La mesa del taller
La mesa del taller fue antes durmiente de ferrocarril, y antes, quebracho rojo y erguido. De su pasado ferroviario le queda una pasión de viajes que la va despegando del cuarto, de la casa, de la calle y del barrio. Terrestre y aventurera, la mesa explora cualquier horizonte, levanta pasajeros en los andenes menos pensados y los desciende en las terminales más extraviadas, adonde el tiempo es un peregrino que merodea en los relojes, a veces hacia adelante, a veces hacia atrás.
De su pasado arbóreo conserva un candor de pájaros, una
hondura crepuscular y una bellísima fronda que así aparece como desaparece,
al arbitrio del alma y no de las estaciones.
La mesa del taller tiene manchas de café, de mate y de
tinta, cicatrices de puchos, huellas de dedos y de uñas. Sus hijos naturales,
ya se sabe, son los papeles, escritos, tachados o borroneados en sinérgica
explosión; carpetas impolutas, definitivas, y carpetas en desorden,
como aquejadas de una fiebre estacional.
Por supuesto, la mesa se lleva muy bien con los libros,
y por eso los atrae, los goza y los padece con entusiasmo. Se sabe de
memoria algunos -ya los tiene grabados en su madera -, y desmenuza otros,
cuidadosamente, hasta que logra incorporarlos (u olvidarlos, casi nunca
para siempre).
La mesa pertenece a un ámbito, el taller, adonde los
autores viven, adonde los autores nacen y se van haciendo.
El taller apaga los sonidos del mundo en los silencios de la
creación y despierta voces que se ahogaban escondidas.
Esas voces ahora hablan, cuentan o cantan.
Nelly Vargas Machuca