acompaño hasta el auto?

-No, prefiero saludarte desde abajo. ¡Chau!

Juan Luis cerró la puerta del ascensor, recogió el diario en el umbral de su departamento, miró apenas los titulares y se detuvo en la fotografía de los famélicos habitantes de Angola, que huían despavoridos de su patria, desangrada por una lucha que nadie podía explicar.

Se acercó a la ventana. Beatriz, antes de subir a su auto, agitó su mano mirándolo y, poniendo en marcha el motor, se alejó calle abajo.

Juan Luis se volvió hacia el interior, se sentó en el mismo sillón en que un momento antes estuviera ella, tomó el retrato de Inesita y lo miró largamente. Entonces recordó, recordó a su mujer, a aquellos amigos suyos que nunca más volvieron, a la huída angustiosa con la niña… Recordó los gritos de aquellos hombres buscándolas por toda la casa, la cárcel, las torturas y, por fin, esa libertad solitaria, de la que aún no se había repuesto, porque ellas nunca habían regresado.

Sintió correr incontenibles las lágrimas por sus mejillas y de pronto, una pregunta se le incrustó en el pecho: “¿Cuántas verdades hay o cuántas mentiras?”

Ya hacía calor en Buenos Aires y un vaho pesado subía del asfalto.





El precio de la Palabra [Arriba]

La primavera de 1955 en Buenos Aires, no era como todas. Hacía pocos días había caído el régimen peronista y en la Escuela Superior de Periodismo los alumnos estaban todavía perplejos ante el nuevo panorama político.

Por fin la palabra era libre. Se habían formado para su futura profesión en años de censura, y ahora debían habituarse a una circunstancia para ellos desconocida. Todos estaban exaltados y ansiosos por demostrar al mundo su capacidad para utilizar las nuevas posibilidades.

Surgió entonces, en el grupo de los más audaces, la idea de editar una revista. Una publicación propia donde no hubiera ninguna clase de compromiso para expresar sus pensamientos, por osados que fueran.

Como todo proyecto requiere un caudillo, tomó la posta Cejas, un alumno un poco extravagante, pero resuelto y emprendedor. Con el cabello largo y descuidado, la ropa desaliñada y aspecto famélico, parecía un precursor de lo que, muchos años más tarde, sería el movimiento hippie. Sin embargo, poseía condiciones innatas para la conducción y, muy pronto, se hizo cargo de las esperanzas de todos sus compañeros.

Con la intención de darle a la publicación envergadura y seriedad, bosquejaron un plan que tomaba como base la estructura de las revistas políticas que, con la caída de la dictadura, pululaban en todas las editoriales. Por consejo de Cejas, devenido Director General, crearon veinte comisiones, una por sección, con un jefe, un secretario y un redactor cada una. Como no había sesenta alumnos dispuestos a trabajar en la idea, decidieron colocar a algunos, los más comprometidos, en varios puestos. Así Müller, el más activo, era jefe de Espectáculos, secretario de Deportes y redactor de Internacionales.

Por democrática mayoría fue elegido el nombre: "Miras", pues, como había explicado el Director General, ellos no querían hacer de sus páginas una tribuna de expresión, sino más bien un atalaya desde donde dirigir una mirada joven a los problemas del país.

La única dificultad, y no menor, fue la financiación de la revista, más aún porque Cejas, y con él todos sus compañeros, se negaban a aceptar ninguna clase de aporte que pudiera significar una claudicación de los sagrados principios de la libertad de prensa. En especial, detestaban la publicidad porque creían que los avisadores coartarían su poder de decisión, y además, disminuirían la calidad de la revista.

- ¿Te imaginás el aviso de un salame junto a un ensayo sobre Picasso? - era el argumento preferido del jefe, cuando alguno de sus compañeros ofrecía algo que pudiera parecerse a una publicidad.

En definitiva, todos los miembros del staff terminaron aportando unos pesos, cada uno en la medida de sus posibilidades, a cambio de la promesa de cierto número de ejemplares de "Miras", y como esto no fuera suficiente, organizaron un baile, al cual invitaron a los alumnos del Instituto y a sus amigos personales. La fiesta rindió como fruto, además de los fondos faltantes, dos o tres parejas de novios entre los promotores de la idea.

Se le entregaron entonces a Cejas, que ya había conseguido los presupuestos de imprenta, los originales de la revista, ya diagramada por la comisión de Diseño, y el dinero suficiente para imprimirla.

De allí en más, todo fue ansiedad por tener en las manos el resultado de tanto esfuerzo.

