Taller de Narrativa  
Alfredo Calloni
Tribulaciones del Sur



Tribulaciones del Sur [Arriba]

La nena, arrodillada sobre la cama, observa por la ventana y llama a su hermanito, quien ingresa en el dormitorio con un camión de juguete en sus manos.
-Mirá, Martín, toda la gente va hacia la playa..., un montón de gente...¿viste? Van a ver a la ballena que está allá, cerca de la costa.
-¿Y mamá?
-Puede ser que mamá y papá estén también en la playa. Por eso no volvieron. Miremos a ver si los encontramos. Es increíble, nunca vimos una ballena tan cerca.

La maestra vuelve al aula después de unos minutos y confirma:
-Chicos, el director nos dio permiso para terminar la clase ahora. Por favor, salgan en orden y bajen despacio las escaleras. Yo voy a buscar a las otras maestras, y juntas vamos a encontrarnos con ustedes en la playa.
Los chicos, de guardapolvo blanco raído, bajan en tumulto por el camino, ensuciándose las zapatillas con barro. Una siberiana se escapa de un camping y les hace compañía, provocando los ladridos de los otros perros que la observan desde las precarias viviendas que lindan con el camino.
En la ciudad, las personas descienden los senderos, algunos con sus bicicletas al lado, para no caer abruptamente sobre la calle que bordea la playa, cada vez más obstaculizada por autos que se detienen. El tiempo se congela. En la lejanía de las cumbres, las capas blancas se desgarran y muestran manchas oscuras. El cielo es límpido, de un celeste claro y frío. La gente pisa con cuidado el suelo resbaladizo. Con la emoción contenida, desandan el camino, el mismo de todos los días, pero con pensamientos distintos. El pasado queda suprimido y los habitantes miran el mar como si éste hubiese sido recién creado.

Caminando por la playa, en dirección a la avenida costanera, un biólogo es alcanzado por un periodista.
-Doctor Gallardo, ¿qué medidas van a tomar para que la ballena vuelva al agua?
-Ninguna, nada podemos hacer- responde el científico fastidiado, mientras aprieta el paso.
-¿Por qué dice eso? La gente está esperando que hagan algo. Lo que está pasando nos preocupa a todos: es terrible.
-No es terrible,- interrumpe el facultativo- es natural.
Esta vez el que se enoja es el reportero.
-¿A quién quiere conformar con esa respuesta?
Pero el biólogo sigue caminando, callado y taciturno.

La ventana: umbral del mundo exterior. El mar, ¿confín de la ciudad o escenario que condiciona sus valores? Los barcos anclados, con sus cascos opacados por los embates del tiempo, corroídos por el óxido, hoy meros adornos en la naturaleza. De la costa salen largos, interminables muelles, con sus piedras húmedas por recurrentes lloviznas, siempre gélidas por el viento. Subidos a la cama, los infantes siguen con atención la escena.
-Se está moviendo, Martín, ¿podés ver? Parece que se va.
-¿Por qué se habrá quedado tanto tiempo ahí?
-No sé, pero el problema terminó. Yo tenía miedo de que le pasara algo a la ballena, que se muriera. ¡Mirá Martín, la gente empieza a festejar!

Las aguas están agitadas; el cetáceo se inquieta, sabe que llegó el momento. Desde la costa miles de seres extraños se arraciman, gritan, gesticulan. Si la arena es el límite entre dos mundos, el suyo crece, toma protagonismo. La marea sube; lentamente la gente se repliega. El cetáceo ha soportado una inercia forzada que lo asfixia, lo encierra. Su cuerpo herido arremete inopinadamente contra las olas, las golpea con violencia generando nuevas olas, astillando el agua en miríadas de gotas. Una densa espuma se desliza sobre su cuerpo oscuro, dejando una efímera y borrosa estela. Ha pergeñado una fuga.

Con voz áspera, cargada de indignación, arenga el conductor radial:
-No es terrible, es natural. Parece mentira que esto lo haya dicho un biólogo del Centro Austral de Investigaciones Científicas. Ellos, que han estudiado el mundo marino, se quedaron cruzados de brazos frente a una ballena perseguida por las orcas. Pero el pueblo no se quedó quieto, señores. Las fábricas cerraron temprano y las escuelas despidieron a sus alumnos para que todos juntos pidamos hechos, medidas concretas para salvar a la ballena. No puede ser que un biólogo no sepa cómo salvar a un cetáceo de las "ballenas asesinas".

El sol se oculta tras las montañas y las aguas, oscuras y ominosas, angustian a una masa heterogénea de seres humanos. Suspiros, sollozos y exclamaciones de conmoción alarman a una alumna que no alcanza a ver la escena. La maestra, azorada, la abraza muy fuerte. La palabra "orcas" se oye por toda la costa. Nadie deja de pronunciarla, con voces cargadas de miedo.

En las casas humildes de los pescadores, que hoy no han trabajado, y en las de los incontables desempleados, que ni hoy ni nunca tienen trabajo, y en lujosos hoteles, campings y hosterías donde los turistas disfrutan de sus vacaciones, en todas partes se comenta la misma noticia: la ballena ha muerto.

Los padres ingresan al departamento. El camión de juguete está olvidado en el piso; los chicos, cubiertos bajo las mantas.
Esta noche, sus hijos no los oirán hablar de la ballena ni de otros problemas más cotidianos. El sueño los separa de ellos y sus realidades.