El Director General desapareció por varias semanas. Dejó de asistir a las clases y, para preocupación de sus compañeros, ni siquiera apareció por El Moderno, un barcito cercano a la Plaza San Martín, que había oficiado de sala de redacción mientras elaboraban la revista.

En un primer momento, todos atribuyeron la ausencia a su afán por controlar el trabajo de la imprenta, pero como pasaban los días y no había noticias, comenzaron a temer alguna otra causa imprevista.
- ¿Y si está enfermo?
- ¿Y si lo asaltaron cuando llevaba el dinero de la revista?
- La macana es que no tiene teléfono...
- Pero debería haber llamado él. Podría imaginarse lo ansiosos que estamos.

Cuando ya todos estaban seguros de que algo malo había pasado y Müller y su novia habían decidido viajar a Villa Soldati para confirmar las sospechas, Cejas hizo su entrada triunfal en El Moderno. Desconocido, con el cabello corto y bien peinado, afeitado y vestido con un traje impecable, corbata al tono, zapatos nuevos y hasta un portafolios negro, se había transformado en otra persona.

Repuestos de su asombro inicial, comenzaron las preguntas: -¿Qué te pasó? Nos tenías a todos alarmados.
-¿Y esa pinta? ¡Parecés un ejecutivo! ¿Heredaste a tu tío, el almacenero?
Una de las muchachas, mujer al fin, disparó la pregunta que rondaba en la mente de todos:
- Che, ¿ y la guita de la revista?
Cejas la miró con displicencia, arregló el nudo de su corbata de seda, suspiró y con desgano replicó:
- Está invertida. En relaciones públicas.
- ¿Cómo invertida? ¿Cómo en "relaciones públicas"? ¿Querés decir que no va a haber ninguna revista?
- Ustedes tienen que comprender. Yo soy el Director General, la cara visible de la publicación. ¿Cómo podía presentarme ante nuestros lectores con ese aspecto? Necesitaba algo de ropa. Además - y bajando la voz, con aire de misterio agregó - conseguí un empleo: en la Comisión Municipal del Sesquicentenario.
- ¿Del Sesquicentenario de qué?
- De la muerte de San Martín.
- ¿Te volviste loco? Si el sesquicentenario fue hace cinco años...
- Sí, pero se olvidaron de disolver la Comisión y cada vez que alguno muere, la Municipalidad vuelve a cubrir el cargo.
La desilusión se reflejaba en todos los rostros.
- Entonces..., la revista..., nuestras notas..., tantas reuniones..., tanto esfuerzo... ¿Todo para nada...?
- Me extraña tanto pesimismo. ¿Para qué estoy yo aquí? Ahora todo será diferente. Este es sólo el comienzo de una gran aventura del espíritu, pero encarada en forma institucional. Además, no se olviden: hoy, la palabra vale..., tiene peso. Ya nadie podrá negarnos el derecho de levantar nuestras banderas: libertad de conciencia, libertad de expresión, pero sobre todo, integridad. Estas son nuestras metas y enseñaremos al mundo de lo que somos capaces.
- Pero ¿crees que algún día podremos...?
- Me extraña, para eso estoy yo al frente de esta idea y soy la garantía de su concreción.

"Miras" nunca llegó a publicarse. Cejas se dedicó a la política, entró en la lista sábana de un partido y fue elegido diputado. Algunas de las parejas terminaron en matrimonio.





Todo un caballero [Arriba]

El ómnibus dejó la carretera bordeada por campos polvorientos, abrasados por un sol implacable, y comenzó a deslizarse entre jardines salpicados de flores y blanquísimas casas de estilo mediterráneo.

A lo lejos, en algunas playas semidesiertas, se desperezaban los rayos del sol de la tarde de septiembre y algunos turistas rezagados. El mar brillaba como un espejo de jade. Habían llegado a los "Jardines de Naxos" al pie de Taormina.

Atrás quedaban Palermo, sus palacios y sus catedrales; las catacumbas de los capuchinos; Messina con su campanario de figuras móviles y su famoso estrecho que la une o la separa de la Italia continental; Cefalú y su duomo, enjoyado con mosaicos bizantinos. Y más atrás aún, el aeropuerto de Ezeiza y aquella galería interminable de rostros asombrados que se habían acercado para ver, con sus propios ojos, cómo ella, la tía Elena, que nunca había salido de la Argentina, viajaba en un tour a Sicilia.

...Y partía sola, todavía independiente, todavía delgada y elegante, todavía bella en la plenitud de su madurez.

Se había sentido por primera vez dueña de sí misma. La venta de algunos "bocones" y los ahorros de toda una vida, habían hecho posible esa quimera. Soñaba con Shirley Valentine y su maravillosa aventura griega, pero amilanada por la lengua y el alfabeto, había preferido viajar a Sicilia, la magna Grecia, a horcajadas de varias civilizaciones, pero más cercana a sus ancestros y a su corazón.

La ceremonia de recepción y distribución de cuartos no fue diferente a la de todos los hoteles. Elena, pese a sus años, no había perdido sus aficiones juveniles. Fanática del agua, en cuanto estuvo instalada, buscó a toda prisa su malla de baño y su salida de playa. Anhelaba nadar en ese mar Jónico que sólo conocía por los manuales y que, a esa hora, tenía un maravilloso color verde, con pequeñas olas bordeadas por una espuma suave y blanquísima. Desde la ventana notó que el hotel no tenía playa y sólo se accedía al agua por una endeble escalerilla de metal, amurada en un macizo de rocas.

Sin desanimarse, decidió imitar a algunos compañeros del tour, a quienes había visto dirigirse hacia la piscina.

Al llegar, un italianito alto, dorado y fornido, la detuvo:

- Está cerrado.

Furiosa le señaló a los argentinos que, felices, chapoteaban en el agua:

- ¿Y esos?

-"Esos" entraron antes de las siete - le contestó, señalándole el reloj que marcaba las siete y cinco.

Quiso llorar de rabia, pero prefirió utilizar su capacidad de recuperación y su picardía porteña y comenzó a recorrer el jardín, buscando algún resquicio por donde "colarse" en la piscina, o algún agujero en los cercos laterales que le permitiera alcanzar las playas de los hoteles aledaños, que se tendían incitantes a ambos lados del suyo.

Un par de italianas que habían sufrido una desilusión similar, se le unieron en la búsqueda. También ellas querían nadar y su compatriota las había rechazado inexorable: en Italia la ley era igual para todos, aunque se tratara de muchachas jóvenes y bonitas.

Una de ellas descubrió un flanco que parecía ceder fácilmente. Detrás de un macizo de flores, un alambre poco tenso, permitía entrar a la playa de uno de los hoteles contiguos. El único problema eran algunos riscos escarpados y cubiertos por una vegetación enmarañada que defendía la privacidad de los huéspedes.

Las jóvenes sortearon con agilidad todos los escollos, pero Elena quedó trabada por el temor y los años, junto al alambrado. Sin desanimarse, las muchachas llamaron en su auxilio a un turista que, plácidamente, paseaba por la orilla.

Era un hombre mayor, pero ágil y muy gentil. Sin dudarlo un momento, trepó por los riscos y asiéndola con mano fuerte y segura, la obligó a saltar de piedra en piedra hasta llegar a la playa. Elena tuvo tanto miedo de caerse, como de la mano de su salvador.

Le habían hablado tanto de las precauciones que debía tomar en Italia con los hombres, que ya se veía asediada por él, forzada a pagar con pasión, un favor que no había pedido.

Ni bien sus compañeras de aventura pusieron los pies en el mar, comenzaron a protestar y, recogiendo todas sus cosas, se marcharon excusándose: para ellas el agua estaba demasiado fría. Quedó entonces sola con el desconocido quien, al ver que no entraba, le preguntó:

- ¿Para usted también está fría?

- No. Yo vengo de la Argentina. Allí el mar es mucho más desapacible.

- ¿Y entonces?

Sobre ellos flotaba ya una suave penumbra, el aire era todavía cálido y la luna empezaba a dibujarse en el cielo.

- Tengo miedo de entrar sola en la oscuridad.

- Bueno, lo hubiera dicho. Yo la acompaño.

Nadaron mar adentro. Las olas eran suaves y acariciadoras. Se sentía feliz. Hubiera querido detener el tiempo en aquel frágil minuto.

- ¿Se vive bien en la Argentina?

La pregunta quebró el encanto. En silencio, nadando junto a ese extraño, se sentía distinta, y casi olvidaba la distancia que la separaba de su vida habitual. Estructuró una respuesta trivial, mientras vigilaba la regularidad de sus brazadas y el fluir de su idioma italiano.

- ¿Usted no viajó nunca a la Argentina?

- No. Queda demasiado lejos.

- Tanto como Italia de nosotros...

- Sabe, yo tengo parientes allá, en un pueblo..., algo así como Volcarse. De donde es Fangio.

- Balcarce. Un bello lugar, pero no el mejor de Argentina.

- Parece que ama mucho a su patria.

- ¿Quién no? Basta alejarse un poco, para comprender cuánto quiere uno a su tierra.

Ya las estrellas centelleaban claras en el cielo y en los hoteles todas las luces estaban encendidas. Sólo entonces, Elena tomó conciencia del tiempo transcurrido.

- Creo que ya hemos nadado bastante.

- ¿Seguro? No quisiera que se llevara un mal recuerdo de Italia y de los italianos.

Se limitó a sonreír y a regresar hacia la costa. El la siguió, tratando de adecuarse a su ritmo. Recién en ese momento, ella advirtió que debía volver por los riscos.

Al pisar la arena, nerviosa y un poco confusa, se calzó sus sandalias, vistió a prisa su bata de playa, y sin despedirse, enfiló hacia el cerco.

- ¡Eh, espere, espere! Yo la acompaño. La salida va a ser tan difícil como la entrada! - gritó riendo el hombre.

Ella se volvió, roja de vergüenza y un poco fastidiada.

- No quería molestarlo más.

- Déjese de tonterías. No me molesta; además, yo también me alojo en ese hotel.

Lo miró asombrada. En el tour no lo había visto. ¿Sería algún empleado, y la gentileza formaba parte de la expectativa de una propina? Quería saber más y mientras caminaba con paso firme, se le ocurrió decir:

- Su acento no es de Sicilia.

- Por supuesto. Soy romano. - afirmó con orgullo - Estoy aquí en una Convención del Rotary.

Llegaron al alambrado y sin mediar palabra, él la asió con fuerza por la cintura y la elevó hasta depositarla en lugar seguro. La proximidad del hombre, sus manos en su cintura y el olor a tabaco de su pelo, la habían turbado. Estaba tan azorada que había olvidado su italiano y balbuceaba algunas palabras de agradecimiento en español.

Su acompañante se adelantó y, resuelto, se dirigió a la parte posterior de la piscina, opuesta al acceso al hotel. Elena quedó petrificada y volvieron a su memoria las advertencias que le hicieran antes de su partida. Sin embargo, su confusión duró apenas unos segundos.

- ¡No pensará entrar sin ducharse! - le dijo el hombre, al advertir su vacilación.

- Por supuesto que no- contestó aliviada.

Cortés como siempre, su protector abrió uno de los grifos y la dejó sola.

Limpios de arena, se encaminaron hacia la escalinata del jardín que llevaba al vestíbulo, donde algunos turistas acicalados esperaban la cena. Al verse en los espejos con sus ropas de playa mojadas y sus cabellos revueltos, se echaron a reír. Tratando de pasar inadvertidos, llegaron junto a los ascensores. Allí, su acompañante se detuvo, le tomó la mano, la besó con respeto y dijo:

- Esperemos volver a encontrarnos algún día; aquí o en la Argentina.

- Si Dios quiere...- acertó a contestar Elena, y entró al ascensor. Oprimió el botón de su piso y, al llegar, corrió a su cuarto, abrió la puerta y como estaba, con la malla aún mojada, se arrojó sobre la cama.

Todas esas estúpidas habladurías sobre los italianos no eran ciertas. Ese hombre era todo un caballero.

Esa noche, Elena durmió mal. Por la ventana de su habitación penetraba un intenso olor a jazmines. Recordó aquellas píldoras para dormir, a las que recurría con frecuencia en Buenos Aires y que permanecían en el fondo de su bolso de mano. ¿Por qué estaba desvelada? Había nadado, había cenado con los compañeros del tour, se había asomado al enorme balcón antes de acostarse, y había visto, reflejadas en el mar, las luces multicolores de algunas embarcaciones; había disfrutado de esa incomparable belleza. Sin embargo, en lugar de sentirse feliz, se hallaba en estado de ansiedad, girando en la cama, sin poder conciliar el sueño.

A su pesar, evocaba todas las ocasiones de ser feliz que había perdido. Tal vez, si Dios le diera una nueva oportunidad y encontrara en su camino el amor, no lo dejaría escapar...

Por la mañana, después de una ducha, se sintió más tranquila y preparó sus cosas para el viaje al Etna, que emprenderían ni bien desayunaran. Se le había advertido que llevara bastante abrigo porque, en esas alturas, el clima es completamente diferente.

Sonaba ya la bocina del ómnibus cuando, sin poderlo evitar, se acercó a la conserjería para averiguar si aún estaban en el hotel los participantes de la Convención del Rotary.

Distraído, el conserje le contestó:

- Lo siento, señora, debe tratarse de un error, porque hace años que el Rotary no organiza aquí ninguna convención.